Anillos del destino Capítulo 28. Aren
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Capítulo 28. Aren

D ietan me cuenta que estuvo dando vueltas en la cama toda la noche y que no pegó un ojo. A pesar de todo, por la mañana ya no hablamos del tema de enviarme lejos. Quizás haya cambiado de opinión o solo esté cansado de discutir.

Yo sin duda lo estoy.

Nuestra caravana sigue su camino por las afueras de Loegria. Pero ahora ya no hay más paradas para la marcha nupcial, no hay anuncios ni besos en la mejilla.

Estamos en guerra.

Marcus está malhumorado y callado, los soldados también están nerviosos.

Cuanto más nos acercamos al Antiguo Estyrion, más gris se vuelve el cielo. El sol se ha ocultado y ahora no es más que un disco difuso tras las nubes.

Igual hace calor. Me quito la chaqueta de cuero de Dietan y me seco el sudor de la frente.

Arrugo la nariz ante el olor a humo. Es tan fuerte que puedo saborearlo en la parte posterior de la lengua. No huele como las chimeneas reconfortantes de Evandale. Es más denso, más ácido, y me pica en los ojos.

Papá solía contarnos historias sobre el Gran Yermo y cómo allí no crecía nada.

Una tierra devastada por la magia de Bóreas.

Cuando era niña, me costaba imaginarlo. Crecí rodeada de campos frondosos, praderas onduladas y arroyos llenos de ranas y peces.

No me parece real hasta que lo veo y lo huelo en persona.

El Gran Yermo no es más que desolación.

Cuando por fin llegamos a Alba, la ciudad loegriana más al oeste, en la frontera con Estyrion, las nubes son densas.

El aire mismo parece contener la respiración, esperando la lluvia que nunca llega.

Parece que no ha llovido en siglos. El suelo está tan agrietado como el lecho de un río seco y el polvo se posa en todas las superficies.

La arena nos cubre el cabello y la ropa, entra por cada poro.

Por un momento, me limito a contemplarlo.

Alba está demasiado tranquila para ser una ciudad, es inquietante. Ni siquiera el viento recorre sus calles desiertas.

Es casi como un sueño… uno surrealista.

Es difícil distinguir dónde termina el horizonte y dónde empieza la ciudad.

Una niebla espesa cubre la mayor parte del lugar, ahogando la luz del sol.

Alba parece estar hecha de piedra caliza y ahora se ha vuelto de un gris opaco, reflejando el cielo.

Apenas puedo distinguir unas torres más allá de los techos.

A lo lejos, veo que la sombra del gran puente es un espectro amenazante que acecha el camino ya recorrido.

Quizás en algún momento fue hermosa. Ahora está tan quieta como un cementerio.

Mientras que Dunston del Sur era un lugar bullicioso, Alba es un pueblo fantasma.

Generaciones sucesivas de habitantes deben haber huido de las tropas del Usurpador cerca de la frontera de Penrith y luego del rey loco en el Yermo que solía ser Estyrion.

Los inocentes que aún están aquí son obstinados, apáticos o se han rendido por completo.

Las almas con las que nos cruzamos son pocas y no nos prestan atención.

Centran la mirada en sus manos mientras afilan sus espadas, trenzan hierba para hacer cuerdas o cocinan lo que hayan cazado sobre fogatas.

Se me llenan los ojos de lágrimas cuando veo esos rostros asomándose por ventanas sucias, cubiertas de hollín y mugre.

Se oyen toses secas detrás de las puertas cerradas, me pregunto si el aire cargado de humo nos enfermará a todos también. No tengo nada en mi botiquín de hierbas curativas que pueda protegernos de esta contaminación extraña.

La expresión severa de Dietan se tensa aún más mientras caminamos entre esas personas, sus súbditos.

¿Se sentirá responsable de su bienestar, como su príncipe?

¿Estará presenciando la realidad de la vida en un rincón oscuro de su reino, o un presagio de lo que le espera a toda Loegria si fracasamos?

Cuando nuestras miradas se cruzan, noto la desesperación en sus ojos y sé que está destrozado por dentro al ver el estado de su pueblo, de su reino.

Nadie habla mientras caminamos por la ciudad. La desesperación es demasiado grande como para ignorarla.

Han dejado carros llenos de pertenencias abandonados en las calles. Quienes huyeron debieron haberlos dejado atrás en medio de la desesperación, llevándose solo lo necesario para sobrevivir. ¿Qué pasó aquí? ¿Tanta prisa tenían para dejar atrás sus cosas?

¿De qué huían?

Por el contenido revuelto en el suelo, me doy cuenta de que quienes se quedaron ya los han saqueado. En las cajas volcadas solo quedan objetos no esenciales, como jarrones y algunos juguetes rotos.

–¡Fuera de aquí! –ladra una voz áspera desde arriba.

Una anciana nos saluda con la mano desde su balcón, donde tiene la ropa tendida. Está cubierta por una capa fina de polvo y extiende los brazos, como si intentara ahuyentar a una rata de su cocina, pero alguien desde adentro la sujeta y la lleva de vuelta al interior antes de cerrar la puerta.

–¡Salgan de este lugar maldito lo antes posible! –grita desde adentro.

Dietan suspira y sigue caminando, pero tengo un mal presentimiento sobre este lugar.

–Bueno –dice Marcus–, el templo está por aquí.

En medio de esta desolación, es fácil olvidar que estamos aquí para recibir la bendición para nuestra supuesta boda.

Tenemos que seguir con esta farsa hasta que nos perdamos en el Yermo.

Tanto Loegria como Penrith necesitan preparar sus tropas para la guerra.

Eso nos da unas semanas, tal vez, para resolver el problema con Dietan.

El templo del gran Oráculo de Alba se alza sobre la ciudad, imponente y majestuoso.

A diferencia de los demás edificios que nos rodean, su fachada de piedra caliza luce limpia y reluciente, con incrustaciones doradas que brillan bajo los rayos dispersos del sol.

Es impresionante, se nota que lo cuidan con mucho cariño.

Aquí se forjaron los Anillos del Destino, a principios de la Tercera Era. Por aquel entonces, este lugar rebosaba de magos, los Vindar y líderes espirituales dedicados a oficiar ceremonias y ayudar a la gente.

Ahora, a pesar de toda su belleza, está desolado.

Cruzamos el umbral de las puertas dobles de bronce del templo. En la antecámara, apenas iluminada, un hombre vestido con túnicas color crema barre debajo de una hilera de braseros colgantes.

–Saludos, padre.

–Príncipe Dietan –exclama el sacerdote, dejando caer la escoba–. Su alteza, ¿qué lo trae por aquí?

–He venido a pedir la bendición del Oráculo para nuestro compromiso. –Sonríe y me rodea la cintura con un brazo–. Ella es mi prometida, Aren de Evandale.

–Vaya, ojalá hubiéramos estado más preparados –se disculpa–. ¿No hubo ningún mensajero?

–Sí, pero parece que se ha retrasado –responde Marcus, tosiendo.

El sacerdote echa un vistazo al templo en ruinas, a la desolación de la ciudad que queda a nuestras espaldas, y sonríe con tristeza.

–Me temo que eso no es nada inusual en estos días.

–No pasa nada –dice Dietan–. Es que, eh, tenemos prisa.

–Estoy seguro de que los necesitan en Lundenwic –responde el sacerdote–. Bueno, entren a la casa del Oráculo, hijos míos, y los bendeciremos con las aguas de Alba. –Nos guía hacia adentro.

El templo está fresco y oscuro, me tranquiliza descubrir que no huele a humo como afuera.

Por el contrario, es un lugar tranquilo y limpio.

El vestíbulo está rodeado de pilares de piedra y el techo abovedado tiene una ventana.

La luz difusa baña la sala con un resplandor celestial.

Es un santuario inundado de una magia sanadora.

El sacerdote se encuentra frente a nosotros junto a una fuente de mármol llena de agua, sobre un pedestal de piedra lisa.

Al fondo de la sala, se alza la estatua de una mujer, con una mano extendida y una expresión indescifrable en el rostro.

Nos observa desde allí: el Oráculo, la venerada emisaria de los Anemoi.

Su presencia es imponente, pero resulta tranquilizadora.

Es un respiro agradable después de todo lo que hemos vivido.

Sumerge un cetro en el agua y recita una oración en un idioma que no entiendo. Salpica con el agua a Dietan y luego a mí. Parpadeo, sorprendida, no me lo esperaba. Mientras inclinamos la cabeza, intercambio una sonrisa con el príncipe, que se limpia el rostro con discreción.

Entonces pone una mano sobre la cabeza de Dietan, pero cuando coloca la otra sobre la mía, suelta un grito ahogado. Siento una pequeña descarga, como la electricidad estática de un suéter de invierno, que pasa entre su palma y mi cabeza. Me mira fijo.

–Aren de Evandale, ¿verdad?

–Sí –respondo, sintiéndome nerviosa de repente.

El sacerdote murmura para sí mismo y pone los ojos en blanco.

–¿Qué pasa, padre? –pregunta Dietan.

–Hace mucho tiempo que el Oráculo no habla –anuncia, mirándome a los ojos de nuevo–. Me ha enviado una visión.

El príncipe arquea las cejas.

–Nunca debes alejarte de su lado, hija mía –dice, con la mano pesada sobre mi cabeza.

–¿Qué? –pregunto, sorprendida. ¿Me vio en una visión?

Esperaba una demostración más dramática cuando habló el Oráculo, pero no soy ninguna experta en asuntos sagrados.

–¿Qué vio? –pregunta Dietan–. Por favor, ilústrenos, padre.

Pero el sacerdote solo niega con la cabeza, angustiado.

–Si sigues adelante por tu cuenta, hijo mío, solo te esperan la oscuridad y la muerte. –Voltea hacia mí–. Te lo suplico: no lo abandones –repite, mirándome fijo–. Nunca. Por el bien de todo Albión. Promételo.

Siento como el sudor brota de mi frente ante la convicción del sacerdote y asiento con la cabeza.

–No lo abandonaré. Nunca lo haría –susurro.

A mi lado, Dietan se mueve inquieto.

Sí, todavía quiere deshacerse de mí, después de todo lo que ha pasado. Qué idiota.

Apuesto a que desearía que hubiéramos dejado al Oráculo fuera del itinerario.

El sacerdote carraspea.

–Que las aguas sagradas del Oráculo bendigan la unión matrimonial del príncipe Dietan de Loegria, heredero al trono de Alarice, y Aren de Evandale –entona–. Que su alianza traiga paz a ambos reinos y fortaleza a nuestro pueblo durante los siglos futuros.

–Si las diosas lo permiten –digo, que es lo que decimos en mi tierra.

–Que el viento siempre sople a nuestro favor –murmura Dietan, como dicen en Loegria. Toma mi mano y la aprieta. Cuando nuestros ojos se cruzan, su mirada se vuelve tierna. Sé lo que viene a continuación para concluir este tipo de ceremonia. Todo mi cuerpo comienza a vibrar como una colmena.

Me acerca hacia él y no puedo evitar que mi corazón galope, porque ahora está bajando la cabeza mientras yo levanto la mía: –No me golpees, ¿de acuerdo? –murmura muy suave para que el sacerdote no lo oiga.

–De acuerdo –susurro.

Entonces me besa. Sus labios rozan los míos. Se mueven despacio, como si pidieran permiso. Por una fracción de segundo, creo que está a punto de apartarse porque todo esto es una farsa. Estamos engañando a sus soldados y al sacerdote, incluso al Oráculo.

Pero sus brazos rodean mi cintura y me atrae aún más hacia él.

Envuelvo su cuello con mis brazos y nos apretamos el uno contra el otro, todo a nuestro alrededor se desvanece.

Él abre la boca y yo hago lo mismo, respiro su aroma.

El roce de su lengua contra la mía hace que un fuego recorra cada parte de mi cuerpo.

Mordisquea mi labio inferior y el deseo me consume.

Siento como su cuerpo, que es puro calor y músculos, se aprieta contra el mío.

Inclino un poco las caderas y él gime. Mis dedos se entrelazan en su cabello sedoso y me atrae más fuerte hacia él.

A pesar de todos sus secretos y su negación, este hombre me desea.

Y eso basta para que quiera entregárselo todo.

Y de repente, Marcus tose.

Mierda . Abro los ojos y siento que me arden las mejillas. Mierda, mierda, mierda .

Dietan ríe entre dientes y, sin dejar de sostenerme, murmura: –Se me olvidó dónde estamos. –Luego me suelta y mi cuerpo queda adormecido en todos los lugares donde nos tocamos.

Me sonrojo y aliso la parte delantera de mi vestido.

Apenas puedo mirar al sacerdote. Disfruté tanto del momento que casi me olvido de todo, incluso de mi propio nombre.

Me pregunto hasta qué punto fue solo para aparentar.

A juzgar por su respiración entrecortada y sus mejillas sonrojadas, tal vez fue real.

Dietan me sonríe y yo le devuelvo el gesto. Conseguí lo que quería. He esperado toda mi vida por un beso y este fue uno inolvidable.