Anillos del destino Capítulo 22. Aren
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Capítulo 22. Aren

M arcus intenta convencernos para que no crucemos el puente. Quiere que vengan más guardias para protegernos, pero Dietan se niega. Es tan terco como una mula, pero sé que solo piensa en la guerra que se avecina. No podemos perder ni un minuto más.

El general no tiene más remedio que seguir las órdenes de Dietan.

Juntos, deciden que será más seguro enviar el carruaje y los caballos de regreso a Evandale con parte del séquito, mientras nosotros cruzamos el puente por la noche.

Los viajeros a pie seguro llaman menos la atención.

Sin mencionar que, en caso de que haya problemas, el coche pesado no nos retrasará.

Cuando suena la campana que anuncia el atardecer, me echo la mochila al hombro. Veo que Dietan guarda el anillo de sello en su bolsillo para mantenerlo a salvo. No debemos exhibir nada que pueda tentar a un ladrón... o a un asesino.

Estoy nerviosa, pero hago todo lo posible por no demostrarlo. Esto es una aventura y pienso vivirla como tal. Recojo mi cabello bajo el sombrero, me arreglo las mangas y camino hacia las afueras de la ciudad con el resto del grupo.

Marcus les ordena a sus hombres que mantengan las armas en la cintura y bajo la camisa, para que el destello del metal no se vea bajo la luz de las estrellas.

Dietan guarda la suya debajo del abrigo y se enfunda el cuchillo en la parte baja de la espalda.

Yo solo tengo mi sartén, que está bien guardada entre mis pertenencias.

Incluso sin el cochero, el valet y los ayudantes, nuestro grupo es más numeroso que la mayoría de los que están aquí. Somos diez en total. Pero nos movemos rápido y en silencio por la oscuridad.

–Déjame llevar eso –me pide Dietan, acercándose para quitarme la mochila de la espalda.

–Gracias, qué príncipe amable, pero prefiero llevarla yo –respondo, mientras la alejo de él.

–Detesto que me llames así.

–Lo siento, su majestad –digo con tono burlón.

–Tengo un nombre, ¿sabes? –responde poniendo los ojos en blanco.

–Sí, no paras de recordármelo.

Al menos ya volvemos a bromear. Se siente… bien. He estado tan enojada. ¿Cómo puede dejar a Lydia ahí afuera sola? Deberíamos estar buscándola. Sé que dice que mi seguridad es su prioridad, pero ¿acaso ella no le importa en lo más mínimo?

Sabía que los riesgos serían grandes cuando acepté este viaje, pero se siente aún más peligroso ahora que estamos cruzando la frontera alariciana en la oscuridad.

Todavía hay una gran multitud abriéndose paso a empujones hacia el puente.

Si los años en la taberna me enseñaron algo, es que la desesperación hace que la gente haga cosas peligrosas.

Siento como mi corazón late fuerte mientras avanzamos hacia las puertas de la ciudad que dan al puente.

No hay guardias, me parece sospechoso. Una reja enorme de hierro forjado nos bloquea el paso.

Sobre las puertas cuelgan letreros torcidos que advierten el cierre del puente y avisan a quienes entran de que lo hacen bajo su propia responsabilidad.

Sigo a Dietan y me abro paso por un hueco entre los barrotes.

Los demás hacen lo mismo y nos adentramos en el puente.

Por órdenes de Marcus, nadie habla mientras nos unimos a la fila de gente que sale arrastrando los pies de la ciudad. “Con la cabeza gacha, pero manténganse alertas”, había dicho.

Observo el flujo de viajeros que se mueve a nuestro alrededor.

A medida que las luces de las puertas de la ciudad se desvanecen, las sombras en el puente se alargan.

No puedo evitar imaginar a los Kilandrar por todas partes, el miedo se apodera de mí.

Pronto, solo habrá oscuridad y el destello ocasional de la luz de las antorchas que sostienen los demás viajeros. Obligo a mis pies a seguir moviéndose.

El puente es, sin duda, la vía más ancha que he visto en mi vida.

Sin embargo, siento una opresión fuerte en el pecho, como si tuviera claustrofobia, porque las torres a ambos lados del camino proyectan sombras profundas sobre nosotros.

Todas las ventanas están a oscuras, los puestos de los comerciantes tienen las persianas bajas y lo único que se oye es el aullido inquietante del viento.

Estamos caminando sobre una de las maravillas de la ciencia y la magia. Pero ahora se siente como una arteria abarrotada de sufrimiento humano. Nos vemos arrastrados junto a almas desesperadas que huyen de una guerra de la que, hace una semana, apenas sabía que existía.

De repente, me cuesta respirar. Siento que Dietan camina unos pasos detrás de mí, necesito que me tranquilice. Sin pensarlo, extiendo la mano hacia atrás para tocar la suya. Nuestros dedos se rozan con suavidad, confirmando que, efectivamente, está ahí para mí.

Aceleramos el paso, manteniéndonos lo más cerca posible del borde de la carretera para pasar bien desapercibidos.

Mi corazón galopa mientras observo el puente, estudio a cada viajero y a cada sombra.

Estoy atenta a cualquier señal de peligro, pero lo único que escucho son nuestros propios pasos y el murmullo de la gente.

Los minutos se convierten en horas. La multitud se dispersa cuando una sombra se proyecta en la carretera que tenemos adelante. Un carro de madera yace boca abajo en el camino. Está rodeado de cajas y equipaje, como si lo hubieran abandonado rápido.

Una voz en mi cabeza me indica que esto no es lo que parece.

Creo que podría tratarse de un obstáculo deliberado, pensado para ralentizarnos y convertirnos en blancos fáciles.

La mayoría de los demás viajeros voltean al ver la escena y regresan a Alarice. Los pocos que siguen adelante se mantienen a buena distancia del carro, como si fuera a cobrar vida y atacarlos.

Marcus y sus soldados no quitan la vista de las sombras, donde podrían esconderse bandidos. Rodeamos el puesto de control sin incidentes.

La ansiedad me deja un sabor metálico en la boca.

O tal vez sea solo porque me estoy mordisqueando la mejilla de los nervios.

–Ya estamos a mitad de camino –anuncia Marcus, apareciendo de repente a mi lado. Me sobresalto. Es sigiloso como un gato–. Mantente alerta –agrega.

–¿Acaso no lo estoy? –pregunto, intentando esbozar una sonrisa.

–Mi trabajo es asegurarme de que no te relajes demasiado. Mantén los ojos abiertos.

Miro hacia atrás, hacia Dietan. Él solo asiente con la cabeza, asegurándome que todo saldrá bien. Al menos hemos llegado hasta aquí.

Hacemos una pausa para descansar un rato. Reparten pan y agua. Lo que daría ahora mismo por estar en mi cocina y poder comer algo caliente.

Ninguno de nosotros se molesta en sentarse. Nos acurrucamos juntos al costado del camino, con nuestras pertenencias entre los pies mientras formamos un círculo apretado.

Dietan parte su pan por la mitad y me da un trozo. Esbozo una sonrisa y le agradezco.

–Ven aquí, mira esto. –Señala un hueco entre las torres, desde donde se ve una franja del cañón a nuestros pies.

Con la llegada del amanecer, lo que durante la noche parecía un río de sombras se convierte en una cinta sutil de color rosa y oro.

Las rocas de abajo brillan como la luz de las estrellas, con sus caras tan afiladas y hermosas como diamantes.

El viento golpea el cañón en diagonal y envía una música inquietante por las paredes rocosas, como si soplara en el borde de una botella, como si el mismísimo mundo estuviera cantando.

Siento como los rayos del sol calientan mi rostro y no puedo evitar soltar un pequeño grito de asombro al contemplar el paisaje.

Es lo más hermoso que he visto en mi vida.

–No está mal para un viaje que nos ha llevado al borde de la muerte –dice Dietan, mirándome con una sonrisa suave que acelera mi corazón. La luz brillante del amanecer se refleja en los rasgos perfectos del príncipe, iluminándolo con una luz casi sobrenatural. Su belleza me vuelve loca.

El viento me suelta un mechón de cabello y lo lleva hacia mi rostro. Él extiende la mano para apartármelo cuando, de repente, se oye el grito de una mujer más adelante.

–¡Ladrones! ¡Me han robado el monedero!

Por instinto, lleva su mano a la parte baja de la espalda, donde lleva el cuchillo. Me invade una sensación de decepción.

–No deberíamos quedarnos aquí –nos advierte Marcus mientras se acerca rápido a nosotros–. Prepárense para partir.

Echo un último vistazo al paisaje. Me quedo hipnotizada por la belleza conjunta del cañón y Dietan. Hago una promesa en silencio: cuando las cosas mejoren, volveré aquí para ver el amanecer otra vez. Quizá con el príncipe a mi lado…

Pero entonces recuerdo que no debo hacerme ilusiones. Solo está fingiendo que le importo. Ese era el trato.

Después de varias horas sin interrupciones, algo me golpea en la parte trasera de las rodillas.

Es una pelota roja.

Dos niños con cabello revuelto y ropa rasgada la persiguen entre la multitud. Se ríen y caminan entre los viajeros. Incluso aquí, con la guerra tan cerca, estas criaturas han encontrado un momento de alegría.

Dietan recoge la pelota y se la entrega al más pequeño, que se ríe mostrando sus dientes separados. No recuerdo haber estado nunca tan despreocupada.

–Gracias, señor –dice el pequeño, dando una vuelta rápida alrededor del príncipe.

Un movimiento fugaz llama mi atención: la mano del niño se extiende hacia la daga de Dietan y la saca de su vaina. Pero él es demasiado rápido. Gira, veloz como un rayo, sujeta la muñeca del pequeño y recupera la hoja.

–Buen intento.

–No sé a qué se refiere, señor –responde el niño, resoplando.

–Tendrás que ser más rápido si quieres robarme. –Dietan lo suelta y el chico sale corriendo.

–Qué hábil –afirmo, genuinamente impresionada por sus reflejos felinos–. Se movía rápido, pero tú reaccionaste antes.

–No soy tan inútil. –Me devuelve la sonrisa y guarda la daga en su funda.

–Supongo que ese chico no es el único ladrón aquí. –Marcus se acerca a nosotros y echa un vistazo a nuestro séquito.

Todo lo que tenemos lo llevamos atado a la espalda o colgado del hombro.

Los soldados nos rodean a Dietan y a mí, mientras dos filas de guardias cierran la marcha a nuestras espaldas. A los ladrones les resultará más difícil atacarnos si nos movemos rápido. Marcus va primero, abriéndose paso entre la multitud con los codos y su presencia imponente.

El sol traza un arco en el cielo. El puente enorme se extiende sin fin hacia la bruma.

La niebla se espesa, oculta todo lo que hay más allá del soldado que tengo delante. Por un instante, pierdo de vista a nuestro grupo y mi corazón se acelera. Cuando la bruma se disipa, los veo a mi lado y me siento aliviada.

Caminamos un día más mientras el cielo se tiñe de púrpura de nuevo. La multitud se ralentiza, atascando el camino.

–Todos se están preparando para pasar la noche –comento. Me duelen los pies y estoy agotada. Ni Shephard Belmis consiguió dejarme así alguna vez.

Los viajeros arman sus tiendas en la carretera y cubren los carros con lonas para crear refugios. Mientras nos abrimos paso entre la multitud, nos vemos apretujados contra los demás que ya han decidido pasar la noche y ocupan lugar para acampar.

–¿Deberíamos detenernos? –pregunta Marcus–. ¿Formar un círculo con nuestros hombres y atrincherarnos para pasar la noche?

–No –responde Dietan con firmeza–. Todavía no. Hay mucha gente. Demasiados ojos mirándonos. –Señala un tramo más alejado del puente. Espero que mis piernas no me fallen antes de llegar allí.

Marcus da órdenes y los soldados siguen avanzando a regañadientes.

A medida que el cielo se oscurece, los refugios improvisados y los cuerpos dormidos en el camino nos hacen avanzar a paso de tortuga. Solo un trozo de la luna ilumina nuestro camino y la niebla se hace más densa. Apenas podemos ver lo que tenemos delante.

Unos hombres de aspecto rudo merodean al borde del camino, observan a los viajeros que pasan. Se los señalo a Marcus.

–¿Espías? –pregunto en voz baja–. ¿O vigilancia?

–Probablemente ambos –responde–. Mejor aceleremos el paso y sigamos adelante.

Les hace señas a los soldados para que se apresuren, pero es casi imposible.

El camino está obstruido por fogatas, tiendas de campaña y carretas. Nos abrimos paso entre grupos de viajeros acurrucados alrededor de sus fogones, con las capuchas bien ajustadas. Caminamos con cuidado entre los que duermen.

De repente, un par de viajeros se ponen de pie.

–Siento mucho haberlos molestado –comienzo a decir, pero entonces veo un destello de metal.

Estos hombres están armados.

Es una emboscada.