Capítulo 26. Aren
N o puedo dormir.
Lo único que veo es su rostro amarillento y demacrado. Estoy tan alterada que no puedo pensar con claridad.
Sin pensarlo, doblo mi bolsa de dormir y camino en la oscuridad del campamento. Estoy tan enojada que ni siquiera me reconozco cuando abro la tienda de Dietan.
–Oye, tú. –Estoy a punto de soltar una avalancha de insultos, pero entonces lo veo.
Se ha bañado, tiene el cabello húmedo y está recostado en su bolsa de dormir, leyendo. Lleva una camisa de seda abierta hasta la cintura, su piel bronceada se ve aún más dorada a la luz de las velas.
Ah .
No se me había ocurrido que se vería… así .
Da un salto cuando entro. Pero cuando se da cuenta de que solo soy yo, se relaja un poco.
–¿Qué tal? –pregunta, apoyándose en un codo y dejando el libro a un lado.
Intento no fijarme en los músculos que se le marcan bajo la camisa y me concentro en su rostro, lo cual, la verdad, no ayuda mucho. Es tan guapo como desconcertante. Y en este momento me tiene completamente confundida. Respiro hondo.
–Marcus dijo que me enviarás lejos mañana. ¿Es cierto? –Intento mantener la voz firme. No quiero que piense que soy débil. Justo después de todo lo que ya hemos pasado.
–Así es. –Me mira con frialdad, como si estuviera interrumpiendo su descanso–. Los dos se irán al amanecer.
–Pero me necesitas –digo con voz entrecortada. La angustia araña mi garganta hasta dejarla en carne viva. Dejo caer la bolsa de dormir que tengo en las manos–. No puedes hacerlo. Teníamos un trato. –Siento un dolor agudo en el pecho, como si mi corazón se estuviera rompiendo.
–Nos han atacado los bandidos y los Kilandrar –responde, su mirada es sombría–. Y las tropas del Usurpador nos seguirán. Ya viste lo que mis enemigos le hicieron a Lydia.
Asiento con la cabeza. Escuché por casualidad a Marcus hablando con sus hombres. La interrogaron, la torturaron y luego le cortaron el cuello. Me estremezco al recordar a esa chica dulce y valiente, me siento impotente, llena de dolor y rabia.
–No puedo permitir que te pase lo mismo a ti también, Aren. No podría vivir en paz conmigo mismo, haya trato o no. –Sonríe con amargura–. No te preocupes, me aseguraré de que recibas tu oro.
¿De verdad cree que lo único que me importa es el oro? ¿Tan codiciosa cree que soy? ¿Tan superficial? Empiezo a protestar.
–Sé que habíamos planeado que te fueras después de llegar a Alba –dice, levantando una mano–, pero ya hemos llevado esta farsa tan lejos como era posible. Necesito asegurarme de que estés a salvo. Mañana, Marcus te acompañará de regreso a Evandale. Yo continuaré con el resto de mis hombres.
La palabra “farsa” se siente como una bofetada. Se me revuelve el estómago.
–¿Me enviarás a casa? –Extraño a mi familia, pero la idea de regresar ahora no me reconforta en absoluto.
–O a donde quieras ir. Pero no puedes quedarte.
No puedes quedarte conmigo , es lo que está diciendo. Ya no me sirves . Mi corazón está destrozado.
–No –digo, indignada–. No iré a ningún lado.
Es como si no hubiera aprendido nada sobre mí. Yo jamás me rindo.
–Ese era nuestro acuerdo –dice con tono seco–. Ante la primera señal de peligro, te irás con mis guardias a un lugar seguro. Ya hemos tenido demasiadas situaciones riesgosas. –En un tono más suave, conciliador, añade–: No tienes por qué preocuparte. Marcus te mantendrá a salvo. Es el mejor.
–Pero yo… – Me siento segura contigo , quiero decir. Quiero estar a tu lado . Pero no digo nada. Por un momento, parece que él también quiere decir algo más, pero luego toma su libro. Me quedo ahí parada con la boca abierta, aunque no se me ocurra nada que decir.
–¿Sí? ¿Algo más que quieras decir? –Su voz suena molesta detrás de las páginas.
Me observa con los ojos entrecerrados, esa mirada no me gusta nada.
–No recuerdo haber aceptado eso –exclamo, cruzándome de brazos–. ¡Y no iré a ningún lado!
–Mira, hablemos de esto por la mañana, ¿está bien? Vete a la cama. Los dos estamos agotados. Y deberías… –Señala mi pecho–. Tu chal está…
Bajo la mirada. En el apuro por gritarle, me eché rápido un chal sobre el vestido y, con el enojo, se me ha resbalado de los hombros, tirando hacia abajo el escote de mi vestido.
Aparta la mirada y se sonroja, yo siento un calor repentino, que va más allá de la ira. Mi pecho se agita.
Me envuelvo bien con el chal, cada vez más enojada con Dietan. Seguro piensa que soy un desastre, nada que ver con las damas a las que está acostumbrado, que no tendrían ni un pelo fuera de lugar.
Pero no me iré. Por la mañana seguirá igual de terco. Veremos quién se rinde primero.
Mi tienda queda al otro lado del campamento y el camino se me hace eterno. Aunque estemos escondidos en un bosque, con guardias vigilando, no me siento segura. Maldita sea. Después de lo que le hicieron a Lydia, no quiero estar sola esta noche.
–No me siento segura en mi tienda –suelto, sin pensar.
–Marcus y los hombres te protegerán. Es el deber que todos han jurado cumplir –dice, mirando a cualquier parte de la tienda menos a mí.
–Su deber es protegerte a ti .
Su rostro se suaviza, no discute. Me dijo que nunca se vuelve más fácil cuando las personas que juran protegerte resultan heridas. Así es la vida de la realeza.
No creo que me acostumbre a esto nunca.
Pero tengo que seguir recordándome a mí misma que nada de esto es real. Nunca seré su princesa. No puedo olvidar que no merezco el sacrificio de nadie.
–Mira, ¿no puedo quedarme aquí esta noche? –pregunto, intento no sonar patética. Ahora seguro que me echará por la mañana, pero al menos podré dormir esta noche.
Parece confundido por un momento, luego se pone de pie.
–Ah… sí, claro que puedes quedarte aquí –dice, suavizando un poco el tono–. Esta tienda no es más segura que la tuya, pero… como prefieras. La tuya está cerca del fuego, ¿no?
Camina hacia la entrada de la tienda. El idiota cree que le pregunté si podíamos intercambiar. Eso no es en absoluto lo que quise decir.
–No, quiero quedarme aquí –digo, apoyando mi mano en su brazo–. Contigo. –Se queda paralizado, como si lo hubiera convertido en piedra. La tensión en sus hombros podría romper ladrillos. No puedo verle el rostro desde este ángulo, aunque veo cómo se le contraen los músculos de la mandíbula.
–No –responde entre dientes y me aparta de un empujón.
El rechazo me deja aturdida, como si me hubieran golpeado.
–¿Por qué? –pregunto, tratando de ocultar el llanto–. Se supone que soy tu prometida, ¿no? He oído hablar de tu reputación. Dudo que a tus hombres les importe. Te prometo que ni siquiera notarás mi presencia.
–No lo entiendes –dice con rudeza.
–¿Qué cosa?
Entonces me mira a los ojos. Como si estuviera admitiendo algo vergonzoso.
–Aren, no comparto la cama con nadie.
Ay, por favor . Por lo que he oído en las conversaciones de sus guardias, en la corte tiene fama de mujeriego, siempre rodeado de mujeres dispuestas a pasar la noche con él.
¿Verdad?
A menos que… ¿los rumores sean falsos? Lo examino con atención. Ha ocultado un secreto durante la mitad de su vida, debe tener más.
–Es solo que no quiero estar sola esta noche –digo, con la intención de tranquilizarlo.
–Sola –repite en voz baja.
Clava sus ojos en los míos, su mirada es tan intensa que doy un paso atrás. El chal se me desliza por un hombro.
Mira mi piel desnuda como si se estuviera quemando vivo. Me subo la prenda de nuevo, pero él me detiene con una mano. Pienso que va a subírmelo, pero deja su mano ahí, sujetándome, tocándome.
Observo sus ojos entrecerrados. Mi cuerpo arde y siento el calor entre nosotros, su mano temblando en mi piel.
–Dietan… –susurro.
Está tan cerca. Levanto el mentón hacia él. Mi cabeza da vueltas y el estómago se me retuerce. Poco a poco, nos inclinamos el uno hacia el otro. El aire entre nosotros parece cargado de electricidad.
Pero entonces cierra los ojos y gruñe, dejando caer los hombros. Coloca mi chal sobre mi hombro de nuevo y me suelta, como si no soportara tocarme.
Lo malinterpreté por completo. No me quiere en absoluto.
–No te caigo nada bien, ¿verdad? –Intento disimular el dolor en mi voz.
Cuando vuelve a abrir los ojos, sus iris brillan en tonos verdosos a la luz del fuego. Pasa una mano por su cabello dorado y niega con la cabeza.
–Es solo que no quiero compartir la tienda con nadie, ¿de acuerdo?
–¿Con nadie? ¿O conmigo? –Esta vez, no puedo ocultar la tristeza en mi voz.
Me doy cuenta de que, al llevar tanto tiempo viajando juntos, se comporta diferente.
Ha desaparecido ese encanto exagerado que usa con todo el mundo.
Conmigo es él mismo. Busca mi compañía. Hemos caminado juntos durante horas, a veces compartiendo cómodos silencios, con nuestras manos encontrándose en pequeñas caricias.
Y ahora empiezo a preguntarme si alguna de esas cosas significó algo.
–Admítelo. Te arrepientes de haberle pedido a alguien tan ordinaria como yo que sea tu novia de mentira.
Me lo pediste porque nadie más sería tan tonto como para embarcarse en esta aventura peligrosa contigo, con la guerra a punto de estallar, pero yo pensé…
–Me detengo al levantar la vista. Se ve más enojado que nunca.
Aprieta sus labios en una línea delgada, pero sigue sin decir nada y yo estoy desesperada por llenar este silencio espantoso, por cambiar esa expresión en su rostro, así que sigo hablando.
»Eres el único aquí con quien puedo hablar, pero todas las noches te escondes.
–Exhalo, más vulnerable que nunca. Pero no puedo evitar que las palabras salgan de mi boca–.
Sé que en realidad no soy tu novia, que me ofrecí para ser parte de esta mentira y que así puedas salvar los reinos.
Pero después de todas las cosas horribles que han pasado, solo quiero sentir que estamos en la misma misión, juntos.
Algunos días me siento tan perdida. Solo necesito… Necesito…
Te necesito .
Ojalá él dijera algo, lo que sea. No logro descifrarlo. Tal vez sea mi imaginación, pero juraría que parece angustiado, como si quisiera hablar. Y luego el dolor en sus ojos desaparece como si nunca hubiera estado ahí.
A la mierda con esto . Señalo el suelo duro y frío que nos separa.
–Solo quiero dormir aquí. ¿Es eso pedir demasiado? –Señalo mi bolsa de dormir, que yace junto a la suya, como si estuviera plantando una bandera, reclamando mi parte del territorio.
Entonces levanta el mentón y me mira desde arriba, de nuevo como un príncipe, firme.
–Sí, tú te metiste en esto –dice en voz baja–. Te dije que sería un camino difícil, que no vinieras. Lo siento, pero no puedo darte más de lo que acordamos. Y no puedes quedarte aquí.
No se lo pondré tan fácil. Ambos sabemos lo que hay ahí afuera. Tendrá que echarme. Me acerco tanto a él que puedo oler el jabón que usó. Lo miro, una vez más irritada por lo estúpidamente alto que es. Podría golpearlo… Debería hacerlo.
Pero no. Coloco mis manos en su rostro y lo obligo a mirarme a los ojos. Mi enojo se disipa, dejando solo dolor y miedo.
–Estoy aterrada, ¿de acuerdo? Después de lo que le pasó a Lydia y de lo que vimos en ese pueblo, solo quiero dormir en un lugar donde me sienta segura. –Aunque me cuesta mucho admitirlo, añado–: Me siento segura contigo.
Sujeta mis manos y las aparta con fuerza, pero yo me resisto. Nos quedamos ahí, inmóviles. Su mirada es gélida y ardiente a la vez.
Me sujeta fuerte las muñecas. Noto cómo sus pupilas y sus fosas nasales se dilatan.
–Es por tu propia seguridad. ¿Por qué no me haces caso? –Y entonces, como si no pudiera evitarlo, me atrae con fuerza hacia él.
Me abraza tan fuerte que puedo sentir todo su cuerpo contra el mío. Es puro músculo presionando contra mis partes más delicadas. No puedo respirar. Se siente tan bien. Entonces se inclina, acaricia la curva de mi cuello con su nariz y gime.
–Por todos los dioses, ¿por qué eres tan irritante?
–Podría decir lo mismo de ti –murmuro, respirando contra su pecho desnudo y cálido–. Déjame quedarme aquí, solo por esta noche.
–Ojalá pudiera, de verdad –dice con voz entrecortada–. Pero no puedo. –Se separa de mí y prácticamente me empuja, sin soltar el libro que estaba leyendo.
Tropiezo y recupero el equilibrio justo antes de caerme. Madre de la Cosecha, ¿qué le pasa? Primero se acerca, luego se aleja. Y cuando creo que lo entiendo, vuelve a alejarse.
–Me pediste que te ayudara, que te acompañara en esta misión.
Sé que cuando estamos en público, cuando me besas en la mejilla y me abrazas, todo es una farsa.
¿Pero sabes lo que pienso? –Arquea una ceja.
Parece tan indiferente como una estatua.
Se ve tan hermoso a la luz del fuego, pero ahora puedo ver la confusión que se esconde tras sus ojos–.
Creo que tienes miedo de admitir que sientes algo por mí.
Sentimientos de verdad, por mucho que finjas lo contrario.
Y esa es la verdadera razón por la que me estás echando, porque no soportas la idea de que te pueda gustar una simple camarera del campo ¡que no sirve más que para una aventura de una noche!
Esboza una sonrisa aterradora. Sé que tengo razón, así que sigo hablando.
–Esa es la verdad, ¿no? ¡Me odias, pero te odias más a ti mismo porque me deseas! ¡Y sé que me deseas! –Señalo mi cuerpo con una mano–. Aunque te comportes como un príncipe frío e indiferente, ¡te conozco! ¡Así que admítelo de una vez!
Sonríe como si lo hubieran descubierto. Se pasa la lengua por los dientes inferiores. Ninguno de los dos se mueve, hasta que él lanza su libro al otro lado de la tienda en un arranque de ira. De repente, un vendaval muy fuerte sopla a mi alrededor, dirigiéndose hacia mí.
Estoy a punto de reír, pero no lo hago. Dietan se derrumba de repente. Cae al suelo, con las manos en la garganta. El viento se calma antes de llegar a hacerme daño.
–No puedo… no puedo respirar.
Una brisa sobrenatural vuelve a llenar la tienda.
Pero esta vez, el Silbido lo está destrozando por dentro. Las llamas en los faroles comienzan a parpadear y a debilitarse mientras Dietan es asfixiado por una fuerza invisible.
–¡Dietan, no! –grito–. ¡Haz que pare! –Lo acuno entre mis brazos mientras lucha por su vida–. ¡Respira! ¡Respira!
Las lágrimas le queman los ojos mientras se retuerce. No puede liberarse. Estoy tan alerta que puedo ver todo con claridad. Noto cómo sus manos luchan, cómo su magia le va succionando la vida.
Madre de la Cosecha, morirá.
Y es mi culpa.