Anillos del destino Capítulo 32. Dietan #3
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Capítulo 32. Dietan #3

Sopla, impaciente, para apartarse un mechón de cabello que se le ha caído sobre el rostro. Luego levanta el mentón, saca pecho e imita mi voz grave.

–No vengas conmigo a Engel. No estarás a salvo. Tú, una mujer débil, deberías regresar a casa y dejar que yo, un hombre grande y fuerte, me encargue de esto. –Entrecierra los ojos–. Bueno, será mejor que lo aceptes. Estamos juntos en esto.

–Podría ordenarte que te vayas –gruño–. Después de todo, eres mi súbdita.

–Según el tratado de unión, en realidad no lo soy hasta que te cases con una chica alariciana. Y –agrega, levantando la mano izquierda y jadeando para fingir sorpresa–. No veo ningún anillo.

Por un momento, lo único que quiero hacer es arrodillarme y ofrecerle el anillo de ópalo de mi madre. Siento un gran deseo de demostrarle mi fidelidad, de convertir nuestro compromiso de mentira en algo real. Me pregunto si eso haría que fuera más amable conmigo.

Probablemente no.

Y no lo cambiaría por nada del mundo.

Ese beso en el templo se sintió tan real. El recuerdo me da ganas de revivir ese momento ahora mismo, para ver si se siente igual de auténtico.

–Oye, si quieres arriesgar tu vida de una forma tan imprudente, no puedo detenerte –Levanto las manos en señal de rendición.

Ella cruza los brazos y sonríe con aire burlón.

–Exactamente.

–Esa no es la victoria que crees que es –respondo.

–¿Qué más podría pasar? –pregunta con ligereza–. Ya nos han robado y nos han perseguido, nos han atacado los Kilandrar, casi morimos de deshidratación… Creo que a partir de ahora las cosas mejorarán.

Se ve tan decidida e intrépida en este momento que necesito besarla de nuevo. Ahora mismo.

–¿Qué? –espeta, y me doy cuenta de que he estado mirándole la boca–. ¿Tengo algo entre los dientes?

–No… –digo, tosiendo.

–Ah… –responde, con una voz que de repente se vuelve baja y ronca–. Porque pensé que…

–¿Pensaste que…? –Me inclino hacia delante.

Su mirada es profunda, yo me acerco aún más.

Puedo ver cada peca de su nariz y sus mejillas, el hoyuelo que se le forma cuando sonríe.

Cierro los ojos y nuestros labios se encuentran.

Su boca es tan cálida y tentadora como la recuerdo, a pesar del calor seco del desierto.

La rodeo con mis brazos y siento como sus dedos se clavan en mis hombros.

Deslizo mis manos por su espalda y luego las bajo aún más para acariciarla…

Alguien carraspea.

–¡Ah! –dice Aren, sobresaltada, y se sonroja–. ¡Katharine!

Maldición.

–Lamento interrumpir –se disculpa Katharine al entrar.

–Yo, eh… iré a hablar con Jingu sobre nuestras provisiones –dice Aren y sale disparada de la habitación. Quizá le da vergüenza o no quiere que la vean besándome.

Es una posibilidad.

He dejado muy claro lo que siento por ella. Casi me mato con mi propio poder antes que admitir mis sentimientos. Pero ahora me doy cuenta de que no tengo ni la más mínima idea de lo que ella siente por mí, más allá de la chispa innegable que hay entre nosotros.

Quizá solo esté en este viaje por ese tesoro y para salvar a su pueblo, como dijo al principio. Entonces se irá de mi vida para siempre.

–Esa chica siente muchas cosas por ti –acota Katharine, como si me leyera la mente.

No sé qué decir. Ojalá tuviera razón, pero estoy bastante seguro de que lo que ella ve es solo una conexión física. Al fin y al cabo, Aren se escapó, avergonzada de que la sorprendieran besándome.

Chasquea la lengua y murmura algo sobre “el amor joven” antes de entregarme unas gafas protectoras.

–Te ayudarán a protegerte de los rayos del sol y de cualquier ilusión, ya sea natural o de otro tipo. Las necesitarás en el territorio de Osian. Tus caballos están listos. ¿Y tú?

–Más listo que nunca –admito.

Ni siquiera un descanso bien merecido y una comida a base de hierbas curativas y fruta pueden calmar mi inquietud.

–Viajen de noche –agrega–. Durante el día hace demasiado calor sin una sombra adecuada.

Les hemos preparado más provisiones para que puedan evitar la deshidratación, pero tengan cuidado.

Estarán a merced de los vientos. La ira de Bóreas que se apoderó de esta tierra fue implacable, nada podrá salvarlos.

No piensen que la naturaleza será misericordiosa.

–Claro. –La miro fijo–. Ojalá te unieras a nosotros en nuestra lucha contra la oscuridad que se avecina. Ya está llegando a tu puerta. Podemos enfrentarnos juntos, prima. Como lo hicieron los tres reinos en los viejos tiempos.

Katharine sostiene mi mirada como si estuviera decidiendo qué revelar y cuánto confía aún en mí. Finalmente, suspira.

–Hemos sobrevivido todo este tiempo después de que nos expulsaran de Penrith manteniendo un perfil bajo.

No pondré a mi gente en un peligro aún mayor.

–Coloca una mano en el bolsillo y me entrega un frasco pequeño.

En su interior hay un líquido transparente, un poco más ligero que el agua–.

Llévate esto. Quizá lo necesites donde vas.

Ve con cuidado y confía en tus instintos.

–¿Qué es? –pregunto.

–Una protección. Para proteger lo que más importa.

Me explica cómo usarlo y, sin dudar, lo guardo entre los pliegues de mi chaqueta nueva.