Anillos del destino Capítulo 50. Dietan #2
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Capítulo 50. Dietan #2

Nos cambiamos en los aposentos de los sirvientes y ahora nos ponemos nuestra nueva ropa.

Aren se ajusta la máscara sobre el rostro, dejando solo los ojos a la vista.

Sin duda, las máscaras de animales tienen como objetivo recordarnos que, para Namreth, los sirvientes son menos que humanos.

Se me revuelve el estómago al recordar que es de mi propia sangre y, una vez más, lucho por contener los anillos.

Todavía no , pienso. Se calman hasta convertirse en un murmullo silencioso.

Aren sabe adónde va, así que la sigo, alerta. Casi todos con quienes nos cruzamos están demasiado absortos en su vino o en su conversación, así que entramos sin problema a las cocinas.

Los aromas de la carne asada, la mantequilla y las especias son abrumadores. Namreth no ha perdido su gusto por las delicias alaricianas ni siquiera en este desierto árido.

La cocina es el lugar más abarrotado que he visto hasta ahora y el más silencioso. Nadie habla. Todos se mueven como marionetas, girando en una danza coordinada. Nadie nos mira al entrar.

¿Cuántos de ellos están al tanto del plan?

Aren me guía hasta la despensa, donde recoge sus provisiones, incluido el condimento especial que pidió. Mi mirada se dirige a los cuchillos en los bloques de madera sobre las encimeras. Cuento seis justo ahí. Pero debo ser paciente.

Para este momento, los demás también se habrán dirigido a sus posiciones. Lo único que puedo hacer es concentrarme en las tareas que me han asignado y pensar en cómo mataré al rey cuando llegue el momento.

Aren hace la mayor parte del trabajo preparando los pasteles, mientras yo actúo como su asistente, pasándole todo lo que me pide. Ella macera la fruta, dobla las masas y corta el hojaldre. Es un proceso delicado y, en cualquier otra circunstancia, me hubiera encantado verla en acción.

–Oye –susurra, bien bajo como para que no se oiga por encima del estruendo de las ollas. La miro. Ella inclina la cabeza hacia un cuchillo que acaba de limpiar y que está apoyado en el borde del fregadero. Sirve para cortar, tiene una hoja apenas más ancha que dos dedos, pero está afilado.

Volteo para darle la espalda al cuchillo. Agarro el mango y se lo paso a ella, rápido y en silencio. Lo guarda en la cintura. Nadie se da cuenta. Y si lo hacen, nadie dice nada.

Uno menos. Quedan muchos más.

Cuando saco el último pastel del horno, llega la hora.

El sol se puso hace horas y la fiesta en el gran salón está en pleno apogeo.

Hay un vaivén constante de sirvientes que sacan comida de la cocina.

Aren ha movilizado a todo el personal de cocina, además de algunos meseros designados que han pasado por aquí para llevar la comida al salón de baile.

Las tartas especiales están apiladas en un carrito grande, aún humeantes y listas para ser servidas, pero algunos guardias apostados en la cocina se están impacientando.

–¡Tú, ahí! ¡Trae eso aquí! –me grita un guardia. Ya tiene las mejillas sonrosadas por el vino y me mira con ojos pequeños y brillantes.

La combinación perfecta: borracho y malhumorado.

Lo miro fijo, desconcertado de que alguien me hable así. Echo un vistazo en dirección a Aren, y ella asiente con la cabeza. Llevo el pastel hacia el guardia.

–Déjalo ahí –ordena el hombre.

Hago lo que me indica, colocando el pastel aún caliente sobre la barra. Me alejo, con las manos escondidas detrás de la espalda, como he visto hacer a tantos otros sirvientes en la mesa de mi padre.

Sin vueltas, el guardia hunde el dedo en el pastel.

–¿Qué es esto? –pregunta, con voz baja y burlona.

Me mira expectante, esperando una respuesta con el dedo aún hundido en la corteza del pastel. Debe estar caliente, pero él se limita a mirarme con una sonrisa amplia y hambrienta.

–Ruibarbo –responde Aren, acercándose a mi lado, y luego agrega–: señor.

Los ojos del guardia se vuelven hambrientos al mirar a Aren, yo me pongo a la defensiva. Saca lentamente el dedo del pastel y se lo lame hasta dejarlo limpio.

–Delicioso –dice, mirándola con deseo.

–Gracias, señor –responde ella–. ¿Podemos entregárselo al rey ahora?

Nos hace señas para que sigamos, yo coloco el pastel en el carrito junto a los demás. Juntos, lo empujamos hacia el pasillo y vamos a la sala del trono, mientras el guardia observa a Aren con una sonrisa lasciva.

La sed de venganza hierve en mi interior, despertando a los anillos.

Los anillos han estado en silencio durante tanto tiempo.

Se agitan cada vez más con cada paso que doy y su zumbido tan familiar cobra vida.

Todavía no, todavía no , pienso, con la esperanza de controlarlos.

Siento como la sangre late en mis oídos, obstruyéndome los tímpanos, mientras caminamos.

Cuanto más nos acercamos a la sala del trono, peor se pone.

El salón es el corazón de la fiesta. La música suena fuerte, el estruendo de las voces aún más. Los invitados están esparcidos por todo el salón sobre cojines y sofás, lo que ralentiza nuestro avance mientras maniobramos el carrito hacia la mesa.

Por todas partes hay gente bebiendo a tragos de botellas de vino y soldados que se aprovechan de hombres y mujeres enmascarados y semidesnudos. Es la última noche de libertinaje antes de que marchen a través del Yermo.

Oigo el chasquido de los látigos, gritos de placer o dolor indistinguibles entre sí, el sonido de la carne golpeando contra la carne. Hay cuerpos tendidos en el suelo, algunos tan inmóviles que es difícil saber si están vivos. Lo único que quiero hacer es taparme los oídos y cerrar los ojos.

De repente, estoy de vuelta en el calabozo. Con frío, solo, herido . El mundo se me viene encima y vuelvo a encerrarme en mí mismo, sintiéndome pequeño, indefenso y débil...

Aren me toma la mano y vuelvo bruscamente al presente. Había olvidado dónde estaba, pero su contacto me devuelve a la realidad. Me suelta y me mira desde detrás de su máscara de zorro, con los ojos brillantes de compasión.

No puedo derrumbarme ahora. Solo necesito sobrevivir unos minutos más.

Ya casi llegamos.

Los sirvientes ya están atendiendo la mesa, colocando más de los pasteles y dulces que Aren había preparado, a los que los invitados se abalanzan como perros hambrientos. Bien.

Namreth observa todo esto desde su trono dorado al final de la mesa, con las manos cruzadas frente a él, sonriendo ante la escena que lo rodea. La mesa está repleta de comida y bebida, y siguen llegando más y más.

Los sirvientes entran y salen a toda prisa de la sala del trono. Diviso a uno con una máscara de gato que cojea. Es Jared. Mi sangre ruge con más fuerza. Marcus debe de estar cerca, aunque no lo vea. Ya no falta mucho.

Mi corazón se detiene cuando escucho a Namreth gritarle a Aren.

–¡Tú! ¡Tráeme uno de esos!

Aléjate de ella, imbécil. Ni se te ocurra, mierda…

Entonces ella deja una de las tartas especiales, pero el rey no le presta atención. Está ocupado riéndose de uno de sus generales que baila con una chica borracha en sus brazos.

Aren se escabulle, lanzándome una última mirada antes de desaparecer en el mar de cuerpos.

Una carcajada estridente resuena en algún lugar a mi derecha. Se oye un gemido de placer desde el fondo del salón. En mis oídos, mi corazón late con fuerza mientras empujo el carrito de pasteles hacia Namreth.

Esto nunca terminará.

Él nunca se detendrá. Seguirá lastimando a la gente, desangrando a Estyrion y atormentándome para siempre. Nunca volveré a descansar. A menos que lo mate.

En este preciso instante.

Deslizo la mano por detrás de la cintura, siento el mango del cuchillo y lo agarro con fuerza.

El general ebrio ve el pastel sobre la mesa y deja caer al suelo a su pareja de baile, que ya está inconsciente.

Hunde sus manos sucias en él, metiéndose puñados de masa y relleno en la boca.

Tras varios bocados, se detiene en seco.

Su respiración se entrecorta y sus ojos se le salen de las órbitas.

Bueno, es bueno saber que el veneno funciona. Excepto que se suponía que todos debían haber tomado un poco y no se suponía que funcionara tan rápido.

El general cae al suelo junto a su pareja de baile, convulsionando y echando espuma por la boca. Al caer, derriba a un sirviente con otro carrito de postres. Los platos y los vasos se rompen, haciendo que toda la música en la sala del trono se detenga con un chirrido.

Un cuchillo solitario se desliza de la cintura del uniforme del sirviente, todas las miradas se dirigen hacia el cuchillo.

Estamos muertos.