Capítulo 52. Dietan
M e siento vivo.
Por todos los dioses, nunca me había sentido tan vivo. La energía recorre mi cuerpo, al compás de los latidos de mi corazón. El Silbido disipa toda duda y todo miedo. Todo da vueltas a mi alrededor mientras el poder se despliega a mis pies y los anillos vibran sin explotar.
Quieren que los use. Necesitan que los use, al diablo con los riesgos.
El Silbido regresó a mí cuando vi a Aren caer de rodillas, cuando vi que su luz comenzaba a apagarse. A medida que ella se desvanecía, los anillos cobraron vida con un rugido desenfrenado, por primera vez desde que llegamos a este castillo, lo que parece haber sido hace una eternidad.
El poder surgió de una forma tan inesperada que no tuve tiempo de pensar ni de planear, ni de contenerlo con la respiración y la voluntad. Solo actué. Llamé al viento, y los anillos respondieron, lanzando a Namreth al otro lado de la sala.
El rey loco sigue allí tendido, boca arriba, todos sus guardias me miran fijo.
Parecen inseguros de qué hacer a continuación, con la boca abierta como tontos al darse cuenta de que poseo el mismo gran poder que Namreth.
Sopesan en silencio sus opciones, intercambiando miradas, preguntándose si deben huir o luchar.
Apuesto a que todos se preguntan cómo regresé de entre los muertos.
La mitad de ellos me miran boquiabiertos como si hubieran visto un fantasma.
Pero no soy un fantasma. Soy una pesadilla, una pesadilla sedienta de venganza.
A mis pies, Aren me mira, con los ojos muy abiertos por el miedo y el asombro.
Está viva.
Quiero llamarla, pero no puedo. Apenas puedo formar un pensamiento. El poder que hay dentro de mí es como un rayo, como una tormenta bajo mi piel que debe ser liberada.
Al otro lado de la sala, Namreth se sacude.
Se pone de pie con dificultad, temblando.
Tiene el cabello revuelto y los ojos desorbitados.
Esperaba que estuviera acabado. Esperaba que le hubieran quebrado la espalda y el espíritu también.
Era una ilusión tonta, por supuesto, pero siempre he sido un tonto esperanzado. Aren me lo recuerda a menudo.
–Sobrino –dice sin mostrar demasiada sorpresa–. Aún estás vivo –se burla–. Aún eres un tonto. –Se echa el cabello hacia atrás, limpiándose la suciedad y un poco de sangre de la frente.
Cierro los ojos mientras la tormenta en mi pecho se estremece y se agita, azotando mis pensamientos.
Otra ola de energía brota de mí, pero está desenfocada, temo perder el control como lo he hecho en el pasado.
Temo no ser lo suficientemente fuerte. ¿Y si mi padre tenía razón?
No debí haber tocado esos anillos cuando tenía diez años y tampoco debo hacerlo ahora.
Sin embargo, aquí estoy.
–¿Esto es obra tuya? –pregunta Namreth, dando un paso hacia mí y extendiendo los brazos para abarcar los cuerpos destrozados esparcidos por su enorme salón dorado–. ¿Este ridículo levantamiento? ¿Esta patética rebelión?
No digo nada. El sudor brota de mi frente mientras intento controlar mi poder, pero el vendaval se lo lleva de un soplo. Aren se tapa los ojos mientras fragmentos de vidrio y porcelana se arremolinan a su alrededor. La tempestad a mi alrededor crece, con su poder sin control.
¡Deténganse! , les ordeno a los anillos. ¡Deténganse, deténganse!
He dejado que la tormenta se desate y aún no sé cómo manejarla. Intento respirar como me enseñaron, contando mis latidos, esforzándome por tomar el control de los vientos.
–Ah, no sabes cómo controlarlo, ¿verdad? –dice el rey–. Tienes tanto poder dentro y ni siquiera sabes por dónde empezar. Pero yo sí.
A su alrededor, se levanta una segunda tempestad. Se expande, rodeándolo en un vórtice arremolinado que arrastra los escombros de la batalla esparcidos por el suelo. Cada fragmento de madera y piedra se ve arrastrado por el remolino.
Namreth avanza y el torbellino traza surcos profundos en las baldosas de mármol.
Atraviesa sillas y mesas, lanzando astillas en todas direcciones.
Se abre paso entre los cuerpos que yacen en su sala del trono, moviéndose lentamente, un paso deliberado a la vez, para que todos los que aún viven puedan conocer su poder y elijan un bando.
Hace mucho tiempo, en una época ya lejana, el Silbido esculpió montañas y valles. Ahora, Namreth atraviesa la tormenta que yo mismo desaté. El aire vibra como el interior de un tambor de guerra mientras los ciclones se azotan entre sí.
–¿Crees que puedes igualarme, sobrino? –grita por encima del viento aullante. Sus guardias dan un paso al frente, entrelazando sus escudos y apuntándome con sus lanzas.
Hay cientos de ellos formados en filas nítidas, una fila detrás de la otra. Más se acercan en la distancia, marchando por los pasillos, listos para reemplazar a cualquier hombre o mujer que caiga.
Estoy en el corazón del castillo del enemigo.
Los rebeldes están en inferioridad numérica de cien a uno, tal vez más.
No sé si podré enfrentarme a Namreth. Ni siquiera puedo controlar mi propio poder.
El hombre sonríe, con una mueca de satisfacción como la de un gato que lame crema, mientras observa cómo lucho.
Un instante después, estalla la tormenta del rey.
Las astillas me desgarran la piel y, en el suelo, esas mismas astillas desgarran el vestido y la piel de Aren.
El vórtice de viento que lo rodea se expande hasta llenar todo el salón, arrasando con todo a su paso.
No distingue entre amigos y enemigos. Tanto guardias como rebeldes caen de rodillas.
Una astilla de madera atraviesa la sien de un hombre corpulento, un cuchillo se clava en el pecho de un niño, otro en un ojo.
Sus guardias son los que reciben el impacto principal, pero pronto toda la furia de la tempestad de Namreth se abatirá sobre mí.
Por un momento, el muro de soldados enviados para amenazarme me sirve de escudo. En este momento de calma, mis pensamientos se aclaran.
Miro a Aren y, en sus ojos, veo esperanza.
Veo a alguien que cree en mí incluso cuando mi propia fe se ha desvanecido.
Se ve tan pequeña, tan frágil frente al poder que me está dominando, pero no es ninguna de esas cosas.
Hay fuego en sus ojos y me llega hasta el alma.
Su fuerza inquebrantable me da confianza. No puedo dejar que Namreth se la lleve.
Por Aren, puedo hacerlo. Por ella, lo derrotaré.
Llamo a los anillos, ellos responden. El fuego florece bajo mi piel, destellando como rayos. Se siente como euforia, éxtasis. Se siente magnífico.
La tempestad a mi alrededor se expande, abriéndose paso entre los torrentes provocados por Namreth.
A diferencia de mi tío, no tengo precisión ni delicadeza.
Solo poder bruto que lo desordena todo, haciendo que las mesas y sillas choquen entre sí, que los platos atraviesen las ollas, obligando a los guardias a retroceder, a esconderse detrás de sus altos escudos y esperar a que pase la tormenta.
Me concentro en repeler el poder de Namreth. Aprieto los puños, sintiendo que mi poder es demasiado grande para mi cuerpo. El aire en la sala del trono se oscurece y las nubes de tormenta se acumulan.
Entonces la realidad cambia. Y se reajusta. Y me veo transportado a un sueño.
El campo de batalla.
Y los cuerpos.
Un reino en las sombras.
Vientos oscuros se arremolinan a mi alrededor: una tormenta que se avecina.
Entonces, una voz. Su voz.
–¡Dietan!
Mi pecho se agita con fuerza. El dolor me golpea como un martillo. Una vez más, escucho la voz de Aren atravesando el rugido de los vientos.
La verdad me golpea de lleno. Lo he entendido todo mal.
Mis visiones no se refieren a Loegria. Se refieren a Namreth. Se refieren a este reino caído, a esta ciudad dorada. Aquí es donde todo terminará.
¿Soy yo el arma que provocará su caída?
Los Anillos del Destino me quitarán la vida, pero primero acabaré con la de Namreth.
Al mirar a Aren, ahora lo entiendo. Nunca sobreviviré al canalizar todo el poder de los anillos. Apenas he sobrevivido en el pasado, usando solo una fracción de su fuerza. Estaba condenado desde el principio, desde el momento en que los anillos me eligieron a los diez años.
Así es como termina todo.
Debo sacrificarme para destruir a Namreth.
No hay otra manera.
Aren me mira fijo y en su rostro se dibuja la comprensión. Incluso un atisbo de enojo. Es una mirada que dice “No me dejes. No te mueras, bastardo”. Pero no hay otra opción. Tengo que sacrificarme por mi pueblo.
Y lo más importante… lo haré por la persona que más me importa. Sonrío al pensar que se enojará mucho porque elegí salvarla a ella en lugar de salvarme a mí mismo.
Los anillos están vivos, su poder se ha desatado, llenando cada parte de mí, desgarrando mi cuerpo desde adentro.
Puedo sentirlo .
Poseo un poder que ni siquiera Namreth puede igualar… un poder que acabará con su vida y con la mía.
Me encuentro con la mirada horrorizada de Aren.
–Devuélvele los anillos a mi padre –digo, deseando que el Silbido lleve mi voz a través del viento solo para ella. Sé que me escucha porque se tapa la boca y una lágrima resbala por su hermoso rostro–. Te amo, Aren.
Luego, invocando a los anillos, volteo para enfrentarme a mi tío, el rey loco del Yermo.