Anillos y estrellas (The Hidden Society 1) Capítulo 1
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Anillos y estrellas (The Hidden Society 1)

Anillos y estrellas (The Hidden Society 1)

Por Jude Archer

© inepub.com

Capítulo 1

La oscuridad armoniza con el silencio. Eso fue lo que pensé al entrar en la Biblioteca Marciana, mi primer día en Venecia.

La oscuridad descendía desde el techo y planeaba sobre los conos de luz que emitían, con su zumbido característico, las antiguas lámparas.

Si cerraba los ojos, me parecía oír una invocación, susurrada por los frescos de los filósofos y sabios que observaban a los estudiantes desde las paredes.

Y enseguida llegaba mi sonido favorito: el del paso de las páginas con la tinta impresa en el papel.

Lo habría escuchado hasta quedarme dormida, de no ser porque caminar por los pasillos de una biblioteca me hacía sentir despierta, viva.

Los globos terráqueos de madera rechinaban, mecidos por la brisa, y parecían rogar el estudio de alguna región perdida en el tiempo.

Las vitrinas contenían pequeños tesoros cuya consulta se convertía casi en una proeza.

Y luego, por supuesto, estaban los libros.

Estanterías y corredores repletos de volúmenes desgastados por las manos que los habían hojeado, que los habían devorado.

Una envidiable colección que abarcaba cuanto se podía ansiar saber.

En mi primer día allí me prometí leer todos los libros de arqueología para estudiar el pasado.

Ignoraba entonces que uno de ellos tenía que ver con mi futuro.

Deslicé la mano izquierda por la gabardina hasta dar con la abultada y pesada cartera de piel en la que llevaba los libros de texto.

Me aseguré por enésima vez de que las hebillas estuvieran bien cerradas y luego entrelacé los dedos, con cuidado de no hacerme daño en el meñique.

Parecía un dedo como cualquier otro, delgado y adornado con un anillo de plata, pero era una prótesis de silicona.

Me lo rocé con el pulgar y, como siempre, no sentí nada.

Todo estaba bien y al mismo tiempo no lo estaba.

No existía ni un solo estudiante universitario que se mostrase optimista la mañana de los exámenes, y yo no era la excepción.

Con el paso de los años había descubierto varias técnicas para calmar los nervios, como repasar en el último segundo o escuchar música relajante con los auriculares.

Sin embargo, mi método para tranquilizarme consistía en pasear por edificios centenarios.

De todos ellos, el que albergaba la Biblioteca Marciana era mi preferido.

Me recordaba por qué había elegido estudiar Ciencias de la Antigüedad y me ayudaba a visualizar el futuro.

Algún día consultaría los espléndidos globos terráqueos renacentistas para ubicar el recorrido de las expediciones antiguas o podría examinar hasta el más minúsculo detalle de los bajorrelieves de las galerías y descubrir valiosas informaciones sobre el pasado.

No obstante, por el momento debía concentrarme en el presente inmediato.

Pasé por delante del escritorio de Lucio, el bibliotecario más permisivo que había conocido nunca, ya que, en lugar de imponer silencio, mendigaba fragmentos de charla. Y yo siempre estaba dispuesta a concedérsela.

—Buenos días, Ámbar, ¿qué examen tienes hoy? —me preguntó mientras colgaba el cartel con el nuevo horario de otoño.

—¿De verdad soy tan transparente? —repliqué, colocándome el flequillo sobre los ojos con la esperanza de disimular la tensión que probablemente fruncía mi frente como un signo de exclamación.

Lucio soltó una risita, un sonido perfectamente medido de acuerdo con la distancia que nos separaba de la sala de lectura. Se limitó a decir:

—Solo puedes estar nerviosa por dos motivos: la Universidad o Ismael Sagredo.

Le dirigí una mirada de indignación: ¿cómo se atrevía a mencionar a mi más insoportable rival académico? Decidí hacer oídos sordos a su comentario mordaz.

—Bueno, tengo Arqueología Persa dentro de… —Consulté el reloj que llevaba en la muñeca y tragué saliva—. ¡Cuarenta minutos!

—Tiempo suficiente para saludar a los maestros y luego correr hacia tu enésima victoria.

Sonrió, levantando el puño. Los maestros a los que se refería eran los grandes filósofos del pasado retratados en los frescos del techo y las paredes.

Hice un esfuerzo para asentir y disfrutar de la propuesta.

En las horas previas a un examen, me tomaba cualquier perspectiva de éxito como si estuviera condenada a fracasar, a pesar de saber que estaba más que preparada.

Así que cambié de tema. Acerqué la mano a la gorra que llevaba puesta y me calé la visera casi hasta la nariz.

—¿Crees que llama demasiado la atención aquí dentro?

Lucio me sonrió.

—Si te hace sentir segura, no te la quites.

—Daré una vuelta rápida. Estaré fuera antes de que lleguen los turistas —prometí.

Las primeras horas de la mañana eran el único momento del día en que la Biblioteca podía tomarse un respiro de la avalancha de visitantes.

—Lo siento, Ámbar, pero ya hay un grupo de estudiantes —me advirtió Lucio, señalando la entrada del pasillo—. Son franceses, así que no deberían… molestarte.

Solté un suspiro de alivio, le di las gracias a Lucio y me despedí.

Caminé arrimada a la pared, con la cabeza gacha, mientras observaba al grupo por el rabillo del ojo.

A juzgar por el silencio que mantenían y su atención a las explicaciones de la guía, debía de tratarse de una clase a la que le entusiasmaba el arte.

¡Ojalá todos los visitantes se comportasen así!

Sonreí complacida. Sentía veneración por todo lo antiguo y estaba convencida de que la mejor manera de conocer el pasado consistía en avanzar como de puntillas.

Y así lo hice. Adelanté a los escolares y me adentré en el corredor, vigilada por la mirada displicente de un amorcillo.

En mitad del recorrido, unas palabras me rechinaron en los oídos.

—La fachada de la Biblioteca pertenece al orden toscano…

Era la voz de la guía francesa, la segunda lengua que había estudiado en el instituto.

Sentí un cosquilleo en los labios y me obligué a apretarlos.

No debía intervenir. Demostraría el típico comportamiento de una empollona insufrible y cargaría de razón a los que me llamaban así en el instituto.

Haría quedar mal a la guía y atraería la atención.

Y mi plan, ahora que había regresado a Venecia, era pasar tan desapercibida como las palmeras al fondo de los frescos.

—En realidad, la mitad superior de la fachada es de orden jónico, y el friso es estupendo, ¿no os parece?

Las palabras se me escaparon de la boca antes de que pudiera detenerlas, en un francés aceptable. Para asegurarme de que me entendían, levanté la mano izquierda, al tiempo que señalaba la entrada.

La guía, una mujer de rostro cuadrado en el que destacaban unos labios desmesuradamente grandes, me fulminó con la mirada.

Le dirigí un gesto de disculpa, silenciando a la pequeña víbora que vivía en mi conciencia y me susurraba algo así como: «La próxima vez se preparará mejor la materia por la que le pagan».

Odiaba mi lado más pérfido, que se mostraba aún más despiadado con mis propios errores, e intenté disimular luciendo una sonrisa amable.

Todos los alumnos tenían los ojos clavados en mí, y la mayoría, por suerte, parecían divertidos por mi intervención. Una chica con el pelo largo y negro sujeto con un pañuelo le soltó un codazo a su compañera y le comentó algo. En cambio, la que imaginaba que era la profesora me dio las gracias.

— Je vous souhaite une bonne visite. Au revoir —añadí, deseándoles una buena visita y volviéndome con el propósito de desaparecer.

—Es Ámbar de los Canales —susurró la chica del pañuelo.

Aquello bastó para paralizarme, para rememorar el sonido de aquel sobrenombre repetido hasta la saciedad por voces diferentes ante los micrófonos, divulgado en la apertura de los telediarios y en la portada de los periódicos.

Di un paso atrás, pero a mi espalda había una columna.

Entonces, la chica empezó a hablar en francés, y yo deseé no haberme aplicado tanto en las clases de comprensión lingüística en el instituto, pues entendí perfectamente lo que decía y el diálogo posterior.

—¿Qué dices, Marión? —le preguntó la profesora.

—Que esa chica es Ámbar de los Canales —repitió la estudiante con más firmeza, señalándome.

—¿Quién es Ámbar de los Canales? —intervino en esta ocasión otra persona.

Las miradas de todos ya no reflejaban diversión, sino curiosidad.

—Será alguien de uno de esos podcasts morbosos que se dedica a escuchar Marión —comentó alguien.

—No son morbosos. Son true crime de personas que intentan resolver grandes misterios contemporáneos —rebatió Marión, sacándose el teléfono del bolsillo y tecleando unas palabras que yo no alcanzaba a ver. Que no quería ver.

—Te equivocas —balbuceé, con la garganta repentinamente seca.

Agarré el colgante que escondía bajo la blusa. Lo apreté hasta que sentí como su forma se imprimía en mi palma. Deseaba salir corriendo de allí, pero mis piernas estaban tan rígidas y frías como la piedra que tenía a mi espalda.

—No, mirad. Lo estaba escuchando justo antes de salir —dijo Marión, enseñando una foto en su teléfono móvil.

En ella se veía a una chica de unos veinte años que se apartaba un mechón de pelo castaño del rostro con la mirada clavada en los canales de Venecia.

Llevaba un vestido de color violeta que ondeaba con la brisa y parecía tan abstraída que el viento podría haberla arrastrado.

Me costó reconocerla, pero era yo. Se trataba de la imagen que había circulado por todas partes, tanto por televisión como por las redes sociales.

No había transcurrido ni un año; sin embargo, aquella chica y yo éramos dos personas diferentes.

La oscuridad del techo se desplomó sobre mí. Las preguntas curiosas de los demás estudiantes rompieron el silencio. Sus miradas me traspasaban: buscaban la verdad en mis ojos, observaban cómo las falanges de silicona se cerraban de manera convulsa, al igual que el resto de mis dedos.