Capítulo 1 #2
—Estuvo desaparecida una semana… —explicaba Marión, y esas palabras dibujaban recuerdos, o más bien la ausencia de ellos.
La oscuridad, la confusión, mi despertar bajo las estrellas, como si me hubiera dormido apenas unas horas antes.
Más tarde, las luces, los uniformes de policía y, por fin, el olor aséptico del hospital, que había ofuscado mis sentidos, como una especie de anestesia— y perdió la memoria…
La voz exaltada de la chica francesa seguía relatando detalles de mi vida, y yo captaba fragmentos, aterrorizada por si descubría algún aspecto que ignoraba.
Era consciente de que muchos aficionados al true crime , aparte de las autoridades, habían seguido mi caso.
La mera idea de que mi vida hubiera sido diseccionada, sometida a examen y difundida por doquier para satisfacer la curiosidad de cientos de desconocidos había sido una de las razones por las que me aislé del mundo después de…
lo sucedido. Nunca había encontrado un nombre adecuado para definirlo.
Me limitaba a dividir mi vida en dos momentos: antes y después.
Tardé meses en recuperar cierta normalidad, pero aún no me sentía capaz de hablar de lo sucedido entremedias.
Y mucho menos iba a hacerlo con una estudiante francesa que había espulgado mi existencia como se hace con los lugares de interés de una guía de viajes.
Inspiré el aire seco de la Biblioteca y me aparté de la columna.
Oí vagamente que Marión me llamaba con el propósito de sacarme una foto, y a la profesora ordenarle que parase.
Recorrí el pasillo a paso ligero, sin hacer ruido.
Tenía que hacer un examen, uno de los pocos que me faltaban para licenciarme.
No podía dejarme arrastrar por el pánico.
Conocía la senda que llevaba a las profundidades: se hacía a toda velocidad, mientras que remontar era un proceso lentísimo, resbaladizo.
Atravesé a la carrera la plaza de San Marcos y esperé unos minutos a que llegara el vaporetto .
Venecia empezaba a llenarse de turistas y los recibía a todos en sus canales.
Lucía espléndida con su imagen otoñal. Los palacios iluminados se reflejaban en la laguna, y las aguas acariciaban los embarcaderos, haciendo aparecer y desaparecer hileras de góndolas amarradas.
Era como si la ciudad se encontrase suspendida sobre un espejo y su existencia perteneciera al ámbito de un sueño. No obstante, allí estaba.
Sujeté con fuerza la cartera mientras me montaba jadeante en el vaporetto .
Comprobé la hora. Llegaba tarde, no demasiado, pero sí lo suficiente para perderme el momento en el que se pasaba lista.
El profesor Alberini era uno de los docentes más transigentes de la Universidad Ca’ Foscari de Venecia, puede que en exceso.
Algunos alumnos se aprovechaban de ello, pero yo no tenía intención de sumarme a ese comportamiento.
No era así como había mantenido mi media alta.
No, se debía a otras razones. Al intenso estudio y a la atención durante las clases.
Al menos hasta que… No. Me obligué a reprimir los recuerdos evocados por la chica francesa y me llevé una mano al pecho.
El colgante sobre mi corazón parecía controlar su latido, así que lo apreté en la mano hasta que se ralentizó.
Decidí concentrarme en las gaviotas que flotaban en el Gran Canal porque me recordaban a mi hogar.
Había crecido en Génova, donde el mar era más bravo y las gaviotas se peleaban con los aguerridos pescadores por agenciarse el desayuno, hasta el punto de que a menudo se aventuraban en la ciudad y robaban la comida a los turistas.
Conservaba en la memoria una escena especial, si bien algo estúpida, aunque siempre conseguía hacerme reír y calmarme: la imagen de una gaviota que hundía el pico en un bote de kétchup y acababa con los labios pintados.
Como si hubiera cometido un asesinato, había comentado alguien.
El recuerdo funcionó, y me vi obligada a reprimir una carcajada.
Cuando llegué a la parada de Ca’ Rezzonico, mis pensamientos más oscuros se habían esfumado.
Me cerré el cuello de la gabardina y me apeé en el embarcadero de la Universidad.
En el patio interior del viejo palacio Foscari se congregaban los más extravagantes corrillos de estudiantes que, junto a los parterres, invadían el césped en círculos que apestaban a tabaco.
Pasé junto a una pareja que repartía octavillas en el sendero de entrada, atraída por la fila de estudiantes parados junto a un banco.
En él, sentada con las piernas cruzadas, una mujer ataviada con unos velos analizaba la palma de la mano de una chica.
«El día que esté tan nerviosa como para necesitar que una bruja me vaticine las respuestas de un examen, habrá llegado el momento de abandonar los estudios», pensé, imaginando que la mujer ofrecía ese servicio.
Ignoré el reclamo de los cascabeles que llevaba en las muñecas y llegué a la primera planta casi a la carrera.
Me levanté un poco la visera de la gorra y entré en el Departamento de Antigüedades a las nueve cuarenta.
Diez minutos tarde. Fuera del aula, un grupo de estudiantes chismorreaba en voz baja.
Una chica con un piercing en el labio me miró de arriba abajo y abrió los ojos de par en par al reconocerme.
—Tú eres Valmori, ¿verdad? Acaban de pasar lista, pero el profesor me ordenó que te permitiera entrar en cuanto llegases para registrar tu asistencia.
Típico del profesor Alberini: no dejar a nadie atrás. Gran parte de los docentes me habrían mandado sin pensárselo dos veces a la siguiente convocatoria. Le di las gracias a la chica con un gesto y llamé a la puerta del despacho.
—Adelante —respondió una voz extrañamente joven.
Perpleja, empujé la puerta y eché un vistazo al despacho estrecho y familiar.
El escritorio estaba abarrotado de libros y acogía un pequeño y antiguo globo terráqueo con un puñado de banderines clavados sobre cada uno de los continentes, pero la silla estaba vacía.
No obstante, de pie ante una estantería, reconocí al alumno más odioso de mi clase: Ismael Sagredo, en carne, hueso y sonrisa mordaz.
Nuestra rivalidad se remontaba a los primeros meses como universitarios novatos.
Éramos los que siempre levantábamos la mano en clase, los que acudíamos a las tutorías de los profesores para pedir bibliografía complementaria y los últimos en abandonar la biblioteca.
Pero desde…, después de lo ocurrido, no lo había vuelto a ver.
—Recordaba su metedura de pata con las fechas de las repúblicas francesas, señorita Valmori, pero confiaba en que la hora de un examen le resultase más fácil de memorizar —dijo Ismael, sacando un reloj de cuerda del bolsillo de su pantalón de corte clásico.
Alcé la mirada al cielo. Reservaba toda esa cortesía para los días en que quería mostrarse particularmente irritante.
—Hola, Ismael. Pues yo te recordaba con un aspecto bastante similar al de un hallazgo arqueológico —respondí con suficiencia, señalando sus tirantes, sus zapatos de piel repujada, el par de anillos en los índices y el rojo y dorado en el dedo corazón, y su pelo oscuro, que le caía en dos mechones a ambos lados de su frente olivácea—, pero querer formar parte de la colección privada del profesor Alberini ya me parece exagerado.
Los ojos de Ismael emitieron un alegre destello. Se guardó el reloj y se recostó contra la librería.
—En conclusión, opina que quedaría bien expuesto en un museo.
—Venga, corta el rollo, puedes decir algo mejor que eso.
—Puse los ojos en blanco y conseguí que mis labios no mostraran atisbos de hilaridad.
Ya era suficiente burla que me tratase con tanta cortesía.
No iba a darle ni una satisfacción más—.
Llévate el libro que necesites, que seguro que será ilocalizable y tal vez esté escrito en árabe antiguo, y déjame en paz.
He tenido una mañana horrible y debo aprobar este examen sea como sea.
—Ya veo —comentó, señalando mi blusa arrugada por culpa de la carrera—.
Sin embargo, señorita Valmori, quizás no se haya enterado de que he terminado mis exámenes antes de tiempo y me he graduado con las mejores calificaciones, de manera que el profesor Alberini me ha ofrecido el puesto de asistente.
Y como hoy no se encuentra bien, seré yo quien me encargue del examen.
Así pues, tomo nota de su asistencia y le ruego que salga y espere su turno junto a sus compañeros.
Una última cosa —añadió, apoyándose en la cátedra, con las manos abiertas junto al libro de actas y una sonrisa socarrona—: cuando vuelva a entrar, diríjase a mí llamándome profesor Sagredo.
El examen fue un desastre: el recuerdo de lo estudiado quedó sepultado por las voces de los estudiantes franceses, a lo cual se sumó la desagradable sorpresa de ser examinada por Ismael Sagredo y no por el benévolo profesor Alberini.
Hacía meses que no me enfrentaba a ningún contratiempo, meses en los que mi entorno me había construido una vida entre algodones.
Aislada, controlada, cautelosamente advertida de cualquier mínimo imprevisto.
Mi casa se convirtió en una burbuja que tardé meses en explotar, hasta que, en contra de la opinión de mis padres, decidí regresar a Venecia.
Bosquejé una serie de respuestas imprecisas, pero, por las miradas de Ismael, comprendí que poco podía hacer para remediar la nota.
—Lo siento, Valmori, lo máximo que puedo darle es un notable raspado —dijo por fin, girando los anillos en sus largos dedos.
—Un notable raspado —repetí, clavando la mirada en mi cartera, apoyada en el globo terráqueo. En su interior guardaba todos los libros que había leído y releído para prepararme.
—Es la nota que merecen sus respuestas —me confirmó, desplazando el dedo índice sobre los apuntes que había tomado mientras yo exponía los temas del examen.