Capítulo 1 #3
No había sacado un notable raspado en mi vida, no aceptaba nada que no rozase el sobresaliente. Sin embargo, no era aquel el motivo de mi perplejidad.
—No es un examen de notable. Ha sido un asco. Como mucho, me merezco un suficiente, aunque ambos sabemos que esa nota está muy lejos de satisfacerme —dije, recordando las veces que habíamos presenciado nuestros correspondientes exámenes.
Ismael entrelazó las manos sobre el libro de actas. Los alumnos que me habían precedido no tenían calificaciones mucho más altas que las mías, aunque no es que me consolasen los malos resultados de los demás; en todo caso, me motivaban los mejores.
—Valmori, siempre ha sido demasiado exigente consigo misma. Le aseguro que es un examen de notable.
Busqué en el rostro de Ismael un atisbo de sinceridad. Me detuve primero en sus labios y luego en sus ojos, perfilados por lo que podrían ser o bien ojeras o bien lápiz de ojos. Se tratase de lo que se tratase, resaltaba el color terracota de sus iris.
«No te distraigas», me impuse.
—¿Está de acuerdo conmigo? —preguntó Ismael, jugueteando entre los dedos con una espléndida pluma estilográfica roja con un ocho dorado alargado y en relieve. Me resultaba familiar. Quizás lo había visto escribiendo con ella docenas de veces en la biblioteca.
—No. Creo que me trata con condescendencia porque…
Porque había desaparecido, porque en los meses que permanecí recluida en casa de mis padres había cortado todo contacto con los demás y aparcado mi carrera universitaria para recuperarme.
—Valmori, me ofende que piense que permito que los factores externos influyan en mi juicio. Si no me equivoco, así lo establecimos el primer curso. Sic itur… —Ismael dejó la frase en el aire.
« Ad astra », completé. Mi corazón se aceleraba cada vez que mi mente lograba sacar a flote un recuerdo sin esfuerzo.
¡Había tantos que temía haber perdido! Aunque tal vez ese en concreto habría sido mejor olvidarlo.
Era un lema cruel que circulaba entre los alumnos más brillantes.
«Así se va a las estrellas». Daba a entender que no había tiempo para volverse a mirar a los compañeros que se quedaban atrás.
La compasión era para los conformistas. Durante un tiempo había recitado aquel lema con orgulloso había asumido.
Me lo repetía cada vez que veía desaparecer alumnos del aula y luego me enteraba de que habían abandonado los estudios.
O cuando veía como otros salían llorando de un examen.
Me lo repetía convenciéndome de que la mejor ayuda que podía ofrecerles era la indiferencia.
—¿Valmori? —Me apremió Ismael, señalando con la punta del dedo el notable que había plasmado en el acta, junto al espacio en blanco que aguardaba por mi firma.
Apreté los labios. Había estudiado durante días.
Estaba segura de que mi dominio de la materia era muy superior al que había demostrado.
Sabía que me merecía más. De pronto, me levanté y me incliné sobre el registro.
Le arrebaté la estilográfica roja de las manos y marqué la casilla que confirmaba el rechazo del notable para a continuación añadir mi firma y la fecha al lado de aquella calificación con la que no quería tener nada que ver.
Cuando alcé la mirada, me percaté de que Ismael estaba peligrosamente cerca.
Lo bastante como para permitirme oler su perfume a sándalo y a una fragancia que yo asociaba con el incienso, sin saber lo que era.
Ismael debía de tener antepasados orientales de los que había heredado los ojos rasgados y la nariz aguileña, imperfecta, que destacaba sobre una boca severa.
Le había oído pronunciar muchas veces palabras en la lengua de sus ancestros, pero la exclamación que soltó aquel día tenía un sonido extraño, similar a un insulto.
Entonces se inclinó hacia mí y me rozó la mano para recuperar la estilográfica.
—¿Tiene por costumbre robar a los profesores, Valmori? —preguntó, mientras se recolocaba detrás del escritorio. Me observaba como si estuviera a punto de elegir mi castigo.
Apenas oí la pregunta. Mis dedos habían permanecido abiertos, trazando el surco que habían ocupado los de Ismael, como si no quisieran aceptar su desaparición. Hacía demasiado tiempo que no estrechaba otra mano, pues temía que el contacto me desestabilizase. En cambio, me había resultado familiar.
—¿Debo interpretar su silencio como una confesión? —insistió Ismael.
Se mostraba muy creíble, como si estuviera acostumbrado a someter a criminales a interrogatorios a diario. O quizás todo se debía a sus ademanes aristocráticos.
—Solo a quienes se lo merecen —respondí con sequedad, cerrando los dedos para ahuyentar la sensación. Había fracasado en el examen, ya no podía sucederme nada peor.
—Entonces tendré que estar atento, porque buena parte de estos objetos son míos —concluyó, haciendo girar el globo.
—No se preocupe, no querría sus baratijas ni regaladas. —Le sostuve la mirada, pues estaba segura de que, si me fijaba en el globo terráqueo, los ojos me brillarían de lo antiguo y valioso que era.
—¿Está segura de haber rellenado todo correctamente? —preguntó Ismael, haciendo caso omiso de mi flagrante mentira para estirarse sobre el escritorio y apartar mi cartera con el fin de acercarme el libro de actas.
Ni siquiera lo miré.
—Puede que me haya confundido con la cultura kebariense y la natufiense, pero estoy segura de que aún soy capaz de escribir correctamente mi nombre y una fecha —sentencié.
—Sin embargo… —empezó Ismael, pero nos interrumpieron unos golpes en la puerta.
La estudiante del piercing asomó la cabeza y preguntó si habíamos terminado. Caí en la cuenta de que llevaba casi una hora en el despacho y, despidiéndome a toda prisa del «profesor Sagredo», salí corriendo sin volverme.
Ismael intentó seguirme, pero los alumnos apostados en la puerta del despacho le cerraron el paso, mientras que yo logré escabullirme sin llamar demasiado la atención.
Tenía la sensación de haber corrido una maratón y quizás ni siquiera eso justificase cómo me encontraba.
Mi mente estaba… cansada, no se me ocurría otra palabra para definir mi estado, lo cual suponía una derrota para alguien como yo, acostumbrada a considerar mi vocabulario lo bastante rico como para expresarme con más precisión que una niña de primaria.
El episodio de aquella mañana había debido de alterarme mucho si ni siquiera la imagen de la gaviota con los labios manchados de kétchup había conseguido tranquilizarme.
Salí al patio y me senté en un banco para revisar el móvil.
Solo tenía un mensaje, de Domiziana, mi madrina, con quien vivía desde mi primer año en Venecia.
Era profesora de física y odiaba la tecnología, así que no me sorprendió la redacción telegráfica del mensaje: «18:00 h.
Estate preparada. Elegante». «¿Ni siquiera una pista? De acuerdo», respondí.
«Elegante» no servía como pista cuando se trataba de Domiziana: era el único estilo con el que aceptaba aparecer en público.
El compromiso que acababa de aceptar tanto podía ser una reunión informal como una suntuosa recepción.
La única manera de averiguarlo era estar lista a la hora acordada.
Para mi anfitriona, la puntualidad era un requisito irrenunciable.
Con una pizca de ansiedad, consulté el reloj.
Solo eran las once y media. Tenía tiempo de sobra y ningunas ganas de volver a casa.
Me iba a acribillar a preguntas sobre mi examen y no estaba preparada para responderlas.
Miré a mi alrededor y descubrí que la pitonisa todavía estaba allí.
Ponía orden en una caja de piedrecitas, y sus movimientos se veían acompañados por el frufrú de los velos y el tintineo de las pulseras.
Se había recogido la larga melena gris y enseñaba sus arrugas y la diadema que relucía en su cabeza.
«Ámbar, no». Me dije que no estaba tan desesperada como para que una adivina me leyera el futuro, a pesar de que siempre me habían fascinado las historias de amigas que habían escuchado predicciones sobre la inicial del nombre de su futura pareja o sobre de qué color ir vestida para destacar en una entrevista.
Me disponía a marcharme cuando nuestras miradas se cruzaron.
Me quedé atrapada en el espejo cristalino de sus pupilas y, sin necesidad de palabras, entendí que me estaba llamando. Acepté la petición, sintiéndome un poco tonta, y me acerqué a su banco.
—No necesito que me leas el futuro —le dije con altiva amabilidad. Declinaría su oferta y me iría a los canales a leer con las gaviotas.
—Está claro que no. Antes de nada, deberías indagar en tu pasado.
Su respuesta hizo saltar en pedazos mi seguridad, así que me dejé caer en el banco. Me pregunté si se trataría de un sueño, pero el viento arremolinaba las primeras hojas amarillas por el patio y el resto de estudiantes charlaban como si tal cosa. El aire olía a otoño y todo era demasiado real.
La vidente me observó con la sonrisa cómplice de quien ha visto muchos ojos abrirse de par en par. Luego, con calma, sacó un mazo de brillantes cartas negras con un marco dorado.
—Te esperaba, ¿sabes? Las cartas me han guiado hasta aquí. Me llamo Zora y sabía que, tarde o temprano, vendrías —comentó mientras barajaba. Su voz sonaba como un hechizo hipnótico.
Inspiró, como rogándole al aire que guiara sus manos, que moviera las cartas como si no fuera el azar quien las mezclase, sino la energía que se estaba creando entre nosotras.
—Escoge una —me dijo.