Anillos del destino Capítulo 45. Aren #2
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Capítulo 45. Aren #2

No hay rastro de los guardias, pero eso no significa que los problemas no estén a la vuelta de la esquina. No podemos quedarnos más tiempo en el callejón. Apoyo a Dietan mientras cojea como el esposo borracho que dije que era, apenas capaz de seguir mi ritmo.

A diferencia de cuando llegamos a Engel, estas calles están llenas de vendedores ambulantes que ofrecen sus productos, lo que significa que hemos llegado al barrio del mercado.

Las tiendas están repletas de canastas con productos frescos y carnes saladas.

Espero que no estemos muy lejos de las puertas de la ciudad.

Mientras nos abrimos paso por el mercado, evito las calles principales, tratando de asegurarme de no caminar demasiado rápido para Dietan.

Estoy preocupada por él, pero también frustrada, así que acelero el paso, arrastrándolo por el codo.

–Estás siendo muy brusca –se queja.

–No he dormido.

–Recuérdame que nunca te mantenga despierta toda la noche –dice mientras doblamos otra esquina. Por fin se ven las puertas de la ciudad. Esto sería una buena noticia, si no fuera por el batallón de guardias que bloquea la salida.

–Mierda. –Nos alejamos y nos escondemos detrás de una columna.

–¿Quieres intentar huir? –pregunta Dietan, ajustándose la capucha para cubrirse el rostro.

–¿Ese es tu plan, maestro de las estrategias? ¿Solo correr y esperar que no nos maten?

Se encoge de hombros.

–En tu estado, dudo que puedas siquiera arrastrarte.

–Ahora que lo mencionas, correr quizá no sea la mejor opción –dice y suelta un suspiro–. ¿Qué podemos hacer? ¿Has pensado en que tal vez no nos reconozcan y simplemente nos dejen salir?

Estiro el cuello y observo lo que sucede en la puerta.

–Ese no es el problema. Lo que pasa es que han cerrado las puertas. Nadie entra ni sale. Al menos, eso es lo que parece.

Trato de imaginar alguna forma de pasar a los guardias, pero ninguno de los dos puede pelear.

No tenemos más remedio que dar marcha atrás por el callejón para buscar otro camino. ¿Quizás haya una puerta de la ciudad que no esté tan custodiada? ¿Alguna entrada trasera para sirvientes o comerciantes?

Cada vez que doblamos en una esquina, hay guardias apostados frente a una puerta o se oye el sonido revelador de botas marchando, dirigiéndose hacia nosotros. Retrocedemos en la dirección opuesta, pero por ahí también hay otro batallón.

Ya no queda ningún lugar a donde ir.

No hay callejones ni rincones donde escondernos.

Nos atraparán y dudo que nuestros disfraces improvisados y de mala calidad sirvan de algo en ese momento.

Intento no desesperarme cuando doblo otra esquina y me encuentro con un templo dorado rodeado de columnas imponentes y estandartes coloridos que ondean al calor del viento del desierto.

– ¡Psst! ¡Aren! ¡Por aquí! –susurra una acólita con velo desde la entrada.

Dietan y yo nos miramos, sorprendidos y desconfiados.

¿Cómo es que una hermana de este templo sabría mi nombre? Entonces recuerdo: la Casa de la Sanación. Echo un vistazo al mapa rudimentario que Bing me entregó.

Esta es nuestra oportunidad.

Mientras cruzamos la calle, un grupo de guardias dobla la esquina, empujo a Dietan para que dé los últimos pasos hacia la puerta abierta del templo. Me apresuro a entrar detrás de él mientras la chica con velo retrocede hacia la entrada, su túnica voluminosa y ondeante nos ocultan de la vista.

Miro de reojo a los guardias mientras pasan junto al templo, rezando para que no se detengan junto a nuestra puerta. La mayoría de los hombres pasan de largo, pero el último se detiene.

–Hermana –le dice a la acólita con velo mientras revisa su bolsillo, a menos de cinco pasos de donde Dietan y yo estamos agazapados detrás de la puerta.

Temo lo peor, pensando que va a sacar una orden de registro o una orden del rey.

Sube los escalones del templo y mi corazón se acelera.

Luego saca un puñado de monedas y las coloca en las manos de la joven.

–Por el trabajo que hacen –dice.

–Que Sirona lo bendiga –replica la hermana del templo, guardándose el dinero en el bolsillo.

Él se aleja rápido para reunirse con los otros guardias.

Retrocedo tambaleándome hacia el interior del vestíbulo, no hay palabras para expresar lo aliviada que estoy.

Los latidos atronadores de mi corazón se calman y las baldosas de vidrio se sienten frescas contra mi espalda.

Dietan apoya su peso en mi hombro, agotado por nuestra apresurada huida a lo largo del perímetro de la ciudad.

Dentro del santuario del templo, el incienso llena el aire. El tintineo de campanas y el sonido del agua corriendo resuenan desde adentro.

Cuando los guardias se han ido, la hermana da media vuelta, se levanta el velo y revela su rostro. ¡Qué alegría ver ese rostro!

–¡Siena! –La ayudante de cocina luce resplandeciente con su vestido adornado con joyas. Sus mechones rojizos están peinados y brillan, los brazaletes tintinean en sus muñecas. En comparación, yo debo de tener un aspecto espantoso.

–¡Aren! ¡Te esperamos toda la noche! –dice, mientras nos fundimos en un abrazo fuerte. Creo que nunca me he alegrado tanto de ver a una amiga–. ¿Qué pasó? –pregunta cuando me suelta–. ¿Por qué no llegaste al lugar de encuentro?

–Me… retrasé –digo, lanzándole una mirada de reojo a Dietan–. Estaba muchísimo peor de lo que pensaba…

Él se apoya con dificultad contra la pared, retorciéndose de vez en cuando por el dolor. Está casi irreconocible con esos harapos. La piel que no está magullada e hinchada se ve enfermiza y pálida.

–Ay, cielos. ¿Es…? –pregunta ella.

Asiento con la cabeza.

–Su alteza. –Hace una reverencia–. Estoy a su servicio.

Ahora recuerdo que Siena es de Loegria.

Dietan hace una mueca de dolor mientras las dos lo tomamos de un brazo cada una y lo ayudamos a caminar. Todavía está débil y se estremece cada vez que se mueve.

–¿Osian hizo esto? –susurra ella, horrorizada–. Sabía que torturaba a sus víctimas, pero al príncipe de Loegria… –no puede terminar la frase.

–Necesita ayuda –digo, sujetándole la mano, desesperada–.

Buena comida, sueño sin interrupciones y el mejor sanador que podamos encontrar.

Tenemos que ponerlo en condiciones lo más rápido posible.

–Suspiro, recordando todo lo que hemos sufrido, solo para escapar de Namreth por un pelo, con los anillos aún incrustados en la espalda de Dietan.

–Están en el lugar correcto –dice Siena–. Aquí podemos ayudarlo. Vengan. –Nos guía hacia el interior del templo.

–¿Qué haces aquí? –pregunto mientras avanzamos por un pasillo largo bañado por el resplandor suave de unos braseros de cobre suspendidos en los techos abovedados–. ¿Por qué no te fuiste con los demás desde el punto de encuentro?

Sus brazaletes tintinean mientras camina.