Capítulo 50. Dietan
S acarme del castillo fue una cosa. Meterme en él es otra totalmente distinta.
El plan es sencillo, pero tiene muchas capas. Cada paso debe ejecutarse de la manera más perfecta posible para que podamos entrar.
Poco a poco me visto con ropa de plebeyo, necesito verme sencillo y poco llamativo. Tendré que ser discreto, fácil de olvidar, invisible.
Tomo el platito con hojas molidas que Aren dejó sobre la mesa para mí.
Empiezo a peinarme con los dedos para distribuir la pasta por todo mi cabello, hasta que mis ondas doradas se vuelven de un color castaño que no despierta sospechas.
Me coloco una capucha sobre la cabeza y me la bajo hasta la frente para ocultar la mayor parte de mi rostro.
Con suerte, nadie mirará demasiado de cerca el rostro de los campesinos, especialmente los de aquellos que podrían ser príncipes no muertos.
Por encima del hombro, veo a Aren mientras termina de vestirse, me siento tan atraído hacia ella como si me hubiera enredado las cuerdas del corazón. Se da cuenta de que la estoy mirando y me dedica una sonrisa.
–¿Ya estás listo? –pregunta.
–Contigo, mi amor, siempre.
–¿En serio? –Arquea una ceja–. ¿Todo eso de “mi amor”? ¿Todavía?
–Bueno, ¿no lo eres?
Se recoge el cabello en un rodete sencillo, sujetándolo en la nuca.
–Pero antes solo me llamabas así porque fingíamos estar comprometidos. En realidad, no lo decías en serio, así que ahora se siente raro.
–Ya veo. ¿Y qué preferirías?
–No lo sé.
–Entonces, ¿por qué te quejas?
–Solo supuse que se te ocurriría algo más creativo –dice y esboza una sonrisa burlona.
–¿Qué tal mi amorcito, mi Aren? –Me acerco a ella con aire arrogante.
–Mmm. Eso suena como si yo te perteneciera.
Coloco mis manos sobre sus brazos, la atraigo hacia mí y poso mis ojos en los suyos.
–Lo has entendido todo al revés. Tú me posees, en cuerpo y alma.
–Me encanta poder ponerla tan nerviosa. Me gusta cómo se sonroja y se queda sin palabras.
Pone los ojos en blanco, pero sé que la tengo justo donde quiero…
y la deseo con todas mis fuerzas–. Lo resolveremos más tarde –murmuro, mientras la tomo en mis brazos.
–Pero… ¿y los demás?
–La puerta está cerrada con llave –digo–. Y todos ya están afuera.
–¿No se preguntarán dónde estamos? –pregunta, mirando por encima del hombro hacia la ventana.
–No –respondo, levantándole la falda y empujándola suavemente contra la pared, lejos de la ventana.
–Tendremos que hacerlo en silencio –susurra, mientras desliza su mano bajo mis pantalones–. Y rápido.
Sonrío, siento que mi cuerpo se calienta como siempre que estoy con ella.
–Como mi dama lo ordene.
Ya no hay vuelta atrás.
La puerta este del castillo está abierta de par en par, con la reja levantada y llena de gente.
Desde que llegamos, me ha parecido que había muy pocos residentes viviendo en la ciudad, aparte de los soldados alojados en los enormes cuarteles detrás del castillo.
Por eso, me sorprende ver a cientos de plebeyos atravesando las puertas, cargando sacos de harina o tirando de carretas llenas de especias y dulces bajo la mirada atenta de los soldados.
Está claro que han estado aquí todo este tiempo.
Viviendo ocultos, sin duda, para evitar llamar la atención de su rey.
Supongo que la mayoría de estas pobres almas son familiares y amigos de los soldados de Namreth, atraídos al medio del desierto por la promesa de seguridad y prosperidad.
Aren y yo nos abrimos paso entre la multitud, manteniendo la cabeza gacha. En la puerta sur, Marcus, Jared y los demás hacen lo mismo, entrando al recinto vestidos con ropa de plebeyos, tratando de pasar desapercibidos, con la esperanza de que nadie se fije en ellos.
Bajo la mirada al acercarnos a los guardias. Un hombre alto, con una lanza aún más alta, toma el mango con fuerza cuando cruzamos miradas. Sus dedos se tensan hasta ponerse blancos.
–¡Tú, ahí!
Mierda . Aprieto el puño mientras clava con fuerza el extremo de la lanza en el suelo y la atraviesa para cortar el paso. Pero el asta cae detrás de mí, no delante.
Con rapidez, el guardia saca de entre la multitud al pobre hombre que está atrás mientras este grita.
–¿Qué hice?
–Traidor –lo acusa el guardia, y luego atraviesa al hombre con la lanza justo en el estómago, frente a todos los que esperan poder entrar al castillo.
El hombre muere a nuestros pies, con un charco de sangre brotando de su pecho y el guardia frunce el ceño a la multitud antes de declarar–: Que esto les sirva de advertencia a todos.
El hombre fue elegido al azar. La furia ante tanta crueldad me hiela la sangre en las venas. Pero, por suerte, sigo con vida y, por algún giro del destino, nuestro plan sigue adelante.
Sin siquiera mirar a Aren por temor a llamar la atención, vuelvo a abrirme paso entre la multitud.
Espero con ansiedad a que los anillos me llamen, vibrando para que los use como lo han hecho en momentos de peligro en el pasado, pero permanecen en silencio, marcando su presencia solo con un zumbido muy leve y constante.
No he sentido su calor bajo mi piel desde que Aren y yo fuimos encarcelados por primera vez en esa celda oscura.
Cada paso hacia el castillo me hace sentir como si me adentrara en aguas heladas.
Sé lo que hay en esos calabozos, los horrores que se esconden tras los muros dorados.
A medida que nos acercamos, los guardias se mantienen alerta, vigilando a la multitud.
Un hombre chasquea el látigo y yo me sobresalto, agachando la cabeza.
Respiro hondo, de manera constante, para calmarme.
El soldado golpea a una plebeya, quien cae de rodillas. Vuelve a chasquear el látigo en el aire. Una amenaza para cualquiera que se salga de la fila o se mueva demasiado lento. Nadie se atreve ni siquiera a mirarlo.
Mis ojos arden de furia, pero mantengo la cabeza gacha. Esta miseria debe terminar. Esta noche.
Siento que Aren tiembla a mi lado.
–Está bien –susurro–. Ya casi llegamos.
Qué bien se siente ver las puertas del castillo unos pasos más adelante. Vuelvo a notar la extraña magia que brilla en ellas y que, al parecer, solo yo puedo ver.
Uno por uno, los guardias inspeccionan y admiten a los nuevos empleados, permitiéndoles el ingreso. Es un proceso lento bajo un sol abrasador. A una chica la admiten, a la siguiente la rechazan. A veinte las hacen pasar al interior, mientras que a otras dos las mandan de vuelta a casa.
Cuando llega nuestro turno, los guardias nos miran de arriba abajo. La mujer al mando, una guerrera de rostro severo, mastica algo asqueroso y marrón, y luego lo escupe a mis pies, observando atentamente para ver cómo reacciono.
Cada músculo de mi cuerpo se tensa. Todo mi instinto me dice que ponga a esta guardia en su lugar, pero reprimo ese sentimiento y lo mantengo bajo control.
–¿Tienes algún problema? –pregunta cuando ve que muevo los dedos y aparece una gota de sudor en mi frente.
–Ningún problema –responde Aren, tomándome del brazo–. Solo estamos un poco cansados.
–Entonces sigan. Adelante –ordena, ya aburrida de nosotros. Dirige su mirada hacia el siguiente en la fila.
El próximo grupo de guardias es más minucioso.
–Revisión de seguridad –dice uno con armadura de cuero negro, lleva una espada colgando en su cinturón.
Apoyo las palmas de las manos contra la pared de piedra fría.
El guardia me revisa con rudeza. Mantengo mi rostro neutral y la cabeza bien agachada.
Otro guardia registra a Aren, ella no protesta, ni siquiera cuando sus manos se demoran demasiado en su pecho.
–¿Deberíamos enviar a esta al harén? –pregunta el guardia entre risas.
El otro resopla.
La rabia me invade el pecho y la sangre ruge en mis oídos, pero no puedo hacer nada al respecto. Todavía no.
–Está bien, todo en orden –declara.
No nos han encontrado armas. Mi cuchillo real está a salvo por ahora. Con un gesto de la mano, nos deja entrar, pero no sin antes darle una palmada brusca en el trasero a Aren.
Ella me mira a los ojos, suplicándome que no reaccione, me cuesta mucho contenerme. Mi visión se nubla, mis manos tiemblan por el esfuerzo y puedo sentir el poder de los anillos corriendo por mis venas como oro fundido.
–Oye, estoy bien –trata de calmarme, manteniendo la voz baja.
Aprieto la mandíbula.
–Eso no significa que lo que hicieron sea correcto.
–Lo sé, pero no es el momento ni el lugar.
Odio que tenga razón.
–Quemaré este lugar cuando terminemos la misión.
–Yo traeré los fósforos –agrega.
El castillo está bullicioso y abarrotado cuando entramos por las puertas de los sirvientes.
Estoy muy tenso, temiendo que alguien dé la alarma o nos detenga, pero la mayoría de los soldados que están adentro ya han comenzado a participar en las festividades.
A pesar de lo temprano que es, el vino fluye de las fuentes del atrio, el humo llena los salones de techos altos, y las risas y los cantos flotan en el aire.
Aún no hay rastro de Namreth, pero está aquí en alguna parte, preparándose para hacer una entrada triunfal cuando comience el banquete.
Lambert, Tess y Arnfried llegaron varias horas antes para comentarles a los empleados aliados sobre nuestro plan.
Aren lleva una mano a su oreja en un gesto que indica que reconoce al mayordomo agotado que supervisa a los nuevos empleados.
Él asiente con la cabeza, reconociéndome a pesar de mi cabello.
–A ustedes dos les toca la cocina, también deberán servir el banquete, pero primero tienen que cambiarse –dice mientras un guardia nos observa.
Nos entregan trajes elegantes de sirvientes, sedas bordadas y máscaras con forma de rostros de animales. A Aren le dan una máscara de zorro y a mí me entregan una de lobo blanco.
Sin duda es una coincidencia, pero el lobo es el emblema de la casa real de Alarice. Ese símbolo está bordado en cada estandarte que mi abuelo envía a la batalla contra el Usurpador. Llevarlo puesto me dará fuerzas. Me lo ato bien apretado alrededor de la cabeza. No le fallaré.