Anillos del destino Capítulo 24. Dietan
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Capítulo 24. Dietan

C ruzar el puente es una pequeña victoria.

A mis enemigos les resultará más difícil seguirnos una vez que hayamos atravesado la frontera, que está bien protegida. Cuanta más distancia ponga entre Aren y sus agresores, mejor.

Los guardias loegrianos nos observan mientras nos acercamos, curiosos por ver qué almas valientes o insensatas se han atrevido a emprender el viaje.

Como se ha corrido la voz sobre el peligro, pocas personas han conseguido llegar hasta aquí cruzando el puente.

Pero la sensación de ser un héroe que regresa a casa se siente muy lejana.

Me inquieta la facilidad con la que pude invocar al Silbido y lo cerca que estuve de hacerle daño a Aren. El poder mató a ese bandido sin ningún esfuerzo. Estoy aterrorizado. Cuanto antes me quite los anillos, mejor estarán todos.

Dunston del Sur nos espera. La ciudad está rodeada de colinas cubiertas de árboles frondosos y piedras repletas de musgo.

Se extiende entre las montañas como un río serpenteante, adaptándose al curso natural de los valles.

Poleas impulsadas por caballos y bueyes se extienden como telarañas por el paisaje urbano, transportando tranvías y carretas por encima de los techos de los edificios.

Las sombras de estos artefactos se desplazan por las calles como nubes gigantes.

Espero que a Aren le agrade la ciudad. Yo estoy demasiado agotado para disfrutarla en este momento.

Los guardias nos detienen en la puerta.

–Documentos –exige el que está más cerca, extendiendo la mano con un gesto arrogante y descuidado.

–Cuida tu tono –espeta Marcus, con los nervios a flor de piel tras una noche larga–. Esta es la caravana real de Loegria.

Aun así, señala a uno de nuestros ayudantes, que revisa con torpeza los papeles, tratando de encontrar algo que lleve el sello real.

–¿Caravana real? ¿Y dónde está el carruaje del príncipe, entonces? ¿Las banderas, los caballos? –cuestiona el guardia con seriedad–. Documentos.

Marcus parece dispuesto a darle un buen golpe al tipo, pero lo detengo con un movimiento de cabeza. Me quito el sombrero y los guardias abren los ojos como platos. Soy muy parecido a como era mi padre treinta años atrás y nunca han actualizado su rostro en las monedas.

–Su alteza –balbucea, haciendo una reverencia profunda. Los que están cerca lo oyen y se apresuran a imitarlo. Recuerdo por qué estoy aquí y le tiendo la mano a Aren. Ella la toma, confundida.

–Les presento a la futura reina de Loegria, Aren de Alarice –exclamo, levantándole la mano para que la vea la multitud.

Ella se endereza, esboza una sonrisa amable y saluda tímidamente a mis súbditos. A simple vista pareciera estar perfecta, pero yo noto lo cansada que está.

El público responde con aplausos a medias y murmullos de cansancio en lugar de gritos eufóricos.

No los culpo.

–Si fuera tan amable de indicarnos dónde está la posada más cercana…

–Por supuesto, señor. Por favor, perdónenos, señor, pero fue su majestad, su padre, quien nos ordenó que no dejáramos entrar a nadie sin los documentos correspondientes, señor –se justifica el guardia, ahora arrepentido.

–Entendido –respondo, mientras el resto de los guardias se ponen en marcha.

Nos acompañan hasta la ciudad, disculpándose una y otra vez por su falta de preparación e insistiendo en que nos asignarán las mejores habitaciones de Dunston del Sur.

Aren les agradece en nombre de todo nuestro grupo.

Me siento orgulloso de lo lejos que ha llegado.

Quizá, después de todo, sea una princesa por naturaleza.

Los suspiros y murmullos nos siguen por las calles. Sonrío y saludo a mi gente lo mejor que puedo, pero el cansancio nubla mi visión.

Los guardias nos llevan a una gran posada. Detengo a la tropa, que se muestra demasiado entusiasta, antes de que se vayan.

–Si son tan amables, necesitaremos algunos caballos, provisiones y cualquier cosa que puedan prestarnos para nuestro viaje hacia el sur.

–Por supuesto, su alteza –responde el capitán–. Aunque las provisiones se están agotando, haremos todo lo posible por complacerlo.

Es justo lo que temía. La hostilidad que se avecina ya está agotando los recursos.

–Lo que puedan aportar –acepto–. Debemos llegar al Oráculo de Alba lo antes posible.

Mis palabras se sienten vacías. A pesar de la tranquilidad que cualquier mención al Oráculo parece brindarle a mi pueblo, me pregunto si vale la pena seguir con esta mentira sobre una boda cuando la guerra está pisándonos los talones.

Una vez que el capitán y sus hombres se han ido, no podemos llegar a nuestras habitaciones muy rápido.

Estamos demasiado cansados. Aren no dice nada mientras se dirige a su habitación.

Marcus se niega a descansar hasta que haya establecido un perímetro de seguridad. Todos necesitan un nuevo comienzo.

No veo la hora de que sea un nuevo día.

A pesar de estar agotado y dolorido, no consigo dormir. En lugar de eso, me siento junto a la ventana y contemplo la ciudad: hacia el sur, en dirección a Estyrion y el Gran Yermo. El cielo que se oscurece en el horizonte es como un velo que cubre la tierra.

Partimos al amanecer y nadie ha descansado lo suficiente.

Tenemos un caballo, un carruaje sencillo de madera y pocas provisiones.

El desayuno fue escaso, pero los propietarios de la posada nos aseguraron que, en el siguiente pueblo, de camino al sur, encontraremos más alimento.

La llegada masiva de refugiados de Penrith ha desbordado a Dunston del Sur y ya no hay comida suficiente para todos.

No me quejo, aunque mi estómago sí.

Camino durante horas detrás del carro con mis hombres, dejando que Aren duerma en la parte trasera del carruaje abierto, acurrucada bajo una pila de mantas. No podemos sobrecargar a nuestro único caballo.

El impacto de mis botas sobre el camino de tierra me provoca punzadas de dolor en la columna. Todavía estoy adolorido por la batalla contra los Kilandrar y los bandidos del puente. Pero no puedo detenerme. Cuanto antes lleguemos al Gran Yermo, antes podré terminar con este calvario.

Marcus camina a mi lado, con el ceño fruncido. Me ignora, con la cabeza en alto y los hombros erguidos. Odio los silencios incómodos, sobre todo cuando provienen de uno de mis mejores amigos.

–Sé que fue una tontería cruzar en ese momento. Puedes enojarte conmigo. No pasa nada.

–No estoy enojado –responde, con voz gélida–. Tú diste una orden y la cumplimos.

–Sabes que tenía que hacerlo –insisto con un suspiro y me aparto el cabello de la frente–. Esperaba que tú, precisamente tú, lo entendieras. No podíamos quedarnos allí.

–Soy muy consciente de que liderar implica tomar decisiones difíciles, pero también esperaba que tuvieras algo de sentido común en lo que respecta a tu propia seguridad.

Le prometí a tu padre que te traería de vuelta con vida.

Puede que tu madre prefiera que algún día reine la princesa real, pero no es una fanática como Namreth.

Además, tu hermana preferiría mil veces una vida de caballos y bailes antes que el peso de una corona.

Su habilidad para señalar mis defectos es casi tan buena como la de Aren.

–Lo sé, soy un idiota.

–Lejos estoy de cuestionar tus órdenes –continúa–, pero ya sabes lo que pienso de toda esta farsa.

Una misión al Gran Yermo es un deseo de muerte, diga lo que diga tu padre.

Y tú estás llevando a tu nueva prometida hacia allí.

–Sus ojos permanecen fijos en el horizonte, pero sus palabras transmiten un dolor punzante.

Seguro está imaginando lo destrozada que quedaría Sonja si le pasara algo malo a Aren.

Trago saliva para hacer desaparecer el nudo que tengo en la garganta.

–Ya has visto las torturas a las que me sometieron los cirujanos y consejeros de mi padre para intentar arreglar esto, sin ningún éxito. Esta es la única manera.

–Vi lo que hiciste en el puente. Quizá necesites práctica, en lugar de todo esto. –Señala con la mano el carro–. Ahora somos adultos, ya no somos unos niños bajo la sombra de nuestros padres.

Ojalá tuviera la mitad de su confianza. Marcus ya es un excelente general a nuestra edad, un veterano y un líder.

No un desastre como yo. Cuando el Usurpador ataque, mi padre debe ser quien lleve los anillos, no yo.

Aunque nunca los ha usado, ya que jamás ha tenido motivo para hacerlo, hasta ahora.

Las batallas que hemos tenido en el pasado las hemos ganado fácilmente, con nuestros ejércitos.

Mantengo la mirada en Aren, que duerme en la carreta delante de nosotros. Concentrarme en ella me ayuda a aliviar la tensión en la espalda.

–Está bien –dice con un suspiro–. Puede que no sepa nada de magia, pero, como tu general, te diré lo que debes hacer. Regresa a Lundenwic cuanto antes. El rey te necesita. No hay lugar más seguro para ti y para Aren.

Niego con la cabeza y noto que los hombres empiezan a mirar hacia nosotros. No pueden oírnos, pero se dan cuenta de que estamos en desacuerdo. Suponen que se trata de nuestra próxima parada, así que hablo bien alto como para que nos oigan.

–La corte está a quince días de viaje. No. Seguiremos hacia Alba para recibir la bendición del Oráculo, tal como estaba planeado.

Los hombres asienten y vuelven a murmurar entre ellos. Marcus, sin embargo, se pone tenso.

–Hay algo que no me estás contando. –Me conoce demasiado bien.

Siento una gran distancia entre nosotros, me cuesta decidir cuánto revelar.

–Tienes razón. Estoy ocultando algo –admito–. Planeo ir a Estyrion, al Gran Yermo, solo . Pero necesito que te asegures de que Aren llegue a un lugar seguro. Llévala donde quiera ir, de regreso a Evandale o a la corte.

–¿Solo? –Voltea hacia mí–. Ese nunca fue el plan. ¿Tan ansioso estás por lanzarte de cabeza al Abismo para reunirte con tus antepasados?

Cierro los ojos.

–Necesito hacer esto solo. Tienes que dejar de hacer preguntas.

–El Antiguo Estyrion está maldito. ¡No puedes enfrentarte a ese loco, al rey del Yermo, tú solo!

Una sensación de miedo me deja sin palabras. En mis pesadillas, Marcus yace muerto ante mí. Lo he matado yo con el poder del Silbido.

–Eres uno de mis mejores amigos. ¿Acaso no confías en mí?

Agacha la cabeza y da un paso atrás.

–Juré protegerte y las órdenes del rey están por encima de las tuyas. Si vas al Yermo, iré contigo, alteza.

El título toca una fibra sensible en mí. Marcus nunca lo usa cuando estamos solos.

Está bien . Si no puedo convencerlo, me escabulliré.

Me he vuelto muy bueno en eso.

Al rodear la colina, todos se detienen en seco. El carro frena con un chirrido y Aren, con los ojos entrecerrados, se incorpora entre las mantas.

El pueblo que se extiende a nuestros pies es un desastre. Todos los edificios han quedado en ruinas humeantes. El suelo está negro como el carbón y las siluetas inconfundibles de unos cuerpos salpican el césped, cadáveres carbonizados e irreconocibles.

No necesito explicaciones. Esto es obra de los asaltantes de Penrith. El ejército oscuro del Usurpador está aquí, dentro de las fronteras de Loegria.

La guerra ha llegado a mi reino.