Capítulo 30. Dietan
E l sonido de su voz gritando mi nombre me da una razón para luchar.
Tengo que enfrentarme solo a los Kilandrar. Ella estará más segura con Marcus , trato de decirme a mí mismo. Todos regresarán a Loegria. Sobrevivirán. Y si yo no… No quiero pensar en eso. Por primera vez, tengo una razón para vivir.
Pero la mirada de traición en el rostro de Aren cuando se dio cuenta de que yo no estaba detrás de ella me perseguirá. Traicioné su confianza y, si sobrevivo, recuperarla será mi prioridad, justo después de salvar el reino. Pero como le dije en mi tienda la otra noche, nunca podré estar con nadie.
No mientras esta maldición siga conmigo.
Es demasiado peligroso amar a alguien. Es demasiado peligroso que ella me ame.
Si muero, al menos lo haré sabiendo que le salvé la vida.
Los Kilandrar me rodean, llaman a los anillos, que vibran en señal de reconocimiento. La sensación recorre mi columna vertebral con una intensidad inquietante.
Dietan de Loegria. El presunto heredero de Alarice. Te has apropiado de lo que no te pertenece. Ladrón del viento. Bandido del céfiro. Le devolveremos el Silbido a su verdadero dueño.
Claro , pienso. Quienquiera que sea .
–Ah, ¿sí? ¡Entonces vengan a intentarlo, idiotas! –grito.
El Silbido crece dentro de mí, llenándome como la respiración más profunda, exhalo. Los anillos en mi espalda cobran vida. Intento concentrarme y manejar la magia, como si fuera una espada en mi mano, pero el poder brota de mí como un temporal.
Los edificios a ambos lados del puente se desmoronan mientras una esfera de pura energía explota desde mi cuerpo hacia fuera.
El suelo bajo mis pies, ya débil y resquebrajado, comienza a ceder.
Los adoquines caen al abismo, dejan agujeros enormes en las calles.
Las piedras no caen en línea recta. No, en cambio, son arrastradas por el vendaval que azota entre los dos reinos.
Lucho por controlarlo, pero es como tratar de sujetar una capa en medio del huracán. No tengo control, estoy entregado. Es salvaje, indomable.
Entonces pienso que puedo aprovechar eso a mi favor.
Levanto las manos, como hizo Veteria en su cabaña. La tormenta comienza a agitarse, emanando ahora de mi cuerpo. La fuerza disipa el humo, me permite ver claramente a los Kilandrar.
Ninguno se mueve. No me tienen miedo.
Me están poniendo a prueba.
Que lo hagan .
La ignorancia pura y la desesperación me impulsan a seguir adelante.
Yo tampoco les tengo miedo.
Intento concentrarme en inhalar por la nariz y exhalar por la boca. Me siento fuerte, más fuerte que nunca. El viento se cuela entre mis dedos, arranca los techos de los edificios cercanos como si fueran de papel.
Dietan de Loegria. Te destruiremos a ti y a todos tus seres queridos .
Miro hacia atrás, hacia el hueco entre los escombros donde Marcus y Aren observan, con el miedo grabado en sus rostros. Ella niega con la cabeza y grita algo que no puedo escuchar por el rugido del viento. Los Kilandrar voltean hacia ellos, siseando, elevándose en el aire, a punto de atacar.
–¡No! –grito, enfrentándome a las criaturas–. ¡No los tocarán!
Invoco un vendaval tan poderoso que mis pies comienzan a resbalar sobre los adoquines.
El Silbido rodea a los Kilandrar. Los atrapo en el ojo de mi tormenta a pesar de sus intentos por repelerme con su propia ráfaga.
Pedazos de edificios se desprenden por todos lados y el aire estalla con el sonido de vigas que se rompen y piedras que caen.
El muro de escombros detrás de mí comienza a ser arrastrado por el viento, piezas enormes se desprenden y caen hacia atrás, en dirección a Loegria.
Lo único que siento es la magia saliendo a borbotones de mi interior.
No se parece a nada que haya experimentado antes, excepto en mis sueños. Es poder puro, crudo, elemental… y quiero más.
Me dejo llevar. Me entrego al Silbido que vive dentro de mí. Siento como mis pies se despegan del suelo.
Los Kilandrar luchan con furia contra el tornado que los tiene atrapados. Aúllan, cada vez más frenéticos. Pronto lograrán abrirse paso. Lo puedo sentir.
Pero no pasarán por encima de mí.
De repente aparecen dos anillos de luz en el puente, rodeando a las criaturas con líneas delgadas y resplandecientes. El viento traza una línea nítida a su alrededor. Luego, con un chillido agudo, atraviesa los adoquines como un cuchillo que corta la mantequilla.
Con un crujido, toda la sección del puente se derrumba y cae al abismo. Las criaturas se precipitan por la grieta, seguidos por una ola de escombros. Chillan y se debaten, maldiciendo mi nombre mientras los vientos del cañón los envuelven y desaparecen de mi vista.
Mi visión se oscurece.
De repente, estoy flotando sobre el puente. Luego, estoy en el campo de batalla, rodeado de cadáveres.
Y entonces, vuelvo al puente otra vez, mientras la tormenta que he desatado desgarra la pasarela bajo mis pies.
Me invade una visión de todo el reino envuelto en sombras.
Estoy perdiendo el control del Silbido. Nunca fue tuyo para controlarlo , grita una voz en mi cabeza. El puente se derrumba. Los soldados gritan. Una voz se abre paso entre el caos.
El campo de batalla. Todas las personas que me importan yacen muertas en el suelo.
–¡Dietan!
Mi nombre… alguien está llamándome. Casi se me había olvidado que tengo un nombre.
¿Dietan es mi nombre?
Volteo en dirección al sonido. Una figura lucha contra el viento, los brazos en alto para proteger su rostro.
Su hermoso rostro.
Lo reconozco.
Corre hacia mí.
–¡Dietan!
Es tan pequeña. Una mancha insignificante comparada con el poder que ruge a nuestro alrededor, el poder que sale de mi interior.
Su voz suplica y la mirada en sus ojos…
Siento como mis pies tocan el suelo. Doy un paso vacilante, recuperando el equilibrio.
Se ve tan asustada. ¿Por qué le da miedo esta gloriosa tempestad que proviene de mi interior?
Me tiene miedo .
Intento atraer el tornado de vuelta hacia mí, ordenándole que regrese a mi cuerpo. Entonces me ahogo, tal como me sucedió la noche en que ella me visitó…
Aren . La recuerdo.
Su calor, su tacto, la profecía.
El Silbido me invade, voraz y ávido, dejándome vacío. He agotado todo el aire a mi alrededor y ahora no me queda nada. No puedo respirar.
Cree un vacío. Un abismo. Siento que mis rodillas golpean la piedra y entonces sujeto mi garganta, desesperado por tomar un aliento que se niega a llegar.
El cuchillo. Recuerdo el cuchillo. Busco en la parte baja de mi espalda, pero tengo los dedos entumecidos y busco a tientas la empuñadura, lucho por sacarlo de su vaina. Cuando por fin lo clavo en mi mano que todavía se está curando, nada sucede.
Sigo sin poder respirar. El poder de la sangre no detiene al Silbido esta vez.
Cierro los ojos y me concentro. Tengo mucho frío. Todo mi interior está congelado. Jadeo y me ahogo. Los anillos son lo único que vibra con calor y fuerza mientras desatan su poder y me drenan la vida.
Moriré.
De repente algo me golpea un costado de la cabeza.
¿Una sartén?
Me tambaleo hacia delante, pero Aren me sujeta antes de que caiga.
Me quedo inmóvil un instante, aturdido. Y entonces respiro profundo.
¡Puedo respirar!
Aren me sostiene con una mano, mientras con la otra sujeta la sartén. Tiene el rostro arañado, la ropa rasgada y sucia, colgando como trapos.
–¡Respira! –grita.
Es una orden.
Pero estoy respirando , quiero decirle mientras caigo hacia delante en sus brazos con un silbido jadeante.
–¡Madre de la Cosecha! –grita, sujetándome con fuerza–. ¡No te mueras!
Toso tan fuerte que siento el sabor a cobre en mi boca, hundo mi rostro en su pecho.
Ella es lo único que me impide caer. Sujeta mi cabeza, presionándome con los dedos mientras me examina.
Apenas puedo mantener los ojos abiertos, estoy tan agotado.
Su expresión está llena de preocupación y enojo, pero sobre todo de alivio.
Esbozo una sonrisa mientras mi cabeza cae hacia un lado.
Todo se vuelve negro, luego Aren me sacude por los hombros, como si quisiera revivirme.
–¡Dietan! –grita, con sus hermosos ojos brillantes por las lágrimas–. ¡Regresa conmigo! ¡Dietan!
No puedo hablar.
Salvé a todos de los Kilandrar, pero si no me hubiera detenido en ese momento, habría derribado todo el puente con mi poder. De todas formas, los habría matado a todos. Yo también hubiese muerto, si no fuera por la sartén de Aren.
–¿Sí? –digo con voz ronca–. ¿Qué pasa?
Ella aprieta los labios con fuerza, mirándome con tanta furia, parece que quiere golpearme de nuevo.
Le tiembla el mentón. Debo seguir en trance, porque juraría que me abraza un poco más fuerte, mientras sus mejillas se enrojecen.
Quiero pasar mis dedos por su melena espesa, envolver mi cuerpo alrededor del suyo.
Qué delicioso fue besarla en el templo. Podría haber durado una eternidad.
Incluso cuando está furiosa conmigo, sigue dejándome sin aliento, en el buen sentido.
–Eres muy linda –murmuro con voz débil–. ¿Podemos tener esa charla sobre nuestros sentimientos ahora?
–Te has vuelto completamente loco. –No puede evitar reírse entre lágrimas.
–¿Dónde están todos? –pregunto.
–Al otro lado del puente –responde–. Logré llegar a ti antes de que lo destrozaras por completo.
Miro hacia abajo y observo el hueco que he creado. El Silbido rasgó la piedra con un corte limpio. No veo a los Kilandrar. Lo único que veo es el cañón, cubierto de nubes ondulantes.
Sacudo la cabeza para despejarla de los restos de pesadilla y de los susurros oscuros de las criaturas.
¿Quién es este maestro del Silbido?
Marcus nos está gritando desde el otro lado, pero no puedo oírlo. Aren y yo estamos en Estyrion, pero el general y sus hombres están atrapados en Loegria. Y por lo que veo, no está nada contento con eso.
Lo ignoro y me concentro en la hermosa mujer que está a mi lado.
–Deberías haberte quedado con ellos –digo, con voz débil, jadeando. Todavía no puedo llenar mis pulmones.
–¿Qué? ¿Y perderme todo esto? –responde, señalando con un gesto las ruinas ennegrecidas que nos rodean.
Me desplomo contra su hombro, completamente agotado.
–Eres un idiota muy valiente –gruñe, y me abraza fuerte. Su calor se siente tan bien.
Justo antes de rendirme al encanto hipnótico de la inconsciencia, me doy cuenta de que, después de todo, Aren consiguió lo que quería. De aquí en adelante estaremos solos los dos.