Epílogo. Dietan
epílogo Dietan
Castillo Lundenwic
Dos semanas después
–¡T ienes que contarnos todo! –dice Sonja, tomando las manos de Aren–. ¡Todo!
–¿De verdad estuviste en el Gran Yermo? –me pregunta Ofelia.
–¡Esperen! ¡Déjenme quitarme la capa primero! –Aren se ríe y se la quita antes de que sus hermanas la abracen fuerte, una a cada lado.
Observo, divertido, cómo ella lucha por liberarse de las gemelas.
Marcus y Jared están esperando en el pasillo, tampoco se molestan en separarlas, aunque ninguno de los dos haya visto a las chicas en semanas.
Sin mencionar que Jared y Ofelia tienen una boda que organizar.
Aun así, nadie se atreve a interrumpir el reencuentro.
–¡Te extrañamos mucho! –exclama Ofelia, llenando la mejilla de Aren de besos.
–¡Estábamos tan preocupadas! –agrega Sonja.
Aren sonríe.
–Nada de qué preocuparse. Y, por cierto, miren a quién traje conmigo –dice, haciendo un gesto para que Marcus y Jared se unan a nosotros.
Entran a la habitación, sonrientes. Sonja se pone de pie de un salto, mientras que Ofelia grita de alegría y se lanza sobre Jared, que la atrapa en el aire y la hace girar.
Sonja y Marcus se quedan de pie, un poco incómodos, uno frente al otro, y Marcus se retuerce la gorra entre las manos.
–¿Recibiste mis cartas? –pregunta él.
–Sí –responde Sonja, sonrojada–. Eran preciosas.
Marcus cruza miradas con Aren y le dedica una sonrisa de alivio. Ella le guiña un ojo y luego se acerca a mi lado. Me toma de la mano, dejando que las parejas se reencuentren en paz.
–¿Este es tu hogar? –pregunta.
–Nuestro hogar –la corrijo, acompañándola al patio del castillo. No había nadie en casa cuando llegué, me explicaron las gemelas, ya que mi padre está en los pueblos fronterizos y mi madre y mi hermana ya se habían ido al palacio de verano.
Las hermanas iban a reunirse con ellos hoy, hasta que llegamos nosotros.
Me alegra poder disfrutar de este momento con Aren antes de que mi familia se reúna.
Paseamos por los jardines, recorriendo senderos sinuosos, deteniéndonos junto a mi árbol antiguo favorito para que yo pueda presumir de lo raro que es antes de seguir adelante.
La llevo a la biblioteca, donde nos besamos entre las oscuras estanterías de tomos antiguos. Caminamos despacio por la sala de tapices, luego un poco más rápido por un pasillo rodeado de armaduras históricas, antes de pasar a toda prisa junto a las estatuas de los reyes y reinas de Loegria.
–Te estoy aburriendo –digo–. ¿Te gustaría ver las cocinas?
–Creo que ya he visto suficientes cocinas para toda una vida. ¿El príncipe tiene un dormitorio?
–Varios.
–¿Varios? Interesante. ¿Te importaría llevarme a uno? –pregunta, y yo soy un tonto porque solo entonces me doy cuenta de que ha sido un viaje bastante largo hasta Lundenwic, y nunca estuvimos realmente solos–. No me hagas esperar –exclama.
–Como mi dama lo ordene. –No pierdo ni un minuto más y en cuanto entramos a mis aposentos, cierro de un golpe la puerta detrás de nosotros.
Horas más tarde, Aren está recostada de espaldas en nuestra cama, sin aliento y sonriendo hacia el techo pintado que representa a los dioses del océano y sus interminables batallas. Por la forma en que lo mira, sé que le parece impresionante.
Este dormitorio es el mejor del castillo, sobre todo visto desde este ángulo. Y más aún cuando Aren está recostada desnuda a mi lado. Pero no me importa el techo. Tengo cosas más interesantes que mirar.
Subo por su cuerpo, me apoyo sobre mis codos y la miro, bloqueándole la vista del mural. Ella suspira y me dedica una sonrisa soñadora, sé que todavía siente la euforia de nuestro encuentro amoroso.
–Bueno, has tenido dos semanas para pensarlo –suelto–. ¿Te casarás conmigo, de verdad?
Ella suelta una risa entrecortada.
–Claro, me lo estás preguntando ahora, después de… –Señala nuestros cuerpos desnudos y resbaladizos por el sudor.
–Sabes que quieres hacerlo –digo, con una sonrisa burlona–. Pero por alguna razón, eres demasiado terca para admitirlo.
–Solo porque me he enamorado de los lujos de la vida de la realeza, muchas gracias –responde–. Ya tuve suficiente de cocinar y limpiar para el resto de mi vida.
Me río y hundo mi rostro entre sus pechos, inhalando su aroma. Me encanta su calor, su olor, su tacto.
Ella extiende la mano y, distraídamente, recorre con los dedos las cicatrices en forma de anillo que tengo en la espalda, las cuales aún no han sanado del todo, a pesar de que ahora ambos los llevamos en las manos.
La miro de reojo, con una pequeña sonrisa esbozándose en mis labios.
–¿Duele? –pregunta.
–No –murmuro–. Ya hace tiempo que no duele.
No decimos nada más después de eso. Solo escuchamos las olas rompiendo en la distancia, el sonido resonando a través de la ventana abierta. El ritmo es constante, relajante, como los latidos de su corazón bajo mi oído.
Después de un rato, su voz resuena, suave y somnolienta.
–Dietan, ¿de verdad quieres casarte conmigo?
Abro un ojo.
–¿De verdad tienes que preguntarlo, Aren de Evandale?
Ella se mueve y yo me acuesto de espaldas a su lado, acurrucándola contra mí, con su cabeza bajo mi mentón. La rodeo con un brazo y la abrazo fuerte.
–Ya no soy Aren de Evandale. Al menos, no la misma que se fue de su pueblo. Esa chica nunca se consideró digna de un príncipe.
Le doy un beso suave en la nariz.
–Bueno, esa Aren de Evandale estaba equivocada.
Me mira fijo a los ojos y pronuncia las palabras que he estado esperando hace tanto tiempo.
–De acuerdo.
–¿De acuerdo?
–Sí. –Sonríe–. Me casaré contigo.
La alegría me inunda de pies a cabeza, pero se ve multiplicada por las palabras que dice a continuación.
–Te amo, Dietan. –Su mirada es seria en su rostro. No bromea, ni se ríe, ni me llama “su alteza” ni “tonto”.
–Yo también te amo –respondo, aunque ya lo sabe. Se lo diré una y otra vez por el resto de mi vida.
Nos quedamos dormidos, entrelazados.
Mi corazón se acomoda en un ritmo tranquilo y constante, para siempre junto a mi futura esposa.