Capítulo 21. Dietan #3
Llamarlo puente sería como llamar palillo a un tronco.
Esa palabra no hace justicia a la inmensidad de esta vía de comunicación gigante.
El Puente de Bandai se extiende a través de un cañón vasto y desolado entre los dos continentes y es tan ancho como la metrópolis a sus pies.
Es una reliquia de la Primera Era, una estructura hecha de piedra y magia, un testimonio del poder de la hechicera Skiron.
Ella controlaba los vientos, doblegando la tierra a su voluntad.
Fue su inmenso poder lo que Bóreas el Incrédulo estudió y heredó.
Los embotellamientos son habituales en el puente, pero nunca había visto tanta gente. Hay el doble de personas que cuando pasamos por aquí al inicio de mi búsqueda de novia. Abro la otra ventana mientras Marcus se acerca, adaptando su paso al ritmo lento del carruaje.
–No me gusta cómo se ve esto –dice Marcus–.
Algunos de los guardias han oído que los cambios en el programa de reasentamiento de refugiados están causando problemas.
Hay un atasco en la frontera porque la gente se apresura a cruzar antes de que entren en vigencia las nuevas leyes.
Aunque tú lo sabes mejor que yo. Yo no asisto a esas reuniones.
Miro de reojo a Aren, que desvía la mirada, pero es evidente que está escuchando con interés.
–Algunos de los consejeros de mi padre han estado pidiendo más precaución, ya que creen que el Usurpador podría haber infiltrado espías y saboteadores entre los refugiados.
Antes de comenzar este viaje, el rey se mostraba a favor de mantener el nivel actual de reasentamiento, aunque lejos de la frontera.
No he tenido noticias de que haya cambiado de opinión.
Marcus luce sombrío.
–Algunos de los vendedores en el camino están reportando ataques contra aldeas al sur de Loegria.
Y hubo uno en el puente mismo hace menos de dos días.
Los bandidos asaltaron y mataron a un par de viajeros.
Toda la ciudad está alerta hasta que puedan averiguar qué sucedió.
Si es obra de Penrith, lo cual parece probable, no me sorprende el cambio en la política.
Si Penrith ya está atacando las aldeas loegrianas, entonces la guerra está a la vuelta de la esquina.
Marcus interrumpe mis pensamientos con su sentido común tan habitual.
–Por ahora, vamos a conseguirte a ti y a Aren ropa menos llamativa. No podemos hacer nada con respecto al carruaje en sí, pero vamos a quitar el estandarte y a cubrirlo con una tela lisa.
Mi lacayo se acerca a la ventana con una chaqueta de cuero gastada y un gorro.
–Quédate aquí –indica Marcus–. Algunos de nosotros vamos a ver qué está pasando. Volveremos antes de que se ponga el sol.
Aren se ve un poco triste mientras se quita el abrigo que le hice y lo deja en el asiento entre nosotros.
Mi ayudante le entrega una de mis chaquetas de cuero.
Ella se la coloca sin protestar y se recoge el cabello bajo un gorro.
Luce como cualquier otro viajero que recorre la ciudad.
No parece una princesa. Si los secuestradores de Puerto Tyralis siguen tras nosotros, les costará más identificarla entre la multitud.
Se mezclará con todos los demás. Pero esos ojos tan llamativos que tiene la harían destacar en cualquier lugar.
Me llama la atención el hecho de que la reconocería entre una multitud sin importar lo que llevara puesto. Ahora estoy conectado con ella de una forma en la que nunca he estado con ninguna mujer.
–Te queda bien mi chaqueta –afirmo, sintiendo un calor por todo el cuerpo al verla con mi ropa. Se ve diminuta dentro de esa prenda tan grande. Me imagino quitándosela con mis propias manos y siento una presión en mis pantalones.
–Tú tampoco te ves nada mal –responde, tocándose el sombrero y esbozando una sonrisa–, para ser un campesino desaliñado. –Me doy cuenta de que tiene miedo, pero está sacándole lo mejor a la situación. Sin pensarlo, sujeto su mano y la aprieto.
Ella me devuelve el apretón y no me suelta. Siento una oleada de calor por dentro.
–Lamento que esto no sea exactamente el viaje que esperabas.
–Estamos más lejos de Evandale de lo que jamás he estado –responde.
–Con un poco de suerte, llegarás hasta Lundenwic.
Suelta mi mano y me doy cuenta de lo que he dicho. En la comodidad del carruaje, me dejé llevar por un momento e imaginé que era una princesa de verdad en Lundenwic. Olvidé que solo lo hace por la aventura y el oro. Y para ayudarme a salvar el reino. En realidad, no quiere casarse conmigo.
–No hay otro camino a Loegria, ¿verdad? –pregunta, cambiando de tema.
–No. Las rocas del cañón son tan afiladas como navajas y el viento allá abajo podría arrancarte la piel. Por eso los bandidos atacaron el puente. Es el único enlace entre los dos reinos.
Aquí hay algo más que simples ladrones, por mucho que las autoridades locales sigan insistiendo en lo contrario para evitar el pánico. Esto parece una conspiración de Penrith. El Usurpador está aislando a Alarice de Loegria, divide los dos reinos como primer paso de su conquista.
–Si no podemos cruzar, quedaremos atrapados aquí, como todos los demás –digo, apretando los puños.
–¿Qué haremos?
–Encontraremos la manera de cruzar ese maldito puente.