Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

La casa de Domiziana acariciaba el cielo.

Un ático luminoso con vistas al apacible canal dei Mendicanti.

En su interior, reinaba la paz. Domiziana no estaba casada ni tenía hijos y la casa gozaba de su toque personal.

Los muebles de madera blanca y antigua desprendían un aroma a cera, y en todas partes imperaba un orden escrupuloso.

Las alfombras de cáñamo amortiguaban las pisadas, y las sedosas cortinas contenían la brisa que soplaba desde la laguna.

En las paredes colgaban grabados orientales y pergaminos con los innumerables diplomas de Domiziana, más conocida como la profesora Falier, titular de la cátedra de Física en la Universidad Ca’ Foscari.

Las agujas de un pequeño reloj astronómico se movían en silencio entre los astros y las trayectorias celestes ilustradas en la esfera.

El amplio salón emanaba siempre un perfume de flores frescas, en esa estación del año, prunellas y cosmos recogidas del estrecho jardín del pequeño patio interior.

Desde la puerta de su estudio llegaban las notas de Lodoletta de Pietro Mascagni. Supuse que Domiziana estaría trabajando. Siempre escuchaba ópera cuando quería estar sola. Me quité los zapatos para sustituirlos por un par de zapatillas y me dispuse a subir a mi cuarto.

—Ámbar.

Me sobresalté.

Domiziana se ocultaba tras la cortina semitransparente del balcón.

Mi madrina gozaba de los cálidos rayos del sol de septiembre.

El fino cigarrillo que sostenía entre los dedos perdió una pizca de ceniza al saludarme.

Se había recogido el pelo negro en un moño salpicado de diamantes minúsculos.

Debía de tratarse de una velada importante.

—Me ha ido mal en el examen. He rechazado un notable —le solté, anticipándome a su primera pregunta.

—¡Qué lástima!

Abrió un poco la cortina para mirarme a los ojos, y yo bajé la mirada.

Irradiaba una solemnidad que difuminaba los años de su rostro.

Nunca la había visto vestida con una prenda que no pareciera hecha a su medida.

Ropa vaporosa, de un estilo intemporal, igual que ella.

Debía de tener más o menos la edad de mi madre, algo más de cincuenta años.

Sin embargo, parecía que el tiempo se hubiera olvidado de ajar sus párpados y curvar su cuerpo.

Nunca había conseguido imaginármela joven, a lo que contribuía el hecho de que en la casa no había fotografías suyas.

—Volveré a intentarlo en la próxima convocatoria.

Tragué saliva. No estaba acostumbrada a una frase de ese tipo.

Sonaba como un juicio sobre mí más que sobre mi examen.

Valgo un notable bajo. Necesito una segunda oportunidad para obtener un sobresaliente.

Domiziana, por el contrario, aparentaba ser de esas personas que lo conseguían todo a la primera.

Puede que fuera así, en vista de sus reconocimientos académicos y el hecho de que sus tratados de astrofísica se estudiasen en muchísimas universidades.

—Claro que sí. Ahora ve a cambiarte.

La compasión es un puñal que se clava hasta el fondo. Hubiera preferido que se enfadase. Sonreí y subí a mi cuarto de puntillas.

Mi dormitorio se asemejaba a un trastero, encajonado entre un techo de vigas y ladrillos y un suelo de parqué bastante descolorido por el sol.

La luz era mi única compañera. Un ventanal ocupaba toda la pared y se abría a una reducida terraza.

Quedaba el espacio justo para la cama, un escritorio y un armario.

Había filas y filas de libros en cada superficie libre, e ilustraciones vintage cubrían las paredes.

Las había pegado para reemplazar las marcas dejadas por fotografías y recuerdos de… antes.

Me desvestí a toda prisa ante el espejo del armario y durante unos instantes me quedé solo con una ligera camiseta blanca.

Llevé la mano a la visera de la gorra, pero sin quitármela.

Entonces, me acaricié las caderas y las curvas solo insinuadas, bajo las cuales se ocultaban unos músculos delgados pero firmes.

Una herencia de los meses que había pasado refugiada en Génova.

Me detuve en el ombligo. También los primeros días después…

después de despertarme me había pasado horas desnuda frente al espejo.

El diagnóstico de los médicos que me habían examinado fue contundente: no me había ocurrido nada malo mientras estuve desaparecida.

Todo seguía igual, todo menos el meñique izquierdo.

Abrí y cerré la mano, sintiendo el roce de la prótesis en la palma.

De vez en cuando notaba un vacío, un espacio que nunca volvería a llenarse, y me preguntaba si, de algún modo, el colgante que había recibido compensaría su ausencia.

Tiré del hilo de cuero y lo saqué de debajo de la camiseta.

El óvalo de vidrio atrapó la luz de la habitación, haciéndola bailar a mi alrededor.

El borde de latón estaba tibio, como si hubiera absorbido el calor de mi piel.

Apretarlo entre las manos me producía cierta perplejidad.

A veces tenía la impresión de que pesaba mucho más de lo debido para tratarse de un objeto tan pequeño.

Al mismo tiempo, la idea de prescindir de él me daba vértigo.

Desde el momento en que me desperté en el hospital, nunca me lo había quitado.

Desconocía el nombre de la piedra, no se lo había preguntado a nadie.

Había mantenido en secreto la existencia del colgante todo ese tiempo.

La policía dio por sentado que la joya era mía, como el resto de lo que llevaba encima cuando me encontraron, así que nadie me interrogó al respecto.

Le di vueltas entre los dedos. En realidad, cabía la posibilidad de que, en efecto, fuera mío y hubiera olvidado que lo tenía, al igual que había perdido la memoria de los días pasados.

El pequeño reloj astronómico dio las tres.

Tenía que arreglarme. La fiesta que me esperaba era de esas en las que todo el mundo ponía un gran empeño para deslumbrar, y probablemente lo único que conseguiría si no respetaba esa norma sería llamar la atención.

Con un suspiro, me desprendí de la gorra y me probé el vestido que me iba a poner después del baño.

Me recogí el pelo en una media coleta sujeta con dos horquillas plateadas y me coloqué el gris vivo de las perlas sobre el traje escotado que dejaba a la vista mis clavículas y el colgante.

Llegamos a la fiesta a bordo de la góndola de Domiziana, una espléndida embarcación azul que se deslizaba sobre la noche estrellada y se reflejaba en los canales.

Se llamaba Galaxias y la gobernaba Alberto, el mayordomo de la casa.

Suponía que Domiziana lo había elegido por su discreción.

En tres años de convivencia, jamás había pronunciado una palabra más de las necesarias ni fallado en su afán de tener las comidas a punto y la casa impecable.

Era un guardián silencioso, un hombre de unos cuarenta años cuya calvicie subrayaba su casi total ausencia de expresividad.

Enfado, hilaridad, tristeza…, su rostro no traslucía ninguna emoción.

Nos condujo, sin mediar palabra, hasta la escalera de entrada del palacio Vianoli.

Las antorchas iluminaban la fachada centenaria, y telas trenzadas decoraban los antepechos de las ventanas.

Tras los cristales opacos intuí las siluetas de los asistentes moviéndose por las estancias.

Nos recibió un portero vestido con librea que nos ayudó a subir al pequeño muelle privado.

Un flash nos cegó desde el otro lado del canal.

Un turista nos fotografiaba, y sabía por qué.

Domiziana atraía todas las miradas: parecía que la noche hubiera descendido sobre ella, que la hubiera vestido con un manto que le cubría la espalda y los hombros, donde asomaban fragmentos de piel.

Unos pendientes de diamantes le iluminaban las orejas, y un camafeo de cerámica con su perfil adornaba su pecho.

De sus joyas, era la que más me gustaba, si bien no podría precisar por qué.

— Magistra Falier, siempre tan encantadora.

La voz empalagosa de un hombre nos dio la bienvenida en el vestíbulo. Se trataba de Enrico Vianoli, que recibía a sus invitados a la luz de un candelabro. Le encantaba pavonearse y adoraba a Domiziana, a la que tomó del brazo y guio escaleras arriba, ignorándome por completo.

«Fantástico», pensé. Había logrado el perfecto equilibrio entre la elegancia y la invisibilidad. Seguí sus pasos en silencio.

Todos los palacios antiguos de Venecia tienen una distribución similar. La planta baja concentra las habitaciones de servicio, mientras que, en el primer piso, se recibe a los invitados en una sala grande, si bien el adjetivo «grande» no definía con exactitud aquel salón de recepción.

Enrico Vianoli había transformado el espacio en una auténtica galería, desprovista de cualquier elemento que no fuera una obra de arte: cuadros, estatuas y otras piezas que, de no haber tenido una cartela al lado, difícilmente habría considerado creaciones expuestas.

A mí me entusiasmaban los capiteles y los jarrones desconchados.

Rara vez me llamaban la atención las piezas de arte contemporáneo, pese a reconocer la genialidad de muchas de ellas.

Al fondo, un cuarteto de cuerda tocaba una música que a duras penas lograba imponerse al runrún de las conversaciones.

Acompañé a Domiziana. Sus firmes pisadas traducían el interés que sentía por las óperas: apresuradas si la obra no le interesaba; largas y demoradas si despertaba su atención.

A nuestro alrededor pululaban invitados que parecían sacados de las fotos de boda de una pareja real, de lo sofisticados que eran.

Solo conseguí cruzar unas palabras con un camarero, que me dedicó una amable sonrisa y me permitió atrapar un par de gambas.