Capítulo 39. Aren #2
El rey toma otro bollo y lo come tranquilo, mientras sus dedos siguen apuntando al sirviente que ahora se retuerce en el suelo, cediendo poco a poco a lo que parece ser una Muerte Invisible.
Imagino a Dietan haciendo lo mismo con algún enemigo y, por primera vez, me pregunto si el príncipe habrá sido capaz de hacer algo tan cruel alguna vez.
Quizá todos los reyes y príncipes son capaces.
Observo, impotente, cómo el pobre hombre se ahoga hasta morir frente a todos nosotros.
Arquea la espalda, patalea con los talones contra el mármol, intenta arrastrarse para escapar, pero nadie puede impedir que el aire abandone sus pulmones.
La saliva le gotea por las comisuras de la boca mientras sus labios se mueven en silencio, desesperados.
Su rostro pasa de un color blanco pálido al rojo, luego al morado y finalmente al azul en cuestión de segundos, como una puesta de sol horrible.
Ningún sirviente intenta ayudarlo. Nadie puede hacerlo, acercarse significaría terminar igual que él.
Entonces, el hombre queda inerte, con el rostro azulado y congelado en un grito silencioso.
Namreth baja la mano y toma su copa dorada. Bebe con aire de satisfacción y sigue desayunando. Los guardias entran en la sala, sujetan el cuerpo del anciano y lo arrastran por el suelo de mármol hasta sacarlo del lugar.
Al igual que el resto de los sirvientes, me quedo ahí parada, muda, horrorizada y paralizada.
Puede acabar con alguien con solo mover un dedo.
Su control sobre el Silbido es total.
Mi pulso se acelera mientras miro fijo el sitio donde murió el hombre.
Entonces, Dietan sí está muerto. Igual que la panadera.
Como el anciano que acaban de arrastrar fuera de la sala.
Murió y es probable que haya sufrido el mismo final espantoso a mano de su propio pariente.
Estoy aturdida. Siento un vacío helado en el estómago.
–Traigan más, iguales a estos –ordena Namreth, señalando el plato vacío de bollos, con una sonrisa gélida y una mirada penetrante.
Los días siguientes transcurren más o menos igual.
El cocinero me despierta cada mañana en la despensa y paso día y noche trabajando en la cocina.
No solo horneo bollos, sino también pasteles de miel, tartas de fruta, pudines y panes de dátiles.
Ahora vivo en la cocina. Allí como, trabajo y duermo.
Solo salgo para llevarle una bandeja de comida al rey.
Es una existencia agotadora y monótona. Y cada noche, el mismo pensamiento resuena en mi mente: Dietan está muerto y yo también moriré aquí .
Todos los días horneo los bollos de mi mamá y le entrego un plato al rey personalmente, me veo obligada a ver cómo se los devora, lamiéndose los dedos hasta dejarlos limpios cada vez, sin apartar nunca la mirada de mí.
No tiene que decir nada. Puedo ver lo que quiere hacerme mientras sus ojos rasgados recorren mi cuerpo como si fuera un territorio que debe conquistar.
Es como si quisiera devorarme de la misma manera que devora los bollos que me obliga a hornear.
Me recuerda al marqués y eso me da náuseas.
–Cualquiera se enamoraría de la mujer que preparó esto –dice con una mirada lasciva–. Quizá pruebe lo que inspiró a mi sobrino a traerte hasta aquí, aunque todo haya sido una farsa.
Me quedo en silencio, aturdida, sin mostrar ninguna emoción que pudiera interpretarse como una invitación o una resistencia, hasta que nos despide a todos.
El único lugar seguro que me queda es lo más profundo de mi mente. Voy ahí con frecuencia, observo el mundo como si lo estuviera viendo desde algún lugar lejano. Pienso en cómo podría volver a encontrar la libertad y sueño con posibles formas de escapar de este infierno.
A veces incluso me imagino lanzándome por la ventana, pero soy demasiado terca para hacerlo. Si me suicido, Namreth gana. Tengo que mantenerme positiva y pensar en que algún día lograré regresar a casa, a Evandale. La esperanza es la única razón por la que puedo trabajar en la cocina día tras día.
En cuanto a Dietan… trato de no pensar en él, a veces lo logro.
Una mañana, mis pensamientos vuelven a la taberna. Puedo visualizarla con tanta claridad. Pienso en mis clientes habituales, incluso en el pobre Shephard Belmis, espero que la guerra no haya llegado a las fronteras de Alarice.
Pero con Dietan muerto y los anillos probablemente en manos de Namreth, Loegria y Alarice están indefensas.
¿Cuánto tiempo pasará antes de que el humo de la guerra se acerque a los campos rurales de Evandale?
¿Antes de que el ejército del Usurpador marche por nuestro pueblo y lo arrase por completo?
¿Qué sucederá cuando los Kilandrar caigan como tornados sobre nuestro valle tranquilo?
Si alguna vez logro salir de aquí, tal vez ni siquiera haya un Evandale al que regresar.
Imagino a todo y a todos los que amo hechos cenizas, como aquella aldea loegriana por la que pasamos de camino hacia aquí.
De pronto salgo de mi transe. Hay humo. Humo de verdad.
El aire está cada vez más cargado. Volteo, frenética, y veo que sale a borbotones del horno.
Una de las ayudantes de la cocina, una chica pecosa con trenzas anaranjadas recogidas en la cabeza, aún no se ha dado cuenta.
Está reponiendo leña en la parte inferior del horno cuando las llamas empiezan a acercarse peligrosamente a su cabello.
Yo soy la que está más cerca, así que corro a toda velocidad alrededor de su mesa de trabajo.
–¡Cuidado! –grito.
La chica se sobresalta, sin darse cuenta de lo que está pasando. Me lanzo contra ella y las dos caemos al suelo justo cuando una llamarada sale despedida de la boca del horno sobre nuestras cabezas.
Las dos nos quedamos aturdidas por un momento hasta que la empujo, gritándole que se dirija al otro lado de la sala, donde los demás han buscado refugio.
Me arrastro con el corazón tan descarriado como mis pensamientos. Las puertas de la cocina están cerradas con llave desde afuera y la distancia desde la ventana es de al menos una decena de pisos en línea recta.
Estamos atrapados aquí.
Algo está obstruyendo la chimenea, una nube de humo que se espesa cada vez más está llenando el lugar. Tengo que apagar el fuego o todos vamos a morir.
Me levanto y me acerco de nuevo al horno, sacando un paño de cocina de la cintura de mi delantal.
El calor me golpea como una pared sólida y el humo quema mis ojos y mis pulmones.
Toso fuerte mientras sujeto la manija de la puerta del horno con el paño y la cierro de un portazo.
Rezo para que sea suficiente para sofocar un fuego tan fuera de control.
Retrocedo, apoyándome en la encimera central mientras volutas de humo se abren paso por los bordes de la puerta de hierro del horno. Poco a poco, sale cada vez menos humo por las rendijas, hasta que, finalmente, el fuego se apaga.
Durante un rato largo, la cocina llena de humo permanece en completo silencio, salvo por nuestras arcadas y toses. Los demás siguen en la esquina, algunos con trapos húmedos en la nariz, los ojos llorosos y enrojecidos.
Toso de nuevo, jadeando con fuerza, y observo sus rostros asustados.
Todos parecen estar bien, pero mi corazón sigue latiendo a toda velocidad.
Me llevo una mano al pecho, aliviada, pero no digo nada mientras abro de par en par la única ventana de la cocina y regreso a mi puesto.
Tendremos que esperar a que los guardias abran la puerta para la próxima comida del rey para que se disipe todo el humo. Por ahora, tengo que volver al trabajo.
Vuelvo a concentrarme en mis bollos y me doy cuenta de que la mantequilla se derritió demasiado durante todo ese lío. Tendré que comenzar de nuevo. Tiro la masa arruinada y vuelvo a empezar, midiendo la harina y luego la leche. Entonces, siento que me observan.
Alzo la vista y, uno por uno, el resto del personal de cocina me saluda con la cabeza. Les devuelvo el saludo.
El cocinero a mi lado vuelve a picar verduras, la tarea que le han asignado para el guisado favorito del rey.
Puedo sentir cómo me lanza miradas de reojo.
No espero que me agradezca, ni necesito que lo haga.
Solo hice lo que cualquiera haría. Ninguno de nosotros quiere morir aquí dentro.
Pero se nota un cambio claro en el ambiente.
–Bing –dice.
Después de un rato, me doy cuenta de que me ha dicho su nombre.
Más tarde, la ayudante de cocina a la que salvé se acerca a mi puesto.
–Más harina –anuncia, dejando una bolsa sobre la encimera. Es la primera vez que me habla.
No le pedí más harina y ni siquiera tengo oportunidad de darle las gracias antes de que se aleje a toda prisa, con su cabello rojo desapareciendo en la despensa.
Pero no necesito más harina en este momento. Ya terminé de hornear por hoy.
Estoy a punto de llevarla de regreso a la despensa cuando Bing carraspea y hace un gesto rápido hacia la bolsa.
Ah.
Dejo la bolsa de harina sobre la mesa de trabajo e introduzco la mano.
Escondida justo debajo de la superficie hay una notita en un trozo de papel para hornear.
Detrás del horno.
Cuando salga la luna.
Echo un vistazo al guardia de la puerta y dejo caer la nota sobre la llama más cercana.