Capítulo 25. Dietan
S iento un temor profundo, frío y oscuro, que me aprieta el corazón.
Marcus maldice. Aren salta del carro y sujeta su mochila, como si quisiera correr a ayudar.
–¿Qué pasó aquí? –pregunta ella con voz débil.
–Nada bueno –respondo mientras me dirijo hacia el pueblo–. Vuelve al carruaje.
No me hace caso.
Buscamos sobrevivientes, pero reina un silencio sepulcral, salvo por el sonido ocasional de la madera crepitando. Las brasas brillan bajo los montones de escombros. El humo persiste en el aire y el hedor a carne quemada me revuelve el estómago. Aprieto los labios con fuerza.
Marcus se arrodilla en la tierra blanda, con una mano en su espada, mientras examina unas huellas de botas en el lodo. Me mira a los ojos y con un movimiento rápido de cabeza me dice todo lo que necesito saber. No podemos quedarnos aquí mucho tiempo, las huellas están frescas.
Quienquiera que haya hecho esto, sigue por aquí.
Pero no podemos irnos hasta tener la certeza de que no queda nadie con vida que necesite ayuda.
Avanzamos con dificultad entre las ruinas, apartamos carros volcados y barriles carbonizados. Varios almacenes precarios se han venido abajo. Mis hombres colocan troncos debajo de las vigas caídas, levantando lo que pueden para arrastrarse bajo los escombros en busca de sobrevivientes.
En una calle tan angosta que apenas permite el paso de una persona, una casa grande se ha derrumbado sobre la de al lado. Marcus y yo nos escabullimos por una puerta abierta. Aren nos sigue en lugar de quedarse con los soldados que hacen guardia afuera.
Adentro, el aire está cargado de polvo y los rayos del sol atraviesan un agujero irregular en el techo. Mi bota pisa con fuerza una viga carbonizada y la parte en dos.
De repente, un traqueteo llega desde el fondo de la habitación, seguido de un murmullo apenas perceptible.
Me pongo en guardia, con la mano en mi espada, listo para un ataque. Pero entonces veo a una familia, una mujer con sus hijos, acurrucados en la oscuridad.
–Por favor, salgan. Ya están a salvo –digo, bajando la espada–. Somos soldados de Loegria, no invasores de Penrith.
La mujer sale de entre las sombras, tambaleándose, con el rostro cubierto de ceniza y los ojos muy abiertos. Al verme, se queda sin aliento.
–¿Eres…?
–El príncipe Dietan –me presento, inclinando un poco la cabeza.
Ella hace una reverencia mientras sus hijos se esconden detrás de sus piernas.
–¿Qué ha pasado aquí? –pregunto.
–Llegaron sin previo aviso –responde la mujer, temblando–.
Eran muchísimos, con armaduras negras y el emblema del Usurpador.
Nuestra aldea intentó defenderse, pero a todos los hombres que sobrevivieron los reunieron y los llevaron al bosque.
Oímos sus gritos. Creo… creo que los quemaron vivos.
–Comienza a llorar, pero se seca los ojos y sigue hablando–.
Luego… luego se llevaron a las mujeres y a los niños que quedaban.
Mis hijos y yo nos escondimos en un compartimiento secreto en la muralla que se construyó durante las guerras entre los cuatro reinos.
Pienso rápido.
–Mis soldados los llevarán a ustedes y a cualquier otro sobreviviente a Lundenwic, donde estarán a salvo –indico, señalando a Marcus–. ¿Queda alguien más?
–Todo ha estado muy silencioso –indica, negando con la cabeza–. Salí… intenté encontrar a otros. No hay nadie. Íbamos a irnos, pero…
–¿Pero? –insisto.
–Pero no fueron solo los hombres del Usurpador quienes hicieron esto, alteza –susurra–. Hubo algo más.
–Dígame.
Tiembla, con el horror grabado en sus ojos.
–No eran… No eran humanos.
–Los Kilandrar –digo en voz baja–. ¿Vio alguno?
–Muchos, alteza –susurra, como si temiera invocarlos–. Creo que… todavía están aquí.
Un fuerte torbellino ruge afuera, destrozando los restos de las casas y lanzando escombros por los aires. La mujer grita y reúne a sus hijos de nuevo en el escondite. Aparto a Aren hacia los restos humeantes de la chimenea. Marcus y los demás retroceden en busca de refugio.
Me llevo un dedo a los labios al oír un siseo sordo fuera de la grieta que nos oculta a Aren y a mí.
Ella sujeta mi brazo en un silencio sepulcral.
El Kilandrar pasa muy cerca. Me obligo a permanecer inmóvil, incluso cuando los anillos vibran en señal de reconocimiento, como si llamaran a la criatura oscura.
Sé que me percibe cerca.
No puedo tener miedo, porque el Silbido se intensificará y la criatura nos verá.
Pero si me mantengo en silencio y calmo los anillos, tal vez se vaya, como lo ha hecho antes.
Quédate quieto , pienso, intento mantener el control, pero los anillos se retuercen dentro de mí, buscan la magia del Kilandrar. Están ansiosos por liberarse.
Si la criatura los detecta y los atrae, ¿me los arrancará del cuerpo y se los entregará al Usurpador?
Pero no puedo hacer otra cosa que ocultar este poder y esperar que el Kilandrar pase de largo.
Aren se acurruca contra mí, siento como la pared se calienta cada vez más a medida que el viento de la criatura aviva las brasas. El crepitar del fuego resuena a través del yeso. Deberíamos movernos, pero no podemos. Cualquier ruido llamaría su atención.
Contenemos la respiración y, por un instante, es como si el tiempo se detuviera. La criatura merodea fuera de la casa en ruinas. Su presencia es una tormenta de maldad que, con poder oscuro, intenta alcanzar los anillos.
El humo ahoga el aire mientras el Kilandrar atraviesa las ventanas rotas. Cierro los ojos porque me arden demasiado.
El Silbido amenaza con despertar dentro de mí, pero entonces Aren me toma la mano de repente. En la oscuridad, ella es mi único vínculo con el mundo.
–Todo estará bien –susurra. El sudor me cubre la frente y mi mano se siente húmeda entre el calor de la suya.
Al oír su voz, los anillos dejan de zumbar. El Silbido se calma en mi interior y puedo volver a respirar.
Poco a poco, el humo espeso se disipa, el poder se apaga y, tras un momento que parece eterno, por fin reina el silencio. La criatura se ha ido.
–Gracias –susurro.
–¿Por qué? –responde en voz baja–. No hice nada.
Niego con la cabeza, incapaz de expresar mi gratitud. Hoy necesitaba su presencia tranquilizadora, pero no puedo permitir que los Kilandrar se le acerquen tanto nunca más.
Envío a la madre y a sus hijos a la seguridad de Dunston del Norte con algunos de mis hombres. Mando a mi jinete más veloz a Lundenwic con un mensaje de máxima urgencia para mi padre y sus consejeros. Deben saber que el ejército del Usurpador ha traspasado nuestras fronteras.
Estamos en guerra.
No hay tiempo que perder. Mi padre necesita los anillos. Ahora .
Seguimos avanzando hacia Alba, alejándonos lo más posible de la carnicería en llamas. Marcus y yo coincidimos en que es demasiado arriesgado seguir viajando después del atardecer. Ahora que estamos a semanas de distancia del pueblo o puesto fronterizo más cercano, tendremos que acampar.
Encontramos un lugar cerca del río lo suficientemente grande como para acomodar un círculo de tiendas. Los soldados se apresuran a armar todo antes de que caiga la noche. Enciendo el fuego en tiempo récord, con mi ira y mi frustración alimentando las llamas.
Marcus permanece en silencio. Miro a mis hombres y me gustaría poder contarles sobre mi maldición, sobre el verdadero peligro de nuestra misión.
Todos creen que, si seguimos avanzando, las criaturas oscuras del Usurpador no volverán a encontrarnos.
No saben que robé el tesoro más preciado del reino y que los Kilandrar seguirán persiguiéndome hasta que ya no tenga los anillos conmigo.
Coloco mi tienda lejos del resto. Entro y caigo en un sueño profundo.
Estoy solo.
Mi sueño no es como los demás, pero se siente igual.
Empieza con sombras y susurros, capto un movimiento de reojo.
Algo me llama. No es un lenguaje mortal, sino los sonidos de la vida misma: el susurro de las hojas al viento, la risa que brota de unos pulmones sanos, un suspiro de placer ante una caricia, la voz que llama el ganado a casa, el último suspiro de un soldado en el campo de batalla.
Es la vida, es la muerte. Es el Silbido.
Mi reino de piedra blanca y resplandeciente, en lo alto de la montaña, está rodeado de nubes oscuras. Un poder maligno, salvaje y antiguo se agita en mi interior como un caldero en ebullición.
Me conoce.
Ve dentro de mi alma.
La tormenta aúlla como lobos hambrientos.
Los cuerpos yacen esparcidos por los campos abiertos, hombres caídos a los pies de la que una vez fue una gran ciudad.
Me inclino sobre… sobre mis amigos moribundos.
Marcus y Jared están desplomados, con los ojos abiertos y opacos y la piel grisácea por la muerte.
En el sueño, sé que usar los anillos me matará, pero no me importa. No me queda nada.
Veo a Aren tirada en el pasto, con los ojos sin vida y el cabello oscuro formando una nube alrededor de su cabeza.
Todos mis seres queridos están muertos.
Y ese vacío, ese hueco en mi corazón, se llena con el Silbido.
En esta pesadilla, como en todas, levanto los brazos y la tormenta se desata. El poder que hay en mí encuentra su hogar en el torbellino. La oscuridad ruge como una gran bestia mientras el mundo a mi alrededor explota.
Al amanecer, recojo mi tienda yo solo. Caminamos toda la mañana con el estómago vacío y los pies doloridos. Tras mi noche de insomnio, la pesadilla acechándome.
La mano de Aren roza la mía con una delicadeza infinita. Es como si percibiera mis pensamientos oscuros, casi me sobresalto.
–Lo siento –dice en voz baja.
Me cuesta calmarme, pero logro esbozar una sonrisa.
–¿Estás bien? –pregunta. Me observa con tanta dulzura, con una preocupación tan genuina, que por un momento me olvido de que en realidad no estamos comprometidos. La besaría aquí y ahora. Y no en la mejilla.
¿Puedo alegar que tenemos que aparentar delante de los hombres de Marcus?
–Sí, no hay de qué preocuparse –digo, haciendo un gesto con la mano, como restándole importancia.
Ella no insiste, me pregunto si me cree. En cambio, saca una manzana de su mochila, la lanza al aire y rebota en la punta de su codo. La atrapo rápido.
–La necesitas más que yo –bromea, sonriendo–. Estás muy delgada. Me parece que estás perdiendo un poco tu tan alabada belleza.
Me detengo y una sonrisa se dibuja en mis labios mientras la veo caminar delante de mí.
La forma en que me mira por encima del hombro, con un brillo en los ojos que antes no estaba ahí, hace que el calor suba por mi piel.
Con una mano delicada, se coloca un mechón detrás de la oreja, no puedo apartar la vista de ella.
Sin dejar de sonreír, muerdo la manzana, me limpio el jugo del mentón con el dorso de la muñeca y luego la alcanzo. Camino lo suficientemente cerca detrás de ella como para poder oler el aroma cálido de su cabello. De alguna manera, sabe cómo hacerme sentir mejor.
Pero mi soledad me persigue como una sombra. Aunque Aren parezca estar tomando confianza, no puedo dejar que se acerque demasiado, no hasta que estos malditos anillos desaparezcan de mi vida.
Mis pesadillas son un recordatorio constante de que me espera un final solitario. Quizás esto termine con Marcus extrayendo los anillos de mi cadáver para que mi padre los utilice.
Tal vez ese es el destino que merezco.
El sendero serpentea por las colinas, abriéndose paso entre los campos. Casi choco con Aren cuando se detiene de repente, justo en una curva.
Está inmóvil, con las manos cerradas en puños a los costados del cuerpo. El terror absoluto que se refleja en su rostro me deja helado.
Sigo su mirada hasta un cuerpo tendido en medio del camino. Un cadáver con cabello negro y ondulado, ojos marrones y sin vida, sangre que le gotea por la comisura de la boca. Su mano se extiende hacia nosotros como una advertencia inquietante.
Es la doble secuestrada de Aren. Lydia.
Que hayamos sobrevivido al Puente Bandai, cruzado la frontera y dejado atrás a los Kilandrar no significa que el peligro haya terminado.
El enemigo está aquí. Y está cerca.
Si la ciudad en llamas no fue advertencia suficiente, este es su grito de guerra.