Anillos del destino Capítulo 34. Aren
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Capítulo 34. Aren

J usto cuando creo que por fin la suerte está de nuestro lado, aparece este imbécil.

Siempre me he enorgullecido de poder leer a la gente en el instante en que se sientan en el bar, hay algo inquietante en este forastero de actitud arrogante.

Su rostro es demasiado perfecto y su voz demasiado suave. Engreído lo resume todo.

Me cae mal de inmediato.

Y luego, claro, está todo el asunto de cómo detuvo la tormenta con su control impecable del Silbido. Al menos eso es lo que supongo que pasó, ya que Dietan dice que él no lo hizo. Estoy agradecida de que este desconocido nos haya salvado, pero su actitud no me agrada.

–¿Conoces a este sujeto? –le pregunto a Dietan.

No tiene oportunidad de responder, el desconocido habla por él.

–Creo que el príncipe Dietan y yo aún no hemos sido presentados. Sin embargo, estamos al tanto de todos los que cruzan nuestras fronteras, camarera.

Vaya, qué hombre más arrogante. Y lo que es todavía más molesto es que, sea quien sea, ni siquiera se molesta en llamarme por mi nombre.

–¿Y tú eres? –inquiere el príncipe.

–El emisario del rey Osian. –Hace una reverencia elegante.

¿Por qué me resulta familiar? Entrecierro los ojos ante la luz brillante del sol y examino sus facciones, pero no logro reconocerlo. ¿Quizá pasó por Evandale? Soy buena recordando rostros, incluso aquellos que solo estuvieron de paso por la taberna.

Pero no logro recordarlo.

Parece tener unos veinte años, con labios delgados y unos ojos azules muy llamativos. Se mueve con una gracia que da la impresión de que está flotando.

Dietan arquea las cejas, sé que está pensando lo mismo que yo: hay algo raro en este supuesto emisario .

–Efectivamente, soy el príncipe Dietan de Loegria –responde con tono imperioso–. Deseo hablar con el rey.

–Por supuesto. Lo está esperando. Nos ha llegado la noticia de su compromiso y desea felicitarlo por la boda.

El emisario dirige la mirada hacia el montículo de arena cercano y entrecierra los ojos. Un viento fuerte azota la arena, deja al descubierto a los caballos atrapados debajo.

Me quedo boquiabierta ante el control que este hombre ejerce sobre el Silbido, tan diferente a los arrebatos caóticos de Dietan.

Los animales están ilesos, pero aturdidos, y se ponen de pie con las patas temblorosas.

Se sacuden y patean el suelo con las pezuñas, claro que están asustados por lo que acaba de suceder.

Con relinchos agudos, logran levantarse, dan un par de patadas y salen galopando hacia el este, en dirección a su hogar.

Los observo hasta que desaparecen en el horizonte, deseando que Dietan y yo pudiéramos salir galopando con ellos.

Si este emisario tiene tales habilidades, me estremezco al pensar qué poderes podría tener el propio Osian.

Pienso en lo que dijo Katharine y el miedo me retuerce las entrañas, imaginando para qué podría estar usando esa magia.

¿Por qué insistí tanto en venir con él hasta aquí? Siento un nudo incómodo en el pecho y me llevo una mano al corazón. Sé la respuesta a esa pregunta, pero no me permito darle más vueltas. Hay mucho más en juego que mis tontos sentimientos.

–Detuviste esa tormenta con el poder del Silbido –observa Dietan. El emisario inclina la cabeza con modestia–. ¿Cómo? –agrega, puedo percibir la desesperación en su voz.

–El rey de Estyrion es muy poderoso –responde–.

Es muy generoso con su don y enseñará a cualquiera que busque el conocimiento del Silbido, a diferencia de quienes están fuera de nuestras fronteras.

Ahora –dice, mirándonos con ojos siniestros–, debo pedirles que entreguen sus armas antes de que entremos a la ciudad.

–¿Puedo preguntar por qué? –La molestia es evidente en la voz de Dietan. Quizá no quiere separarse de ese cuchillo que lleva siempre encima. Madre de la Cosecha, prefiero morir antes que entregar mi sartén. Aunque no es un arma, bueno… depende en las manos de quién esté.

–Todos son bienvenidos en Engel, pero quienes busquen nuestra protección deben entregar cualquier instrumento de violencia. Somos un pueblo pacífico.

Dietan entrega su cuchillo con desconfianza.

Me aferro con fuerza a mi mochila desgastada y, cuando el emisario la mira fijo, levanto la solapa para que pueda ver su interior.

–Solo es una sartén –indico–. Es para cocinar.

Él se queda mirando, pensativo.

–Supongo que, si tuviéramos que temerle a una sartén, no seríamos un gran pueblo.

Gracias a las diosas, funcionó.

Dietan se endereza, erguido como el verdadero príncipe que es.

–Adelante –ordena.

Así que ha llegado el momento. Es hora de conocer al rey loco Osian de Engel. En lugar de ir delante, el emisario camina al lado de Dietan. Yo los sigo, con solo una sartén para protegernos, espero que sea suficiente.

Retrocedo unos pasos, asumiendo el papel de mujer obediente que nunca suelo desempeñar.

Pero al dejar que los hombres caminen al frente, tengo la oportunidad de respirar, por fin.

Saber que el emisario no está acechando cada uno de mis movimientos como una serpiente lista para atacar me da posibilidad de observar.

Pero mi alivio es solo momentáneo. Mientras sigo a estos dos, se me ocurre que no pertenezco a este lugar. No me refiero al paisaje infernal, nadie pertenece aquí . Me refiero a que no tengo nada que hacer entre la realeza.

Mis ojos comienzan a llenarse de lágrimas y parpadeo para aclarar mi visión.

Debe ser la arena.

Observo a las dos figuras que caminan con orgullo delante de mí. Se siente extraño ver a Dietan actuando de manera tan oficial. Hace ya un tiempo que no lo considero parte de la realeza.

Es simplemente Dietan.

Solo lo llamo “príncipe” o “su majestad” para sacarlo de quicio porque me divierte molestarlo.

Mientras seguimos al emisario fuera de las dunas, mis pensamientos vuelven a ese beso en casa de Katharine.

Se sintió tan real…

Bueno, el del templo también pareció real, pero en ese momento él tenía que besarme.

En casa de Katharine sentí que me besó porque quería , porque necesitaba hacerlo.

Pero no lo sé. A pesar de todas las conversaciones que he tenido en la taberna con todo tipo de hombres, no tengo experiencia en relaciones románticas.

Aunque mi instinto me dice que Dietan siente algo por mí, me cuesta creerlo.

Me subo la mochila un poco más arriba en el hombro. ¿Hasta dónde habría llegado ese beso si su prima no nos hubiera interrumpido? Trato de no concentrarme en eso, pero es lo único en lo que puedo pensar. Siento que se me enrojecen las mejillas y esta vez no es por el desierto.

¿Qué pasará cuando termine el viaje?

Si es que sobrevivimos, claro.

Cuando vemos por primera vez la ciudad resplandeciente, me siento más campesina que nunca.

Engel está construida casi en su totalidad con oro.

Bajo la luz cegadora del sol, todo (desde las torres hasta las calles) brilla con una intensidad diez veces mayor.

Caminar hacia las puertas principales haría que cualquiera se sintiera insignificante.

En especial alguien como yo, que nunca ha visto oro en su vida.

Cuando se abren las puertas de oro macizo, dudo. Dietan me lanza una mirada por encima del hombro. Por un instante fugaz, distingo la preocupación en su rostro antes de que retome su actitud de príncipe para impresionar al emisario. Lo único que quiero hacer es correr en la dirección opuesta.

Katharine nos advirtió que quien pone un pie dentro de estas puertas nunca se va. Si entro a esta ciudad, tal vez nunca vuelva a ver a mis hermanas ni a mi papá. Incluso si Dietan logra resolver su problema, es posible que nunca me permitan salir.

Él es un príncipe. Está entrenado para desenvolverse en las complejidades de la política de la corte. Pertenece al círculo de los poderosos y hay todo un gobierno listo para entrar en acción y negociar su liberación. Yo no soy nada, nadie, en comparación. Ni siquiera soy su prometida.

Solo soy parte de esta mentira.

Me sujeto con fuerza a mí misma mientras sigo a Dietan y al emisario, luchando por mantenerme en pie.

Por todas las diosas, ¿por qué no puedo simplemente volver a casa… y llevarme a Dietan conmigo?

Ahí es donde él pertenece. En Evandale. En la taberna, con una jarra de cerveza y un plato de mis bollos. Se veía tan feliz allí. Nos reiríamos a carcajadas juntos. Yo lo insultaría y le daría órdenes. Él se reiría y me ayudaría a limpiar, aprendería a lavar los platos.

Seríamos felices.

Podríamos encontrar otra forma de quitarle los anillos de la espalda. Estoy segura de que hay algo que se les pasó por alto a los consejeros de su padre.

–Dietan –susurro.

El emisario sigue caminando mientras el príncipe se detiene y voltea hacia mí.

–¿Sí?

Vámonos de aquí. No tengo un buen presentimiento sobre esto. Encontraremos otra forma de curarte. Creo que moriremos aquí .

Pero no puedo.

No digo nada. ¿En qué estaba pensando? Él eligió estar aquí. Es un príncipe. No puede vivir en Pico de Cuervo. La guerra ha llegado a su reino y su padre necesita los Anillos del Destino.

Debe ser el calor, no estoy razonando con claridad.

Más adelante, el emisario se ha detenido, esperándonos.

Me encuentro con los ojos azul verdosos de Dietan y se me corta la respiración.

Este hombre ha intentado una y otra vez que me aleje de todo esto. Incluso ha intentado obligarme y sin embargo aquí estoy. No puedo irme. No sin él. Pedirle que se vaya cuando estamos tan cerca de su meta sería injusto.

El peso de los reinos recae sobre nosotros.

–Nada. –Niego con la cabeza.

–¿Estás segura? –susurra.

No, no lo estoy, pero hemos llegado hasta aquí y ya no podemos dar marcha atrás. Por algo estamos aquí: para quitarle los anillos, cambiar el curso de la guerra, regresar a Loegria y salvar a todos en Albión.

Dietan espera, paciente, erguido, seguro de sí mismo y majestuoso, como el príncipe que es.

–Vamos –dice, y asiente para tranquilizarme. Yo intento sonreír, pero el gesto me sale forzado y poco convincente, como si estuviera levantando las comisuras de mis labios con los dedos.

»Todo saldrá bien –agrega, tomándome de la mano y colocándola en el hueco de su brazo.

Pone la que tiene libre sobre la mía y me hace sentir más segura con su contacto–.

Te prometo que no dejaré que te pase nada.

Y si tenemos suerte, tal vez pueda convencer al rey Osian de que se alíe a nuestra causa.

Sea cual sea la experiencia de Katharine, quizás aún haya una forma de ponerlo de nuestro lado.

Estoy bastante segura de que la suerte no tiene nada que ver con esto.

Me trago la ansiedad que sube por mi garganta y asiento con la cabeza.

No confío en este rey Osian y ojalá nunca lo hubiera mencionado en la cabaña de Veteria, pero sí confío en Dietan y eso vale más que una ciudad hecha de oro.

Él aprieta mis dedos con un gesto tranquilizador antes de que crucemos juntos por las puertas.

–Bienvenidos, príncipe Dietan de Loegria y Aren de Evandale –dice el emisario, con una sonrisa tan amplia que sus dientes parecen colmillos–. A Engel. La última ciudad libre en Albión.