Anillos del destino Capítulo 18. Aren
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Capítulo 18. Aren

N uestro viaje comienza en silencio.

Contemplo cómo cambia el paisaje desde mi ventana mientras el carruaje traquetea por el camino de tierra que se dirige hacia el sur, desde Evandale hacia Loegria.

Es una distracción agradable mientras Dietan lee un libro al otro lado del coche.

Después de unas horas de viaje, estoy más lejos de casa que nunca.

Cuanto más avanzamos por la carretera principal, más se despeja el clima.

Evandale se encuentra a la sombra de una montaña situada muy al oeste, cuyo valle, con forma de cuenco, atrapa las nubes de lluvia.

A medida que avanzamos hacia el sur, el cielo pasa de ser gris oscuro a plateado, luego el azul se asoma entre los rayos del sol, bañando la tierra de Alarice con la belleza dorada por la que es conocida.

La mayor parte del este de Alarice está formada por llanuras y campos, pero bosques densos oscurecen el horizonte, interrumpidos por tierras de cultivo en las afueras de los pueblos.

Algunos son lo bastante grandes o importantes como para merecer la visita de un príncipe y su prometida.

A Dietan le han informado sobre el itinerario y me cuenta un poco sobre los lugares a los que iremos.

Uno de los pueblos es un importante centro de teñido de telas, en otro se cultiva un tipo de fruta que está de moda en su capital.

Más de una vez, el carruaje se detiene para dejar pasar a un rebaño de ovejas y yo les tiro trocitos de nuestros bocadillos por la ventana. A él parece divertirle.

Me pone nerviosa tener que viajar hasta el Gran Yermo, pero al menos creo que mi familia está a salvo. El futuro de Ofelia y Sonja está asegurado. Ellas, junto con todo Evandale, siguen bajo la protección de lord Jared. Dietan dejó suficientes soldados en el pueblo para garantizar su seguridad.

–¿Crees que volverán los Kilandrar a Evandale? –pregunto, sin apartar la mirada de la ventana. El príncipe levanta la vista de su libro, una especie de relato histórico sobre batallas antiguas. Me mira como si le sorprendiera que le haya dirigido la palabra.

–Solo si yo estoy allí. Es a mí a quien buscan –afirma con seguridad.

–¿Cómo puedes estar tan seguro? –Lo miro directo a los ojos azul verdosos, busco la verdad.

–No puedo estarlo. Pero sí sé que, en cuanto me fui, el pueblo pasó a estar mucho más seguro. –En cuanto pronuncia esas palabras, sé que no miente. Entiendo que Evandale está a salvo porque él ya no está allí para que lo persigan. Porque Jared y un pequeño ejército están vigilándolo. Es un alivio.

Igual tengo que esforzarme al máximo por no imaginarme a los Kilandrar atacando nuestro carruaje.

Mientras contemplo por la ventana los campos infinitos que van pasando a toda velocidad, sigo sin saber muy bien qué me llevó a aceptar su propuesta.

Desde luego, ni en mis sueños más locos imaginé que algún día acompañaría a un príncipe en una marcha nupcial por los reinos, mucho menos como su novia . Es ridículo.

Pero él necesita ayuda, de eso estoy segura.

Y tiene razón sobre mí. Soy de esas personas que no pueden quedarse de brazos cruzados cuando alguien necesita ayuda. Además, sí quiero vivir una aventura. Quiero saber qué pasará después y si me quedo en la taberna, nunca lo sabré.

Si alguna vez me preocupó la idea de extrañar a Dietan cuando se fuera, ya me encargué de enterrar ese sentimiento. No siento nada por él. En absoluto. Todo esto es una actuación para nuestros enemigos. Él finge. Y yo también.

Hacemos una parada a última hora de la tarde para comprar provisiones adicionales. Los granjeros están ansiosos por vender sus productos. Las setas y las patatas recién cosechadas tienen mucha demanda, ya imagino el guisado que prepararé con ellas.

–¡Ah! ¡Mira, son trufas! –exclamo encantada. Son poco comunes en Evandale. Tomo una y la llevo hacia la nariz del príncipe.

Dietan me mira a los ojos mientras las huele detenidamente.

–Las he probado –murmura–. Son deliciosas.

–Pero son tan caras –señalo, triste.

–Permíteme –responde con aires de grandeza, mientras paga todo–. No te olvides que ahora serás una princesa.

Quisiera golpearlo con mi bolsa, pero me contengo. Estoy demasiado emocionada por las trufas.

–Las rallaré sobre las patatas que tus hombres compraron en el otro puesto.

–Por todos los dioses, hazlo, por favor. Muero de hambre.

Mientras nos acomodamos de nuevo en el carruaje, las imágenes del ataque de anoche siguen rondando por mi mente.

Tres soldados muertos, dijo el general. Sé que no serán los últimos.

Si el Kilandrar iba tras Dietan, atraído por los anillos incrustados en su piel, entonces seguro regresarán.

Cada vez que veo una sombra moviéndose en el horizonte, no puedo evitar preguntarme si nos está siguiendo. Y entonces siento un escalofrío.

–Los Kilandrar vienen de Penrith, ¿verdad? –pregunto.

Él vuelve a levantar la vista por encima del libro. He pasado la mayor parte del viaje mirando en silencio por la ventana. Sin mi delantal, sin mi barra, me doy cuenta de que no sé qué decirle a un príncipe que no es mi cliente. Será un viaje largo.

–No estoy seguro –responde con cautela–. Pero es muy probable. Eso es lo que creen los espías de mi padre.

–¿Entonces el rey usurpador de Penrith es en realidad Bóreas resucitado, como dicen los rumores?

–¿Quién sabe? Penrith cerró sus fronteras cuando el Usurpador mató al rey legítimo y tomó el trono.

Desde entonces, ha sido difícil obtener información.

Los refugiados a los que hemos interrogado apenas saben algo.

–Cierra el libro de un golpe y lo lanza al asiento vacío a su lado, tal vez intuyendo que no volverá a su lectura en el corto plazo.

Está sentado en diagonal a mí, recostado contra su propia ventana.

Sus piernas largas ocupan gran parte del carruaje, dejándome solo una cuarta parte del espacio para mis botas embarradas y mi maleta empacada a toda prisa.

Me negué a que sus hombres la guardaran junto al resto del equipaje.

Quizá necesite tener a mano mis hierbas curativas o mi querida sartén si los Kilandrar realmente nos están siguiendo.

–Pero si tienes los Anillos del Destino, deberías poder usar el Silbido, ¿no? Te vi usar ese poder en casa de Veteria. ¿Por qué no lo usaste anoche contra la criatura? –pregunto.

–Ya te lo dije –dice, soltando un suspiro–. No puedo controlarlo. El Silbido tiene voluntad propia. Rara vez me hace caso. Algo típico del viento, ¿no crees?

–¿No puedes controlarlo en absoluto? –Algo se endurece en su mirada. Niega con la cabeza–. ¿Y los Kilandrar? ¿A ellos sí los controlan?

–Si bien los Kilandrar no parecen ser criaturas completamente irracionales, se supone que son extensiones de la voluntad de Bóreas. Al menos, eso dicen las leyendas. No sabemos tanto sobre ellos como nos gustaría.

Frunzo el ceño, pensando en lo que vi anoche.

–Pero podía comunicarse. Sabía tu nombre. Deben haberle ordenado que te encontrara.

–Lo que más me preocupa es que hayan cruzado la frontera hacia Alarice.

Por ahora, los rumores los sitúan en el sur de Loegria, pero si ya están aquí…

eso solo significa que tenemos que actuar más rápido.

–Gruñe y se frota los ojos, con el rostro desanimado.

El peso de la responsabilidad lo consume–.

Esta vez solo ha sido uno, pero vendrán más.

Esas últimas palabras nos dejan de nuevo en silencio.

A la hora de comer, el carruaje se detiene lo justo para que uno de los hombres de Dietan nos pase por la ventanilla unos sándwiches y agua a los dos antes de continuar el viaje.

Tengo tanta hambre que como a toda prisa.

Cuando termino, me entristece no haberlo saboreado.

Era una especie de cerdo ahumado con salsa dulce en un pan de masa madre.

Anoto los sabores en mi diario de cuero para poder recordarlo algún día cuando vuelva a tener una cocina de verdad.

El príncipe termina el último bocado y lame la salsa en sus dedos. Es… un poco molesto. Le alcanzo una servilleta limpia.

–Es raro que los dos hayamos sido capaces de golpearlo. Me refiero al Kilandrar –señalo. No sé cómo sobrevivimos a ese ataque.

–Golpeas muy bien –dice, sonriendo.

–Un poco de suerte y años de práctica separando peleas en el bar. –No puedo evitar esbozar una sonrisa mientras él se ríe entre dientes.

–Creo que no te valoras lo suficiente –suelta, negando con la cabeza–. Eres muy valiente.

Me sonrojo. Es la primera vez que uno de sus cumplidos me parece sincero.

–Es pura suerte. Pero igual no tiene sentido que haya funcionado.

Él inclina la cabeza, pensativo. Arruga el papel del sándwich entre sus manos. Deja el envoltorio en el asiento de al lado, yo lo miro con el ceño fruncido.

–¿Qué? –pregunta, notando la expresión en mi rostro.

Lanzo una mirada significativa al papel arrugado y a las migas en el suelo del carruaje alrededor de sus elegantes botas lustradas. Luego vuelvo a fijar la vista en su rostro. La inocencia reflejada en esos ojos abiertos y su confusión atractiva no bastan para convencerme. Frunzo los labios.

–¿En serio?

–¿Qué? –repite.

–Supongo que creciste tan acostumbrado a que otros recogieran lo que dejabas tirado, que ni siquiera te has dado cuenta.

Me observa un momento, levantando las cejas despacio.

Imagino que esta es una de las pocas veces que alguien le ha llamado la atención por su educación tan privilegiada.

–Si mi dama lo ordena, haré que alguien limpie el carruaje la próxima vez que paremos a descansar.

Espera, ¿ni siquiera recogerá lo que ensució? Suelto un gruñido y apoyo la cabeza en la ventanilla.

–¿Tienes que ser tan idiota?

–¿Yo? ¿Un idiota? –pregunta, fingiendo una angustia burlona–. Mira, eres libre de hacer lo que quieras aquí, prometida. Nadie te lo impide. Así que me atrevo a sugerirte que tú lo limpies. Si es que quieres, claro.

Lanzo una mirada que dejaría paralizado hasta al Kilandrar más poderoso.

–Retiro la sugerencia. –Levanta las manos en señal de rendición.