Anillos del destino Capítulo 18. Aren #2
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Capítulo 18. Aren #2

Las ganas de recoger el papel, de ordenar lo que ha dejado, son como un picor que no puedo rascarme.

Aprieto las manos en mi regazo, pero me niego a moverme.

Me gusta que las cosas estén ordenadas. Me gusta organizar la despensa, apilar las jarras para que se vean bonitas y ordenadas, que el suelo esté limpio, incluso si los clientes lo ensucian todas las noches.

Pero me niego a ser la sirvienta de Dietan, ni siquiera por el bien de Albión.

Llevamos solo un día de viaje y ya quiero asesinarlo.

Se despereza hasta ocupar casi todo el espacio del carruaje y bosteza. La camisa le queda por encima de la cintura, revelando un abdomen plano y definido.

No es que esté mirando.

No es que me ponga nerviosa. Contrólate . Es probable que lo esté haciendo a propósito, para distraerme del desastre. Y está funcionando de maravilla.

Mis botas siguen llenas de lodo, me esfuerzo por no mirarlo mientras las subo al asiento junto a él. Que las diosas bendigan al pobre sirviente que tenga que lidiar con esto más tarde.

–¡Ay, vamos, justo me iba a recostar! –exclama molesto.

Sé que es inmaduro, pero se siente tan bien darle su merecido. Me recuerda cómo Ofelia solía burlarse del hijo del herrero.

–¿No dijiste que aquí puedo hacer lo que quiera? Bueno, pues quiero estirar las piernas… como una princesa.

Sacude la suciedad del asiento con el dorso de la mano, pero el lodo seco es demasiado fino y solo se incrusta aún más en la tela. Suspira.

–Entonces supongo que no me queda más remedio que sentarme a tu lado.

Esto no es para nada lo que tenía planeado. Dietan gruñe y se acomoda a mi lado. Él también levanta las piernas, las cruza y sonríe.

–Mejor así. –Apoya su hombro contra el mío. Justo lo que me faltaba.

–¿Cuánto falta para llegar al próximo pueblo? –pregunto.

–Un par de horas, más o menos.

–¿Horas? –Empiezo a arrepentirme de viajar con él en un espacio tan reducido durante tanto tiempo. Es que está tan… cerca .

–A menos que quieras salir a caminar. Seguro que con esa mirada te abrirás paso sin problemas. Todos te tendrán mucho miedo –dice y ríe entre dientes. Luego cruza los brazos, inclina el mentón hacia el pecho y cierra los ojos.

Lo miro de reojo. No está durmiendo.

Creo que simplemente ya no quiere seguir discutiendo.

El carruaje se detiene de repente y me despierto sobresaltada.

Me doy cuenta de que tengo la cabeza apoyada en algo cálido y firme.

Me incorporo con dificultad, apartándome del hombro de Dietan y me froto el rostro para quitarme la sensación de su camisa suave en la mejilla.

Debo de haberme quedado dormida gracias a que tenía el estómago lleno y el balanceo del carruaje.

–No soy contagioso –dice, mirándome sorprendido–. ¿De verdad soy tan insoportable?

–¿Por qué no me apartaste?

–¿Por qué haría algo así? Estabas tan cómoda –responde–. Además, fue lindo. Acogedor.

No sé qué responder.

Por suerte, no vuelve a sacar el tema. Entonces la puerta se abre de golpe y él sale al cálido sol de la tarde.

Se oyen murmullos fuera, parece que una decena de personas han rodeado el carruaje.

Hemos llegado a un pueblo al sur de Evandale llamado Elspeth.

Es conocido por sus campos de flores, que a menudo se usan tanto en medicina como en decoración.

Veo hileras de flores azules preciosas a lo lejos y me pregunto si el aliento del diablo que el marqués usó para drogarme se cultiva aquí. Ese bastardo .

Dietan reaparece en la puerta, con la mano extendida.

Levanto la vista mientras recojo nuestras cosas del carruaje, ya que, una vez más, no se molesta en levantar lo que deja tirado. Le pongo el libro y la capa en la mano que me espera.

Cuando voltea hacia mí, alejando la vista de la multitud, parece que está a punto de echarse a reír. Siento que debería ofenderme, pero no sé por qué. Deja las cosas sobre el asiento del carruaje y vuelve a tenderme la mano.

No me muevo, confundida.

Carraspea.

–Tus súbditos te adoran y te esperan, mi amor –dice con tono burlón. Entonces recuerdo que tengo un papel que desempeñar. Las princesas no se ocupan del equipaje.

–No me llames así –respondo mientras acepto su mano y salgo del carruaje.

Nos reciben con ovaciones y aplausos, me sorprende el entusiasmo que nos rodea mientras Dietan me presenta al pueblo.

Su mano se siente cálida en la mía cuando la levanta por encima de su cabeza, como si fuéramos vencedores regresando de la batalla.

Observo todos los rostros de personas que podrían ser de Evandale: rudos, bronceados y curtidos, pero sonrientes. Vitorean y aplauden.

El príncipe baja nuestras manos y presiona mis dedos.

Abro los ojos de par en par, sorprendida.

–No me golpees –murmura entre dientes.

Antes de que pueda preguntarle por qué, me levanta con un brazo y me aprieta contra él. Una mano sigue entrelazada con la mía, mientras que la otra descansa suave pero firme en la parte baja de mi espalda. Nadie me había tocado ahí antes, me quedo paralizada.

–Intenta fingir que me deseas –me indica.

–¿Qué?

Se inclina y parece que está a punto de besarme, pero giro la cabeza en el último segundo y sus labios aterrizan en mi mejilla. No se muestra sorprendido. Me da un beso tierno, como si eso fuera exactamente lo que pretendía hacer.

Ah.

La multitud ruge en señal de aprobación, pero yo no escucho nada. Es como si el sol hubiera prendido fuego a cada nervio de mi cuerpo. No puedo dejar de notar cada punto de contacto entre nosotros.

Sus labios son cálidos y suaves. La barba me raspa la piel como papel de lija, de alguna forma resulta agradable.

Siento su aliento en el cuello mientras curva ligeramente los dedos sobre mi espalda.

La otra mano envuelve la mía como un guante.

Está tan cerca que puedo ver el nacimiento de su barba, cada arruga de la sonrisa y sus pestañas rozando la piel suave bajo sus ojos. Es hermoso. Un verdadero príncipe.

Por suerte, no se demora, aunque el momento fugaz en que sus labios suaves tocan mi mejilla se siente como una eternidad. Sus ojos, hoy de un color azul profundo como el cielo de verano, brillan mientras sonríe.

–Bien hecho –susurra.

Cuando se aleja, siento como si me hubieran arrojado a una tormenta de nieve después de estar sentada junto a la chimenea.

Si no fuera por su mano que sostiene mi espalda, me habría tambaleado.

¿Es esto a lo que se refieren las mujeres cuando hablan de desmayarse?

Por todas las diosas. No puedo sentirme así por él. Todo esto es solo una farsa.

Me quedo inmóvil, trato de ordenar mis pensamientos y no sonrojarme, apenas consciente de lo que está sucediendo a mi alrededor. Dietan saluda al alcalde del pueblo y nos presenta a mí y a su séquito. Agradece la hospitalidad durante la gira con su prometida.

Unas niñas depositan ramos de flores rosas y azules a nuestros pies.

Algunas ancianas nos colocan coronas de flores sobre los hombros una tras otra, hasta que apenas puedo ver por encima de la montaña de hojas y pétalos.

Mi nariz se llena de su aroma embriagador, que me hace dar vueltas la cabeza.

Mientras tanto, la mano de Dietan se aferra con fuerza a la mía, como si supiera que estoy abrumada.

Y lo estoy, porque mi piel aún hormiguea donde me besó.

Agradezco que las guirnaldas me tapen la cara, porque si no, todos se darían cuenta de que estoy paralizada. ¿Qué diablos está pasando? Odio a este hombre. Bueno, tal vez no lo odio, pero no me cae nada bien. No es más que un príncipe tonto. Además, eso ni siquiera fue un primer beso de verdad.

Pero me siento como si estuviera flotando en una nube y me dejo llevar al interior de la posada.

Es un alivio. De inmediato me siento como en casa.

Los albergues son iguales en todas partes: una taberna en la planta baja y una escalera en la parte trasera que lleva a las habitaciones de los pisos superiores.

Sigo a Dietan por las escaleras hasta la mejor suite. Por supuesto, se trata de un pueblo pequeño como Evandale, no del lujo al que probablemente está acostumbrado, pero la habitación está limpia, la cama tiene sábanas nuevas y hay flores frescas en un jarrón sobre la mesa de noche.

La cama.

Ah.

Se supone que nos vamos a casar y que estamos enamorados.

Solo hay una cama.

¿Acaso espera que duerma aquí... con él?

En Evandale, los novios no comparten la cama hasta la noche de bodas, pero tal vez en Loegria las cosas sean diferentes.

Mi cuerpo empieza a vibrar como un nido de avispas, pero antes de que pueda preguntar, nos llevan a un cuarto pequeño para el baño de pies: dos sillas frente a una tina humeante con agua, aceites, esponjas y toallas.

Hay velas encendidas por toda la habitación, a pesar del calor del sol que entra por las ventanas.

Le da al lugar un aire bastante romántico.

Una mujer mayor, lo suficiente como para ser mi madre, ya está arrodillada sobre un cojín cerca de la bañera, sonriendo y esperándonos a los dos.

Pensar en mi madre me emociona un poco. ¿Qué pensaría si me viera aquí, como la novia de un príncipe?

¿Se sentiría orgullosa? ¿O se preocuparía por mí si le contara la verdad sobre nuestro acuerdo?

¿Me habría dicho que me fuera o que me quedara?

Una vez sentados, dos chicas nos quitan las coronas de flores y empiezan a arrancarles los pétalos y a machacarlos con un mortero.

No conozco las costumbres de este pueblo y nunca he sido invitada de honor, pero supongo que todo forma parte de la ceremonia.

Dietan se ve tan a gusto, me dedica una sonrisa tranquilizadora que solo consigue que se me revuelva aún más el estómago, así que me limito a imitarlo.

Las chicas espolvorean los pétalos molidos en el agua y la mujer pronuncia una bendición sobre ella. Dietan inclina la cabeza, así que yo hago lo mismo, observándolo de reojo. La mujer sumerge la mano en el agua y nos toca la frente a ambos con los pulgares mojados.