Anillos del destino Capítulo 31. Dietan #2
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Capítulo 31. Dietan #2

Aquí no hay vida alguna. La arena se cuela por todas partes: entre mis dientes, debajo de mis párpados, bajo mis uñas.

El calor seco se ondula en el horizonte, deformando la tierra y creando más espejismos.

Sé que no son reales, en especial cuando me muestran mi ciudad blanca de Loegria, con sus piscinas exuberantes y jardines verdes.

Cuando descansamos, desperdiciando horas muy valiosas, ella se acuesta boca arriba a mi lado, con el rostro contraído por el dolor.

En sus sueños, grita llamando a alguien, aunque no sé si el nombre que sale de sus labios es el mío.

Su sueño siempre es inquieto. Tiene los labios agrietados y sangrantes, las mejillas enrojecidas y la piel descamada.

Sus ojos están hundidos, con una mirada distante.

Sé que yo tampoco me veo bien. Guardamos la poca comida y agua que tenemos para cuando tengamos que dar un paso más.

Sé que estoy muriendo. Y lo que es más importante, Aren también.

No tengo ni idea de cuánto nos queda por recorrer. Seguimos bajo el sol. Lo único que sé es que tenemos que seguir avanzando hacia el este.

Nos cruzamos con la cabeza de una estatua enorme enterrada en la arena. Mientras nos recostamos a su sombra, pienso que las ilusiones ópticas del horizonte engañan mi mente. Pero, al fijarme bien, la imagen se vuelve nítida y oigo el ruido de una carreta.

A pesar de que me duelen los músculos, el miedo me impulsa a actuar.

Me incorporo rápido, con el corazón a mil por hora.

Alargo la mano hacia Aren y le toco el hombro.

Ella se despierta sobresaltada y yo llevo un dedo hacia mis labios agrietados, luego coloco una mano en mi oído, indicándole que escuche.

Sus ojos se abren de par en par cuando lo oye. No es un espejismo.

Nos miramos fijo. Cualquiera que se acerque podría degollarnos con la misma facilidad con la que podría rescatarnos. Temiendo lo peor, nos acurrucamos en lo más profundo de la sombra de la estatua, apretándonos contra la piedra caliente para pasar desapercibidos.

¿Por qué hay una carreta en las ruinas? ¿Cómo es posible?

Me inclino un poco y llego a ver las pezuñas de un caballo y cuatro ruedas rodando por la arena. ¿Son los exploradores del Usurpador? ¿Está aquí el ejército de Penrith? ¿O algún otro enemigo nos ha encontrado? Quizá los que secuestraron y mataron a Lydia.

Pero no puedo dejar que nuestros posibles salvadores se vayan. Moriremos si seguimos así.

Miro a Aren y asiento con la cabeza. Salgo de detrás de la estatua y ella me sigue.

Juntos, nos acercamos a la carreta a medida que avanza.

Está cubierta y la tira un solo caballo, sus ruedas son lo bastante anchas como para deslizarse sobre la arena.

El toldo de lino oculta al cochero, pero tiene que haber alguien dentro.

–Esperen –susurro. Mi voz se quiebra, seca como una rebanada de pan tostado. Hago un esfuerzo y alzo la voz–: ¡Esperen!

Entonces se detiene justo frente a nosotros.

Se oye un susurro y, al instante, abren la puerta trasera. Aparece una figura cubierta por un velo, con el rostro y el cuerpo ocultos por completo tras una tela de algodón blanco que ondea al viento.

Aren se pone tensa a mi lado. Ella también lo ha visto: el destello metálico en la mano del desconocido. Una espada.

Por instinto, me coloco frente a ella justo cuando la figura salta de la carreta, con la espada apuntando directo a mi pecho.

Levanto las manos, me cuesta mucho más de lo que pensaba. El sol me da de lleno en el rostro y apenas puedo mantener los ojos abiertos. Me tambaleo.

–Por favor –digo con voz ronca–. No tenemos malas intenciones.

A través de mis ojos entrecerrados, veo que el desconocido se detiene, con la mirada fija en nosotros, sin pestañear.

–Mi esposa y yo –logro decir, inclinando la cabeza hacia Aren–. Necesitamos ayuda.

Llamarla “mi esposa” se siente bien. Es arriesgado, espero que nos haga parecer menos amenazantes. Si Aren no estuviera tan desesperada y moribunda como yo, seguro me lanzaría una mirada fulminante. Mantengo las manos en alto, rindiéndome a lo que sea que el destino nos tenga reservado.

No estoy seguro de si el desconocido me entiende. Se queda inmóvil como una estatua, observándonos. Luego, por fin, señala hacia la carreta con su espada.

Una señal clara: suban .

No me importa adónde vamos ni si nos van a matar.

Solo necesitamos ponernos a resguardo del sol.

Aren y yo no perdemos tiempo y nos subimos rápido al carruaje, donde descubrimos que está lleno de tejidos y rollos de tela.

Un comerciante, entonces. El desconocido, que sigue en silencio, se sube al compartimento del cochero y nosotros caemos uno sobre el otro en la oscuridad del carro.

Aunque avanza despacio, levanta una ligera brisa que de inmediato refresca el sudor de mi piel.

Cierro los ojos y dejo caer la cabeza hacia atrás, aliviado.

Aren se derrite de agotamiento en el suelo a mi lado, recostada contra la pared dura de la carreta.

–¿Adónde vamos? –susurra.

Me encojo de hombros, demasiado cansado para decir algo.

Seguimos un camino invisible, más o menos en la dirección del Silbido. El balanceo de la carreta me lleva a un trance hipnótico y pierdo toda noción de tiempo y espacio. Solo vuelvo cuando nos detenemos.

Antes de que pueda reaccionar, la puerta se abre de golpe y alguien introduce la mano y me saca a rastras sujetándome por el frente de mi camisa.

Aterrizo fuerte en la arena, demasiado débil para evitar que mi rostro golpee el suelo.

Oigo a Aren chillar cuando a ella también la sacan a la fuerza y la tiran detrás de mí.

–¡Déjenla en paz! –intento gritar, pero me colocan una mordaza en la boca, la enrollan alrededor de mi cabeza y me la atan con un nudo apretado contra la parte posterior del cráneo.

Tengo las manos atadas a la espalda, una postura que mantiene los músculos de mis hombros en una tensión constante y dolorosa.

Aren se retuerce y lucha mientras sus gritos de furia quedan amortiguados, pero unas manos fuertes me impiden voltear hacia ella. Lucho, pero hay demasiada gente sujetándome.

Me revisan, incluso debajo de la ropa, en busca de armas.

Alguien voltea mi mochila y mi cantimplora vacía sale volando hacia la arena.

Me confiscan mi cuchillo real, la sangre me hierve de furia.

También revisan la mochila de Aren, en busca de armas u objetos de valor.

Solo encuentran su sartén, una segunda cantimplora vacía y algunas plantas secas que no parecen nada apetecibles.

–Listo –dice una voz ronca masculina, fuera de mi campo de visión.

Un par de botas se coloca frente a mí. Levanto la cabeza todo lo que puedo, estirando el cuello para mirar. Parece ser una mujer de mediana edad, con el rostro marcado por el paso del tiempo y ojos penetrantes. Lleva un cuchillo dorado en su funda y una faja bordada.

Me mira desde arriba y pasa la lengua por el interior de su mejilla, claramente poco impresionada. Por fin, parece que ha decidido nuestro destino.

–Llévenlos adentro.