Capítulo 43. Aren #2
Entonces lo percibo: el más leve indicio de pulso, lento pero constante. Me apoyo sobre mis talones y exhalo con alivio. Está vivo.
Gracias a las diosas .
–Dietan –susurro, presionando una mano contra su mejilla. Tiene la piel helada. ¿Cómo puede estar tan fría?–. Dietan, despierta.
No se mueve. Busco en mi bolsillo el frasco de esencia de cuerno de ciervo que Rosamond robó para mí de la lavandería. Se lo acerco a la nariz.
Retiro el frasco de un tirón cuando él se sobresalta con violencia. Se le enrojece el rostro y abre mucho los ojos mientras se endereza de golpe ante el olor penetrante que podría despertar a los muertos, lo cual parece haber logrado.
Apartando mi mano de un manotazo, gruñe y pronuncia las palabras más desagradables que jamás he oído salir de sus labios.
–Eso no es muy propio de un príncipe.
Dietan vuelve a maldecir.
–Aprendí de la mejor –murmura, y yo niego con la cabeza.
–Levántate. No hay tiempo para bromas –digo, rasgando la bolsa y quitándosela de las piernas. Lo sujeto del brazo–. Muévete. Tenemos que levantarte y salir de aquí.
Pero no se mueve. Solo gime, esta vez más largo y más fuerte, cierra los ojos de golpe, mientras su cuerpo se derrumba una vez más en el suelo.
Ay, mierda .
Sabía que esto podría pasar, que podría tardar un tiempo en desaparecer el efecto del aliento del diablo.
Tal vez tarde un día o más en desaparecer por completo de su organismo.
No soy experta, ni soy Veteria. Por lo que sé, podría tardar el doble.
Pero de una cosa estoy segura: no podemos quedarnos aquí mucho más tiempo o a los dos nos meterán en sacos.
–Necesito que te sientes. ¿Puedes hacerlo?
Vuelve a gemir. Un destello de luz de vela le ilumina el rostro, revelando un ojo abierto. Me mira y yo sonrío, haciendo todo lo posible por no ponerme a llorar al verlo, todavía ensangrentado y destrozado.
–Hola –saludo en voz baja.
–Hola –responde, con voz débil y ronca.
Sus extremidades cuelgan como las de un muñeco de trapo, me cuesta mucho colocarle la capa sobre los hombros.
Le sostengo la cabeza y le bajo la capucha.
Por todas las diosas, está muy mal. Su piel está destrozada como una manzana podrida.
Ni siquiera podrá caminar. Pero de alguna manera, debe hacerlo.
–Te sacaré de aquí ahora mismo, ¿de acuerdo? –le pregunto, inclinándome para poner mi rostro frente al suyo, para obligarlo a mirarme a los ojos. Logra asentir con la cabeza mientras me agacho a su lado, coloco su brazo sobre mis hombros y lo rodeo con un brazo por la cintura.
Luego reúno todas mis fuerzas para levantarlo y ponerlo de pie, con todo su peso recayendo sobre mi espalda. Pesa más de lo que había imaginado, pero me las arreglaré.
Aunque tiene la cabeza caída sin fuerza y sus piernas amenazan con derrumbarse, logro guiarnos a través de la puerta oculta y cruzar la morgue sin dejarlo caer ni tener náuseas.
Cierro la puerta detrás de nosotros, sumergiéndonos en la oscuridad.
Logré dar dos pasos hacia el túnel de servicio antes de perder el equilibrio, lo que nos hizo caer a ambos sobre el suelo.
–Lo siento –digo, aunque no me pueda escuchar. Está inconsciente.
Bueno, vamos de nuevo .
Le coloco el brazo sobre mi hombro, pero parece más pesado ahora que ya no está despierto.
Me cuesta el doble ponernos a ambos de pie.
El sudor me gotea por la cara y mis músculos gritan de dolor, pero ignoro el sufrimiento.
Después de todo, estoy acostumbrada al trabajo agotador, día tras día.
A regañadientes, agradezco todos esos años de trabajo porque, como dicen en la taberna, en realidad sí tengo la espalda más fuerte de todo Evandale. Si el viejo Shep pudiera verme ahora…
Llegamos al final del túnel y me estrello de frente contra la puerta. Casi vuelvo a caer al suelo, con la nariz palpitándome. Estoy agotada. Por todas las diosas, sé que ya lo he dicho antes, pero ahora sí que nunca en toda mi vida he estado tan cansada.
Lanzo todo nuestro peso contra la puerta y esta se abre de par en par, lanzándonos al exterior, tambaleándonos bajo la luz de la luna.
Jadeando, recupero el equilibrio. Estamos en un callejón cerca del pozo de quema, el humo del fuego de hoy me invade la nariz.
Trato de no detenerme, reajusto el peso de Dietan, colocando uno de sus brazos sobre cada hombro para llevarlo como si fuera una capa.
Una capa incómoda y pesada que necesita despertar, mierda.
Tal como me indicó Bing, camino hacia la muralla del castillo, tropezándome mientras arrastro a Dietan conmigo. Allí espero el carruaje que se supone que nos recogerá, durante lo que me parecen los minutos más largos de mi vida.
Después de lo que siento como una eternidad, oigo el repiqueteo de los caballos resonando en la distancia y el chirrido de las ruedas al girar. Aparece Nelson, sentado en lo alto del carruaje oscuro y sencillo. Siento que me desmayo de alivio.
Sin decir palabra, baja de la cabina del cochero.
Necesitamos toda nuestra fuerza combinada para meter a Dietan en el carruaje, yo lo sigo adentro, desplomándome en el banco interior.
Apenas tengo fuerzas para cerrar de un portazo la puerta del carro mientras partimos.
Dietan está inconsciente, boca abajo en el suelo.
Lo daría vuelta si me quedara algo de fuerza, pero estoy demasiado agotada hasta para pensar.
No estaremos aquí por mucho tiempo. Recupero el aliento mientras me seco la frente sudorosa con la manga.
Miro por la ventana en busca de cualquier señal de problemas.
Pero el reino dorado está tranquilo y brilla con un extraño tono verde bajo la luz azul de la luna.
Por primera vez desde que se me ocurrió la idea de usar el aliento del diablo, dejo que se dibuje en mi rostro el más leve atisbo de una sonrisa auténtica. El plan está funcionando.
Quizás logremos escapar después de todo.
El carruaje de Nelson se detiene con una sacudida junto a un carro de heno.
Justo a tiempo.
Abro la puerta de par en par y, con la ayuda de Nelson, subo a Dietan a la parte trasera de la carreta, lo cubro de heno y lo entierro tan profundo que no se ve ni un centímetro de él.
Lambert va vestido como un granjero, con una túnica de lino y un sombrero de ala ancha calado hasta los ojos. Incluso huele a estiércol.
Nos saluda con un gesto a los dos.
–Lo llevaré a dar una vuelta para asegurarme de que nadie nos siga.
Den una vuelta a la calle y reúnanse conmigo en esa esquina, junto a la carnicería –dice.
Luego se marcha. Nelson se va y me quedo sola, dando vueltas por las calles.
De repente me pregunto si el plan no será tal vez un poco demasiado elaborado.
Camino sola, con solo la luz de la luna como guía. Dos guardias de la ciudad doblan la esquina y se dirigen hacia mí, mi corazón comienza a latir con fuerza.
No hay tiempo para esconderme.
Me han visto, cualquier movimiento brusco parecería sospechoso.
Así que simplemente agacho la cabeza y camino hacia ellos, como si fuera un simple pescador o panadero que se apresura a volver a casa con su familia.
Los guardias se detienen un instante mientras paso junto a ellos.
Me miran de reojo, pero siguen caminando. Por suerte, no vuelven a fijarse en mí.
Eso estuvo cerca. Demasiado cerca .
Con las piernas temblorosas, doy la vuelta manzana y me cruzo con Lambert, que camina por la calle. Me saluda con la cabeza antes de desaparecer al final de la cuadra, rumbo al punto de encuentro.
Un momento después, encuentro la carreta.
Corro hacia ella y aparto el heno, encontrando a Dietan exactamente donde lo escondí.
A diferencia de él, nunca he sido buena para mentir, pero monté un pequeño espectáculo para cualquier mirada entrometida que pudiera merodear por ahí.
Le sacudo con brusquedad los trocitos de heno de los hombros, como si fuera una esposa enojada que lo hubiera sorprendido donde no debía estar.
Dietan se ha recuperado un poco, se incorpora por su cuenta y se desliza hasta el fondo de la carreta. Le coloco el brazo sobre mi hombro, agradecida de que esta vez no tenga que arrastrarlo como un saco de harina. Avanzamos despacio, tropezando.
–Cállate –digo, apretando los dientes–. Estoy harta de que te vayas a la taberna en lugar de volver a casa –lo regaño en voz alta, por si alguien está escuchando.
Miro a mi alrededor, reviso los callejones y detrás de las esquinas mientras nos apresuramos por la calle tan rápido como Dietan puede soportarlo.
Tiene la cabeza gacha, cubierta por su capucha, pero al menos puedo oírlo respirar.
De repente, el sonido de un cuerno rasga la quietud de la noche. Mierda . Eso no es parte del plan.
Algo anda mal.