Anillos del destino Capítulo 32. Dietan
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Capítulo 32. Dietan

N os llevan, atados, a una pequeña vivienda. El espacio es una sala de estar modesta, con almohadas y mantas alrededor de una chimenea. El fuego crepita pese al calor del día. Incluso con el hogar encendido, está más fresco adentro. Las paredes de piedra repelen la temperatura del exterior.

Nos empujan sobre las almohadas y la mujer camina a nuestro alrededor. Mientras recorre la habitación, vacía sus bolsillos y se quita el cinturón que lleva su espada. Su armamento me resulta familiar, pero mis ojos secos podrían estar engañándome.

–Pueden dejarnos solos –indica. Frunzo el ceño cuando se van.

Aren parece ilesa, pero está asustada. Respira con dificultad a través de la mordaza. Quisiera poder tocarla, consolarla, pero apenas puedo moverme. Es desesperante.

Tengo los brazos doloridos, la cabeza aún me da vueltas y las piernas me palpitan.

Intento encoger los hombros para aflojar las ataduras, pero las cuerdas que rodean mis muñecas se clavan aún más con cada pequeño movimiento.

Quiero asegurarle a Aren que sobreviviremos a esto, pero lo único que puedo hacer es mirarla a los ojos y rogarle que no entre en pánico.

Con aire despreocupado, la mujer sirve dos tazas escasas de agua y las coloca sobre una mesita junto a nosotros. Apenas da para un sorbo, pero incluso esa poca cantidad vale oro en este momento. Aren se queda quieta, esperando, yo también.

La mujer nos observa por un momento, aparentemente satisfecha. Se coloca detrás de nosotros y nos desata las manos. Aren y yo nos quitamos de un tirón las mordazas de la boca y, en el apuro por beber, casi volcamos los vasos.

Me pregunto si el agua siempre ha tenido este sabor tan dulce. Cierro los ojos y bebo hasta la última gota.

–Despacio –dice la mujer–. O la vomitarás.

Intento obedecer, pero me cuesta. Quiero más. Puedo sentir el frescor bajando hasta mi estómago.

–Por favor, no tenemos malas intenciones –prometo.

–Eso dices –responde la mujer con naturalidad.

Se sienta en el suelo frente a nosotros, mirando por encima de las llamas crepitantes.

Todo en ella grita guerrera . Hombros anchos, antebrazos musculosos, mirada firme.

Ahora que ya no tengo tanta sed, siento que recupero el razonamiento y, con él, una vaga idea de quién podría ser esta mujer.

Ha habido rumores sobre ella a lo largo de los años. La mayoría asumió que había muerto.

¿Es esa la misma nariz, la misma mandíbula de los retratos? Observo su rostro con los ojos llorosos, mientras ella nos examina.

–¿Quién eres? –pregunta.

–Dietan Cornwallis Arthur William Maximillian Conrad Barclay-Bruce Armandale-Macrae, príncipe heredero de Loegria y posible sucesor de Alarice.

–La verdad sale de mi boca antes de que pueda detenerla.

Ni siquiera me doy cuenta de lo que he dicho hasta que Aren me lanza una mirada fulminante, con los ojos muy abiertos.

–¿Y tú? –le pregunta a Aren.

–Aren Bellamore de Evandale –responde, obediente.

Su respuesta sorprende a la mujer. Levanta una ceja con curiosidad y luego vuelve a mirarme.

–¿De verdad están casados ustedes dos?

–Comprometidos, pero no realmente –admito, sin poder evitar que la verdad se escape de mis labios.

–Solo estamos fingiendo –agrega Aren, sorprendida por sus palabras sinceras. Aprieta los labios para no decir nada más.

Mi mirada se dirige hacia la taza. Lo que sea que nos haya dado no era solo agua.

–Entonces, un príncipe y una… –comienza.

–Camarera –completa Aren.

–Un príncipe y una camarera. Qué curioso. Y no son una pareja casada, como afirmaban ser.

–No fue nuestra intención engañarte –hablo rápido–. Estábamos desesperados por conseguir ayuda. No queríamos parecer sospechosos.

–Ja. ¿El príncipe de Loegria vagando por el Gran Yermo, sospechoso? –dice y se ríe entre dientes–. Imposible. Entonces, ¿qué hacen aquí? ¿Qué los trae a las ruinas de Estyrion?

Intento inventar una mentira, algo sencillo.

Que nos perdimos, que nos secuestraron y nos abandonaron, que nos separamos de nuestro grupo.

Pero las palabras se niegan a salir. Quiero decir cualquier cosa menos la verdad y siento la lengua como si fuera un bloque de cemento en mi boca.

Lucho desesperadamente por controlar mi mente, cierro los ojos y me concentro como he practicado durante años para calmar los anillos, pero el impulso de contar la verdad sigue siendo abrumador.

–Estamos aquí para resolver mi problema –suelto. Mi corazón retumba y sé que, si ella hace otra pregunta, le diré toda la verdad… y no debo hacerlo–. No me pidas que revele nada más, por favor.

Arquea las cejas y luego mira a Aren, que no la está pasando muy bien. Todo su cuerpo tiembla al querer contener la verdad.

–Por favor –digo, para atraer de nuevo su atención y que deje a Aren en paz–. Es mi problema, no de ella.

–¿Qué problema?

Y sí, claro que iba a preguntarlo.

Cualquiera lo haría, después de escuchar mi respuesta.

Hago una mueca de dolor al verme obligado a hablar.

–Busco la ayuda del rey Osian de Engel.

Al oír eso, sus ojos se oscurecen.

–¿Para qué?

Aprieto los puños, lucho contra mi propia lengua. Cuanto más tiempo permanezco en silencio, más siento como si mi mente se estuviera derritiendo. No puedo contenerme. Respondo, casi jadeando, y el dolor desaparece justo cuando suelto: –Para detener la guerra que se avecina.

–Quizás esa sea tu verdad –dice sonriendo–, pero nadie puede impedir que el Usurpador de Penrith avance sobre el resto de Albión. Y dudo que Osian quiera detenerlo. El rey del Yermo está aliado con el Usurpador.

Bueno, esto es… una noticia terrible.

Me encuentro con la mirada asustada de Aren, me cuesta muchísimo no extender la mano para tomar la suya.

–Ahora dime la verdad –indica–. ¿Por qué estás aquí?

Esta vez, las palabras salen de mi boca de inmediato, como si las hubieran sacado con una cuerda.

–Porque tengo los Anillos del Destino.

La mujer se queda inmóvil. Me mira con una expresión que no logro descifrar, como si pudiera ver a través de mi piel, examinar todo mi interior y detectar cada una de mis imperfecciones.

–Cuéntame todo –exige.

No. No lo haré . Lucho contra la magia, siento el sudor en mi frente, todo mi cuerpo tiembla mientras el dolor me oprime la cabeza como un tornillo, pero al final, la poción gana.

Le cuento todo. Le hablo del Silbido, de los anillos que llevo en la espalda y del temor constante a que Loegria marche contra Penrith sin ellos.

Le explico que necesito quitármelos antes de que sea demasiado tarde y que Engel es nuestra única esperanza, porque me han dicho que Osian conoce los secretos arcanos del Silbido.

–Llevamos días vagando por el desierto –agrego–. Sin comida. Sin agua. Hasta que nos encontraste.

–Por favor –dice Aren–. Solo estamos tratando de salvarlo a él y a todos en Albión. Déjanos ir. Cuanto menos sepas, más segura estarás.

–Los Kilandrar nos persiguen… me persiguen a mí –me corrijo–. Cuanto antes encuentre a Osian y me quiten los anillos, antes podré detener la guerra. Puedo detenerlo todo.

Nadie vuelve a hablar durante un buen rato.

La mujer se frota la mandíbula, con la mirada fija en el fuego y la vista perdida mientras reflexiona sobre todo lo que le he contado.

Aprieto los puños sobre mi regazo, espero no habernos metido en más problemas.

Sin embargo, por extraño que parezca, su desconfianza parece desaparecer.

Relajo las manos mientras ella deja que el silencio se prolongue.

Como cualquier diplomática, está esperando a que ofrezcamos más información sin que nos la pida.

Mantengo la boca cerrada y dejo que mi mirada se desvíe hacia la espada que está sobre la mesa.

Me pregunto si la habrá heredado o si tiene una colección de tesoros robados a la que pronto agregará mi cuchillo real.

–Ya sabes nuestros nombres –dice Aren–. Ahora dinos el tuyo.

–Sé cómo se llama –suelto. Es una apuesta arriesgada.

Los ojos de la mujer se encuentran con los míos, yo no aparto la mirada. Después de un momento, su expresión se suaviza y se recuesta en una almohada, apoyándose en su codo.

–¿Quién soy, príncipe Dietan de Loegria? –pregunta.

Toso y respondo.

–Eres la princesa Katharine de Penrith, hija del último rey legítimo y gobernante en el exilio de ese reino. –Pienso un segundo–. Y mi prima lejana, creo.

Aren abre los ojos de par en par.

–Conozco mi historia –digo con una sonrisa llena de orgullo–.

Vi tu espada y la banda que llevas puesta.

Había informes de que tal vez te habías escapado.

De que estabas en el exilio reuniendo un pequeño ejército.

Mi padre envió emisarios a buscarte después de que el Usurpador se apoderara por primera vez del trono de tu padre.

Te hemos estado buscando durante mucho tiempo. Me alegra descubrir que aún estás viva.

–Buen trabajo, primo. Sí, huimos de Penrith y nos establecimos aquí, en el Yermo, por nuestra seguridad. Aunque, en realidad, nunca estuvimos realmente a salvo y, para ser sincera, ustedes deberían regresar por donde vinieron.

–Sobreviviste –dice Aren, ignorando la advertencia–. Todos decían que te habían matado cuando el Usurpador tomó el trono.

–Tuve que dejar que el mundo creyera que estaba muerta para poder vivir. Pensé en organizar una resistencia desde aquí para recuperar Penrith, hasta que llegó este tal Osian y se apoderó del Yermo. Arruinó mis planes.

Otra mujer entra a la habitación y saluda con un gesto de cabeza.

–Tiene razón. Los dos deberían regresar por donde vinieron. –Es más menuda y parece más amable que Katharine, aunque llevan la misma ropa de lino fino.

–Ella es mi esposa, Jingu –indica mi prima.

–Créanme, yo tampoco querría estar aquí. Pero no tengo otra opción.