Capítulo 21. Dietan #2
–¿Crees que el hecho de conocerte primero le quitaría a alguien las ganas de matarte? –pregunta con total seriedad.
Dudo antes de responder y, entonces, Aren suelta una carcajada.
–Estoy bromeando –agrega entre risas.
Yo también me río, aliviado de que sea una broma y de que esté de tan buen humor como para reírse de mí. Siento una pizca de satisfacción.
–Entiendo a lo que te refieres –respondo, pero el momento divertido se acaba.
Señalo a nuestro alrededor, al carruaje y a mí mismo–.
Ser príncipe significa que la gente quiere hacerme daño a mí y a los que amo.
–Hago un gesto de dolor ante mi elección de palabras.
No la amo, ¿verdad?–. Así son las cosas.
Lo he aceptado porque no puedo cambiar quién soy.
Me mira, con los ojos de nuevo vidriosos. Siento un nudo en el estómago al ver el dolor en su mirada, aparto la vista.
–Nunca se vuelve más fácil. Saber que la gente puede salir lastimada solo por estar a mi lado, solo porque su trabajo es protegerme. No me parece justo y siento que jamás podré devolverles todo lo que hacen por mí.
Aren deja escapar una lágrima solitaria. Finjo no darme cuenta y me retuerzo en mi asiento, con la boca seca de repente.
Es un gran consuelo compartir mi angustia y mi culpa, pero no soporto la situación. No quiero que se sienta mal. Me gustaría compartir todo con ella, pero no puedo.
–Te lo digo por experiencia. Tienes derecho a llorar la pérdida, pero también a seguir viviendo. –Mis palabras flotan en el aire, mientras nos balanceamos al ritmo del traqueteo del carruaje.
Durante un rato largo, Aren no dice nada, yo tampoco espero que lo haga.
Vuelve a mirar por la ventana, hacia los campos que se extienden ante nosotros.
No sé si lo que dije habrá servido de algo, pero espero haberla invitado a entrar, a ser parte de mi círculo cercano.
Hace ya mucho tiempo que no soy sincero con nadie, ni siquiera conmigo mismo.
El simple hecho de hablar del tema me hace sentir como si me hubieran quitado un peso de encima.
A medida que pasan las horas, para mi sorpresa, ella se inclina hacia mí y apoya la cabeza en mi hombro.
Es cálida y suave, no me atrevo a moverme.
Apenas respiro mientras se acurruca contra mí y por fin se queda dormida, con la respiración cada vez más suave.
Está agotada. Ambos lo estamos, pero yo no duermo.
Su cabello huele a azahar, me recuerda a la primera vez que intenté besarla, aquel día en Elspeth, la primera vez que toqué su piel. Se me escapa una sonrisa porque es un recuerdo lindo.
Aren duerme casi todo el trayecto, con la cabeza apoyada en mi hombro.
Solo se mueve cuando el carruaje reduce la velocidad.
Abre los ojos y parpadea, se estira y bosteza al despertarse.
Llevo horas sin moverme. Me duele un poco el hombro, así que lo muevo despacio para aliviar la tensión muscular.
Ella mira a su alrededor, como si no supiera muy bien dónde está, antes de volver a asomarse por la ventana.
Afuera, los viajeros pasan junto a nosotros, caminando en la dirección contraria.
Van encorvados, agobiados por el peso de sus maletas pesadas.
Muchos arrastran carretillas o van a pie guiando a sus caballos.
La mayoría parecen ser refugiados de Penrith.
Muchos han huido desde que el Usurpador tomó el poder, lo que amenaza con desbordar el programa de reasentamiento que establecieron los administradores de mi abuelo.
–¿Ya casi llegamos al puente de Loegria? –pregunta ella, girando la cabeza para mirar a los que pasan.
–Creo que sí. –Muevo el hombro para estirarlo. El aroma de Aren aún perdura en mi camisa, me gusta. Me hace sentir que no estoy solo.
El camino empieza a llenarse de gente y el carruaje reduce la velocidad hasta casi detenerse en medio del caos.
Algunas miradas curiosas se dirigen hacia nosotros, pero la mayoría mantiene la cabeza gacha, sin interés alguno por el coche real y su séquito.
Esto es algo más que el embotellamiento habitual.
De forma instintiva, llevo la mano al cuchillo que siempre llevo enfundado en mi cadera.
Por fin llegamos a Dunston del Norte, el puesto fronterizo alariciano más cercano a Loegria.
La ciudad surgió hace generaciones a los pies del puente que une ambos reinos.
Su grandiosidad es una distracción agradable que capta la atención de Aren.
Ella se asoma por la ventana para contemplar el extenso paisaje urbano que se extiende ante nosotros.
Al llegar a la cima de una colina, hago señas para que el carruaje se detenga antes de descender por la suave pendiente hacia la ciudad, para que Aren pueda disfrutar de la vista.
Se asoma por la ventana con los ojos muy abiertos, sorprendida. Una sonrisa se dibuja en su rostro. Me alegra verla feliz de nuevo.
Dunston del Norte da la impresión de haber surgido de la tierra misma. Sus torres se elevan hacia el cielo azul como largas briznas de hierba gris. El viento atraviesa la ciudad, banderas de colores ondean al soplo de la brisa. Siento como el aire gélido pincha mi piel.
La ciudad comenzó como un pequeño puesto para los viajeros que transitaban entre los dos reinos.
Con el paso de los años, se expandió muy rápido.
Las chozas y los caminos de tierra dieron paso a edificios de ladrillo y calles empedradas.
Dunston del Norte se convirtió en una ciudad de verdad, con las últimas maravillas modernas de la capital.
–Se esperan demoras en el puente debido al cierre. No se recomienda viajar a menos que sea necesario –grita un soldado alariciano desde afuera del carruaje.
Dinos algo que no sepamos .