Capítulo 1 #4
Vacilé, por miedo a descubrir un destino todavía más negro.
Siempre había dudado si creer o no en el poder de la clarividencia.
Desde luego, sabía que podía afectar a la mente de forma negativa.
O, por supuesto, también en sentido positivo.
Me aferré a esa esperanza y pasé los dedos por encima de la baraja.
Las cartas palpitaban con mi contacto, parecían escabullirse, apartarse, como si no quisieran ser elegidas.
Estaba a punto de rendirme cuando los dedos se me cerraron y eligieron una.
—Dale la vuelta —me indicó Zora.
Obedecí y descubrí un trozo de cielo. La carta atrapaba la esencia nocturna, el azul perfecto de una noche sin luna, en cuyo centro resplandecía una inmensa estrella de puntas afiladas.
—La carta de las estrellas —comentó, mirándome hasta conseguir que me asomase de nuevo a la profundidad de sus ojos—. El comienzo de una nueva era solo espera tu paso. No tengas miedo del fuego, solo consume a los que temen arder.
Retrocedí y traté de devolverle la carta, pero Zora negó con la cabeza y se limitó a decir:
—Es tuya, al igual que mis palabras.
Tomé aire. No debía dejarme sugestionar; además, la predicción podía referirse a cualquier aspecto de mi vida.
Los ojos de Zora tenían una profundidad inquietante. Parecían estar allí y a la vez muy lejos.
—Gracias. ¿Cuánto…? —murmuré, tanteando la cartera para sacar el monedero.
—Con tu nombre me basta —me interrumpió, intuyendo mis pensamientos.
Abrí la boca, pero de ella no salió sonido alguno. Volví a intentarlo, confusa, repitiendo el sencillo parlamento que llevaba recitando desde hacía más de veinte años cuando tenía que presentarme. Pero mi nombre no salía. Ya no lo recordaba.
Palidecí. La niebla ocupaba el lugar de mis pensamientos. Densa e inmóvil, tan persistente que no me permitía distinguir nada.
Sabía que tenía un nombre y un apellido.
Los había pronunciado cientos de veces y escrito otras tantas.
Conocía su sonido. Empezaba aspirando aire y luego estallaba en mis labios, haciéndome cosquillas en el paladar con la lengua.
El apellido salía más despacio, tenía el ritmo de una ola que serpenteaba con elegancia.
Pero las letras se arremolinaban y se me escapaban.
Conocía esa sensación. La había experimentado al despertarme después… después .
Me asusté al descubrir confusión en los ojos de Zora y, balbuceando una disculpa, eché a correr.
Sabía ser rápida si quería; en aquel momento, deseaba encerrarme en el baño, sentir el frío de los azulejos y tranquilizarme hasta que todo se aclarase.
Guardé la carta en la cartera y volví a entrar en la universidad para cruzar el pasillo a la velocidad del rayo, ignorando las miradas de los demás estudiantes.
Tenía que encontrar un lugar protegido. Sin embargo, un par de manos detuvieron mi carrera, haciéndome girar para frenar mi impulso.
Unos dedos largos y cálidos y un aroma a sándalo que resultaba inconfundible.
Su voz sonaba áspera y dulce al mismo tiempo.
—Te he encontrado —dijo Ismael Sagredo.
Ismael parecía molesto mientras se metía algo en el bolsillo de la camisa. Tan molesto que se volvió hacia mí sin miramientos. También él debía de haber corrido, probablemente por las escaleras que daban al pasillo. Por eso no lo había visto llegar.
Se aclaró la garganta y recuperó su gesto impecable.
—Has escrito mal la fecha, Valmori —dijo, sin darme tiempo a reponerme. De debajo del brazo extrajo el acta de asistencia al examen y señaló la línea.
Leí las letras de mi notable rechazado y…
Ámbar Valmori. El sonido de mi nombre copó mi mente.
La forma en que mi madre lo pronunciaba, cuando me repetía que yo era su piedra preciosa.
El tarareo despreocupado de mi padre, que siempre encontraba una nueva melodía que silbar.
Cómo me había ruborizado al oírselo pronunciar a mi primer novio y lo tensa que me había puesto cuando lo había gritado mi profesor de violín de la escuela primaria.
—¿Te encuentras bien, Valmori? —Ismael me entregó un bolígrafo. No su maravillosa pluma estilográfica, que descansaba en el bolsillo de su camisa. Era un simple bolígrafo negro, una invitación a cubrir el acta.
—Claro, ¿por qué no me iba a encontrar bien? —No tenía intención de mostrarme más alterada de lo necesario.
—Pareces agotada —comentó Ismael, con un encogimiento de hombros que pretendía poner fin a la conversación. Mientras corrigiera la fecha, imaginé.
—Sé que no te lo vas a creer, pero esta noche tengo un compromiso. No a todos nos entusiasma la idea de quedarnos en la universidad hasta altas horas de la noche.
Provocarlo me hacía sentir bien. Me traía recuerdos de una época en que mi única preocupación era sacar una nota más alta que la suya.
—¿De verdad, Valmori? ¿Eres tú la que se atreve a bromear sobre tener vida social? —Enarcó una ceja, evocando con una mirada las tardes pasadas en la biblioteca vigilándonos mutuamente, luchando contra el sueño para no ser el primero en cerrar los libros.
Agité la mano armada con el bolígrafo y lo aproximé a la fecha, ignorando su réplica. La leí y la releí, pero estaba correcta.
—¿Qué pasa? —pregunté, convencida de haber escrito el día correcto.
—Has escrito el año con dos cifras en lugar de con cuatro —respondió Ismael.
—¿En serio?
Era una pregunta retórica. Modifiqué la fecha añadiendo los dos números que faltaban en una caligrafía minúscula, para que cupieran entre las cifras ya escritas.
Si Ismael quería dárselas de perfeccionista, le seguiría el juego sin quedarme atrás.
Solo tenía que volver a ser un poco más como… antes .
—¿Seguro que te encuentras bien, Valmori? —Ismael recuperó con delicadeza el acta y el bolígrafo.
Me miraba con una solicitud distinta a la que hasta entonces me había dispensado. Sus ojos estaban atentos, alerta, preparados para captar no sé qué señal. No solo me observaba, me analizaba, y yo más que nadie sabía que Ismael Sagredo era un observador puntilloso.
Retrocedí un paso. Tenía que mostrarme hermética. No podía permitir que descubriera mis inseguridades, el miedo que me había rodeado hasta hacía unos minutos. Eran mis problemas y los resolvería yo sola.
—Como bien has dicho antes, siempre he tenido dificultades con las fechas.
Y si no me daba prisa, también empezaría a tener problemas con los horarios. El tiempo avanzaba y había prometido estar elegante aquella noche.
—Es un placer saber que escuchas cada una de mis palabras, Valmori. —Se pasó una mano por el pelo extrañamente despeinado.
«¿De verdad ha corrido para encontrarme? ¿Para que modifique una estúpida fecha?», me pregunté, incrédula.
Quizás sí. Ahuyenté la idea y me contuve para no contestarle que si recordaba todo lo que decía era solo porque su voz sonaba demasiado irritante para poder ignorarla. Aun así, quería superar su examen. Me despedí con una inclinación de cabeza, que él me devolvió con elegancia formal.
El peso por el fracaso en el examen había desaparecido, eliminado por el alivio de haber recuperado mi nombre.
«Ámbar. Ámbar. Ámbar. Ámbar. Ámbar. Ámbar. Ámbar. Ámbar. Ámbar. Ámbar. Ámbar. Ámbar».
Me prometí que jamás volvería a olvidarlo. Para ello, tendría que aprender a controlar mis reacciones ante los encuentros con personas como Marión.
Ya no estaba a salvo, como en mi casa de Génova.
Había regresado a la ciudad donde sucedió todo, lo cual significaba que tenía que estar preparada para cualquier percance.
Para escuchar cómo me llamaban «Ámbar de los Canales».
Para encontrar fotografías mías en manos de desconocidos.
Para preguntas cuya respuesta ignoraba. Resultaba incómodo, era consciente de ello.
Igual que sabía que en la vida era una ingenuidad prepararse únicamente para lo que se cree merecer.
Era justo ahora cuando el destino jugaba sucio, y yo, por lo que decían las cartas, debía estar atenta si no quería arder en llamas.