Anillos del destino Capítulo 35. Dietan
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Capítulo 35. Dietan

E l oro es un poco excesivo, en mi opinión.

El Castillo Engel está situado en lo alto de una colina, en medio de la ciudad amurallada.

Mantengo a Aren cerca de mí mientras subimos por las calles empinadas, pavimentadas con más oro.

Mientras el emisario nos guía por callejones estrechos, puedo sentir cómo tiemblan sus dedos en el pliegue de mi brazo.

Vuelvo a colocar mi mano sobre la suya, acariciándole los nudillos con el pulgar.

Quiero asegurarle que, pase lo que pase, me encargaré de que no le ocurra nada.

Yo también me siento muy inquieto al caminar por las calles de Engel.

Una ciudad dorada escondida en el Yermo, resplandeciente y limpia, un ejemplo brillante del ingenio de la humanidad, pero apenas veo indicios de que la gente realmente viva aquí.

La mayoría de las tiendas están cerradas, las casas tienen las persianas bajas y las escuelas están en silencio.

Las banderas con el escudo del rey, un sol en el horizonte frente a una montaña de tres picos, ondean con la brisa opresiva del desierto.

Pasamos por parques y plazas, donde varias personas caminan apresuradas.

Nadie se detiene cerca de los estanques o los jardines cubiertos por una fina llovizna artificial para aliviar el calor del desierto.

En una ciudad tan grandiosa y hermosa como esta, esperaría ver a su gente prosperando. Este lugar está más muerto que Alba.

Aren aprieta mi brazo, sé que ella también se ha dado cuenta de lo extraño que es todo.

Siento un nudo frío en el estómago. Me obligo a respirar con calma, a mantener los hombros relajados, aunque la tensión va en aumento bajo mi piel.

Mi actitud serena y mi sonrisa ensayada a la perfección siguen intactas, sobre todo cuando el emisario nos lanza una mirada de vez en cuando.

–Hermoso, absolutamente magnífico –digo con voz suave, aunque siento como ese nudo en mi estómago se retuerce.

–Gracias. Estamos muy felices aquí. El rey Osian cuida muy bien a sus ciudadanos.

A los cinco que quedan…

Guardo silencio y, en cambio, dirijo mi atención hacia Aren.

–Es maravilloso, ¿verdad mi amor?

–Sí –concuerda, un poco sin aliento. No suena tan convincente como yo–. ¿Es este el tipo de ciudad en la que viviremos una vez que nos casemos?

–¿Aún no le ha mostrado a su novia ruborizada el orgullo y la alegría de Loegria? –pregunta el emisario, con un destello burlón en los ojos.

–Me estoy guardando lo mejor para el final. Sin ofender –aclaro con una risa despreocupada, aunque siento los hombros tensos bajo el peso de su mirada inquisitiva.

–Ciertamente, su alteza. No tengo ninguna duda de que Aren de Evandale se sentirá como en casa en Loegria. Pero al ser de Alarice debe sentirse demasiado acalorada en nuestro clima.

Aren está abanicándose y me doy cuenta de que no es una actuación. El calor nos tiene a ambos al límite.

–Lo siento. No estoy acostumbrada al calor. Pido disculpas por mi evidente incomodidad.

–No, por favor. Todos los que vienen a Engel son bienvenidos. Nos ocuparemos de todas sus necesidades.

Su hospitalidad vacía hace que la tensión se acumule en mis hombros. Intento mantener una expresión neutra mientras seguimos a nuestro guía subiendo por las calles empinadas hasta llegar a la entrada del palacio. No puedo evitar sentirme vulnerable sin mi cuchillo.

En la puerta principal ya nos esperan sirvientes con rostros inexpresivos, vestidos con uniformes bordados con hilo dorado. Es la mayor cantidad de gente que hemos visto en todo el día.

El castillo es grandioso, con sus numerosas torres y parapetos que se elevan hacia el cielo azul brillante. El resplandor del sol es cegador. Desvío la mirada, temiendo perder la vista si lo miro fijo por mucho tiempo.

Una vez dentro, el calor implacable por fin amaina.

Siento una oleada de alivio al entrar en el gran vestíbulo.

El techo pintado sobre nosotros representa un cielo nocturno estrellado que contrasta con las paredes doradas y el suelo de mármol rosa.

Supongo que la intención es que luzca majestuoso, pero lo único en lo que puedo pensar es en lo vulgar que se ve.

Demasiado oro. Demasiado mármol rosa. Es… demasiado.

Las paredes están adornadas con pinturas al óleo de los reyes históricos de Estyrion, cuyas miradas severas parecen seguirnos a medida que pasamos.

Cortinas transparentes enmarcan las entradas que conducen a habitaciones que se pierden de vista.

Una escalera grandiosa doble se extiende hacia el segundo piso.

La luz del sol se cuela por las ventanas abiertas, iluminan cada centímetro del castillo con un brillo antinatural.

Los sirvientes, con sus uniformes impecables bordados en blanco y dorado, permanecen firmes junto a cada puerta, con la mirada fija al frente, listos para entrar en acción en cualquier momento.

–Bienvenidos –dice el emisario–. El rey está ocupado en este momento, así que por favor dejen que nuestro personal los acompañe a sus habitaciones.

Esboza una sonrisa cálida, pero no confío en ese gesto.

Los sirvientes se acercan a nosotros y nos quitan las mochilas. Aren se resiste por un momento, aferrándose a su preciada sartén y a sus hierbas, pero cede cuando le pongo una mano en el codo. Nos superan en número. Debemos confiar en la hospitalidad inquietante de Osian si queremos pedirle algo.

Los sirvientes nos conducen de pronto hacia una de las alas cercanas y bajan con nosotros por un tramo de escaleras.

El castillo es tan grande que me cuesta orientarme.

Es más grande que el de mi familia en Loegria, eso seguro.

Cada habitación por la que nos llevan parece otro giro en un laberinto.

Uno podría perderse fácilmente en sus pasillos interminables de mármol rosa y oro.

–No me gusta este lugar –me susurra Aren, inclinada hacia mí, y siento su aliento cálido en mi oído.

Para cualquiera que nos observe, parece que le está murmurando palabras de amor a su prometido. Por puro reflejo, la rodeo por la cintura y le sigo el juego. Ella no se aparta, gracias a los dioses, y por un instante fugaz, sentirla a mi lado alivia la tensión que me oprime el pecho.

Inclino la cabeza hacia abajo y le susurro al oído: –Lo sé. A mí tampoco.

En respuesta, Aren también me rodea la cintura con su brazo.

Somos la imagen perfecta de una pareja enamorada.

La mantengo pegada a mi costado, tratando de sacar fuerzas de su presencia y disfrutando la sensación de estabilidad que me brinda su cuerpo contra el mío mientras seguimos a los sirvientes que nos guían hacia nuestras habitaciones.

Siento un nudo en el estómago por una inquietud silenciosa, pero mantengo mis pasos firmes y mi respiración constante.

–Por aquí, por favor –indica el sirviente que camina delante de nosotros, guiándonos a través de salones interminables de recepción, salas de visitas y lo que solo puedo suponer que es la sala del trono del rey.

Una silla enorme dorada se alza imponente en medio de ese espacio grandioso, llamativa y abrumadora.

Caminamos juntos, aferrados el uno al otro, mientras nos guían hacia una escalera que desciende en espiral hacia los niveles más profundos del castillo.

Mi inquietud se agudiza con cada paso. El aire se siente más pesado, más denso, cuanto más bajamos.

Aprieto mi brazo alrededor de la cintura de Aren como si pudiera protegerla de lo que sea que nos espere abajo.

Pienso en dar media vuelta. En subir corriendo las escaleras. Pero esas ideas tan tontas seguro nos costarán la vida.

Cuando entramos en un pasillo oscuro, mis sospechas se confirman. El pánico se apodera de mi corazón y aprieta cada vez más. Nunca debí haber permitido que ella me acompañara. Debí haber insistido en que Marcus la llevara a casa. El pasillo está rodeado de habitaciones tras rejas de hierro.

El primer sirviente se detiene ante una de las puertas y la abre. Las bisagras oxidadas chillan fuerte, como en señal de protesta. Ni Aren ni yo nos movemos. Siento un escalofrío en la nuca y todos mis instintos me gritan que el plan de sujetarla y huir era el correcto.

–¿Cuándo veremos al rey? –pregunta ella, con voz hueca en medio del silencio opresivo del calabozo.

El sirviente no responde. Sus ojos están apagados, vacíos.

No sé si no la escuchó o si solo la está ignorando.

Los hombres de Osian no ocultan los destellos metálicos que llevan en la cintura.

Sé que no estamos en condiciones de ofrecer resistencia.

Tomo la mano de Aren, la aprieto suavemente, y la conduzco hacia la celda.

El sirviente cierra y traba la puerta detrás de nosotros.

El golpe resuena por los pasillos oscuros como una campana fúnebre. Al menos estamos juntos.

Aren se queda de pie, rígida, con la mirada fija en la puerta cerrada con llave.

–Maldita sea. ¿Así que ahora somos prisioneros? –pregunta, con la voz aguda por la frustración.

–Parece que sí –murmuro, apretando la mandíbula.

Se lleva las manos a la cabeza y suelta una serie de maldiciones bastante creativas. Si no estuviera tan nervioso, me habría echado a reír.

–Aren. –Trato de sonar tranquilo–. Si quisieran matarnos, ya lo habrían hecho.

Eso no parece tranquilizarla.

Echo un vistazo a la celda, evalúo nuestro entorno. Un colchón en el suelo y un cubo a modo de orinal para la feliz pareja, eso es todo. La luna de miel perfecta.

–Si recuerdo bien el camino por ese laberinto, creo que estamos en algún lugar debajo de la sala de trono –agrego, señalando los conductos de ventilación sobre nuestras cabezas.

La luz atraviesa la celda en líneas nítidas, iluminando apenas el espacio.

Es la única fuente de luz, aparte de las antorchas tenues que bordean el pasillo.

Los conductos de ventilación están demasiado altos para alcanzarlos.

Incluso si subiera a Aren en mis hombros, las aberturas detrás de las rejillas son tan angostas que no entra ni un puño.