Capítulo 33. Dietan
A l atardecer encuentro a Aren afuera de los establos, acariciando a una yegua blanca majestuosa con unas pezuñas inusualmente planas, más anchas que los platos de la cena.
Los caballos de aquí se han adaptado para poder caminar por la arena blanda sin hundirse.
El que está a su lado, que también es blanco, ya lleva nuestro equipaje cargado y patea con impaciencia el suelo.
Está vestida como yo, con ropa larga y holgada de lino blanco. Llevo una túnica suelta y pantalones y la de ella tiene broches que la ajustan al cuerpo, realzando su figura. Nunca la había visto con un atuendo tan ceñido, que resalta cada una de sus curvas.
La miro de una forma tan intensa que, cuando voltea, casi se me caen las gafas que tengo en la mano.
Se las entrego, intento hacerlo con naturalidad.
No es el momento ni el lugar , me recuerdo a mí mismo, tratando de adoptar un aire indiferente, aunque cada nervio de mi cuerpo se despierta en su presencia.
–Gracias –dice, mirándome con curiosidad mientras se coloca los lentes sobre la cabeza.
–Te ves lista para el desierto –observo, tratando de recuperar la compostura. Deja de desear lo que no puedes tener , pienso. A ella le gusta besarte, pero no quiere más que eso. Piensa que eres un consentido y un tonto .
–Genial, ¿verdad? –responde con una sonrisa, como si la incomodidad de nuestro beso interrumpido nunca hubiera existido–. Este lado me protege del calor, mientras que el otro. –Me muestra el forro negro de su abrigo–. Me protege del frío.
Asiento con la cabeza, hago un esfuerzo por concentrarme en sus palabras en lugar de en lo bien que se ve. A mí también me han regalado un abrigo como ese. Está tejido a mano, la capucha es grande y resistente, y me protege sin importar la temperatura que haga afuera.
–Lo que dije antes era en serio –le digo–. Lo de que eres la persona más leal que conozco.
Podemos ser amigos. Soy capaz de aceptarlo y dejar de lado mis sentimientos. Tratar de no matar a cualquiera que la mire como yo la miro. Puedo dejarla ir… después de unos cuantos besos más.
Ella me mira por debajo de sus pestañas antes de apartar la mirada y sonreír.
–Sí. Sí. No te pongas tan sentimental.
Antes de irnos, Katharine, Jingu y su hija se acercan a despedirse. La niña, que no debe tener más de ocho años, nos mira fijo. Su expresión de asombro me hace sonreír.
–Engel está al oeste de aquí –dice Katharine–. Sigan a la estrella más brillante, la Dama de los Perdidos, y ella los guiará en la oscuridad. En tres noches, verán la ciudad.
–Gracias –respondo–. De verdad. Te juro que, como príncipe de Loegria, me tienes como aliado.
Extiendo mi mano y ella la acepta. Nos damos un apretón firme.
–Ve, primo. Ya que no puedo disuadirte, espero que encuentres lo que buscas.
Sin más demora, Aren y yo salimos del pueblo, cabalgamos hacia el oeste por un sendero apenas visible, en dirección a la puesta de sol de color rojo y anaranjado que se desvanece. Ya me siento más seguro que nunca.
Ahora que ya no paso frío durante la noche, puedo apreciar mejor las estrellas que brillan sobre nuestras cabezas.
El calor del desierto distorsiona su luz y las hace ondular en tonos azules y naranjas.
Es como si una mano divina hubiera esparcido diamantes por el cielo, tan vasto y profundo.
Cuando aparto la mirada y observo a Aren, me doy cuenta de que ella también está maravillada por la luz del cielo.
–Ahí está. –Señala una que brilla más que el resto–. Justo a tiempo. La Dama de los Perdidos, la estrella más brillante del cielo, para guiarnos.
Pero me cuesta apartar la mirada de Aren. Respondo con una sonrisa.
Nos detenemos justo antes del amanecer, tras la tercera noche, y acampamos en la cima de una duna tan alta que podría haber creído que era una montaña.
A lo lejos, apenas puedo distinguir el destello de luz en el horizonte.
El sol está saliendo detrás de nosotros, así que estamos mirando directo hacia el oeste.
Esa luz que se ve delante solo puede significar una cosa.
–Engel –anuncia Aren–. Ya casi llegamos.
La miro y una chispa de esperanza florece en mi pecho. Sus ojos brillantes me llenan de una ligereza que no había sentido en mucho tiempo.
Quizá no sea el más tonto en Albión por haberme embarcado en esta aventura. Después de todo, si hubiera hecho las cosas de otra manera, nunca habría conocido a Aren, esa idea es demasiado difícil de soportar.
Tal vez todo salga bien al final. Los Anillos del Destino retirados de mi cuerpo, devueltos a mi padre y el Usurpador derrotado. Ella me hace sentir como si pudiera conquistar el mundo.
–Vamos, pongámonos en marcha –dice, con una sonrisa pícara en el rostro.
–¿Ahora? Ya casi amanece.
–Mejor aún –insiste. Sonríe, sube a su caballo y agrega–: Cuanto antes te quites los anillos, antes podrás comenzar tu nueva vida. Estamos tan cerca.
Es difícil contradecirla, sobre todo cuando tiene ese brillo en los ojos como si me estuviera desafiando. Subo a mi caballo y, juntos, nos dirigimos hacia la ciudad resplandeciente que se alza en medio del desierto.
Varias horas más tarde, nos detenemos en la cima de una duna. Los caballos resoplan y patean la arena, inquietos.
–¿Qué es eso? –pregunta Aren–. No parece una nube.
Entrecierro los ojos ante la luz brillante del día y miro a través de mis gafas protectoras, que según Katharine desnudarían cualquier ilusión. Pero el sol del mediodía está alto en el cielo y aún no hemos llegado a la ciudad. Si no es otro espejismo, Engel está más lejos de lo que esperaba.
¿Acaso el Gran Yermo no es más que espejismos y magia?
Porque ahora, una gran nube nos bloquea de repente el camino.
Se alza como un muro monumental, tan densa que ni siquiera el sol feroz del desierto puede atravesarla.
La arena se arremolina en su interior. Todo se ha quedado inusualmente quieto, como si la tierra misma contuviera la respiración, a la espera del impacto.
El suelo tiembla y se oye un estruendo que se vuelve más fuerte y amenazante con cada latido de mi corazón.
–No es una nube –advierto, y siento que el pánico invade mis venas mientras el muro se abalanza hacia nosotros–. Es una tormenta de arena.
Mi caballo da un salto hacia atrás y casi me tira al suelo. Sujeto las riendas con fuerza, hago todo lo posible por no entrar en pánico, porque si el animal está preocupado, yo también debería estarlo.
–¡Sal de ahí! –grito.
Aren no necesita que se lo repitan. Hace galopar a su caballo hacia el muro de arena. Casi grito para que se detenga, para que voltee, pero entonces veo bien hacia dónde se dirige. Hay unas ruinas medio enterradas en la duna justo delante de nosotros. Un refugio.
La sigo, clavando los talones en los costados de mi caballo lo más fuerte que puedo, desesperado por alcanzarla. Mi corazón late fuerte y siento un nudo en el pecho mientras la tormenta avanza delante de nosotros y envuelve la mitad del cielo en la oscuridad.
El suelo tiembla bajo nuestros pies y un profundo retumbar me hace vibrar los huesos. La tormenta está viva, es una bestia monstruosa y gruñona que se abalanza sobre nosotros.
Nos envuelve por completo en un instante.
Es como si hubiéramos cruzado a otro mundo.
Los granos de arena me cortan la piel como mil dagas diminutas, pinchándome cada centímetro expuesto.
Mis gafas se empañan y me arañan el rostro.
Tengo que cerrar los ojos, confiando en que mi caballo siga al de Aren.
Mi corazón late tan violento en mi pecho que siento que podría estallar. Aprieto los dientes y sigo adelante.
La arena aumenta.
Mi caballo reduce la marcha, resopla y patea el suelo mientras montículos enormes de arena bloquean nuestro camino. El viento aúlla, ahoga mis propios pensamientos de pánico. A medida que el suelo se mueve bajo nosotros, el animal da un salto y salgo disparado de la silla de montar.
Caigo al suelo con fuerza. El impacto me hace castañear los dientes y me provoca un dolor agudo en el hombro. La arena me envuelve, arrastrándome hacia la oscuridad sofocante mientras araño y pateo para mantener la cabeza por encima de la marea que sube.
–¡Aren! –grito, pero el viento arranca su nombre de mi garganta y lo dispersa en el vacío.
Pataleo y obligo a mi cuerpo a avanzar a través de la arena pesada.
Mis extremidades se sienten como de plomo, mis músculos protestan y mis pulmones arden con cada respiración.
Los relinchos de los caballos atraviesan la tormenta.
Se hunden rápido en la arena. Luchan y patean, pero eso solo los hunde más.
La tormenta es implacable, se traga todo.
No puedo encontrarla.
Ha desaparecido.
Se siente como una puñalada en el estómago. Un miedo frío y nauseabundo se apodera de mí, vaciándome el pecho. No puedo respirar mientras imagino a Aren enterrada viva, asfixiándose bajo la arena.
No. No, no . No puedo perderla. No puedo.
Los anillos en mi espalda se agitan. Son como parásitos que se alimentan de mi miedo. El zumbido se vuelve más fuerte, vibra a lo largo de mi columna vertebral. Quieren ayudar.
Úsanos , susurran.
La tentación se aferra a los confines de mi mente. Podría detener la tormenta… Debería detenerla. Pero no confío en ellos. No confío en mí mismo.
¿Y si lo empeoro? Ella está ahí afuera, en algún lado.
¿Y si la mato?
Aprieto los puños con tanta fuerza que mis uñas se clavan en las palmas.
El dolor me devuelve a la realidad. Entonces el poder desenfrenado del Silbido se agita dentro de mí, alimentándose de mi desesperación, suplica ser liberado.
Todo mi cuerpo tiembla. Me late la cabeza con el esfuerzo de contenerlo.
Siento las lágrimas resbalando por mi rostro, mezclándose con la arena.
Tengo que encontrarla.
–¡Aren! –grito de nuevo, con la voz quebrada por la angustia, pero la tormenta se traga su nombre. Tengo la garganta irritada, he perdido la voz. Avanzo tambaleándome, casi cegado por la arena que se cuela bajo mis gafas y me pica los ojos.