Anillos del destino Capítulo 37. Aren #3
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Capítulo 37. Aren #3

Dietan suelta una carcajada como si fuera lo más ridículo que haya escuchado en este almuerzo tan surrealista.

–¿Aren? Ella no significa nada para mí.

¿Perdón?

Lo miro fijo, con el cuerpo vibrando, y luego, poco a poco, me doy cuenta de lo que está haciendo. Quiere protegerme. Trata de hacerle creer a Namreth una mentira.

¿Verdad?

Pero ni siquiera me mira. Sus ojos están clavados en su tío.

–¿Nada? –La sonrisa de Namreth es astuta–. Es muy curioso que hables así sobre tu futura esposa, ¿no?

–Aren y yo no nos casaremos de verdad. Era toda una farsa para poder viajar sin levantar sospechas. No la amo. No significa nada para mí. Solo es una campesina. La estaba usando para llegar a donde necesitaba ir.

Bueno, eso fue duro. Quiere protegerme, por eso está diciendo eso. Los matrimonios sin amor son comunes entre la realeza, alcanza con ver a sus propios padres. Pero ¿por qué admitir todo el engaño?

Miro a los sirvientes que están en la sala. Dietan sabe perfectamente que sería un desastre que se descubriera que la Marcha Nupcial fue una farsa desde el principio.

Un momento... Espera... Observo el agua de la copa. Namreth hace lo mismo.

No, no puede ser. Pero entonces me doy cuenta de que me pica el cerebro, justo como me pasó en la casa de Katharine.

“No significa nada para mí. Solo es una campesina. La estaba usando para llegar a donde necesitaba ir”.

Los tres bebimos agua de beleño.

Dietan está diciendo la verdad. No significo nada para él. Por fin lo ha admitido. Apenas puedo mantenerme erguida. Es como si el mundo se derrumbara debajo de mí.

Todo lo que me dijo anoche fue una mentira. Volteo hacia él, que está sentado muy rígido en su silla. Su rostro está impasible, serio, mira hacia otro lado.

“No la amo. No significa nada para mí. Solo la estaba usando”.

Así que por eso no quiso hacer el amor anoche. No tenía nada que ver con estar en el calabozo. Claro, estaba excitado, pero solo era un hombre con necesidades de hombre. Eso es todo. Por eso me besó. Y se detuvo porque en realidad no lo quería. En realidad, no me quiere.

Qué desgraciado.

Sujeto el borde de la mesa con tanta fuerza que me duelen los dedos. Debería haberme casado con uno de los granjeros de Evandale.

Por todas las diosas, ¿esto es real? No puedo respirar, no puedo moverme.

“No la amo. No significa nada para mí”. Sus palabras resuenan en mi cabeza, vacías y sin emoción.

No puedo creerlo. Creí que lo conocía. Pero no lo sé todo, ¿verdad? Las razones del viaje están claras ahora, razones que no compartió conmigo, como buscar a los Vindar. Incluso mientras ponía mi vida en peligro una y otra vez, como ahora , me estaba mintiendo.

Ocultar la verdad sigue siendo mentir. Él bebió la misma agua de beleño que yo. Lo vi hacerlo. No tiene más remedio que decir la verdad.

–Vaya, eso sí que es un giro inesperado –dice Namreth–. ¿Tu compromiso fue solo una artimaña para llegar aquí? –Me mira y su sonrisa se agranda, como si el drama que se está desarrollando fuera demasiado delicioso para ser verdad.

–¿Alguien podría creer realmente que me enamoré de una mujer como ella? ¿Acaso parece una princesa? –Dietan le devuelve la sonrisa.

El rey esboza una sonrisa radiante, voltea hacia mí y pregunta: –¿Ya lo sabías?

Todo mi cuerpo tiembla mientras paso de la incertidumbre a la angustia.

–Sabía que en realidad no estábamos comprometidos, pero…

–Ay, no –dice Namreth, fingiendo sorpresa, y luego se ríe–. Querida, tú… estás enamorada de él, ¿verdad?

La verdad está justo ahí, en la punta de mi lengua. Hago una mueca, tratando de inventar una mentira, intento contenerme, protegerme, pero el beleño es demasiado fuerte.

–Sí –escupo, como si fuera una maldición. Las ganas de llorar me queman la parte de atrás de la nariz, pero contengo las lágrimas, no quiero derrumbarme, me niego.

Dietan permanece tranquilo. Se encoge de hombros como si mis sentimientos no tuvieran importancia. Supongo que siempre ha sido así. ¿Cómo pude haber sido tan estúpida? Mierda.

“No la amo”.

Sus palabras se clavan en mis huesos, deshaciendo algo dentro de mí y reconstruyéndolo de una forma que no reconozco.

Anoche, cuando me besó y apretó su cuerpo contra el mío, cuando me abrazó para darme calor y yo miré su rostro, su sonrisa, sus ojos amables, la suave curva de su mejilla bajo la luz tenue del calabozo, creí que lo conocía.

Pensé que nos habíamos convertido en algo más, que nuestro vínculo se había hecho más profundo que las raíces de una montaña.

Pero me equivoqué.

Me equivoqué tanto .

Aunque en una cosa sí tenía razón. Desde el momento en que lo conocí, lo vi tal como es: un mentiroso. Debí haberlo sabido. No tendría que haber confiado en un príncipe, en un hombre, en él.

La primera vez que lo vi en la taberna con ese disfraz ridículo, lo supe. Pero aun así me dejé llevar por esa gran fantasía. No soy como mis hermanas, que creen que el mundo les pertenece. Solo una tonta sin sentido creería que alguien como él podría amar a alguien como yo.

Todos estos años como solterona deberían haberme preparado para la realidad, pero, como una tonta, tiré por la borda todas esas lecciones que tanto me costó aprender, creyéndome el cuento de hadas que siempre dije que era una tontería.

En contra de mi voluntad, una sola lágrima resbala por mi mejilla, bajo la cabeza, no puedo mirarlos.

–¿Qué pasa, cariño? –pregunta Namreth, esbozando una sonrisa por encima del borde de su copa–. ¿Te sucede algo?

–Sí –respondo, porque la maldita poción me obliga a responder con sinceridad. Me gustaría poder decir no, no me sucede nada, me importa un carajo , pero no puedo.

–A estas alturas, probablemente ya se habrán dado cuenta de que lo que han estado bebiendo no es agua –agrega–. Es beleño. Delicioso, ¿verdad?

–Sí –respondo, porque es verdad.

–Es un manjar local. Los secretos tienen mucho valor en nuestro pequeño y tranquilo reino. ¿Te gusta?

Intento obligarme a no responder, pero cuanto más lucho, más se intensifica el picor en mi cabeza. Quiero arrancarme la parte superior del cráneo y hundir los dedos en mi cerebro para evitar hablar, pero en lugar de eso suelto, con voz entrecortada: –No, no me gusta ni un poco.

Namreth debe estar disfrutando la desesperación en mi rostro, porque su risa invade la sala. Vuelve a llenar nuestras copas, saboreando su nueva victoria. Nos observa como si le estuviera arrancando las alas a un insecto. No puedo hacer nada para detenerlo.

–Esto es muy entretenido, de verdad. La familia debería visitarnos más seguido –responde entre risas.

–Ahora ya sabes la verdad. Aren no es útil –dice Dietan, llevándose la copa a los labios–. Aunque admito que hace unos bollos deliciosos.

–No me digas –comenta su tío con tono burlón.

–Sí, los mejores que he probado en mi vida.

Aprieto los dientes. Bastardo.

–¿Eres buena horneando, muchacha? –pregunta Namreth, eufórico.

–Sí. –La verdad se escapa de mis labios.

–Da la casualidad de que hace poco se abrió un puesto en mis cocinas –responde, complacido–.

Sí, creo que te irá muy bien ahí. –Se recuesta en su trono–.

Aprecio tu sinceridad, sobrino. No veo la hora de probar los bollos yo mismo.

Siempre me ha parecido que el toque de una mujer en la cocina no tiene comparación.

Una sirvienta. Me van a encadenar a una cocina, justo el lugar del que he estado tratando de escapar todos estos años.

El dolor en mi interior me deforma, retorciéndose y arremolinándose en mi pecho con púas que explotan hacia afuera.

Recuerdo la advertencia de Katharine. Debí haberle hecho caso y haber huido de regreso a Alba o haber muerto en el intento.

Este príncipe estúpido me está enviando a la cocina por el resto de mi miserable vida.

Mierda, sí que estoy furiosa. Soy la ira personificada.

Lo mataré.

Me levanto de un salto y me abalanzo sobre él, pero los guardias se apresuran a entrar y me sujetan de los brazos.

Dietan apenas se mueve y ni siquiera me mira.

–¡Me mentiste! –Esta vez, la verdad se siente tan bien al salir de mis labios. Toda la presión en mi cabeza se disipa, el beleño afloja su agarre mientras grito–. ¡Nunca debí haber confiado en ti!

Él no reacciona.

–¡Mírame, cobarde!

No lo hace.

Solo se me ocurre una cosa que hacer.

Lo escupo.

El escupitajo cae justo en su rostro y se lo limpia despacio con una mano. Cuando por fin voltea hacia mí, tiene la mirada fría y el ceño fruncido. Me mira fijo. Con un movimiento ligero de cabeza, aprieta la mandíbula, pero no dice nada.

–Llévensela –ordena Namreth.

Los guardias me levantan con facilidad. Yo pataleo y grito, forcejeando con todas mis fuerzas mientras me llevan como a una niña por el pasillo.

La furia y la angustia brotan de mi alma, mis gritos resuenan por toda la sala.

Me arrastran afuera y cierran de un portazo la puerta de la sala del trono detrás de nosotros.

Sigo maldiciendo el nombre de Dietan cuando me encierran en la despensa de la cocina.