Anillos del destino Capítulo 35. Dietan #2
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Capítulo 35. Dietan #2

Estamos atrapados.

–Solo tenemos que esperar –indico, tratando de calmar el pánico creciente que me oprime el pecho.

Los anillos se agitan, su zumbido es débil pero insistente.

Están ansiosos por ser utilizados, alimentándose de mi frustración y mi enojo.

Clavo las uñas en las palmas de mis manos, el dolor agudo me devuelve a la realidad.

Si uso el Silbido para escaparnos, podría lastimar a Aren y eso es lo último que quiero.

–¿Están esperando al rey? –dice una voz que proviene de la celda que está en diagonal a la nuestra. Un hombre mayor se apoya contra los barrotes, con un brazo colgando despreocupado, la muñeca flácida. Apenas puedo distinguir su cabello blanco, pero el resto de su figura queda oculta en la sombra.

–Sí –respondo con sinceridad, con la voz tensa.

–Buena suerte con eso. –El anciano suelta una risita débil y ronca que me pone los nervios de punta.

–¿Cuánto tiempo llevas aquí? –pregunta Aren.

–No mucho. Un par de días, más o menos. Aunque es probable que salga pronto. Nadie se queda aquí mucho tiempo.

Bueno, eso no suena tan mal. Podemos aguantar unos días.

–Pareces saber mucho –dice Aren, acercándose a los barrotes, con un tono de sospecha en la voz.

El anciano tose antes de responder.

–Bah, todos los que viven en Engel saben lo que pasa aquí. No es ningún secreto. La gente desaparece todo el tiempo, más que nada los que representan un problema para la corona.

–¿Eso es lo que te pasó a ti? –pregunto.

–Sí, nunca sé cuándo callarme la boca.

No me gusta como suena eso. Ni un poquito. Es justo lo que Katharine me advirtió. Osian no es un rey, es un tirano.

–Esto pasa mucho, ¿no? –pregunta Aren, acercándose más a los barrotes de la celda.

–Todo el tiempo. Todos aquí en Engel sirven al rey Osian.

Si te sales del camino, aunque sea un poco, terminarás aquí.

Golpeado, ensangrentado, destrozado… muerto –dice.

Habla con tanta indiferencia que casi no le creo–.

Pero la gente está hablando. Si hay algo que el rey no puede quitarnos, son nuestras ideas.

Sé que eso es cierto. Las ideas pueden convertirse en esperanza y la esperanza es más poderosa incluso que el Silbido. La tiranía no tiene ninguna chance frente a las ideas.

–¿Mencionaste que saldrías? –pregunto, aunque no estoy seguro de querer escuchar la respuesta.

–Mencioné que saldría en unos días. Nunca dije que saldría con vida.

Las horas pasan y solo podemos esperar. No tengo forma de saber qué hora es. En el calabozo no entra la luz del sol, lo que nos deja sumidos en la penumbra que se cuela a través de las rejas de arriba.

Estoy agotado por completo. Apenas hemos descansado desde que pusimos un pie en el desierto, lo que parece haber sido hace una eternidad.

Aren camina de un lado a otro y duerme de a ratos, pero yo me niego a cerrar los ojos.

Si tengo una de mis pesadillas, perderé el control porque estoy muy agitado.

Me mantengo despierto recitando en silencio todas las curiosidades esenciales que mi padre y mis tutores me obligaron a memorizar. Miro fijo las rendijas de luz sobre mi cabeza. Estoy bastante seguro de que ya cayó la noche hace un rato, pero la sala de trono sigue iluminada por la luz del fuego.

Un golpeteo rítmico proviene de arriba, seguido de un chillido como el lamento de un animal. De vez en cuando, se oyen gemidos, luego vuelven los gritos. No hace falta que siga repasando formaciones de infantería en mi mente, los sonidos inquietantes y violentos me mantienen despierto y alerta.

Mientras tanto, Aren camina de un lado a otro por la celda, manteniéndose erguida. Tiembla y se frota los brazos mientras va y viene, aún vestida con sus ropas de lino del desierto. Observarla es una buena distracción de los ruidos que vienen de arriba.

–¿Qué crees que está pasando allá arriba? –pregunta, alzando la vista hacia las rejas.

Giro hacia un costado, apoyando la espalda contra la pared fría.

–Ojalá nunca lo sepamos… Ven aquí –la invito, dándole una palmadita al espacio junto a mí en el colchón–. Hay lugar. –Ella me lanza una mirada desconfiada–. Tienes frío. Vamos, no hagas que esto se vuelva incómodo.

–No tengo frío –dice, molesta. No se queja cuando se acurruca en el colchón y se pone de espaldas a mí, manteniendo una distancia ligera. El espacio entre nosotros es insoportablemente cercano y, al mismo tiempo, demasiado lejano.

Quiero cerrar esa brecha, atraerla hacia mí, pero me contengo.

Aún queda un ligero aroma de ese aceite de azahar con el que se cepilla el cabello, lo que nubla mi mente en una bruma agradable.

Si cierro los ojos, puedo engañarme a mí mismo y creer que estamos en otro lugar, en algún lugar hermoso, como ella.

Todavía temblando, se abraza las rodillas con más fuerza.

–Acércate –insisto–. Nos daremos calor el uno al otro.

Me mira por encima del hombro y yo asiento con la cabeza, sincero. Se acerca más a mí y apoya la cabeza en el pliegue de mi brazo. La rodeo con el que tengo libre y la abrazo con fuerza contra mí.

Al principio del viaje, tal vez hubiera puesto los ojos en blanco y me hubiera regañado, pero ahora las cosas son diferentes entre nosotros.

Es lo único bueno que ha pasado hasta ahora.

–No es así como me imaginé mis aventuras –refunfuña.

–Lamento ser tan mala compañía –suelto, intentando hacer una broma–. ¿ Cómo te las imaginaste?

Ella duda.

–La verdad, no lo sé –admite–. Evandale es el único lugar en el que había estado. Así que no sabía qué esperar más allá de sus fronteras. Pero soñaba con más. Necesitaba más.

–¡Ajá! ¡Lo sabía! –exclamo. La aprieto más contra mí. Ella se retuerce entre mis brazos. Su risa juguetona es como un bálsamo para mi alma.

–¿Está tan mal que quiera algo más en esta vida que una propuesta de segunda de un granjero borracho? –Suena exasperada.

–No, no está mal. Obstinado tal vez… y sabio y valiente. Además, en cambio recibiste a un príncipe. –No puedo evitar sonreír y mover las cejas. Pero ella no está sonriendo conmigo. Puedo sentir su tristeza.

–Pero no fue así. No de verdad…

Siento una punzada en el corazón. Después de todo lo que hemos pasado, no puede pensar que esto siga siendo solo una farsa. Voltea para mirarme a los ojos y se me corta la respiración. Las lágrimas resbalan por sus mejillas, no puedo evitar sentir que es mi culpa. Tomo sus manos entre las mías.

–Aren de Evandale, no existe propuesta, poema, oda ni gesto capaz de expresar lo mucho que significas para mí. No hay nada en este mundo que valore más que a ti. A mis ojos, eres perfecta. Y lo más importante, eres la persona indicada para mí.