Anillos del destino Capítulo 32. Dietan #2
57%

Capítulo 32. Dietan #2

–La tierra aquí es hostil e inhóspita incluso para los viajeros mejor preparados, que es exactamente lo que Osian quiere –dice Katharine, soltando un suspiro–.

Puede que él no haya creado este entorno, pero se ha aprovechado del aislamiento de su reino para ejercer un control antinatural sobre su pueblo.

Dudo que los ayude. Son unos tontos por buscar su consejo. No se puede confiar en él.

Esto es exactamente lo que nos advirtió Veteria, pero ni ella ni Katharine parecen tener una solución mejor.

–Quizás no, pero no sé de qué otra manera recuperar los Anillos del Destino y devolverlos a donde pertenecen. Se me está acabando el tiempo. Por favor, déjanos ir para que pueda terminar con esto.

–¿Y dejar que mueras en el desierto? No lo creo.

El pueblo de Jingu ha aprendido a sobrevivir en el Yermo e incluso nosotros sabemos que no podemos burlarnos de la tierra.

Créeme cuando te digo que no encontrarás ninguna solución en Engel.

Regresa a Loegria mientras aún tengas la oportunidad y busca otra forma.

Toma una jarra de cerámica y nos vuelve a llenar las tazas. Cuando se da cuenta de que la miramos con desconfianza, agrega: –Confíen en mí, esta vez es solo agua.

No puedo permitirme dudar de ella, así que bebo un poco más. Está tan deliciosa como la primera taza, pero espero que no esté contaminada.

–Despacio –me recuerda Katharine justo cuando siento un espasmo en el estómago.

Aren y yo bebemos en silencio, despacio. Jingu coloca comida en la mesa junto a nosotros. Una pequeña bandeja con frutas secas talladas en formas exóticas. Empuja el plato hacia mí y dice: –Un bocado a la vez.

De inmediato, empiezo a sentirme mejor. Puedo controlarme y saborear cada bocado tal como me indicó, mi estómago se va calmando con cada segundo que pasa.

–¿Qué nos diste? –pregunta Aren.

–Agua de beleño. Obliga a quien la beba a decir solo la verdad, hasta donde le alcance el conocimiento, claro. A estas alturas, los efectos ya deberían haber desaparecido. –Katharine me mira–. ¿Quieres intentar mentir?

Le creo. Ya no siento ese extraño cosquilleo en la mente que me obligaba a responder con sinceridad.

Es un alivio.

–Necesitaba proteger mi secreto. No pretendía engañarte.

–Los líderes toman decisiones difíciles y veo que tus intenciones son buenas. Pero puedes entender por qué hemos tenido que usar el cactus con más frecuencia.

–¿Osian? –pregunta Aren, mientras toma otra fruta.

Mi prima asiente con la cabeza.

–Es difícil confiar en alguien en esta tierra devastada. Lamento que esa falta de confianza se haya extendido hasta ti, primo.

Decido no guardarle rencor. Estoy entrando sin permiso a estas tierras bajo falsos pretextos y, con la guerra acechando, es difícil distinguir entre amigos y enemigos.

Si estuviera en su lugar, una princesa exiliada, perseguida y escondida, yo también desconfiaría de cualquiera que cruzara esta frontera en circunstancias misteriosas.

–La guerra está a punto de estallar. Debo intentar llegar a Osian, aunque mi misión esté condenada al fracaso.

Katharine luce seria.

–Entonces vas hacia tu perdición. Él está decidido a construir un reino nuevo sobre las cenizas de Estyrion.

Cualquiera que ponga un pie en Engel se verá obligado a servirle.

La gente del Gran Yermo no tiene mucho, lo poco que hay se va agotando cada día.

Este supuesto “rey” promete una solución para quienes están en situación de extrema necesidad, pero tiene un precio terrible.

Está formando un ejército de servidumbre, nadie puede escapar.

Los espías de mi padre han oído rumores sobre ese ejército, pero me da escalofríos escucharlo de una fuente confiable.

–¿Cómo lo sabes?

A Katharine le tiembla el labio. El dolor se refleja en sus ojos y se mueve incómoda en la almohada. Jingu le toma la mano y se la masajea.

–Hemos perdido a muchos por las promesas falsas de ese supuesto rey.

A nuestro hijo mayor, Arnfried, por ejemplo.

Hace meses que no sabemos nada de él, desde que se fue a Engel en busca de provisiones a pesar de nuestras advertencias.

Ahora es uno más de los muchos que se han ido antes que él y han desaparecido –nos cuenta Katharine.

Veo la angustia de una madre en sus ojos. Se me revuelve el estómago. Siento empatía por ella: el terrible peso de no poder salvar a un ser querido. ¿Y lo peor? Ni siquiera saber si están vivos para poder intentar salvarlos.

–Osian ha destinado los pocos recursos de Estyrion a la construcción de Engel y su terrible ejército, sin dejarle nada al resto. La ciudad se alimenta de esta tierra, ya de por sí árida, hasta dejarla completamente vacía.

–Pero ¿qué otra cosa puedo hacer? –pregunto–.

Sabes que dije la verdad y que no puedo detenerme hasta haber agotado todas mis opciones.

Esta es la única posibilidad que tienen nuestros reinos de defenderse contra el Usurpador y contra los poderes oscuros de los Kilandrar sin una pérdida exorbitante de vidas…

bueno, aparte de la mía, tal vez. –Intento sonar despreocupado, pero Aren parece alarmada, incluso consternada.

Espero que eso signifique que le importo más de lo que ha dejado entrever hasta ahora.

Volteo hacia Katharine–. Ojalá te unas a nosotros cuando llegue el momento.

–¿Y piensas convencerme de la misma manera que convenciste a una camarera de Alarice para que se uniera a tu misión imposible? –cuestiona, mirando a Aren.

–Aren es una de las personas más leales que he conocido –le aclaro, siento la necesidad de defenderla–. Si no puedes confiar en mí para llevar esto a cabo, puedes confiar en ella.

La princesa exiliada de Penrith resopla fuerte por la nariz, parece entretenida. Aren se sonroja muchísimo y desvía la mirada, pero cada palabra que digo es sincera. No habría llegado tan lejos sin ella.

Katharine parece satisfecha. Mi convicción parece convencerla, o al menos el hecho de que no hay quien me detenga.

–Ustedes dos son muy valientes. Eso lo reconozco. No muy inteligentes, pero sin duda muy valientes.

–Aún tengo la esperanza de poder convencer a Osian de que entre en razón. Quizás incluso podamos recuperar a tu hijo. Katharine, si lo logro, podré salvar a todos . Incluso llevarte de regreso a Penrith. –Puede que me haya pasado un poco de la raya, pero espero que le parezca convincente.

Me sonríe como si fuera un niño inocente. Como si pensara que me aferro a una esperanza imposible.

–Come –dice, señalando la fruta que tenemos frente a nosotros–. Necesitarás fuerzas.

Mientras Aren y yo comemos y bebemos lo que podemos, Katharine nos prepara nuevas provisiones muy valiosas.

Terminamos la fruta y un poco de papilla caliente y ella nos da un ungüento curativo que debe tener propiedades mágicas, porque en cuestión de segundos mis labios ya no están agrietados ni resquebrajados.

La molesta quemadura solar en mi rostro desaparece.

Mi cabeza y mis piernas también han dejado de dolerme.

Aren también se ve mucho mejor. Especialmente después de que la princesa nos regala ropa limpia y le dice a ella que en el pueblo hay baños públicos.

Es en ese momento cuando me doy cuenta de que hace días que no la veo sonreír.

La princesa y Jingu son más que generosas, ya que nos ofrecen ayuda a pesar de tener tan poco que compartir en su pueblo destartalado. Les debo más que mi promesa de encontrar a su hijo.

–Ya que tienes los medios para cruzar el desierto –hablo–, cruza el puente hacia Alba.

Es probable que un general llamado Marcus y un puñado de los mejores soldados de Loegria estén protegiendo la ciudad y esperándome allí.

Si necesitas algo, diles que te envié yo.

–Giro uno de los botones de mi abrigo hasta que el hilo deshilachado se rompe y lo dejo caer en su mano abierta–. Él lo reconocerá.

Katharine aprieta el puño y sonríe con aire misterioso.

–Muchas gracias, primo. Es una oferta muy generosa. –Se empeña en decirles a los demás aldeanos que Aren y yo no somos más que unos exploradores desafortunados que necesitan ayuda. Aunque la gente no se crea la mentira, nadie la cuestiona.

Aren se va a los baños de mujeres y yo a los de hombres, donde las aguas frescas me alivian la piel.

El viaje y las duras condiciones del Yermo han dejado huellas en mi cuerpo.

Espero que a ella le haya ido mejor, me preocupa el impacto que este viaje debe estar teniendo en su mente, tal como lo ha tenido en la mía.

Pienso en Marcus y Jared. Sé cuánto les he exigido a esos dos hombres entrenados para el liderazgo y la guerra. ¿Pero Aren? Ella es la que ha llegado más lejos y la que ha estado fuera por más tiempo, se me revuelve el estómago al pensar en todo lo que debe haber sufrido.

Es una civil, una camarera que merece ser una princesa. Me siento muy egoísta por haberle pedido que hiciera todo esto, pero especialmente ahora que nos dirigimos a una ciudad tan peligrosa y temida.

Cuando regreso, con ropa limpia, ya tengo la decisión tomada.

–Ni se te ocurra –me advierte ella, como si me hubiera leído el pensamiento.

–¿Qué?

–No intentes dejarme aquí, ni mandarme lejos otra vez, ni cualquier otra tontería que se te haya ocurrido esta vez.

–¿Sabes qué estoy pensando? –pregunto, con una leve sonrisa en los labios. Está muy enfadada conmigo de nuevo y el fuego en sus ojos me da ganas de gritar.