Anillos del destino Capítulo 37. Aren
66%

Capítulo 37. Aren

E s un despertar brusco, pasar de soñar que Dietan me abraza a escuchar el chirrido de la puerta de la celda al abrirse.

–Vamos –dice Dietan mientras me ayuda a levantarme y un guardia con armadura de pies a cabeza y una expresión poco amable espera impaciente.

Me peino el cabello con los dedos, tratando de ordenarlo un poco, sin mucho éxito. Una vez que lo recojo en un rodete en la nuca, sacudo la falda de mi túnica de lino del desierto y cruzo la mirada con Dietan.

Él sonríe, pero puedo ver las ojeras bajo sus ojos. No pegó un ojo.

Asiento con la cabeza y, tomados de la mano, seguimos al guardia y salimos del calabozo.

Las palabras del prisionero de anoche aún resuenan en mi cabeza. Está seguro de que morirá. Siento que se me seca la boca mientras me pregunto si estaremos caminando hacia nuestro final.

Dietan no dice nada, camina con la mirada firme y concentrada mientras nos guían de regreso a través del palacio dorado.

Entonces sus ojos se cruzan con los míos y se iluminan un poco, lo que hace que mi corazón se acelere.

Hoy su mirada es de un verde marino, como el océano cerca de su casa que tanto deseo ver con mis propios ojos.

Mi mente vuelve a la noche anterior. El sabor de su beso en mis labios, la sensación de su cuerpo cuando me atreví a introducir la mano en su ropa interior.

Estaba tan caliente, tan grande. Pienso en lo que podría haber sucedido si él no se hubiera detenido…

si no hubiéramos estado en ese maldito calabozo.

¿Qué podría pasar una vez que convenza al rey Osian de que lo ayude con los anillos para que por fin pueda vivir sin temor a su propio poder?

Me tiemblan las rodillas.

Me besó y fue sincero. Incluso en esta situación horrible (encarcelados y ahora de camino a encontrarnos con un rey que podría acabar con nuestras vidas), mi corazón se siente pleno porque sé que por fin he encontrado a un hombre por el que valió la pena esperar toda mi vida.

Nunca imaginé que esto pasaría.

En un momento como este, con la muerte acechando tan de cerca, el amor de Dietan hace que todo lo que hemos pasado valga la pena.

Lo haya dicho o no en voz alta, me ama. Lo sé.

Y, para ser honesta, siento que me enamoré de él la noche en la que entró a la taberna, creyendo que podía engañar a todos haciéndoles creer que era un plebeyo.

Cuando bebió nuestra cerveza más fuerte sin quejarse.

Llegamos a una escalera que conduce a la sala del trono.

–¿Vamos, mi amor? –pregunta, besándome el dorso de la mano. La forma en que lo dice se siente diferente ahora a cuando repetía exactamente las mismas palabras en cada parada del viaje.

–Sí, mi príncipe –respondo, tal como lo hice tantas veces, pero no lo digo con mi tono burlón de siempre. Esta vez, las palabras parecen reivindicar algo que me pertenece.

Él es mío. Mi príncipe.

Deslizo mi brazo bajo el suyo y un grupo de guardias armados nos guía por unas escaleras.

El repiqueteo metálico de las armaduras de los hombres y el destello de la luz del sol en sus alabardas son un claro recordatorio de por qué estamos aquí y a quién vamos a ver. De repente, siento el sudor en mis palmas. Dietan debe sentirlo también, porque me da un apretón tranquilizador.

Me concentro en su confianza, absorbiendo un poco de ella para mí. Echo los hombros hacia atrás y mantengo la cabeza en alto, haciendo todo lo posible por imitarlo, trato de sentirme digna de él, de ser una princesa.

Él me observa de reojo mientras llegamos a la cima de las escaleras, sus labios esbozan una pequeña sonrisa.

–Todo saldrá bien –intenta calmarme–. Te lo prometo.

Solo espero que no sea una promesa vacía, la esperanza es todo lo que tengo.

Esperanza y Dietan.

La sala del trono es un salón enorme que parece estar hecho de oro macizo. La nave está bordeada a ambos lados por columnas doradas que sostienen un techo tan alto que no me sorprendería que una bandada de pájaros pudiera volar a través de él.

Uno por uno, los guardias que nos escoltan se colocan junto a la pared, alertas.

Apoyan los mangos de sus alabardas relucientes sobre el suelo de mármol.

Observo las rejillas que hay en el borde exterior de la sala.

Las mismas a través de las cuales Dietan y yo escuchamos todo tipo de sonidos misteriosos e inquietantes.

Frente al gran trono, una mesa larga divide el salón en dos, resplandeciente con vajilla dorada y repleta de tanta comida que me pregunto quién más podría acompañarnos.

Por lo que puedo ver, somos los únicos presentes.

Me siento cansada y desaliñada con nuestra ropa del desierto sin lavar, lo único que deseo es un baño caliente y la oportunidad de lavarme el cabello para lucir menos vulgar ante este rey.

–Bienvenidos a la corte del rey –indica el mayordomo, impecable en su uniforme, erguido frente a la mesa.

Mi estómago gruñe al ver semejante festín. La última comida completa que tuve fue en casa de Katharine y por más que su hospitalidad fuera muy bienvenida después de nuestra dura experiencia en el desierto, no se compara con el banquete que tenemos frente a nosotros.

Hay bandejas repletas de delicias que no debieron de ser fáciles de conseguir aquí.

Cerdo y pato asados, pollo y cordero a la parrilla, montañas de frutas peladas y cortadas, verduras relucientes con glaseado y pan suave con forma de animales adornan el centro de la mesa.

E incluso a tanta distancia de cualquier océano o lago, hay pescado con escamas, ostras sin concha y otras criaturas marinas en salsas espesas.

Por un momento me pregunto si se trata de un espejismo, como la ciudad de cristal. Parece imposible que haya tanta variedad y abundancia en un lugar tan árido como el Gran Yermo.

Las jarras de agua brillantes reflejan la luz del sol que se filtra a través de los arcos abiertos, de repente se me seca la boca.

–¿Puedo preguntar dónde estoy? Nos dijeron que estaba listo para recibirnos –dice Dietan.

–Sí, a su debido tiempo –responde el mayordomo–. Su majestad está ocupado con otros asuntos ahora, pero tardará solo un momento. Por favor, sírvanse el desayuno.

–Gracias –responde con cortesía–. Creo que la última vez que comí bien fue en una taberna llamada Pico de Cuervo.

Nuestras miradas se cruzan y un rubor cálido se extiende por mi rostro, me hace sentir un poco más a gusto.

Dietan me guía hasta el extremo más alejado de la mesa y me acerca la silla. Una vez que me he acomodado, se sienta a mi derecha, en el lugar más cercano a la cabecera de la mesa.

Me siento incómoda, sentada en una mesa de la corte del rey sin que él esté presente, pero al mayordomo no parece molestarle.

Les hace un gesto a los sirvientes que aparecen de la nada, como si hubieran salido de las paredes, para que comiencen a llenar nuestros platos.

Ponen tanta comida frente a nosotros que se me revuelve el estómago.

Pienso en los rostros desesperados de los aldeanos hambrientos que vimos en nuestro viaje, como en Alba.

El mayordomo, satisfecho con la presentación, se retira.

Los sirvientes se mueven rápido, con la cabeza gacha.

Intento cruzar miradas con alguno de ellos, pero nadie se atreve a alzar la vista.

Parecen nerviosos, yo sigo muy tensa, con todos mis instintos diciéndome que me largue de aquí de una vez.

Dietan parece muy tranquilo y comienza a comer, así que hago lo mismo, aunque me tiemblan las manos y la exuberante comida sabe a ceniza en mi boca. Mi corazón late tan fuerte que apenas puedo tragar.

Entonces las puertas se abren de nuevo y entra un rostro familiar.

–Buenos días –dice el emisario, su voz resuena en la sala vacía.

Nos sirve a cada uno una copa de cristal llena de agua.

Dudo un momento, preguntándome si es seguro.

Entonces noto que él bebe un largo sorbo de agua de la misma jarra mientras se dirige a la cabecera de la mesa.

Miro a Dietan, que asiente con la cabeza, así que yo también bebo un sorbo.

El emisario se deja caer en el trono del rey, acomodándose y acunando su copa de agua cerca del pecho, sonriendo.

Cuando ningún guardia hace ningún movimiento para detenerlo, siento como si me hubieran golpeado en la cabeza con mi propia sartén.

Siento un zumbido en los oídos. El emisario… en realidad es…

–Hola de nuevo, tío. –Dietan alza su copa en señal de saludo.

Lo miro con los ojos abiertos de par en par. ¿Tío?

–Hola, sobrino. Después de todo, no eres tan tonto como decían.

–Ja. –El príncipe esboza una sonrisa burlona–. Es bueno que me subestimen, tío Namreth.

Tío Namreth . He oído ese nombre antes. ¡Claro! Es el nombre del hermano menor del rey Elgar de Alarice, el tío abuelo de Dietan. Este es el príncipe Namreth, el que desapareció, desterrado por alguna razón.

–Supongo que Osian te queda mejor. Suena más siniestro. ¿Quién le tendría miedo a alguien llamado Namreth? –pronuncia el nombre como si fuera un insulto.

Se miran fijo, con una hostilidad evidente.

La tensión que emana de ambos es tan densa que estoy segura de que van a llegar a los golpes.

Miro el cuchillo que tengo en mi lado de la mesa, pero antes de que me vea obligada a hacer alguna tontería, los hombros de Namreth se relajan.

Se recuesta contra el respaldo del trono dorado con una sonrisa de satisfacción.

Dietan hace lo mismo, yo dejo escapar un suspiro discreto.

Y ahora sé por qué el emisario me resulta familiar. Puedo ver el parecido. Hay rasgos muy claros del rostro de Dietan en el de su tío.

–Los años te han tratado bien, tío. Muy bien. ¿Cuál es tu secreto?

–Adivina.

–El Silbido.

Contengo la respiración. Detuvo la tormenta de arena. ¿Entonces el Silbido también puede detener el tiempo?

–En efecto. –Namreth arquea una ceja.