Anillos del destino Capítulo 18. Aren #3
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Capítulo 18. Aren #3

–Es un ritual para proteger a los viajeros –susurra Dietan. Me sorprende, aunque a regañadientes, lo bien que conoce las costumbres de todo Alarice–. Se supone que tiene la capacidad de guiar tus pies para que siempre encuentren el camino que necesitas.

–Y a tu cabeza el sentido común para saber que lo has encontrado –añade la mujer, señalando su propia frente. Sonríe y luego se marcha.

–Adelante –indica Dietan cuando por fin nos quedamos solos.

Sumerjo los pies en la bañera y suspiro de placer.

»No está tan mal ser de la realeza, ¿no? –pregunta, mientras introduce los pies también–. Son las ventajas del oficio.

–¿Para nosotros? Ah, es genial. Pero esas pobres mujeres seguro se han pasado todo el día preparándose para nuestra llegada. ¿Alguna vez has pensado en eso?

–Bueno, la verdad es que no –responde con indiferencia.

–¿De verdad? ¿No crees que tienen otras responsabilidades? ¿Cosas más importantes que hacer? ¿Algo que les permita llevar comida a la mesa, en lugar de... esto? –Señalo con la mano hacia el baño de pies.

–Supongo que no lo había pensado de esa manera –responde.

–Quizá deberías hacerlo. ¿Estamos pagando por esta pequeña bendición?

El príncipe no sabe qué responder y se rasca el mentón.

–Me encargaré de que todas reciban una buena compensación.

–Sí, hazlo.

Cuando terminamos, él me entrega una toalla.

Seco mis pies y me levanto. La suite es más grande que mi habitación y la de las gemelas juntas.

Sobre una mesa situada junto a la pared del fondo hay varios alimentos: embutidos, queso y fruta.

Estoy sorprendida, pensaba que habría un banquete como el de Evandale, donde tendríamos que montar un espectáculo.

Agradezco poder comer en privado. No hay cocina ni tiempo para preparar una comida caliente como se debe, así que las trufas tendrán que esperar.

Observo la cama de nuevo y siento que se me enrojecen las mejillas, están tan calientes como el agua del baño. ¿Él dormirá aquí? ¿Espera que sigamos con esta farsa incluso en privado? ¿En qué me metí exactamente?

Dietan está terminando de secarse los pies cuando se da cuenta de que estoy ahí parada como un tronco. Una cortina de cabello rubio le cae sobre los ojos, lo que le da un aspecto aún más juvenil.

–Si hubiera sabido que bastaba con besarte para que te callaras, lo habría hecho antes.

–Ja –digo, mientras juego con un mechón de cabello que se me ha salido del rodete. Saber que se dio cuenta de cómo me quedé paralizada ante su tacto me pone más nerviosa.

–¿De verdad me odias tanto que ni siquiera puedes fingir que me besas? –dice, frunciendo el ceño.

Aprieto los puños, molesta.

Su sonrisa se desvanece.

–Es que no me lo esperaba, eso es todo –aclaro–. Me tomaste por sorpresa.

Alza las manos en señal de paz, un gesto que últimamente hace con demasiada frecuencia.

–No es culpa mía. El público espera que nos besemos.

Después de todo, es la marcha nupcial. Tenemos que darles algo de qué hablar, solo es un beso.

No es como si fuera tu primer beso ni nada por el estilo.

–Estoy tan roja como las flores del jarrón.

Él desvía la mirada–. Ay, no, no me digas que nunca…

–Sabe que se está metiendo en terreno peligroso, porque se interrumpe a sí mismo–.

Sabías que teníamos que fingir. Supuse que tenías algo de experiencia, sobre todo con algo tan insignificante como un beso.

¿Qué creía? ¿Que por ser camarera me había acostado con todos los peones y aprendices del pueblo? Estoy avergonzada y frustrada.

Toda mi vida me he ocupado de mis hermanas.

He cuidado de mi padre, de la casa y de la taberna.

Nunca he tenido tiempo para arreglarme o suspirar por algún chico.

Jamás he podido escabullirme en la noche para hacer algo “tan insignificante como un beso”.

Me quedaba junto a la ventana esperando a que algún pretendiente acompañara a alguna de mis chicas de regreso a casa después de un paseo por la plaza.

Un beso no es algo insignificante. No es algo que se haga porque sí.

¿Y qué importa que tenga veinticinco años y nunca me hayan besado?

–Espera, ¿nunca has… besado a nadie? –pregunta.

–No –respondo, con las mejillas ardiendo y la mandíbula tensa–. No lo he hecho. –La verdad es que no lo había pensado hasta ahora. No se me había ocurrido que tendría que besarlo. ¿Acaso las princesas no se limitan a sonreír y saludar con la mano?

Cuando bese a alguien, quiero que sea porque lo siento de verdad. Pero los años siguen pasando y ningún beso llega. Al final, es fácil pensar que quizá nadie quiere besarme.

–Ah –es lo único que dice. Creo que entiende que es un tema que me incomoda. Para mi sorpresa, no se ríe ni hace ninguna broma–. Lo siento. Debería haber tenido en cuenta tus sentimientos…

Sus palabras parecen sinceras. Pero, ¿por qué le iban a importar mis sentimientos? Eso no era parte del trato. No sé cómo responder cuando se muestra tan... amable.

–Eh, y por si acaso te preocupaba, no vamos a dormir juntos aquí.

No te pediría que hicieras eso –agrega, rompiendo el silencio.

Abre la puerta que yo había supuesto que daba a un armario y aparece un dormitorio contiguo con una cama para él–.

No quería que pensaras que tendrías que dormir conmigo.

Quiero decir… Ya sabes, dormir a mi lado , no… –Ahora es él el que se sonroja.

Siento un nudo en el estómago.

–Claro. Fabuloso. En eso estamos de acuerdo. –Me siento aliviada, pero también decepcionada, no sé muy bien por qué. Madre de la Cosecha, ¿acaso sí quería dormir aquí con él? La idea me ruboriza. Me parece maravillosa y horrible a la vez.

Me mira fijo, con la mano presionando la perilla de la puerta.

Todavía tiene algunos pétalos sueltos de las coronas de flores en el cabello.

Quisiera acercarme para quitárselos, pero no lo hago.

Mantengo la distancia. Abre la boca, pero se detiene antes de decir lo que tenía pensado.

Tras un momento, suelta: –Mira, lamento haberte molestado.

La próxima vez lo haré mejor. Tu primer beso debería ser especial. Soy un idiota. Lo siento.

Un príncipe. Pidiendo perdón. Eso sí que es algo nuevo y hasta parece sincero.

Pero luego me acuerdo de su rostro pidiéndome la mano, cuando en realidad solo era una farsa, una manera de arreglar el problema que lleva entre los omóplatos.

A todos los demás en Evandale también les había parecido tan real.

¿Acaso los príncipes se disculpan con los plebeyos?

–No pasa nada –respondo, levantando el mentón.

Inclina un poco la cabeza en señal de aprobación y se marcha, cerrando la puerta detrás de sí.

Espero. Escucho sus movimientos en la habitación de al lado y siento como mi corazón late fuerte. Oigo los pasos sobre el suelo de madera, el golpe suave de la puerta del armario al cerrarse, el ruido sordo del colchón cuando se deja caer sobre él. Luego, todo queda en silencio.

Mientras tanto, me siento en la esquina de la cama, dejo que los acontecimientos del día me invadan. Pensamientos sobre mis hermanas, mi padre y mi partida del pueblo revolotean en mi mente.

Pero, en realidad, en lo único en lo que puedo pensar es en Dietan, al otro lado.

Está tan cerca e igual siento que nos separa un mundo entero.

La brisa suave agita las cortinas de encaje, deja ver los campos de flores a la luz del sol que se oculta en el horizonte.

Viajaremos juntos durante mucho tiempo y se me hará aún más largo si sigo molestándolo por ser quien es.

Debería disculparme, ¿no? He sido dura y él se disculpó primero. Es lo justo.

Me acerco a su puerta, levanto una mano para llamar, pero dudo. Nuestro compromiso no es más que una fachada. Lo único que nos une es esta misión. Necesito establecer límites y asegurarme de que no se traspasen, pero… debo admitir que disfruté del beso en la mejilla, aunque no lo demostrara.

Por fin, llamo a la puerta.

–¿Sí? –pregunta.

–Yo también lo siento –digo, lo bastante alto como para que me oiga–. La próxima vez que me beses, estaré más preparada.

Como no responde, pienso que tal vez se ha quedado dormido, pero después de un momento oigo su voz grave, que ya me resulta tan familiar, y distingo una sonrisa en el tono.

–Lo espero con ansias.