Anillos del destino Capítulo 31. Dietan
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Capítulo 31. Dietan

T odavía me late la cabeza, justo donde Aren me golpeó con su sartén. De algo estoy seguro: esa mujer tiene buena puntería. Es un dolor soportable, incluso familiar. El miedo y el pánico son mucho más difíciles de sacarse de encima.

Casi pierdo el control por culpa del Silbido. Si Aren no hubiera intervenido, no sé qué habría sido de mí.

–¿Estás bien? –pregunta, con voz suave y vacilante. Ha permanecido a mi lado en silencio mientras cruzamos el resto del puente. Ahora solo estamos los dos. Marcus intentó que regresáramos, que encontráramos una forma de cruzar la brecha del puente, pero no hubo caso. Así que seguimos caminando.

Me pregunto qué pensarán mis hombres de lo que pasó. Ahora todos lo saben. Vieron el poder que vive en mí. ¿Lo habrán relacionado con los Anillos del Destino? Solo me queda confiar en que Marcus pueda evitar que se den cuenta.

–Estoy bien –insisto, frotándome la cabeza–. De verdad que tienes buena puntería –agrego con una sonrisa a medias, tratando de restarle importancia, ya que es evidente que ambos seguimos afectados. Mi encanto habitual no funciona con ella, o tal vez no lo estoy haciendo bien–. ¿Y tú?

–También –dice con voz tensa.

Sé que esas palabras ocultan un mundo de emociones. Si Aren no hubiera ignorado mis órdenes, estaría muerto… o peor. Gracias a los dioses por su actitud caprichosa.

Noto que llegamos al otro extremo del puente cuando mis botas pisan de repente arena suave en vez de ladrillos. El humo gris comienza a desaparecer y entrecierro los ojos ante la luz del sol que se abre paso entre las nubes. No me había dado cuenta de cuánto extrañaba el calor del sol hasta ahora.

Aren parpadea al mirar el cielo, que de repente se ha vuelto azul, protegiéndose los ojos.

–Qué raro. Creía que Estyrion era puro cielo gris y ruinas ennegrecidas.

Asiento con la cabeza. Sin duda, esa era la realidad al otro lado, en Alba. Pero aquí, el humo y el hedor han desaparecido.

–¿Eso es…? ¿Es real? –pregunta, con la voz llena de asombro mientras contempla la ciudad que se alza frente a nosotros.

Las torres relucientes y cristalinas reflejan la luz del sol.

Las estructuras espejadas se extienden, expandiéndose a lo largo del acantilado del cañón hasta perderse de vista.

Hay estatuas de vidrio de reyes antiguos a ambos lados de la entrada de la ciudad, envueltas en túnicas fluidas que parecen de verdad, con las manos en alto en señal de bienvenida.

–Pensé que todo en Estyrion había quedado destruido cuando cayó Bóreas –murmura sorprendida.

–No lo sé –respondo, protegiéndome los ojos con la mano mientras miro a mi alrededor.

La ciudad parece intacta y hermosa. Antes de su caída, Estyrion era el reino más poderoso de los cuatro. Al observar más de cerca, me doy cuenta de por qué se ve tan extraña.

Está vacía.

No hay nadie aquí. Es como si nosotros dos fuéramos las únicas personas que quedan en el mundo, algo que no me importaría en lo más mínimo.

Aren estira el cuello para contemplar las torres lejanas de vidrio que se alzan por encima de las nubes en el cielo demasiado brillante. Sus labios se entreabren un poco, sorprendidos.

Pero la ciudad está sin vida. Quieta y silenciosa como las pinturas que representan su grandeza y que cuelgan en el palacio de Lundenwic.

A medida que nos acercamos a la entrada, parece que se ha congelado el tiempo. Una reliquia de un pasado lejano. No se oye ningún sonido, salvo el aullido del viento por las calles vacías. Se me eriza la piel de los brazos.

–¿Qué es eso? –pregunta Aren, señalando.

Sigo su mirada hacia las ondulaciones que se forman en el aire alrededor de las estructuras de vidrio. Las superficies espejadas parecen curvarse. Es como una distorsión en un estanque.

Doy un paso hacia delante con curiosidad y, a medida que me acerco, lo comprendo.

–Es un espejismo –señalo. De repente, los informes de inteligencia confusos y contradictorios sobre la región cobran más sentido–. Es solo una ilusión. Así es como debe haber lucido la ciudad de Estyrion antes de su caída. No es real.

–Me pregunto qué es real, entonces –dice Aren–. ¿El humo y las ruinas… y ahora esto? ¿Cómo se ve realmente la ciudad?

–Lo sabremos muy pronto –respondo mientras caminamos hacia lo que parece una cortina ondulada que cuelga entre nosotros y la hermosa arquitectura. Cuando llegamos a ella, escucho el zumbido débil y agudo de un hechizo, como un mosquito muy cerca de nuestros oídos.

Aren se ajusta la mochila y señala con determinación hacia delante.

–¿Juntos, entonces?

Asiento con la cabeza. Uno al lado del otro, atravesamos la pared ondulante del espejismo.

Y justo en el momento en que lo hacemos, todo cambia.

En lugar de una ciudad resplandeciente, un desierto inmenso se extiende ante nosotros.

Es demasiado brillante y hace un calor insoportable.

De repente, una ráfaga de viento, contenida por el espejismo, pasa a toda velocidad junto a nosotros, lanzándonos arena y polvo en el rostro.

Cierro los ojos, pero es demasiado tarde.

La arena llena mis pulmones y me deja ciego por un momento.

A nuestro alrededor, montículos de arena, que se mueven con el viento, se alzan donde hace un momento estaban los edificios resplandecientes. Ahora que ya no me deslumbra la ilusión de la ciudad de cristal, recuerdo dónde estoy.

El Gran Yermo. Esto es lo que quedó tras la destrucción de Bóreas. Él mató a todos y a todo en el reino y lo convirtió todo en polvo.

Conozco la historia. Este fue alguna vez el más grande de los reinos de Albión, el más hermoso de la Primera Época. Pero ahora no es más que un desierto sin fin.

Con razón lo llaman el Gran Yermo.

Todas esas vidas, perdidas.

Miro a Aren, que intenta protegerse los ojos del sol. Ya siento que me empieza a arder el cuero cabelludo. Me coloco el sombrero para protegerme, pero el calor me hace sudar la cabeza de inmediato.

Será una caminata larga hasta Engel, donde vive el rey loco.

Comenzamos nuestra travesía, trepando por las dunas altas, la arena suave bajo nuestros pies. Cada paso es más pesado que el anterior. El suelo se desmorona cada vez que avanzamos y, por momentos, nos hundimos en montículos de arena que nos llegan hasta los muslos.

Caminar por el desierto nos drena toda la energía.

Y si no es la arena, es el sol que nos obliga a detenernos con frecuencia para descansar y beber.

Apenas hay tiempo para conversar. En silencio, buscamos en el horizonte cualquier señal de refugio.

Me preocupa quedarnos sin agua. Marcus y los hombres llevan la mayor parte de nuestras provisiones.

No podemos morir antes de completar nuestra misión. Hemos llegado tan lejos.

En una de las dunas más altas, nos detenemos para orientarnos.

No hay nada más que arena hasta donde alcanza la vista.

Ni sombras, ni nubes, ni un respiro del sol implacable y la infinidad del Gran Yermo.

Mi brújula no funciona, gira sin rumbo en medio del poder destructivo del Yermo.

Pero algo allá afuera llama a los anillos que llevo en mi interior, así que avanzamos en esa dirección.

Está claro que viajar durante el día es un error.

Cuando el sol alcanza su punto más alto, el aire mismo nos quema los pulmones.

Nos sentimos aliviados al encontrar un edificio en ruinas.

Incluso a su sombra, el aire opresivo del desierto se posa como un aliento caliente sobre nuestra piel.

Sudamos a través de nuestra ropa, perdiendo la poca y tan preciada agua que hemos consumido.

La arena quema todo lo que toca. Mis zapatos de cuero solo pueden protegerme del calor por un rato, hasta que siento como si hubiera pisado la sartén de Aren. Pero el calor no es el único problema.

Por la noche, la temperatura baja tanto que se me entumecen los dedos.

Por más que sople aire caliente en mis manos o las esconda bien en los pliegues de mi ropa, no puedo escapar del frío.

Caminamos juntos, acurrucados, pero la temperatura gélida me roba todo el placer de tener a Aren cerca.

Cuando el sol vuelve a alzarse, nos vemos obligados a buscar refugio una vez más.

Es casi imposible dormir, sin importar dónde esté el sol. Al descansar, mis pensamientos van de una preocupación a otra mientras Aren intenta dormir la siesta.

Cuando por fin me quedo dormido por puro agotamiento, estoy demasiado cansado para soñar con otra cosa que no sea arena y sol infinito, calles cristalinas y vacías.

Marcus tenía razón: me he metido en un infierno. Y lo peor es que he traído a Aren conmigo. Ella no se merece este sufrimiento.

¿Cuántos días llevamos caminando? El tiempo engaña a la mente en el desierto.

–No te ves bien –dice Aren una mañana, mientras observa mi rostro.

Resoplo.

–Y no me digas “habla por ti” –agrega con una risita débil.

–Tú siempre te ves bien –suelto sin pensar. Estoy casi delirando y no tengo intención de coquetear, pero ella sonríe y eso es suficiente para sentirme mejor.

No podría sobrevivir a esta tortuosa travesía por mi cuenta.

Su presencia es lo único que me mantiene en pie.

Necesito sobrevivir por Aren, no puedo dejarla sola aquí.

Antes de conocerla, ya me había resignado a una muerte inevitable.

Pero ahora, con ella a mi lado, tengo esperanzas.

Y no puedo morir ahora, justo cuando quiero empezar a vivir.

La ironía es demasiado grande. No encontramos ningún pueblo, ningún asentamiento, ni siquiera una cabaña abandonada.

Y las provisiones en nuestras mochilas se agotan con cada día que pasa.

Tendremos que racionar aún más la comida y el agua.

–Toma. –Le ofrezco mi odre de agua. Fingí beber mi parte para que ella pudiera tener más.

–Tú no has bebido nada. –No es la primera vez que se da cuenta, pero sus protestas son cada vez más suaves.

–Tómalo –insisto, negando con la cabeza.

Hace lo que le digo, demasiado débil para discutir, y me siento aliviado al ver un poco más de color en sus mejillas.