Anillos del destino Capítulo 39. Aren
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Capítulo 39. Aren

P aso la noche acostada sobre un palé de madera, entre sacos de patatas y harina, en la despensa de la cocina.

Me despierta una bota grande que me da un empujón en el costado.

Parpadeo y veo una sombra que se proyecta en la entrada.

Distingo la silueta de un delantal y un gorro de algodón.

Es uno de los sirvientes de cocina de Namreth.

El hombre no dice nada mientras voltea y se va, interpreto que es hora de ponerme a trabajar.

Me incorporo y froto mis ojos, presionando con fuerza las palmas de las manos contra mi rostro. No recuerdo haberme quedado dormida, pero sí cómo me miró Dietan mientras me arrastraban. La frialdad, la indiferencia en esos ojos azul verdosos.

Nunca se preocupó ni sintió nada por mí.

Sacudió la cabeza como si le repugnara mi estupidez.

Nunca debí haber dejado Evandale.

La nostalgia me golpea con una fuerza mayor que el dolor de espalda que me ha dejado el suelo duro.

Se mete en mis huesos, hunde sus garras en lo más profundo de mi alma y destroza las últimas esperanzas que me quedaban de volver a ver a mi familia.

De entre los escombros surge la ira, que me impulsa a ponerme de pie.

Me da fuerzas. La sangre que bombea por mis venas me recuerda que sigo viva.

Estoy viva y odio a Dietan.

Salgo de la despensa. Todavía está oscuro, la única fuente de luz en este lugar es el horno, donde una criada de cocina atiende el fuego. Estoy acostumbrada a levantarme antes del amanecer para abrir la taberna. Así que esta escena, al menos, me resulta familiar.

En la cocina hay otros cinco sirvientes, conmigo ahora seis.

Después de que me dejaran en la despensa, me obligaron a quitarme mi atuendo del desierto y ponerme el sencillo delantal y la camisa que llevan todos.

No puedo creer que haya cruzado todo Albión para terminar justo donde empecé.

Me ato el delantal bien apretado con un nudo en la cadera para darle algo que hacer a mis manos, el movimiento es tan natural como respirar.

El cocinero que me despertó, un hombre mayor y brusco con una sola mano, está de pie en su puesto de trabajo.

–Tú –dice, y señala la encimera de madera junto a la suya. Está despejada y limpia, salvo por unos frascos de sal, harina y levadura. Ingredientes para hornear.

Así que aquí trabajaré hasta el día de mi muerte.

Maravilloso.

La eternidad se extiende ante mí, reduciéndose a un punto minúsculo, absoluto e ineludible. Por más que intente no pensar en el príncipe traidor, mi mente vuelve una y otra vez a la misma pregunta. ¿Estará vivo o su tío ya lo habrá matado?

Tengo que dejar de pensar en él o me hundiré en la desesperación.

Respiro hondo, me coloco en la encimera y apoyo las manos sobre la tabla de cortar de madera, ya muy gastada, acaricio las ranuras dejadas por cientos de cortes de cuchillo.

No soy la primera panadera que trabaja en este lugar, ni seré la última.

–¿Qué le pasó a la panadera que trabajaba aquí? –pregunto.

Alguien me hace callar con un gesto.

Miro a los demás trabajadores que se mueven de un lado a otro. La cocina está llena de ruidos: pasos, sartenes que se chocan, agua llenando ollas. Nadie me mira a los ojos. Todos mantienen la cabeza gacha y trabajan en silencio.

El ambiente es tenso, nada que ver a la taberna. Incluso los hombres de la herrería local de Evandale son más charlatanes. Y eso que solo los he oído decir unas pocas palabras.

Ojalá estuviera en la taberna, rodeada de risas, del tintineo de las jarras y el chirrido del tocino en la sartén. Este silencio, comparado con la cocina acogedora de mi pasado, es como una puñalada en el corazón.

–La panadera está muerta –menciona el cocinero, en voz baja–.

La que estaba antes de ti. –Está picando un manojo de cebollines con un cuchillo en la mano derecha.

En el espacio vacío donde solía estar su mano izquierda su piel se ve roja y brillante.

Parece que se curó hace ya bastante tiempo.

Usa el cuchillo para verter rápido los cebollines en un tazón cercano.

Se mueve con tanta elegancia, se ve que tiene experiencia.

Trago en seco y miro a mi alrededor con desconfianza. Nadie más parece estar prestando atención, pero de todos modos mantengo la voz baja.

–¿Osian? –pregunto.

No responde, pero igual no tiene por qué hacerlo. El miedo, el silencio… está claro que fue el rey loco. Me pregunto si también habrá matado a Dietan. Un dolor me invade el pecho. No, no puedo pensar en ese mentiroso ahora. No dejaré que mi mente se desvíe por ahí.

–Soy Aren –me presento lo suficientemente alto como para que todos me escuchen–. Es un placer conocerlos a todos.

Nadie levanta la vista, ni siquiera se dan cuenta de que he hablado. Tal vez el rey les exige que trabajen en silencio… o quizá prefieren no saber el nombre de nadie. Es más sencillo no encariñarse cuando alguien puede no regresar a trabajar al día siguiente.

Sin decir nada más, preparo los bollos que, según Dietan, son mi único talento. Maldito sea , pienso mientras mido la harina y la leche. Maldito sea él y sus anillos de mierda. Maldito sea él y sus mentiras .

¿Acaso alguna vez quiso sacar esos anillos de su cuerpo?

Llevo dentro una rabia capaz de alimentar mil soles… y la canalizo toda en la cocina.

Sé esta receta de memoria. Empiezo a cortar la mantequilla en cubitos, agregando un chorro de vinagre y sal, todo a ojo, según cómo se siente entre mis dedos.

Estos bollos son una receta que me pasó mi mamá y ahora me veo obligada a prepararlos para alguien a quien desprecio.

Cuando termino, miro con el ceño fruncido la masa irregular sobre mi tabla de cortar y pienso en escupirla. Una rebelión secreta.

Nadie lo sabrá jamás.

–No lo hagas –advierte el cocinero a mi lado. Sus cebollines se han convertido en una pequeña montaña en el tazón plateado–. Solo nos lo harás más difícil a todos –agrega.

Suspiro y dejo la masa en paz.

Horneo los bollos, salen con un dorado perfecto y con un aroma a mantequilla intenso. Los sirvo en un plato para el desayuno del rey. Luego espero con el resto del personal a que los guardias abran la puerta de la cocina y nos dejen entrar al salón principal.

Cuando llega la hora, llevo mi plato de bollos a la sala del trono, rodeada a ambos lados por guardias armados.

Trato de lucir despreocupada, incluso al acercarme al trono, donde está sentado frente a una mesa preparada para un banquete individual.

Otros sirvientes colocan platos llenos de comida y jarras rebosantes de bebida, se mueven en silencio por la enorme sala.

No hay rastro de Dietan. Me sorprende sentir una puntada en el corazón, incluso me irrita.

Quiero odiarlo por lo que me ha hecho, por el destino al que me ha condenado, pero me resulta difícil.

Incluso cuando desató el Silbido en el puente hacia el Yermo y, suspendido en el aire, conjuró una tormenta terrible y aterradora, no le tuve miedo.

Temí por él.

Y temo por él ahora, sea o no un mentiroso despreciable. Seguro alguna parte del hombre que atesoraba era real y no una mentira.

Un guardia me da un empujoncito hacia delante y me muerdo los labios para evitar que tiemblen. Intento que mis manos estén relajadas mientras me acerco a la mesa para dejar el plato de bollos en el extremo más alejado, pero Namreth me detiene.

–Aquí. –Me indica un lugar vacío cerca de él.

Me estremezco. No quiero acercarme tanto, pero siento las miradas de los guardias en mi espalda, así que me acerco, rígida, al rey. Dejo el plato y lo giro, mostrándole la parte más apetitosa de los bollos, que aún echan vapor del horno. Bollos dorados en un castillo dorado.

Me observa con esa sonrisa espeluznante que tiene.

Si no fuese por ese aire antinatural en su rostro, sería lindo.

Más allá de su juventud tan extraña y su magia, me pone los pelos de punta.

Bajo la mirada y doy un paso atrás, pero Namreth me detiene sujetándome la muñeca, rápido como una serpiente. Su fuerte agarre me hace estremecer.

–¿No quieres que te diga cómo saben? –pregunta–. ¿No quieres saber qué le ha pasado a tu precioso príncipe?

Lo que quiero hacer es decirle que se atragante con esos malditos bollos, pero el miedo me ata la lengua.

No suelta mi muñeca, ni siquiera cuando extiende la mano y toma un bollo del plato. Le da un mordisco enorme y gime de placer, aparentemente, mientras lo parte al medio con los dientes. Cierra los ojos y mastica haciendo mucho ruido, chasquea los labios y saborea cada bocado.

Cuando termina, se lame las migas de los dedos, sacando su lengua rosada como la de un lagarto. Me siento atrapada en su mirada mientras recorre su mano con los labios de arriba abajo, gimiendo suavemente al hacerlo.

Qué bastardo asqueroso.

Sonríe cuando ve que no puedo ocultar mi asco.

–Delicioso –dice, clavándome la mirada–. Mi sobrino tenía razón sobre ti. Lástima que nunca volverá a disfrutar esto.

Casi me caigo de rodillas, pero él me sujeta justo a tiempo.

Dietan está muerto.

El príncipe.

Mi príncipe.

Un sirviente anciano, temblando no solo por el miedo, sino también por su enfermedad, se arrodilla para recoger la bandeja de plata que se le ha caído, junto con las uvas que ahora están esparcidas por todo el suelo.

Su cabeza calva brilla por el sudor y se disculpa una y otra vez, intenta sin éxito recoger todas las uvas que se escapan de sus manos temblorosas y vuelven a caer sobre el mármol.

La tensión en la sala zumba como una colmena, todos los sirvientes están nerviosos.

Namreth suspira fastidioso y por fin me suelta. Retrocedo tambaleándome mientras él levanta dos dedos y los apunta hacia el hombre.

Sin emitir ni un solo sonido, el anciano se sujeta la garganta, con los ojos desorbitados.