Capítulo 49. Aren
E stoy acostada en un catre estrecho en el refugio, a solo unos centímetros del de Dietan, pero la distancia entre nosotros parece tan grande como un puente entre dos reinos. Doy vueltas en la cama, incapaz de dormir ante la misión peligrosa que nos espera.
Mi mente no descansa: espero que papá y mis hermanas estén a salvo, lloro la pérdida de Bing, quien se sacrificó para ayudarnos a escapar. Estoy tan agradecida con mis nuevos amigos que duermen a mi lado. Arriesgaron tanto para sacarnos a Dietan y a mí con vida del castillo.
Si mamá pudiera verme ahora, me pregunto si estaría orgullosa de que su hija mayor haya crecido hasta el punto de planear asesinatos con un príncipe extranjero y muy atractivo.
Mis pensamientos se dirigen a aquella noche en el establo, cuando pensé que él moriría de fiebre.
Luego, al momento mágico en que él y yo despertamos juntos de una neblina, reconociendo por fin lo que significábamos el uno para el otro.
Pensé que tendríamos más tiempo. Más tiempo para besarnos y sanarnos en el templo.
Como si pudiera intuir lo que estoy pensando, Dietan me rodea con su brazo, acortando la distancia. Con su contacto, por fin puedo dormir.
Por la mañana, el príncipe se reúne con el grupo, moviéndose de un lado a otro alrededor de la mesa, trazando líneas en el mapa y moviendo las piezas.
Proponen estrategias, luego las desmontan, debatiendo cómo podrían fracasar o tener éxito.
Dietan dirige la discusión, con un tono seguro y autoritario, como un príncipe. No, como un futuro rey.
–Marcus, por favor. –Señala el mapa sobre la mesa mientras todos los presentes en la casa se reúnen a su alrededor.
El general asiente con la cabeza y se pone de pie.
–Según la información que hemos recopilado, Namreth pronto marchará sobre Loegria.
Tenemos unos días para evitarlo, tal vez menos.
Como saben, ha cerrado las puertas de la ciudad y no se permite que nadie salga, pero nos hemos enterado de que aún se permite la entrada por un único punto, muy bien protegido.
–Voltea hacia Arnfried–. ¿Has explorado la puerta del este?
–Están dejando entrar caravanas enteras a la ciudad –responde Arnfried, asintiendo con la cabeza–. Y creemos saber por qué. El rey está organizando un banquete.
–¿Cómo puedes estar tan seguro? –pregunto.
–Ya lo ha hecho antes para marcar el inicio de una campaña. Organiza un banquete para animar a sus tropas y honrar a sus generales –explica.
–Más bien para meterles miedo –dice Lambert con aire de saber de qué habla–. Saben que será su última comida si fallan.
Arnfried empieza a compartir más información.
–Según el personal del castillo, este es el banquete más grande que ha organizado jamás.
Los guardias están trayendo gente de todo Estyrion para reforzar al personal existente.
Especialmente en la cocina y en el gran salón.
–Me lanza una mirada significativa. Me alegro de que hayamos arruinado los planes del rey loco con nuestra fuga de la cocina.
–Será algo enorme –agrega Lambert–. Una gran orgía de borrachos, sin duda. Mucho vino, mucha comida. El rey y sus oficiales de alto rango estarán ocupados.
–El momento perfecto para atacar –dice Marcus–. No sospecharán nada.
–Exacto –concuerda Dietan–. Planearemos el ataque en medio de la fiesta desenfrenada, después de que él y todos sus seguidores más leales hayan comido y bebido hasta saciarse. No estarán preparados para un ataque. Podemos eliminar a muchos enemigos de una sola vez.
–Según nuestra información, la mayoría de sus aliados solo le son leales por la amenaza que se ejerce sobre sus familias.
De hecho, sabemos que muchas de las esposas de sus generales y administradores son cortesanas de la corte en el Castillo Engel, para garantizar su buen comportamiento –confirma Arnfried.
–Rehenes –escupe Tess.
–Eso mismo. Si actuamos con suficiente rapidez, es poco probable que alguien empuñe una espada como respuesta –comenta Marcus.
–La seguridad en el castillo será estricta –agrega Tess–. Namreth confía en que nadie puede enfrentarse a la Muerte Invisible, pero aun así, no permite armas en el castillo, excepto las que portan sus guardias.
–A ver si lo entiendo bien –dice Jared, mordiéndose el labio, no luce convencido–.
Estamos pensando en atacar un castillo muy bien custodiado y matar a un rey que tiene el control del Silbido.
–Dirige la mirada hacia Dietan antes de continuar–.
Con nada más que nuestros puños. Y encima, ¿pretendes que entremos así como así? ¿Caminando?
–¿Acaso es difícil? –se burla Dietan entre risas.
–Si no lo atacamos en el banquete, ¿entonces cuándo? ¿Cuando marche con su ejército? ¿Con miles de soldados a su lado? ¿Cuando se reúna con el Usurpador y dupliquen sus fuerzas? –pregunta Marcus–. Es mucho más fácil hacerlo ahora, cuando menos se lo espera.
Jared está sentado encorvado sobre la mesa, mordiéndose el pulgar hasta que la piel se le pone blanca.
–Suena imposible –acota–. Estoy totalmente a favor de enfrentar con valentía situaciones imposibles como los héroes de la Primera Época, pero no le sirve de nada a tu padre ni a tu abuelo que su heredero tenga un final evitable en el suelo del gran salón de Namreth. Esto es un suicidio.
–Técnicamente, es homicidio –lo corrige Dietan con humor.
–Disculpa, su alteza, pero sigues luciendo fatal y yo también –dice Jared–. Incluso si logramos colarnos sin que nos detecten, sin armas, ¿qué vamos a hacer cuando lleguemos ahí? ¿Insultar su gusto por el diseño de interiores?
–Ah, esa es buena –acota Lambert entre risas.
Pero el resto de la mesa mira al príncipe. Me doy cuenta de que Marcus, al menos, espera que, tras su demostración en el puente, el príncipe pueda desatar el Silbido y desafiar a Namreth. Porque sin magia, sin un ejército, el plan es claramente absurdo.
–Encontraremos alguna manera de conseguir armas, pero lo principal es entrar al castillo. –Dietan suspira, ahora con seriedad. Inclina la cabeza y cierra los ojos. Cuando los abre, está mirándome directo a los ojos–. ¿Qué opinas del plan?
–¿Yo? –Parpadeo sorprendida.
–La primera vez escapamos gracias a ti. ¿Alguna idea?
Todos voltean hacia mí, pero mi mente se queda en blanco.
No tengo ni la más mínima cualificación para participar en algo así, mucho menos para dar consejos sobre estrategias militares.
No soy soldado ni general, mucho menos un asesino.
Mis habilidades se limitan a la cocina y al banco de costura.
No aquí, al borde de un intento de asesinato imposible.
Siento como si estuviera viendo cómo se deslizan los últimos granos por un reloj de arena.
La calidez en los ojos de Dietan es más reconfortante que la avena con miel en una mañana fría y me hace desear poder convocar a un ejército, o a Veteria, o a la propia Sirona para aliviar su enorme carga.
Pero solo soy una camarera de un pueblo pequeño en Alarice, muy lejos de casa, y ni siquiera soy la princesa que todos creen que soy.
–¿Nos pueden dar un momento? –dice Dietan. Con delicadeza, nos aleja de la mesa.
En la quietud del salón, apoya la espalda contra la pared, con sus brazos largos cruzados sobre el pecho. Yo me apoyo contra la pared opuesta, sosteniéndome mientras el peso del mundo me oprime los hombros.
–¿Estás bien? –pregunta en voz baja.
–No mucho.
Él espera en silencio, sin dejar entrever ninguna emoción en su rostro.
–Si me dices que te parece una mala idea, te escucharé. Podemos cancelar toda esta misión. Olvidémonos de derrotar a Namreth. En su lugar, planeemos nuestra huida. Adelantémonos a su ejército y reunamos a Loegria para enfrentarnos a ellos en el campo de batalla. Solo dime la palabra y te seguiré.
Y pensar que un príncipe está aceptando consejos de una simple camarera. Si pudiera retroceder en el tiempo y decirle a mi yo del pasado que esto pasaría, esa Aren se reiría a carcajadas. Pero en aquel entonces, no creía que un príncipe le prestara la más mínima atención a una chica como yo.
–Es solo que… no sé… yo no soy esto . –Hago un gesto hacia él y luego hacia el grupo que espera en la habitación. Si tomo la decisión equivocada, podría poner en riesgo la vida de todos una vez más. Y ya he perdido a demasiados.
Dietan parece entender lo que estoy pensando, aunque yo no pueda expresarlo con palabras.
–Mi trabajo es arriesgar mi vida por mi reino –explica, tomándome de la mano–.
Por eso preparan a los príncipes para ir a la batalla.
Mi padre me puso una espada en la mano por primera vez, este cuchillo en realidad, cuando tenía cinco años.
Pero no es tu trabajo. Y, sin contar a Marcus, tampoco es el de ninguno de ellos.
Me mira con tanta intensidad que no puedo apartar la vista. Tampoco quiero decepcionarlo. Él es mi ancla en medio del caos.
Pienso en las gemelas, en mi papá y en todos los habitantes de Evandale que podrían morir si el Usurpador nos invade. La mirada de Dietan lo dice todo. Si no nos enfrentamos a Namreth ahora, tal vez luego sea demasiado tarde. Respiro hondo.
–Te dije que no te dejaría hacer esto solo. Vamos a darle una buena lección a ese rey loco.
Me observa como si quisiera llevarme a la cama en este mismo instante, de no ser por el grupo que espera en la habitación de al lado. Entonces, lleva mi mano a sus labios, se inclina y la besa, como si yo fuera una verdadera princesa.
Cuando se endereza, luce como un auténtico príncipe.
–Fue tu idea fingir mi muerte para sacarme de ahí en primer lugar. ¿Cómo me volverías a meter ahí?
Nos damos cuenta de que somos compañeros en todos los sentidos. Confío en él y él confía en mí. Respeta mi criterio y pide mi opinión tal como se lo pediría a Marcus o a cualquiera de sus consejeros reales. Quiere saber qué pienso. ¿Y qué pienso? Pienso…
–¿Aren? –pregunta.
–Está bien, tal vez tenga una idea.
–Esa es mi chica –dice, y su sonrisa se amplía.