Capítulo 29. Aren
P or fin hemos llegado al puente que une Loegria con el Gran Yermo de Estyrion.
Los soldados reales no parecen sorprenderse de que no nos dirijamos de regreso a la capital, o al menos no lo demuestran. Quizá solo sigan a Marcus adondequiera que él los lleve.
Al igual que el puente que une Loegria y Alarice, es una vía de paso enorme.
Pero mientras aquel rebosaba de viajeros, este está inquietantemente vacío.
Las tiendas que lo bordean tienen las persianas bajas y las casas están a oscuras.
Nuestro grupo es el único que se atreve a cruzar hacia el reino caído.
–¿Dietan? –pregunto, él entiende mi pregunta tácita.
–Lo sé. –Él también está observando las vigas y el entramado carbonizado que hay sobre nuestras cabezas. El puente no solo está vacío, sino que está envuelto en humo.
No me atrevo a avanzar más allá de los primeros ladrillos mientras miro a través de la niebla.
Tengo la piel erizada y aprieto mi mochila con tanta fuerza que mis dedos comienzan a entumecerse.
Siento que Dietan se acerca a mí y también se detiene justo antes de pisar el puente.
Entrecierra los ojos mientras lo observa a lo largo.
Cruzar significa quedar expuestos una vez más, pero es la única forma de llegar a Estyrion.
La verdad es que parece transitable, pero algunas partes están dañadas por algún tipo de explosión. Parece que hubo una batalla hace poco, pero no hay cadáveres, ni soldados heridos, ni ningún otro indicio de que haya pasado gente por aquí.
–¿Es obra del Usurpador? –pregunto.
Marcus se une a nosotros y observa los daños con la mirada perspicaz de un estratega. Se arrodilla y raspa con un dedo la ceniza que cubre la baranda. Asiente con la cabeza. Frota sus dedos y los huele.
–Polvo de alquimista.
–¿Qué es eso?
Dietan se pone pálido al responder.
–Es un polvo explosivo molido a partir de piedras altamente volátiles, extraídas de las profundidades de Estyrion. Es uno de los pocos recursos de valor que quedan allí. Puede provocar un incendio al impactar. Es devastador si se utiliza en grandes cantidades.
No me gusta nada cómo suena eso.
–¿Pero dejaron el puente intacto?
–Quienquiera que haya estado aquí habría sido un tonto si hubiera demolido el único paso entre Loegria y Estyrion.
Lo necesitan tanto como nosotros –explica el príncipe, y mira más allá de Marcus hacia sus hombres, que esperan con mucha paciencia la señal para avanzar–.
Ustedes dos deberían regresar ahora. Me gustaría que me hagan caso.
Marcus, toma a algunos de los hombres, sácala de aquí y mantenla a salvo.
–No puedes estar hablando en serio. No te dejaré –digo, ajustándome la mochila–. ¿No escuchaste al sacerdote?
Dietan suspira.
–Estoy de acuerdo con ella –agrega Marcus.
Discutir sobre esto es una batalla perdida y el príncipe lo sabe.
–Está bien. Son libres de tomar sus propias decisiones, no les daré órdenes, pero esta es una mala idea.
–La tuya también.
Con un suspiro de resignación, mira a sus hombres y asiente con la cabeza, luego voltea y se dirige a cruzar el puente.
Siento la piel muy tensa, como si me la estuvieran tironeando en diferentes direcciones.
Cada parte de mi ser me pide que regrese, pero reprimo el miedo y pongo un pie delante del otro, siguiendo a Dietan hacia la niebla.
Los edificios a ambos lados están vacíos, algunas puertas parecen entreabiertas, pero no veo ningún movimiento en la oscuridad detrás de ellas.
Es como si la gente que vivía aquí se hubiera ido a toda prisa.
Veo trozos sueltos de pergamino que vuelan por las calles desiertas. Las persianas golpean fuerte y producen un sonido rítmico de tac-tac-tac que hace eco junto con los latidos de mi corazón. Quisiera tragarme el miedo, pero tengo la boca demasiado seca.
La estructura del puente cruje con el viento, sujeta por cuerdas que se extienden sobre nosotros como una telaraña.
Las banderas deshilachadas de Loegria ondean en los mástiles.
Todo en este lugar me pone nerviosa. Siento como si nos estuvieran observando, quiero creer que solo es mi imaginación, pero no puedo sacarme de encima el pánico que recorre mi espalda.
Los pasos de Marcus son silenciosos, como si él también sintiera que algo anda mal. El viento apenas ayuda a disipar el humo y la visibilidad es escasa. Incluso Dietan, que camina unos pasos más adelante, no es más que una sombra.
Alzo la vista y distingo una tela que se agita en uno de los tejados. Me quedo paralizada y la miro fijo. ¿Será solo otra bandera? ¿O habrá alguien, o algo, allá arriba? La sangre ruge en mis oídos e intento desesperadamente escuchar cualquier movimiento, pero el viento enmudece todo.
Intento no entrar en pánico mientras alcanzo a Dietan.
–Siento como si estuviéramos caminando hacia una trampa –susurro en su oído.
–Lo sé –dice, y asiente con la cabeza, con la mirada fija al frente–. Yo también lo siento.
Se me revuelve el estómago al pasar bajo un arco adornado con banderines gastados y campanas de viento rotas. Estamos a mitad de camino. Ahora nos encontramos en el lado de Estyrion del puente.
Miro por encima del hombro, hacia el camino que lleva de regreso a Loegria.
Marcus y sus hombres están bastante alejados detrás de mí.
Cruzo miradas con el general y él asiente con la cabeza.
Frunce el ceño, está concentrado y no aparta la mano de la espada que lleva en la cintura.
Les hace señas a sus hombres para que aceleren el paso, para que nos alcancen a mí y a Dietan.
Pero ya es demasiado tarde.
Soy la primera en oírlo: el sonido inconfundible de una cuerda deslizándose contra el metal sobre nosotros.
Me lanzo sobre la espalda de Dietan, empujándolo hacia delante. Caemos al suelo justo cuando el arco se derrumba detrás de nosotros en una nube de polvo y escombros.
El sonido es explosivo, como el golpe de un látigo. Mis oídos zumban fuerte y no puedo evitar toser por el polvo. Tiemblo.
La mano del príncipe encuentra la mía y con un apretón fuerte me ayuda a levantarme. Ambos estamos ilesos, pero su hermoso rostro está pálido y manchado de tierra.
Puedo oír a sus hombres gritando desde el otro lado de los escombros. El arco que marcaba la frontera entre los reinos quedó hecho un enredo de vigas y piedras.
Estamos completamente aislados del resto.
El rostro de Marcus aparece en un hueco entre las ruinas. Extiende el brazo a través de una abertura en la que apenas entra una persona. Me hace señas para que sujete su mano y trepe por el hueco.
–¡Rápido! ¡Ahora! –grita.
Unos pasos pesados retumban sobre las vigas que tenemos encima, rodeándonos por todos lados. Desde abajo llega el sonido de la madera astillándose y la piedra resquebrajándose. Siento que el suelo comienza a desmoronarse. El impacto está destrozando el frágil puente.
Dietan me empuja hacia delante, Marcus sujeta mi brazo y comienza a jalarme hacia la abertura. Entonces volteo e intento alcanzar a Dietan, pero mi mano solo atrapa aire.
–¡Dietan! –lo llamo.
–¡No te preocupes, estoy justo detrás de ti! –responde, aunque no puedo verlo entre tanto polvo y neblina.
Marcus tira con fuerza mientras yo me retuerzo para pasar por el hueco, luchando por encontrar un punto de apoyo.
Las vigas rozan el costado de mi cabeza.
El paso es tan angosto que tengo que cerrar los ojos para no entrar en pánico.
Siento como las astillas me arañan las mejillas y grito, pero Marcus sigue tirando hasta que salgo del otro lado.
Me apresuro a mirar por el hueco, pero no puedo ver a Dietan porque en medio del puente hay un Kilandrar. Sus vientos negros forman lo que parece ser una capa con capucha.
No podemos escondernos. Nos han encontrado.
Horrorizada, veo a Dietan caminando hacia la criatura, con los puños tensos a los costados. Puedo sentir cómo el viento palpita cada vez que mueve los dedos. El Silbido.
–¡Dietan! ¡No! –grito, mientras Marcus intenta apartarme hacia atrás.
– ¡Váyanse! –grita el príncipe, aunque el viento ya ahoga su voz–. ¡Marcus, llévate a Aren y váyanse !
El Kilandrar lo observa con atención, espera a ver que hará. De repente, entre la niebla, aparece otra sombra detrás de él. Un segundo Kilandrar. Y luego otro. Y otro.
Son tantos. Demasiados.
Entonces un vendaval se desata ante ellos. Un torbellino gira a su alrededor, levanta polvo y escombros que me pinchan la piel como agujas.
Dietan queda de frente, tiene los pies firmes plantados en el suelo y levanta las manos. Se enfrentará a ellos solo, usando un poder que no puede controlar.
Me mira por encima del hombro y saluda.
Un adiós desafiante.
Grito su nombre por última vez antes de que Marcus me aleje de allí.