Capítulo 27. Aren #2
–El poder responde a emociones intensas, como la ira, el placer, el dolor o el miedo.
He estado atormentado por la misma pesadilla horrible todas las noches desde que los anillos se unieron con mi alma.
El Silbido debió haber percibido mi miedo durante el sueño.
Debí… debió haberla matado mientras dormía y yo ni siquiera me di cuenta.
Madre de la Cosecha, ¿ha cargado con esta culpa desde entonces?
–Eso es terrible. Lo siento mucho. –No puede mirarme a los ojos, así que inclino la cabeza para poder ver sus ojos angustiados–. Pero tal como me dijiste, no debes culparte. Fue un accidente.
–No cambia lo que pasó. –Se encoge de hombros–. Accidente o no, ambos murieron por mi culpa.
Lo veo tan destrozado que se me llenan los ojos de lágrimas. Tenía razón sobre su talento para ocultarse: ha pasado toda su vida perfeccionándolo.
–Dicen que eres incorregible. Que te has acostado con todas las mujeres desde aquí hasta Penrith, pero nada de eso es cierto, ¿verdad?
–Solo era una fachada para que nadie descubriera mi secreto –dice, asintiendo con la cabeza–. Nuestros enemigos tienen espías por todas partes, sobre todo en la corte.
–Y tampoco eres un simple príncipe mimado, ¿no? –Le doy un golpecito en el hombro.
–Bueno, espero que no. –Por fin esboza una sonrisa, yo le devuelvo el gesto.
Nos quedamos sentados uno al lado del otro en silencio por un rato.
Soy muy consciente del calor que se filtra a través de mi manga, donde su brazo toca el mío.
Y sé que él también lo nota, pero ninguno de los dos se aparta.
Algo entre nosotros ha cambiado. La enormidad de su secreto me agobia, al igual que el hecho de que haya confiado en mí lo suficiente como para compartirlo.
–¿Cómo son tus pesadillas? –pregunto.
Respira hondo, armándose de valor.
–El fin del mundo. Mi propia muerte. La muerte de todos mis seres queridos. Mi reino envuelto en sombras y yo en el centro de todo. Siempre soy la causa de toda esa destrucción.
–Solo son sueños –digo con firmeza–. No son reales.
–Claro.
–Quiero decir, no son profecías.
–Pero tampoco podemos estar tan seguros de que no lo sean –dice. Me doy cuenta de que no entiendo cómo funciona el Silbido. Quizás él tampoco.
–No discuto. Por ahora.
–Hubo reyes en el pasado que podían usar los anillos y evocar visiones del futuro –continúa–.
Mi padre a veces podía intuir qué general iba a ganar una batalla, o si la cosecha sería abundante ese año.
Yo solo… lo sé , de vez en cuando. A veces tengo una sensación.
Tal vez sobre una persona o un lugar. Pero es de la misma manera que sé que los Kilandrar están cerca. Los anillos me conectan con ellos.
–Bueno, gracias a las diosas que lo hiciste, o ya estaríamos muertos. ¿Crees que sigan cerca?
–No están lejos. Sé que los Kilandrar están esperando para atacar. Probablemente bajo el mando de quienquiera que haya secuestrado y asesinado a Lydia.
–¿El Usurpador de Penrith? –Se me eriza la piel solo con pronunciar su nombre. En Evandale, decimos que da mala suerte hablar de cosas malignas.
–Esa es la única respuesta que tiene sentido. Las fuerzas oscuras están creciendo, así que mi padre se ha estado preparando para esto.
–Dicen que el Usurpador…
–Es Bóreas, lo sé –concluye el.
–¿Tú crees? –pregunto, abrazándome a mí misma–. ¿Bóreas el Incrédulo?
–No lo sé. Pero el Usurpador tiene la misma ambición de conquistar los reinos libres de Albión.
Tiemblo, aunque hace calor en la tienda.
–Sin duda tuvieron que reorganizarse cuando se dieron cuenta del error que cometieron al capturar a Lydia, pero eso no es ningún consuelo. Haga lo que haga, vaya donde vaya, siempre habrá heridos.
–Como tú dijiste, sé a lo que me comprometí. Conocía los riesgos –digo, mirándolo directo a los ojos.
Dietan inclina la cabeza hacia un lado, parece serio, como si pensara que soy un poco torpe.
–Las cosas solo empeorarán. Te he arrastrado a una batalla para la que no estás preparada y lo sabía desde el momento en que te pedí que vinieras conmigo. Fui egoísta…
–¡Fue para salvar a nuestros reinos! –interrumpo, pero él sigue adelante.
–Y te he puesto en peligro. Ahora que sabes toda la verdad sobre mí, deberías darte cuenta de que tienes que irte, por tu propio bien.
–¿Estás tratando de ahuyentarme?
–Lo he estado haciendo desde el principio. Te dije que no vinieras conmigo. –Suspira–. Debería habértelo prohibido.
–¿Prohibírmelo? –Levanto una ceja–. ¿Crees que puedes darme órdenes, así como así?
–Soy un príncipe, ¿no? –dice, encogiéndose de hombros–. Puedo ordenarte que hagas cosas… –Sonríe, volviendo a su actitud seductora de siempre.
Resoplo, ya más tranquila a pesar de lo molesta que estaba hace un momento.
–¿Qué cosas?
–Ah… Puedo imaginarme de todo. –Su sonrisa se hace más amplia–. Quizá que te rasgues un poco más el vestido. Creo que mi mano necesita otro vendaje.
Me río y le lanzo una almohada.
La aparta de un manotazo y me mira con tanta intensidad que, por un momento, el calor entre nosotros vuelve a crecer. Siento como me derrito por dentro, segura de que él puede percibirlo. Pero entonces desvía la mirada y el momento se esfuma.
Me esfuerzo por disimular mi decepción.
–Es tarde y estás herido –digo en voz baja.
–Estoy bien –responde–. Gracias a ti. Pero los Kilandrar pueden percibir el Silbido. Seguro nos están siguiendo. Y la próxima, tal vez no logremos escapar.
–Entonces será mejor que nos preparemos y descansemos bien esta noche. –Me acerco a la bolsa de dormir que traje conmigo y la coloco junto a la suya, con la almohada que le lancé.
–¿Todavía quieres quedarte aquí? –pregunta, sorprendido–. ¿Después de todo lo que te he contado?
–Ahora sé cómo evitar que te lastimes a ti mismo o a cualquier otra persona.
–Señalo el cuchillo que lleva a su lado–.
El poder de la sangre. Eso liberó el control que el Silbido tenía sobre ti.
Y ahora también sabemos cómo luchar contra los Kilandrar.
–Empiezo a desabrocharme los botones del vestido.
Todo su cuerpo se tensa.
–¿Qué estás haciendo? –pregunta con tono autoritario.
–¿Qué te parece que estoy haciendo? Preparándome para irme a dormir. Sé un caballero y voltéate.
Mira hacia otro lado, en silencio, tal como le he ordenado. Me quito rápido las prendas exteriores hasta quedarme solo con la ropa interior y una camisa sencilla de lino.
–Ya puedes mirar –indico–. ¿Espiaste?
–Claro que sí. –Sonríe–. Con una mujer tan hermosa desnudándose en su tienda, ¿qué hombre podría resistirse?
Me sonrojo. Solo he escuchado elogios así en boca de granjeros borrachos que necesitaban a alguien que cocinara para ellos o se ocupara de sus hijos sin madre.
Y, sin embargo, viniendo de este príncipe que tiene sirvientes de sobra, que necesita mucho más un amigo que una criada, esas palabras me parecen sinceras por primera vez en mi vida. Igual no quiero caer en la trampa.
–No tengo nada de especial.
–Aren Bellamore, eso no podría estar más alejado de la realidad –responde con firmeza.
–Cierra la boca.
–No hay manera de ganarte, ¿verdad? Me acusas de ser frío, pero cuando digo algo lindo, tampoco te gusta. –Suena exasperado.
Niego con la cabeza y chasqueo la lengua, aunque sigo sonrojándome mucho.
–Cuando estábamos peleando. Cuando dije que sentías algo por mí… –comienzo. Ahora él se sonroja–. Dirigiste el Silbido hacia ti mismo en lugar de dejar que me lastimara.
–No estoy seguro, no sé bien lo que hice. –Suelta con un suspiro y comienza a entrar en su bolsa de dormir.
–Fuiste capaz de controlarlo. Lo dirigiste hacia ti mismo. Dietan, preferiste morir tú antes que matar a alguien que te importa –digo, con una sonrisa leve en los labios.
Nota mi sonrisa.
–¿Qué?
–Te preocupas por mí.
–Nunca dije que no –responde–. Claro que me preocupo por tu bienestar.
Está bien . Sigue así, hombre arrogante.
Aun así, cuando nos miramos, siento una conexión entre nosotros. Algo delicado, tan frágil y tierno que ninguno de los dos se atreve a expresarlo. Ambos permanecemos en silencio durante un rato largo.
–No tenemos que seguir hablando de eso. –Bostezo mientras me acurruco bajo las mantas–. No quiero causarte más angustia. Ahora entiendo por qué no querías que durmiera en tu tienda.
–¿Pero igual te quedarás?
–Sí.
–Estás arriesgando tu vida, ¿sabes? –dice, frunciendo el ceño.
Giro para quedar frente a frente con él. La luz del farol proyecta sombras sobre los rasgos de su rostro preocupado.
–Dietan, no te tengo miedo. Tú nunca me harías daño, jamás –susurro. Lo digo de todo corazón. Luego volteo y me quedo dormida, tranquila a su lado.
Él se preocupa por mí .