Capítulo 23. Dietan
L os hombres encapuchados sacan cuchillos de sus capas. Destellos plateados brillan bajo la luz tenue de la luna. Antes de que nuestros soldados puedan siquiera dejar sus pertenencias y armarse, se abalanzan sobre nosotros.
Uno de los bandidos se abre paso a la fuerza, sujeta la mochila de Aren y se la arranca de los hombros. Ella grita, pero él tiene demasiada fuerza. La arrastra.
Mi corazón da un vuelco.
Corro tras ellos, con la espada desenvainada. Ya me han robado mi mochila.
–¡Aren, deja que se lo lleven! –grito, pero ella niega con la cabeza y se aferra a sus cosas incluso mientras la arrastran hacia atrás, con los talones resbalando contra el puente.
¡Qué mujer tan terca!
Maldigo a los dioses mientras corro tras ella.
La situación en el puente se vuelve caótica. Rodeado, Marcus da órdenes. Las espadas chocan mientras mis soldados luchan contra los bandidos. Uno de los ladrones me bloquea el paso, lo golpeo en el rostro con la empuñadura de mi espada. Corro tras Aren, con el corazón a mil por hora.
La encuentro luchando por retener sus pertenencias.
–¡Aren, entrega la maldita mochila! –exclamo, abriéndome paso a golpes. Admiro a regañadientes su valentía, pero desearía que cediera antes de que le hagan daño.
De repente, una espada roza mi hombro, me hace sangrar.
Volteo, con la hoja en alto. Al instante, choca contra la espada de mi atacante.
Lo empujo con todas mis fuerzas, obligándolo a retroceder hasta que tropieza y cae.
Salto por encima de él y persigo a Aren.
La están arrastrando hacia atrás, al borde del puente.
Los ladrones luchan, pero ella se niega a ceder. Lo único que los separa de las profundidades infinitas del cañón es un muro bajo. Un paso en falso, un empujón, y caerá. Pero está demasiado lejos, nunca llegaré a tiempo. No puedo pensar. Apenas puedo respirar. Entonces recuerdo que no estoy solo.
–¡Marcus! ¡Aren está en el borde! –indico a los gritos.
Un soldado me oye y corre hacia ella. En medio del caos, me doy cuenta de que los míos están ganando.
Los ladrones nos superan en número, pero no pueden competir con mis caballeros expertos, que han pasado toda su vida con una espada en la mano.
–¡Aléjense! –grita Aren. Ha sacado la sartén y la agita con furia contra los bandidos.
Al borde del precipicio, logra ahuyentar a uno de ellos.
Otro se agacha por debajo de su brazo y tira de la correa de la mochila, que se desliza, pero ella la sujeta antes de que llegue al suelo.
El ladrón la empuja hacia el borde mientras forcejea para arrebatársela.
Un empujón más y caerá.
Mi corazón se acelera con tan solo pensarlo. Me abro paso entre mis oponentes con una furia desenfrenada. Avanzo, con todas mis fuerzas, pero veo que no llegaré a tiempo. Tampoco lo hará el soldado que corre para ayudarla.
Por todos los dioses . La perderé.
Una energía brota de lo más profundo de mi ser. Siento un escalofrío mientras el Silbido cobra vida. El poder dentro de mi alma se desborda hacia afuera, una fuerza que no puedo ni controlar ni detener.
Como un látigo, azota el puente. Vuelca carros y levanta nubes de polvo hacia el cielo. La tormenta golpea al ladrón que forcejea con Aren, envuelve su torso y lo lanza por el precipicio. El hombre desaparece entre la niebla y sus gritos resuenan en la oscuridad antes de desvanecerse en la noche.
Aren se tambalea hacia delante y cae sobre los adoquines del puente.
Se derrumba de rodillas, sujetando la sartén con una mano y la mochila con la otra.
Pero el soldado que corría hacia ella no tiene tanta suerte.
Sigue atrapado en la tormenta del Silbido, gira sin control incapaz de controlar sus movimientos.
Su espada queda clavada en el muro y su cuerpo se retuerce de una forma antinatural.
De repente, se le quiebra el brazo y grita de dolor.
Antes de que el Silbido vuelva hacia mí, la tormenta lo deja con los pies colgando sobre el precipicio.
Corro hacia él, sujeto su brazo ileso y lo alejo del borde. Unas segundas manos se aferran a él. Es Aren. Al parecer está intacta, salvo por un hilo de sangre en la frente.
Tengo una sensación de alivio, mis rodillas tiemblan, pero no hay tiempo para descansar. Juntos, arrastramos al hombre hacia un lugar seguro y lo apoyamos contra el muro bajo. Tiene el brazo destrozado y la pechera muy abollada.
–¿Qué fue eso, su alteza? –pregunta él.
–Parece que fue un fuerte vendaval –respondo, con mucha culpa en el pecho. Yo le he causado esas lesiones–. ¿Qué tan grave es la herida? –No era mi intención que terminara así.
–Es probable que se haya roto una o dos costillas. Y el brazo, claro –señala Aren.
–Volveré a estar en forma en cuanto encuentre un sanador. No se preocupe por mí, señor –insiste, apretando los dientes.
–¿Y tú? –le pregunto a Aren, al darme cuenta de que sigue sujetando su sartén.
–Estoy bien –responde en voz baja. Echa un vistazo por el borde al vacío que hay debajo–. Gracias por salvarme. –Hace una pausa–. Supongo que debería haber soltado la mochila.
Estoy a punto de darle la razón cuando se me doblan las rodillas. Ella me sostiene antes de que me derrumbe.
–Es el Silbido –explico en voz baja, mareado–. Me deja exhausto.
En ese momento, llegan Marcus y el resto del grupo.
–Es extraño cómo ese vendaval apareció de la nada, señor –comenta un soldado–. Aunque nos ha venido bien.
–Muy bien, sin duda. Es probable que solo hayan sido los vientos impredecibles del cañón –miento, intercambiando una mirada cómplice con Aren.
–No volverán a intentar robarnos –afirma Marcus–, pero nos ha salido caro. A la mayoría de los ladrones los derrotamos fácilmente. Pero el resto desapareció, llevándose todas nuestras provisiones.
–Nos ha salido más caro que eso –comenta Aren, mirando el brazo roto del soldado.
Se arrodilla a mi lado. Sin pensarlo dos veces, empieza a masajear mi hombro dolorido con una mano. Su tacto es firme, pero reconfortante. Me sujeta la cabeza con la otra mano y un escalofrío recorre mi espalda. Tengo que evitar su contacto o me temo que este acuerdo comercial nunca funcionará.
–Está bien. No necesitamos provisiones –digo, poniéndome de pie. Señalo el camino que tenemos por delante–. Miren. Ya casi llegamos a Loegria. Estamos muy cerca de casa.