Anillos del destino Capítulo 44. Dietan
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Capítulo 44. Dietan

–¿Q ué diablos me pusiste? –murmuro, llevándome la capucha de la capa a la nariz. El hedor es insoportable–. Esta cosa apesta.

– Tú apestas. ¿Te has olido? Pasaste un día en la morgue –espeta Aren.

No me molesto en responder. Tiene razón, debo oler a la muerte misma. Diablos, quizá también me vea así.

Tal vez este disfraz de mendigo sea una mejora.

Me vuelvo a colocar la capucha sobre la cabeza, pero mis pensamientos vuelven a dar vueltas, mi cabeza zumba por los efectos persistentes del veneno.

Abro y cierro los ojos con dificultad. Por un instante, recuerdo el bollo envenenado y el sueño largo y oscuro que le siguió.

¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? ¿Horas?

¿Días? Siento como si hubiera muerto y me hubieran arrastrado de vuelta a la vida, aunque eso bien podría ser el efecto residual de los tormentos de Namreth.

Cada paso que doy me provoca punzadas agudas de dolor que me recorren las piernas y llegan hasta la espalda. Mis costillas protestan con cada respiración. Cada movimiento me recuerda que, desde nuestra llegada, he pasado más tiempo destrozado que íntegro.

Aren camina a mi lado, con mi brazo sobre sus hombros, ayudándome a mantenerme erguido.

Su agarre en mi cintura es firme y seguro.

Me apoyo en ella mientras avanzamos, paso a paso, con lentitud glacial, pero apenas puedo mantener el equilibrio.

Si no fuera por ella, ya me habría desplomado sobre el suelo.

Puedo sentir cómo se esfuerza bajo mi peso, tratando de evitar que me balancee demasiado y llame la atención.

Intenta ser delicada, lo noto, pero el esfuerzo le cuesta. La miro de reojo, admirando el resplandor de su rostro a la luz de la luna. Incluso ahora, incluso después de todo, sigue siendo lo más hermoso que he visto en mi vida.

Debe de ser un sueño. Esa es la única explicación.

Quizá nunca me desperté. Puede que siga en ese lugar oscuro entre la vida y la muerte y que mi mente la haya conjurado aquí para darme paz antes del final.

Entonces, sin previo aviso, Aren me da un golpe en la oreja.

El dolor explota en mi cráneo, mi visión se vuelve blanca por medio segundo y mis rodillas se doblan. Me tambaleo, demasiado lento para recuperar el equilibrio, y caigo de espaldas en la alcantarilla. El agua sucia salpica por todas partes: por mis brazos, por mi pecho, en mi cabello ya sucio.

Definitivamente no es un sueño.

¿Por qué diablos hizo eso?

–Te lo dije, no más tabernas –me regaña Aren–. Mírate. Ni siquiera puedes caminar.

Estoy tan confundido… hasta que veo a los dos guardias que se apresuran hacia nosotros, con sus armas en la mano.

–Oigan, ustedes… ¿qué están haciendo? –pregunta uno.

–Encontré a mi esposo borracho en la calle. Lo estoy llevando a casa –dice, Aren, sin dejar de mirarme con ira.

He tenido toda una vida para perfeccionar mi papel de borracho y ahora es el momento de dar una actuación magistral. Me balanceo, tambaleándome mientras lucho por sentarme derecho.

–Solo fueron unas copas, mi amor. No seas así –digo, con la voz pastosa.

Aren me señala con el dedo y abre la boca, sin duda para regañar a su esposo ebrio. Pero se queda callada cuando un grupo de cinco o seis guardias pasa corriendo a toda prisa.

–¡Vamos ya! ¡Nos necesitan en el castillo!

Los dos guardias que están junto a nosotros reconocen la urgencia. Sin volver a mirarnos, salen corriendo hacia el Castillo Engel.

Sigo a los guardias de reojo, esperando a que desaparezcan. Aren también los observa, con los puños apretados a los costados y respirando con dificultad.

Asiento con la cabeza cuando desaparecen de nuestra vista. El camino adelante vuelve a estar despejado y ella me ayuda a levantarme.

–Eres increíble. Rápida como un zorro.

No responde. No hace falta hablar. Estamos vivos y desesperados por salir de este lugar horrible. No sé adónde nos lleva y no me importa.

Llegamos a un callejón oscuro, donde tropiezo con los adoquines.

Un gato callejero maúlla desde las sombras.

Aren me sujeta antes de que me caiga, empujándome contra la pared de un edificio.

Mi cabeza da vueltas mientras los últimos efectos de la sustancia siguen actuando en mi cuerpo.

Quiero besarla, pero mejor no, ya que mi mundo vuelve a dar vueltas.

–No puedo… –digo.

–¿No puedes qué?

–Caminar. Ni formar una oración. No puedo pensar –admito, y me apoyo con fuerza contra la pared–. Necesito descansar.

Por su expresión me doy cuenta de que es una idea terrible, pero no hay otra opción. Me ha costado mucho llegar hasta aquí y mis piernas me fallan. Ella me sostiene antes de que caiga sobre la calle sucia. Por un momento, los dos nos quedamos quietos, recuperando el aliento.

–Encontraremos un lugar donde parar –dice–, pero solo por un minuto.

Asiento con la cabeza y avanzamos con dificultad en la oscuridad, tambaleándonos por otro callejón detrás de unas tiendas hasta que por fin encontramos una puerta abierta.

El hedor a excremento de caballo invade mi nariz.

–¿Hola? –pregunta Aren en voz baja. Al no obtener respuesta, nos colamos adentro y cerramos la puerta detrás de nosotros.

Aren se arrodilla en el heno suave y me ayuda a sentarme, con la espalda apoyada contra la pared. La luz de la luna se cuela por las ventanas y un caballo me mira con curiosidad, probablemente preguntándose por qué estoy sentado sobre su desayuno. Extiendo una mano abierta y el caballo la olisquea.

–¿Qué estás haciendo? –pregunta.

–Haciendo un amigo.

Resopla y pone los ojos en blanco.

–Claro.

Acaricio el cuello del caballo, que me transmite un calor reconfortante, lo cual me quita energía que debería estar conservando, hasta que se aleja hacia un barril de agua en la esquina.

Aren se inclina para apartarme un mechón de cabello de los ojos y da un grito ahogado. Luego me pone una mano en la frente.

–Estás ardiendo de fiebre. –Chasquea la lengua–. ¿Cómo diablos se me pasó?

–Ay, no sé. Tal vez estabas distraída porque hemos estado corriendo por nuestras vidas… y, por cierto, tú me llevaste en brazos casi todo el camino.

–Supongo que es una buena excusa –responde, encogiéndose de hombros.

–Te perdonaré esta vez. Espero que me cuides mejor en el futuro.

–¿De verdad? –Parece que está pensando si habrá un futuro.

Por todos los dioses, la extrañé tanto.

–¿Ya somos libres? –pregunto.

–Todavía no –responde–. Y esa fiebre que tienes complicará más las cosas.

–Lo siento –murmuro, con los pensamientos confusos a medida que la fiebre se apodera de mí.

Intento alcanzar la suavidad de su mejilla, pero mis brazos no cooperan. Duelen demasiado cuando intento levantarlos. Quizás esta vez sí estén realmente rotos.

No puedo evitar echarle otra mirada. Es hermosa, una visión de los sueños que me mantuvieron cuerdo en el calabozo. Con cabello oscuro y espeso, piel suave y ojos brillantes… Haría cualquier cosa por esa sonrisa.

Sigo sonriendo mientras todo se vuelve negro.