Capítulo 54. Aren
D ietan ha convocado a los combatientes sobrevivientes del ejército de Namreth para que se reúnan.
Van llegando de a poco a los restos del gran salón y se desbordan hacia el patio y los terrenos del castillo. Sus armaduras están destrozadas y sus rostros cubiertos de sangre seca.
Algunos tiemblan por el impacto.
Otros ayudan a los heridos.
Un hombre corpulento, con solo una hombrera dorada intacta, desenvaina una espada y les grita a los demás, ordenándoles a quienes puedan mantenerse de pie que formen filas, pero a estos soldados ya no les quedan fuerzas para luchar.
Muchos están demasiado asustados para unirse a las filas y algunos dejan caer sus espadas cuando Dietan se para frente a ellos.
No hay rencor en su mirada. Estos hombres y mujeres probablemente solo estaban cumpliendo órdenes, obligados a obedecer al igual que los sirvientes del castillo. Dietan me toma de la mano y yo me uno a él, sabiendo lo que siente. No quiere que haya más violencia.
–No soy Namreth, Osian, como seguro ya habrán notado –dice, negando con la cabeza, todavía aturdido–.
Soy el príncipe Dietan de Loegria y he liberado el Castillo Engel.
Esta lucha ha terminado. Pueden estar seguros de eso.
Dejen sus espadas y aléjense. Regresen a sus hogares, con sus familias y seres queridos. Dejen atrás este lugar infernal.
Para la mayoría, sus palabras son bienvenidas. Dudo que haya muchos que quieran pelear, pero uno o dos permanecen firmes. Quizá no tengan adónde ir. O simplemente no sepan cuándo detenerse. Espero a ver si alguno ataca, pero no lo hacen.
–Ya oyeron a su alteza –pronuncia Marcus–. Lárguense, tontos. La pelea ya terminó, a menos que quieran volver a empezar. ¿Tienen ganas de enfrentarse a los anillos?
Al oír eso, los últimos guardias dejan caer sus espadas. Un hombre simplemente cae de rodillas y llora. Pero los soldados no son los únicos que están en la sala. Miro entre los rostros que nos rodean y veo a mis amigos.
Nuestra pequeña banda de rebeldes logró salir con vida. Nos miran con sorpresa. No sabían que Dietan tenía el poder del Silbido. O tal vez solo están asombrados de estar vivos. Lambert, Arnfried y Tess están juntos, con la ropa destrozada, curándose las heridas. Nadie salió ileso de esa tempestad.
Sus cuerpos sanarán, pero las cicatrices permanecerán.
La gente de Engel vivió durante años con el poder de la Muerte Invisible, bajo el terrible reinado de Namreth. El miedo en sus ojos persiste. ¿Alguno de ellos confiará alguna vez en Dietan ahora que saben que él posee el mismo poder?
Marcus y Jared también observan a la gente, esperando en silencio su reacción.
Decido dar el primer paso para asegurarles que Dietan no es como el rey al que acaba de derrotar. Suelto la mano del príncipe y me coloco frente a él, dirigiéndome a todos.
–El príncipe Dietan de Loegria derrocó al rey Osian.
Este, en realidad, era su tío abuelo, el príncipe Namreth de Alarice y no un verdadero heredero de Estyrion.
–Señalo el cadáver que yace en el suelo, y una oleada de murmullos estalla por todo el salón.
Nadie conocía su verdadera identidad–. Ese bastardo está muerto y nadie los va a obligar a marchar contra Loegria.
Ya no son esclavos de un monstruo. Son libres.
El príncipe Dietan los ha liberado a todos ustedes y a todo Engel y Estyrion.
Un murmullo de conversaciones confusas y emocionadas surge de entre la multitud.
–¡Viva el príncipe Dietan, liberador de Estyrion! –declara Jared, alzando una espada. Marcus levanta la suya en perfecta sincronía.
Entonces, un hombre se arrodilla y la joven a su lado hace lo mismo. Uno por uno, los demás hacen lo mismo. Dejan caer lo que tienen en las manos y se arrodillan, el repiqueteo de sus armas contra el mármol resuena como campanas a nuestro alrededor.
–Príncipe Dietan –exclama Lambert, luego se arrodilla lentamente sobre una rodilla. Inclina la cabeza. El resto de la sala hace lo mismo, arrodillándose en señal de lealtad.
El alivio se refleja en el rostro del príncipe. Quizá no se sienta listo para ser rey, pero el título de “liberador” le queda bien. Se lo ha ganado.
–Supongo que es lo más apropiado –digo. Me arrodillo ante él, con mi falda abriéndose a mi alrededor.
–Aren, por favor. No…
–Su alteza –protesto–. Es lo que corresponde.
Pero Dietan me sujeta del codo y me ayuda a ponerme de pie. Al hacerlo, él mismo se arrodilla. Me mira, con los ojos brillantes, y un recuerdo fugaz, de cuando la vida era bastante más sencilla, cruza mi mente. Un príncipe arrodillado a los pies de una camarera de pueblo.
Él es el príncipe de Loegria, el liberador de Engel, el salvador de Estyrion. Y está de rodillas frente a todos. No sé qué hacer. Todos los demás siguen haciendo una reverencia. Cuando me sonríe, noto que sus ojos están llenos de lágrimas contenidas.
Se me llenan los ojos de lágrimas. He tenido tanto miedo de perderlo, y casi lo pierdo, otra vez. Pero lo salvé. Y él ha salvado a todos.
–Deja de hacer tonterías. En serio, levántate antes de que se rían.
Dietan posa sus labios en el dorso de mi mano y desliza en mi dedo anular una alianza de oro, que hace unos momentos había sido parte de él. Él lleva la de plata. Plata por los yacimientos de Loegria y oro por los campos de trigo de Alarice. Los Anillos del Destino.
–Aren, mi amor, ¿me concederías el gran honor de casarte conmigo?