Anillos del destino Capítulo 37. Aren #2
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Capítulo 37. Aren #2

Entonces, el Silbido lo mantiene joven, ralentiza el proceso de envejecimiento. ¿Es eso lo que le pasará a Dietan si no logra sacar los anillos de su cuerpo? ¿Se mantendrá joven para siempre, mientras yo envejezco?

Detengo mi mirada en el perfil de Dietan.

Parece esculpido en piedra. Supongo que, al fin y al cabo, por eso estamos aquí.

Osian sabe de los Anillos del Destino y tal vez pueda ayudar.

Pero, ¿por qué no me dijo que sospechaba que él era su tío?

Miro fijo mi plato, mi apetito se ha esfumado por completo. ¿Qué más me ha ocultado?

–Vamos, sobrino. ¿Por qué tan serio? ¡Celebremos tu compromiso como familia! –Él se ríe.

Dietan no.

–Salud –pronuncia el ahora rey, levantando su copa. Cuando ninguno de los dos brindamos, no parece importarle. Se encoge de hombros y bebe un sorbo.

–Alguna vez fuiste príncipe de Alarice y ahora eres rey del Yermo –dice Dietan.

–No tuve otra opción –responde–. Cuando mi hermano me pasó por alto en la línea de sucesión para nombrarte a ti, su inútil nieto, heredero de Alarice, tuve que forjar mi propio destino.

–Te desterraron por aprender magia prohibida. Mi abuelo no confiaba en ti para gobernar el reino.

–Mi hermano es un cobarde. Podríamos haber usado los anillos para hacer que Alarice fuera aún más fuerte, para transformar el mundo, pero ¿qué hizo él?

Se los entregó a tu padre, su yerno, para mantener la paz entre los reinos.

Desperdició por completo un recurso tan precioso, una oportunidad enorme.

–Su voz es tranquila, como si estuviera hablando del clima, pero por la forma en que se aferra a los brazos del trono dorado puedo darme cuenta de que sus emociones son una tormenta a punto de estallar.

–El Silbido es un regalo para la tierra. Nunca se ha tratado de codicia.

Namreth parece molesto por haber sido interrumpido. Sus labios se curvan en una mueca de desprecio y se inclina hacia delante.

–Tu mente está limitada por tu mortalidad. Ese poder debe ser ejercido por aquellos que estén dispuestos a usarlo.

Sobre la mesa, Dietan aprieta el puño, como si estuviera conteniendo el impulso de usar su poder contra su tío abuelo.

El rey se recuesta de nuevo en su silla, hace girar su copa con indiferencia y continúa: –Los Anillos del Destino son mi derecho de nacimiento y me los arrebataron. Así que me fui, abandoné el hogar que quería proteger y busqué poder en el único sitio al que mi hermano nunca acudiría: Penrith.

–Sabemos que acudiste al Usurpador –dice Dietan con tono burlón–. Mi padre y mi abuelo te mantuvieron bajo vigilancia. ¿Creíste que habías estado libre todo este tiempo porque no sabíamos dónde estabas?

Namreth parece un poco desconcertado por eso.

Touché , pienso, orgullosa de él.

–Entonces, ¿por qué estás aquí? –pregunta. Justo lo que quiero saber. Solo sé lo que me ha contado Dietan. Me ha sorprendido muchas veces en este viaje al saber de la existencia de Veteria, el nombre de Katharine y ahora la verdadera identidad de Osian.

¿Quién es realmente Dietan de Loegria?

–Si eres tan inteligente, ¿por qué no lo sabes ya? –cuestiona con tono de reproche–. He venido a destruirte, obviamente.

–¿A destruirme? –Namreth se ríe entre dientes–. ¿Y cómo lo harás?

Dietan se encoge de hombros.

–¿Crees que eres un peligro para mí?

–Está bien –dice él, soltando un suspiro–.

Admito que al principio tenía una razón para venir aquí.

Pensé que podrías ser un aliado. Aunque dejaste Alarice para forjar tu propio camino, tal vez verías el valor de unirte a nosotros para proteger tu nuevo reino y al pueblo del Antiguo Estyrion contra el Usurpador.

Pensé que tal vez todavía quedaría algo de bondad en ti.

Mi madre decía que, de joven, eras el más valiente de los caballeros de Vindar, el héroe resplandeciente de Alarice.

Los guerreros acudían en masa a tu estandarte y el pueblo arrojaba flores a tus pies.

Quería ver por mí mismo cómo habías cambiado, si aún eres ese caballero de Vindar.

Mi padre dijo que era una causa perdida.

Mi abuelo estuvo de acuerdo. Pero algún día seré rey y necesito la ayuda de todos en esta guerra que se avecina contra el Usurpador.

Pensé que al menos debía intentar convencerte de que te unieras a nuestro bando.

–Bueno, lamento decepcionarte, sobrino. –No luce decepcionado en absoluto–. Pero soy leal a quienes me son leales.

–El Usurpador de Penrith. ¿Le darías la espalda a tu familia para servirle a él?

Namreth asiente mientras agita perezosamente el agua de su copa.

–He elegido la fuerza por encima de la debilidad. Tú también deberías hacerlo.

–Loegria y Alarice no son débiles, nuestros reyes no sirven a nadie más que a sus súbditos.

–¿No? –El rey se queda pensativo. Si la observación de Dietan lo ha enojado, no lo demuestra–. Nuestros espías nos informan que Loegria y Alarice sí están debilitados. El tesoro de los reinos, los Anillos del Destino, han desaparecido.

Dietan no se muestra sorprendido al ver que su secreto ha sido revelado.

–¿Han desaparecido? –pregunta, levantando una ceja.

–Penrith ha atacado abiertamente las fronteras de Loegria y, sin embargo, el rey no hace nada.

Alarice está indefensa, los bandidos y los merodeadores controlan el Puente de Bandai.

Tanto Donnel como Elgar parecen gozar de buena salud y estar en pleno uso de sus facultades mentales, así que solo puede haber una explicación: tu padre ya no tiene los anillos.

»Conozco a Donnel. Nunca dejaría que su pueblo sufriera. Si hasta ahora no ha usado el Silbido, es porque no lo tiene –continúa.

–Los anillos no deben usarse con tanta ligereza.

Eso me lo enseñó mi padre. Los ejércitos de Loegria y Alarice son más que capaces de hacer frente a unos cuantos bandidos y asaltantes.

Nos tomaron por sorpresa, es cierto, pero nuestros reinos se están movilizando para defender las fronteras contra el Usurpador.

Puedes contar con eso. –Dietan irradia la confianza propia de un príncipe, pero no puedo evitar preguntarme: ¿Dónde están esos ejércitos prometidos?

¿Por qué el rey Elgar no está convocando a nuestros muchachos del campo y a los hijos de los comerciantes para que presten servicio?

–Puede que tus ejércitos lo hayan detenido cuando tomó el trono por primera vez, pero el desorden en tus aldeas fronterizas sugiere que esta vez no están listos.

Y Donnel nunca permitiría tal pérdida de vidas si tuviera los medios para evitarla –dice Namreth, reflejando mi línea de pensamiento inquietante.

–Entonces, ¿por qué el Usurpador no ha lanzado su ataque?

–Ah, lo haremos a su debido tiempo. Un ejército surgirá del desierto y otra del océano. Juntos, conquistaremos todo Albión.

–Pero no pueden. –Dietan frunce el ceño–.

Y no lo harán. No hasta que tengan la certeza de que mi padre no tiene los anillos.

Él puede destruirlos con un simple gesto de mano.

Tu poder no es nada comparado con los Grandes Anillos de Anemoi, forjados por la propia Skiron.

Puedes provocar una tormenta de arena, pero no un huracán.

Namreth frunce el ceño, me pregunto si el príncipe no lo ha provocado demasiado.

–Mis exploradores dicen que el puente entre Loegria y Estyrion tiene un agujero enorme. Solo alguien que portara los anillos podría haber causado semejante destrucción. –Agita el agua de su copa y le dedica una sonrisa astuta–. Y aquí estás, querido sobrino.

–Aquí estoy. –La voz de Dietan es tranquila y serena, pero bajo la mesa se sujeta las rodillas con fuerza.

–¿Has venido a destruirme, entonces? –Vuelve a reírse entre dientes.

–Ya que no quieres ser mi aliado y eres un enemigo de Albión, no tengo otra opción. –El príncipe se encoge de hombros como si solo estuviera observando el clima.

–Bueno, eres un tonto. Después de que me pasaran por alto, Alarice ya no significa nada para mí.

–Supongo que ya has sido mi enemigo desde hace tiempo. Sé que enviaste a tus asaltantes para que me persiguieran y que intentaste secuestrar y matar a mi prometida. Y que estás colaborando con los Kilandrar.

El símbolo que Lydia dibujó con sangre no era una montaña, era el escudo de Osian. El mismo que ondea en lo alto de las banderas sobre el castillo. Fue inteligente hasta el final.

Namreth sonríe. Sus dientes parecen colmillos.

–Me dirás dónde están los Anillos del Destino, sobrino.

–No lo haré. Jamás.

Siento un nudo en la garganta al ver que Dietan se niega a ceder.

La risa del rey resuena por toda la sala.

–Entregarás los anillos de una forma u otra. Sé que los llevas contigo. Puedo sentirlos en ti. El Silbido me llama.

Mierda, mierda, mierda . Esto está mal. Aprieto la parte delantera de mi túnica con los puños debajo de la mesa y miro de reojo a los guardias, que permanecen inmóviles pero alertas alrededor de la mesa.

–Dime, sobrino –agrega, entrecerrando los ojos–. ¿Qué se siente saber que has llegado tan lejos solo para fracasar en tu misión? –Da otro sorbo a su bebida, esperando una respuesta–. Creo que disfrutaré viéndote sufrir. Poco a poco.

–Haz lo que quieras conmigo, pero Aren no tiene nada que ver con esto. Déjala ir.

–Ahora bien –responde, y se lleva una mano al corazón–, ¿por qué querría yo separarlos a ustedes dos, tortolitos? Como soy tan bondadoso, les permití compartir celda anoche. ¿Acaso no lo disfrutaron? ¿No soy misericordioso?

–Si eres misericordioso, déjala ir. Para ti, Aren es tan inútil como un desierto para un pez.

–Ahí va, tratando de deshacerse de mí otra vez, intenta mantenerme a salvo.

Pero no se lo permitiré. El Oráculo dijo que nunca me alejara de su lado por el bien de Albión.

¿Ya se lo olvidó eso? Quiero gritarle, decirle que no hable por mí, pero Namreth se mueve en el trono y se inclina hacia delante, sin apartar la mirada de Dietan.

–¿Inútil para mí? No lo creo. Ella es muy importante para ti, ¿no es así, sobrino? Y eso es muy útil.