Anillos del destino Capítulo 21. Dietan
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Capítulo 21. Dietan

M e alegra tener que empacar rápidamente, es una distracción.

Aprieto la mandíbula y espero que Lydia haya podido defenderse de ellos.

Ella no se merecía esto. Rezo por su regreso, aunque sé que es poco probable.

O está muerta o tuvo que recurrir al veneno que todos los guardias reales llevan encima por si acaso.

Aren mencionó que había opciones menos dolorosas cuando le informé de esta política, pero Marcus prioriza la rapidez y la eficacia.

Quizás Aren y yo implementemos algunos cambios cuando todo esto termine.

Pero, claro, ya no habrá ningún “Aren y yo” una vez que esto termine. Tengo que recordarme a mí mismo una vez más que todo esto está armado.

Marcus envió a dos de sus mejores soldados a buscar a Lydia, pero el resto debe estar en camino.

Nuestra prioridad es alejarla del peligro lo más rápido posible.

Guardamos rápido nuestras pertenencias y provisiones y cargamos todo en el carruaje.

Al amanecer, alimentamos a los caballos y terminamos de prepararnos para partir.

Para cuando los primeros rayos del sol asoman por encima de las colinas lejanas, nuestra caravana real ya está de nuevo en marcha.

En vez de viajar en grupo como lo hemos hecho hasta ahora, Marcus ha establecido un perímetro a nuestro alrededor. Unos cuantos hombres van por delante como exploradores y varios guardias nos siguen por detrás para avisarnos de cualquier señal de peligro.

Me subo al carruaje y tomo asiento frente a Aren, que está de espaldas a la ventana, su rostro pálido contrasta con el resplandor de la luz matutina.

Observa el paisaje, pero es evidente que sus pensamientos están en otra parte.

Sus ojos, reflejados en el cristal, están vidriosos, con la mirada perdida a miles de kilómetros de distancia.

Por supuesto que se culpa a sí misma por el secuestro de Lydia. Por más que le asegure que no fue su culpa, que podría estar muerta si hubiera estado ahí, no sirve de nada. Agradezco que Aren se escabullera y no estuviera en su cama anoche. No podría soportar que le ocurriera algo.

No puedo seguir así.

A Marcus le preocupa que quienquiera que haya hecho esto se dé cuenta pronto de que ha capturado a la persona equivocada. Y que regrese para terminar el trabajo. Además, los Kilandrar siguen al acecho, buscándome.

Contemplo el cabello negro, espeso y ondulado de Aren, la curva suave de su mejilla cuando la veo de perfil, sus dedos delgados sosteniendo su mentón. Me inclino hacia ella y carraspeo.

Levanta la vista, con lágrimas en los ojos.

–Mira, he tomado una decisión –le digo–. Esto se ha vuelto demasiado peligroso para ti. No puedo dejar que sigas. Fue egoísta y estúpido de mi parte –agrego, sintiéndome fatal. Soy el peor. ¿Por qué permití que venga conmigo en primer lugar?

Me mira sorprendida.

–Lo que intento decirte es que… no puedes quedarte conmigo. Tienes que irte, por tu propia seguridad. –Ahora entiendo que mi plan fue una auténtica locura desde el principio, pero siento la necesidad de dar explicaciones.

»Con la guerra que se avecina, había olvidado que mis enemigos no son solo el Usurpador y los Kilandrar.

Por lo que he aprendido durante todos estos años, sé que, además de quienes secuestran miembros de la realeza para pedir rescate, también existen quienes desean ver fracasar el tratado entre Alarice y Loegria.

Quienes no están dispuestos a aceptarme como el heredero de mi abuelo y su futuro rey.

Mi primo, el duque de Lancaster, por ejemplo, y mi propio tío abuelo, el príncipe Namreth, por nombrar a otro.

»Namreth ha estado enviando asesinos para matarme desde que me nombraron heredero.

»Ah, sí. Una familia encantadora. Muchos parientes desean verme muerto.

»Pero él es un tradicionalista muy firme con respecto a la sucesión por línea masculina, en especial porque lo beneficia.

Desde su destierro, nadie ha vuelto a verlo.

Su último paradero conocido fue algún lugar de Penrith, pero ahí se pierde el rastro.

Los espías de mi padre siguen intentando encontrarlo para impedir que cause problemas.

Niego con la cabeza. Intento no pensar en lo que pasaría si los secuestradores lograran capturar a Aren.

No representan una amenaza real para mi fortuna ni para mi derecho de nacimiento, pero pueden hacerme daño.

Pueden quitarme lo único que, supuestamente, más me importa: mi hermosa e inocente novia.

Por todos los dioses, ¿qué he hecho? ¿En qué estaba pensando?

¿por qué la convertí en el blanco perfecto?

–¿Me enviarás lejos? –pregunta ella, sorprendida–. ¿Después de todo esto? ¿Y qué pasa con tu… problema?

–Ya lo resolveré, pero tú debes irte –continúo, sintiéndome tan miserable–. Mi madre tiene razón. Después de todo, soy un cobarde y un tonto.

–No me quieres aquí, ¿verdad? Solo soy un estorbo. Sé manejar una sartén, pero no soy una guerrera, no soy Lydia.

–No… –digo, sacudiendo la cabeza–. Es una carga demasiado pesada para cualquiera. Debería haber encontrado otra manera. Nunca debí haberte dejado salir de Evandale conmigo.

–Bueno, ya es demasiado tarde. Estoy aquí y no me iré a ninguna parte –afirma, y se sienta con la espalda recta como una tabla, con los ojos llenos de furia.

Quería consolarla con mis palabras, pero, en cambio, la he molestado.

–Di la verdad. No soportas mi compañía, por mi culpa has perdido a una guerrera muy valiosa y ahora intentas deshacerte de mí para que nadie más muera protegiéndome –acusa.

–¡No! ¡No es eso en absoluto! Es que es demasiado peligroso. –¿Deshacerme de ella? Intento salvarle la vida. ¿Por qué no puede entenderlo?

–Sabías que sería peligroso cuando me lo pediste –me recuerda, con los ojos entrecerrados–. Y luchamos juntos contra los Kilandrar, ¿recuerdas? Sé que es peligroso.

–Pero es más peligroso de lo que esperábamos –respondo, cada vez más desesperado por hacerla entrar en razón.

–Qué pena. No iré a ningún lado. Yo también tengo gente a quien proteger del Usurpador.

Suelto un suspiro de fastidio, impresionado por su determinación.

–Por favor, no compliques más las cosas.

–No me iré. Fin de la discusión. –Resopla y cruza los brazos.

Aparto la mirada y decido no insistir por ahora. Pero ¿acaso no quiere vivir para asistir a la boda de su hermana? ¿Por qué no me escucha?

Ojalá supiera cómo hacerla sentir mejor, aunque no pueda hacerle entender por qué debe volver a casa.

Un hombre decente debería ser capaz de reunir el valor para acercarse a ella y tomarle la mano.

Quiero tocarla para que no se sienta tan sola, tan abandonada.

Pero mis manos permanecen firmes debajo de mis axilas.

Me he acostumbrado a abrazarla en público, pero siempre ha sido para aparentar...

Sin embargo, ese abrazo de hace un rato en la posada… Eso no fue para aparentar.

Más allá de la imagen que proyectamos al mundo, la verdad es que somos socios, nada más. Tocarla ahora, en la intimidad del carruaje, me parece que sería ir demasiado lejos.

Podría preguntarle si quiere que la consuele, pero no estoy seguro de querer escuchar su respuesta.

¿Y si dice que no? El rechazo haría que el resto del viaje sea insoportable.

Ya ha dejado claro que, en el mejor de los casos, no soy más que un idiota arrogante, a pesar de su preocupación esta mañana.

Así que dejo mis manos donde están.

Ella no dice nada.

Su silencio poco a poco me vuelve loco. Quiero animarla, distraerla, tal vez contarle un chiste malo y que ponga los ojos en blanco. No se me ocurre nada.

El paisaje pasa rápido al otro lado de la ventana y la tensión se vuelve insoportable. Cuando ya no puedo aguantarlo más, cruzo el carruaje y me siento a su lado. No nos tocamos. Solo quiero demostrarle que estoy aquí.

Me lanza una mirada breve y, por suerte, no se mueve. Vuelve a mirar hacia la ventana. Yo levanto la vista hacia el techo, busco las palabras adecuadas. Sé que no soy bueno para consolar a los demás.

–Te estás castigando por lo que pasó –digo.

–Es mi culpa, ¿verdad? ¿Por haberme escapado?

Por un momento, la mujer fuerte y testaruda que conozco suena tan infantil que tengo que contener una sonrisa totalmente inapropiada.

–No es así. Créeme, yo lo sé bien. Desde que tengo memoria han intentado asesinarme. Culparte a ti misma por el daño colateral nunca es la respuesta.

Permanece inmóvil, con una mano aferrada al dobladillo del precioso abrigo que le había regalado.

–No soy como tú –indica con voz ronca–. En realidad, no soy una princesa. No quiero que la gente sufra por mi culpa.

Sus palabras duelen. Yo no pedí esta vida. Pero ella tampoco. No está acostumbrada. La presión, las expectativas, la atención (tanto buena como mala).

–Estoy de acuerdo. Es más, siempre he odiado ser de la realeza –respondo. Es un alivio admitirlo en voz alta.

Qué mejor que ser como uno de mis primos lejanos: un baronet feliz en el campo, cuyas únicas preocupaciones son sus ovejas y mantener contenta a su familia. Probablemente en ese orden. A él incluso le permitieron elegir con quién casarse. Sin tratados que negociar ni reinos que unir.

Más que nunca, me alegro de haber elegido a Aren. Ella no ha bajado los brazos en ningún momento.

Pero debo dejarla ir. Es la única forma de mantenerla a salvo.

–Mentira –dice con tono burlón.

–Verdad –respondo–. Ser príncipe es una carga.

–Eres un mentiroso –insiste, pero al menos esboza una sonrisa pequeña–. ¿Tú? ¿Renunciar a tus sirvientes y a tu ropa elegante? Por favor.

Frunzo el ceño. No sé si está bromeando.

¿Será eso lo único que piensa? Creí haber mejorado un poco su opinión sobre mí.

Aun así, continúo: –Sé que no me crees, pero estoy diciendo la verdad.

Renunciaría a todo para no tener que vivir con el peso de que hay tanta gente en el mundo que podría morir por mi culpa o que me quiere muerto. Y ni siquiera me han conocido primero.