Anillos del destino Capítulo 40. Aren
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Capítulo 40. Aren

P ermanezco despierta en mi palé duro de madera hasta que los primeros rayos de luz de la luna se asoman por las ventanas.

Entonces, en silencio, salgo de la despensa con mis sandalias de suela blanda y me dirijo a la cocina a oscuras.

Pensé que al menos la ayudante de cocina estaría aquí, pero la cocina está vacía.

Me acerco al horno frío y oscuro y miro a mi alrededor. Sí, no hay nadie aquí. Tal vez me estén tendiendo una trampa o es algún tipo de prueba. Pero estoy decidida a no rendirme todavía y vuelvo a examinar el horno, pero no encuentro nada fuera de lo común.

"Detrás del horno", decía la nota. Pero aquí no hay nada.

Estoy mirando fijo el hueco arqueado y enorme que alberga el horno cuando noto una ligera decoloración en el material entre algunos de los ladrillos.

Si no lo hubiera examinado de cerca, no lo habría notado.

O tal vez habría pensado que la pared había sido reparada.

Paso los dedos por la superficie y me detengo al encontrar un ladrillo suelto.

Lo pruebo con el dedo y cede un poco, así que lo empujo con más fuerza, hasta que se oye un chasquido en lo profundo de la pared detrás del horno.

Me quedo sin aliento al ver que aparece una grieta en la pared de ladrillos, dejando al descubierto una puerta oculta.

Abro rápido y entro, cerrándola en silencio detrás de mí. Pruebo la manija del lado de adentro y la puerta se abre fácilmente.

Bien .

Al menos no me quedaré atrapada aquí. Cuando vuelvo a cerrar la puerta, me sumerjo en una oscuridad total. Por un momento, considero abandonar todo este asunto, pero en lugar de eso, me recuesto contra la pared hasta que mi ritmo cardíaco se estabiliza y mis ojos se acostumbran a la penumbra.

Luego empiezo a avanzar a tientas por el suelo de madera. Parece ser un pasillo angosto, con apenas el ancho suficiente para caminar sin que mis hombros rocen las paredes. La oscuridad me invade por completo, así que mantengo una mano en la pared y la otra frente a mi rostro.

De repente, oigo voces a lo lejos y el destello característico de la luz de una vela se asoma desde una esquina unos pasos más adelante.

Siete personas están de pie en un rincón del túnel, junto a una sola vela.

La luz refleja la preocupación en sus rostros mientras voltean para ver quién se ha unido a ellos.

Es evidente que me he topado con una pequeña reunión entre parte del personal de cocina y algunos sirvientes que reconozco de otras partes del castillo.

La ayudante de cocina forma parte del grupo, al igual que Bing, el cocinero manco. La chica esboza una sonrisa, se acerca a mí y me lleva hacia el rincón. Tropiezo con los pies de alguien y me disculpo. Estamos muy apretados.

–Pensé que no vendrías –dice ella–. Justo estábamos hablando de ti. Por cierto, soy Siena. Ella es Tess, Lambert, Nelson de los establos, Arnfried, Rosamond. Y, por supuesto, ya conoces a Bing.

–Hola –saludo. Son de diferentes edades y colores de piel, aunque todos comparten la misma desconfianza en la mirada–. ¿Dónde estamos? –pregunto, manteniendo mi susurro al mismo volumen que el del resto.

–Hay túneles para el servicio por todo el castillo –explica Siena.

Su voz es aguda, como la de un ratón–. Hay muchísimos, por todas partes, que conducen a los grandes salones y a las habitaciones, para que podamos aparecer en cualquier cuarto y atender las necesidades del rey.

Seguro se olvidaron de este o lo habrían sellado para mantenernos atrapados en la cocina.

–¿Dónde estamos, exactamente? ¿Alguien nos oirá?

–No si hablamos en voz baja –me advierte Siena–. Estamos justo detrás del cuarto de las escobas del ala este. A esta hora de la noche no hay nadie en ese pasillo.

Me siento aliviada y sorprendida al mismo tiempo. Entonces los sirvientes sí salieron de las paredes cuando tuvimos esa primera comida con Namreth.

–¿Qué es esto? ¿Algún tipo de rebelión? –pregunto, medio en broma.

Noto que, todo este tiempo, he estado deseando algo así.

En secreto, he estado esperando que hubiera una resistencia organizada en el castillo, lista para atacar y derrocar al rey loco.

Sería la clase de historia que se cuenta en leyendas y canciones heroicas.

No puedo contener mi entusiasmo.

–Depende –responde Bing, observándome de arriba abajo. Se rasca la barbilla sin afeitar con la muñeca–. No te conocemos. –Tiene un aspecto demacrado y aire de mercenario, como si hubiera sobrevivido a incontables batallas... o a algo peor.

–Ya te lo dije, podemos confiar en ella –le dice Siena–. Llegó con ese príncipe. Es una princesa.

–No lo soy. –Niego con la cabeza mientras un dolor que he tratado de ocultar estos últimos días florece en mi pecho–. Definitivamente no soy una princesa y nunca lo seré.

–¿No lo eres? –pregunta Siena, abriendo los ojos de par en par–. ¿El ejército de Loegria no vendrá a rescatarte?

Me reiría si no fuera tan triste.

–No. No vendrá ningún ejército. El príncipe y yo, nosotros… Bueno, es una larga historia. –Los demás se miran entre sí, me pregunto si saben qué ha sucedido con Dietan. Quizás alguno de ellos limpie los calabozos. Agrego–: Nadie me está buscando, se los puedo asegurar.

–Ah. –La sonrisa de Siena se desvanece un poco. No tiene más de quince años, su inocencia se nota muchísimo.

–Lo siento –digo, un poco decepcionada de mí misma.

–¿Qué eres, entonces? –pregunta Bing–. Si no eres una princesa.

–Solo una camarera con mala suerte –Me encojo de hombros.

–¿Una camarera? –pregunta Tess. Es una de las sirvientas que nos recibió cuando llegamos a Engel, una mujer de mediana edad con ojos cansados–. Te vi del brazo del príncipe. ¿Qué pasó?

–Como dije, es una larga historia.

–¿Crees que tenemos algo importante que hacer?

–bromea Rosamond. No la reconozco, pero a juzgar por las quemaduras brillantes de sus dedos y antebrazos, seguro trabaja en la lavandería.

Voltea hacia el chico que tiene al lado, que ha estado callado todo este tiempo–.

Tenemos todo el tiempo del mundo. ¿Verdad, Arnfried?

Él sonríe. Es un poco mayor que ella, tal vez tenga diecisiete años o por ahí.

–Sea como sea, ahora eres una de nosotros.

Es un gesto lindo y me anima un poco, pero no cambia nuestra situación. ¿Cómo diablos se supone que vamos a escapar de este maldito castillo?

Arnfried me recuerda a alguien y, de repente, me doy cuenta de que su nombre me suena.

–Eres el hijo de Katharine –lo reconozco–. Conocí a tus mamás. Están bien y te extrañan. –Una sonrisa tímida se dibuja en sus labios mientras se lleva la mano al corazón en señal de agradecimiento.

–¿Cómo terminaste aquí? –pregunta Tess–. Y, de todos modos, ¿qué hace un príncipe loegriano con una camarera alariciana?

Bing, que parece estar a cargo, levanta una mano.

–Ya basta, dejen en paz a la dama.

–Por favor, no soy una dama –les aseguro–. ¿De dónde son todos ustedes? –pregunto, cambiando de tema.

–Algunos nacimos aquí –responde Bing–. Otros llegaron desde Loegria, Siena es del oeste y Lambert del sur. Varios huyeron de Penrith cuando el Usurpador tomó el poder. Todos acabamos en Engel de una forma u otra, ya sea por voluntad propia o no.

–¿Has estado en Loegria? –pregunta Siena, dedicándome una sonrisa tímida, como si le diera vergüenza preguntar.

–Sí, pasamos por algunas partes de camino hacia aquí. –Volteo para mirarlos a todos–. ¿Qué quieren de mí? ¿Por qué me llamaron a una reunión secreta?

–La forma en que manejaste ese incendio y el hecho de que hayas encontrado este túnel con tan pocas instrucciones demuestran que eres ingeniosa.

Y no pareces dispuesta a rendirte y aceptar tu destino así sin más, lo cual es una rareza por aquí –dice Bing–.

Nos reunimos para compartir información.

El rey prohíbe la interacción entre sus sirvientes y nos mantienen aislados a propósito, así que esta es la única forma en que podemos organizarnos.

–Algo sucederá pronto –me advierte Nelson–. Creemos que está movilizando a sus tropas.

–¿Solo porque llegó un príncipe? –pregunta Bing.

–¿Quién sabe por qué? Es posible. Pero allá en los establos recibimos la orden de ponerles herraduras nuevas a todos los caballos.

–No es una señal muy clara –observa Bing, negando con la cabeza–. Los caprichos del rey son tan fugaces como el viento.

–Esta vez es diferente –insiste Nelson. Parece un poco mayor que yo y tiene un aire nervioso. Claro, a cualquiera lo dejaría así vivir bajo la amenaza constante de un tirano impredecible.

–El día después de que llegaras, bueno, de que llegara tu príncipe, hubo rumores de que las tropas se estaban preparando para el despliegue. La llegada de Dietan a la ciudad cambió las cosas por aquí. El ejército marchará pronto, se los aseguro –dice Nelson.

–Saben, sí noté que hubo un pedido extra de suministros –comenta Rosamond–. Tiendas de campaña, sacos de dormir, odres de agua.

–Y reclutas también –agrega Nelson, asintiendo con la cabeza–. Han enviado mensajeros a todos los pueblos que quedan, prometiendo riquezas a cualquier hombre o mujer que se aliste y amenazando a las aldeas que no proporcionen suficientes… voluntarios .

–Eso ha estado pasando desde que llegué aquí –afirma Bing–. Todo es una mentira. No hay riquezas que ganar.

El grupo sigue discutiendo, intentando averiguar si existe alguna pista sobre las intenciones del rey.

Cada uno posee piezas distintas del mismo rompecabezas, pero hay demasiados vacíos entre ellas.

Sus esfuerzos carecen de coordinación y se limitan a reuniones clandestinas ocasionales, donde intercambian información e intentan adivinar qué está ocurriendo.

Siena no deja de mirarme, nerviosa, mientras los demás discuten. Se parece mucho a mis hermanas, con esa misma mirada de asombro e inocencia que me da ganas de envolverla en una manta y decirle que todo estará bien.