Anillos del destino Capítulo 45. Aren #3
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Capítulo 45. Aren #3

–Les dije que se fueran sin mí. No quería irme sin ti y sin el príncipe. Este fue el único lugar en el que se me ocurrió venir cuando sonó la alarma. Me crie con esta fe, el templo es un refugio seguro.

–Lo siento mucho. No debiste haberme esperado.

–¿Y dejar a mi amiga? –dice, mirándome a los ojos–. Tú me salvaste una vez. Los fieles no descansamos hasta que devolvemos el favor.

Intercambiamos una mirada significativa. Ella es una súbdita leal de Loegria, sí, pero me esperó.

Las mujeres… nos cuidamos entre nosotras.

–Haré lo posible para que salgamos de aquí, lo juro. –Estoy más que agradecida y espero que su decisión no la lleve a la muerte.

–Lo sé –asiente, sonriendo con picardía–. Es la primera vez que salgo del castillo desde que me vendieron al rey Osian cuando tenía diez años.

Siento una punzada en el corazón. Diez años. No era más que una niña. ¿Quién podría hacer algo tan cruel, sobre todo a alguien tan joven? En mi interior crece una determinación aún más feroz por escapar. Siena se merece una vida fuera de estos muros.

El corazón del templo está construido con piedras tan enormes que deben de haber sido colocadas por gigantes.

Un puñado de reliquias se exhibe sobre pedestales sencillos, fragmentos de oro y mármol de épocas anteriores brillan a la luz del fuego.

La sala principal alberga una estatua cubierta por un velo de una diosa con los brazos en alto.

Los dioses de aquí no son los que nos protegen en Alarice, pero en presencia de esta antigua deidad del viejo Estyrion, me siento bienvenida.

A la Madre de la Cosecha no le molestaría que hoy le dé las gracias a mi salvadora, su hermana diosa.

Siena inclina la cabeza ante la estatua.

–Este es el templo de Sirona, diosa de la salud y la sanación –explica–. La diosa sin rostro que le da la bienvenida a todos.

Mientras avanzamos despacio, sosteniendo entre nosotras a un Dietan inconsciente, nos perdemos entre acólitos con velos vestidos con las mismas túnicas que Siena. También hay otros viajeros agotados rezando.

Nadie nos presta atención.

Supongo que este lugar es más que una simple casa de sanación. Me pregunto cuántos otros, fugitivos o no, han cruzado estas puertas en busca de refugio frente a la crueldad del rey.

Siena nos lleva a una sala de techos altos en lo más profundo del templo, donde una mujer mayor con túnica suelta enciende velas e incienso.

Voltea al oírnos llegar, con su rostro arrugado que irradia amabilidad y hospitalidad.

Al ver a Dietan, simplemente extiende una mano hacia la mesa, lo guiamos para que se recueste.

Está completamente inconsciente, pero respira.

–Gracias, hermana –dice Siena, inclinándose con las palmas juntas. Yo hago lo mismo.

La sanadora se inclina sobre él, susurrando algún encantamiento mientras le llena la boca de hierbas. Inspecciona sus heridas con manos seguras, frotándolas con ungüentos extraídos de una serie de frasquitos dorados. Puedo ver su tenue resplandor desde el otro extremo de la mesa.

–Déjanos solos –ordena–. Esto tomará un rato, no quiero que lo escuches sufrir.

No soporto la idea de que Dietan siga sufriendo, pero sé muy bien por lo que me ha contado Veteria que muchos medicamentos requieren cierto grado de dolor para que funcionen.

Mientras observo a la sanadora atender sus heridas, mis hombros se relajan.

La mujer sabe lo que hace. Solo puedo esperar que, a pesar de sus numerosas heridas, Dietan esté en condiciones de irse pronto, antes de que las fuerzas de Namreth lleguen a las puertas de este templo.

Se ve como un muerto andante, rezo para que la sanadora cuente con todas las bendiciones de Sirona.

–Vamos –dice Siena–. Debes tener hambre. –Es solo entonces cuando me doy cuenta de que el aire está impregnado con el aroma de carne a la parrilla, verduras asadas y pan recién horneado.

Siena me lleva a un comedor y me entrega un plato.

Lo llena a tope con toda clase de comida sustanciosa.

Nos sentamos una al lado de la otra en una mesa larga con muchas otras personas, entre ellas sacerdotes y sacerdotisas con sus imponentes tocados.

Tengo tanta hambre que no hablo durante un buen rato, concentrada en llenarme la boca con la abundancia del templo.

–¿Sabes qué pasó con los demás? –pregunto por fin, cuando ya he dejado el plato limpio–. ¿Lograron escapar?

–No lo sé. Imagino que algunos sí, pero podría estar equivocada. Yo… –dice frunciendo el ceño, preocupada.

–La alarma… se dieron cuenta de que nos escapamos.

–No podemos estar seguras –responde–. Pero ¿por qué otra razón la habrían hecho sonar?

Asiento con la cabeza. Adiós a mi gran plan. Espero que todos hayan llegado a un lugar seguro. Espero que nosotros podamos ponernos a salvo a tiempo.

Echo un vistazo hacia la puerta, hacia la habitación donde dejamos a Dietan con la sanadora.

Siena me da una palmadita en el brazo.

–No te preocupes. La hermana Dosha tiene un talento increíble –me explica, con orgullo–. Es de mi pueblo natal, donde enseñan este arte.

–Ah, estoy segura de que tiene talento. Pero se necesitará un milagro para que Dietan se recupere antes de que lleguen los hombres del rey.