Anillos del destino Capítulo 27. Aren
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Capítulo 27. Aren

D ietan señala nervioso su bolsa de dormir al otro extremo de la habitación, agitando los brazos y con el rostro cada vez más azul.

–¿Qué necesitas? –pregunto, tan asustada como él.

–El cuchillo… –balbucea. Lo busco de inmediato. Con un ágil movimiento, se corta la palma de la mano, la sangre brota y, al instante, el aire vuelve a sus pulmones. Entre jadeos horribles y entrecortados, su cuerpo se sacude y se encoge sobre sí mismo.

Respira. El alivio que siento no se parece a nada que haya sentido antes. Es tan intenso que vuelvo a caer de rodillas a su lado, incapaz de mantenerme en pie. Está vivo.

–Dietan… –digo con suavidad, tocándole el hombro.

Levanta la cabeza y me dedica una sonrisa débil mientras presiona su pecho con el puño, la sangre se filtra entre sus dedos cerrados. Respira con dificultad varias veces.

–Estoy bien. Todo está bien.

Lo atraigo con fuerza hacia mi pecho, lo abrazo mientras sigue tosiendo y jadeando. No tengo ninguna duda de que, si hubiera pasado un segundo más, estaría muerto.

–No pasa nada –susurro. Tiemblo mientras acaricio su cabello con ternura.

Se aferra a mí como si fuera una balsa salvavidas y él estuviera a la deriva en el mar.

Noto que se está esforzando por mantener la calma mientras apoya su cuerpo tembloroso contra el mío.

Me agacho para tomarle la mano y me doy cuenta de que sangra mucho.

–¡Mierda! La herida del cuchillo es profunda. –Su mano está empapada de sangre, como si llevara un guante color rojo.

Arranco una tira larga de tela deshilachada del dobladillo de mi vestido.

–¿Qué estás haciendo? –pregunta.

–Te ayudo, tonto.

–Pero tu vestido…

–¡Olvídate de mi maldito vestido! –Envuelvo su palma con la tela, presionando bien. La sangre empapa el tejido. Sigo enrollándola, cada vez más apretada.

–No tienes por qué hacer esto –dice. Está claro que no esperaba que yo fuera a ayudarlo después de nuestra discusión.

–Lo arreglaré más tarde. No importa.

–Lo siento. No era mi intención…

Lo observo con el ceño fruncido, pero sin rencor. Me devuelve la mirada, avergonzado.

–Lo siento –repite–. Estoy hecho un desastre.

De alguna manera, sus palabras me dejan sin fuerzas y suspiro. Es uno de esos suspiros dramáticos. Dietan esboza una sonrisa y desvía la mirada, cubriéndose la boca con la otra mano para contener la risa.

Qué ridículo .

Ato la tela con fuerza, presionando el nudo justo en el centro de su palma. Él respira hondo.

–Tengo unos pétalos secos de matricaria de Elspeth –digo, mientras ato mi vendaje improvisado–. Te adormecerá el dolor y evitará que la herida se infecte.

Asiente con la cabeza, con el rostro contraído por el dolor. Entonces, de repente, lleva su mano sana a la boca. Se está riendo. No puedo creerlo.

–¿Qué demonios te causa tanta gracia?

No puede parar de reír, hasta le caen lágrimas. Lo miro, sin saber muy bien qué hacer, mientras la histeria se apodera de él.

Seguro está en estado de shock.

–Me acusaste de sentir algo por ti y casi muero –explica con voz entrecortada–. Casi me matas.

Al menos ha recuperado el color.

–¿Y? –Levanto una ceja.

–Es exactamente lo que intentaba decirte. –Se seca las lágrimas con el dorso de la muñeca–. ¡Me matarás! –Intenta contener la risa.

–Todo esto porque no puedes enfrentar tus sentimientos. Típico de un hombre –murmuro entre dientes.

Inclina la cabeza, como si se sintiera avergonzado, y luego vuelve a soltar una risita.

Lo miro con el ceño fruncido.

–No pasa nada. Lo hablaremos más tarde. Solo… quédate ahí sentado y déjame buscar la medicina.

Ahora que estoy más decidida que asustada, salgo de su tienda y regreso lo más rápido posible por mi mochila. Mientras saco la lata de pétalos de matricaria, Dietan se arrastra hasta sentarse en su bolsa de dormir. Apoya los codos en las rodillas y baja la cabeza, agotado.

Me arrodillo a su lado y trituro los pétalos secos entre los dedos hasta convertirlos en polvo.

–Te lo advierto, esto va a picar.

Sin preguntarle, tomo su mano herida y le quito el vendaje improvisado. Por suerte la hemorragia casi se ha detenido. Esparzo los pétalos molidos sobre el corte, él ni se inmuta, aunque sé que pica muchísimo.

Vuelvo a vendar la herida, esta vez con la gasa limpia que compré en la botica junto con las hierbas.

Él flexiona los dedos cuando termino, me siento aliviada de que aún pueda usar la mano.

–Siento un cosquilleo –indica.

–Eso es algo bueno. Significa que está funcionando.

–Acerco su mano hacia mí y la examino de cerca mientras la flexiona.

Incluso ahora, no puedo evitar admirar la fuerza que tiene, lo hermosos que son sus dedos.

Empiezo a sonrojarme al recordar cómo se había apretado contra mí, el calor entre nosotros…

–¿Cuál es el veredicto? –pregunta.

Resoplo mientras ordeno y cierro mi mochila.

–Pronto estarás como nuevo. Tienes suerte de que se me ocurriera comprar suministros. Es bueno estar preparado para estas cosas en un viaje.

–Por eso te pedí que vinieras conmigo –suelta.

–Sí, ya lo has dicho. Solo me quieres aquí porque soy útil, práctica. –Trato de que mi voz no delate mi decepción.

–Pero eres útil y práctica. ¿Es eso algo malo?

Me encojo de hombros. Estoy tan cansada de que solo me vean como algo útil.

Después de un momento, sus hombros se hunden.

–Lo siento, no quise asustarte –se disculpa. No entiende qué es lo que realmente me afecta, pero lo dejo pasar.

–No estaba asustada –miento. Estaba aterrorizada. Verlo tan cerca de la muerte me estremeció por completo y todavía me siento mareada–. Eran los anillos llamando al Silbido, ¿verdad?

Él suspira y se pasa la otra mano por el rostro. Parece que intenta sonreír, pero no puede mirarme a los ojos.

–Sí. Como no sé controlar el poder que llevo dentro, no puedo arriesgarme a estar con nadie porque…

–Se queda callado, como si estuviera eligiendo las palabras con cuidado–.

Tú viste lo que pasó en el puente. Ese soldado tuvo suerte.

Otros han muerto por mi culpa. Sin querer. Nunca fue mi intención. Pero sucedió.

Me quedo paralizada, como si una mano helada presionara de repente mi corazón.

¿Gente muerta por su culpa?

No soy ingenua. Lo he visto usar su espada para protegerme. Está a punto de partir hacia una guerra junto a su padre y los bardos cantarán sobre su valentía y su fuerza. Claro, es probable que haya matado antes… es un príncipe llamado a la batalla, pero ¿usando ese poder ?

Inclina la cabeza hacia abajo, está quitándose la gasa que lleva en la mano. Se detiene al darse cuenta de que lo estoy observando. Recuerdo mi intento de secuestro en Evandale y el ataque en el puente, donde me salvó una repentina ráfaga de viento.

–Entonces, ¿qué te pasó hace un momento, cuando el Silbido te atacó? ¿Lo has usado con otras personas?

–Siempre de forma accidental –dice, exhalando–. Lo juro. No puedo controlarlo.

No puedo imaginarlo estrangulando a alguien hasta matarlo con magia.

–Pero tal vez… ¿los mataste en defensa propia? –Tuvo que ser así. No es un asesino. No es Bóreas.

Niega con la cabeza y siento como se me va el color del rostro.

–No –responde rápido–. No me habían atacado.

O al menos Cedric, mi mejor amigo, no lo hizo apropósito.

Lo maté por accidente durante una práctica de combate.

Fue la última persona con la que entrené.

–Su labio inferior tiembla y mueve la mandíbula de un lado a otro antes de hacer una pausa y respirar profundo–.

Y la otra era la única mujer a la que he amado.

–Ah –digo en voz baja. Siento una punzada de celos al oír que alguna vez estuvo enamorado, pero se desvanece rápido al darme cuenta de la magnitud de su confesión.

Ha matado a dos personas.

Dos personas, las más cercanas a él, asesinadas por el Silbido que hay en su interior.

La verdad irrumpe como una llama en la oscuridad. Nada vuelve a verse igual. Ha cargado con este secreto durante tanto tiempo que lo ha carcomido por dentro. Debe ser un alivio admitirlo por fin ante alguien. Ante mí.

–¿Entonces no puedes controlar tu magia? –pregunto.

Parece que ya ha terminado de hablar de sus sentimientos y agradece el cambio de tema.

–Así es. No puedo invocarla ni doblegarla a mi voluntad como lo hacía mi padre. Solo… sucede. Si este rey Osian logra sacarme los anillos, entonces por fin estaré en paz. –Las sombras se posan en sus ojos hundidos y le da a su expresión un aire atormentado y un cansancio vacío.

–Lo siento –susurro–. Sé que eres un príncipe y yo solo soy una camarera, pero te entiendo.

–¿De verdad? –Sus ojos se iluminan de esperanza cuando por fin cruza su mirada con la mía.

–Cuando mi madre murió, fue como si mi familia muriera con ella. Y ella falleció… por mi culpa. –Cierro los ojos y respiro hondo–. Me contagié de la fiebre roja después de jugar con unos niños de los que ella me había dicho que me mantuviera alejada. Luego ella se contagió y murió.

–No fue tu culpa. –Niega con la cabeza–. La fiebre roja es muy contagiosa.

–Todos dicen lo mismo, pero eso no cambia lo que pasó ni cómo me siento al respecto.

–Lo siento. –Toma mi mano con su mano sana y la aprieta.

–Gracias. –Asiento con la cabeza y aprieto su mano con suavidad–. Cuéntame sobre ellos, tu amigo Cedric y tu… –Dudo–. Tu amada.

–Cedric… –Suspira–. Era un buen amigo. Entró a escondidas para ver los anillos conmigo aquella noche. Yo era el que siempre nos metía en problemas y él siempre me seguía. Era el mejor amigo que cualquiera podría tener.

»En cuanto a ella… se llamaba Liesl. Era una dama de la corte de Alarice. Nunca le he contado a nadie cómo murió.

–¿Qué pasó?

–Nos fuimos a dormir y cuando me desperté a la mañana siguiente…

estaba acostada a mi lado, pero no respiraba.

Los curanderos dijeron que había dejado de respirar en plena noche.

“Qué extraño”, dijeron. “Una tragedia”. Nadie sospechaba nada.

Ni su familia, ni la corte alariciana. Pero yo lo sabía. Yo sabía lo que había pasado.

–El Silbido –susurro.

Carraspea y continúa: