Capítulo 17. Aren
A la mañana siguiente encuentro a Dietan desmayado en la taberna, igual que el día anterior.
Sigue profundamente dormido en la cocina, justo donde lo había dejado, salvo que ahora está sentado como se debe en la silla, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza hacia atrás, con el cuello al descubierto.
Es demasiado imprudente para un príncipe mostrarse así, como si su cuello desnudo fuera una ofrenda.
Como si estuviera invitando a una espada afilada a terminar el trabajo.
Está claro que está demasiado acostumbrado a estar rodeado de guardias. O tal vez solo estoy de mal humor.
Lo miro con el ceño fruncido mientras cuento todas las botellas vacías que lo rodean. Qué desastre. Saco un poco de agua de la cubeta y se la echo en el rostro. Toma eso, su alteza real .
Se despierta balbuceando, sin aliento y tosiendo, mientras el agua gotea de sus mechones rubios sobre la camisa blanca.
–Oye, ¿qué pasó con el dulce despertar de ayer? –gruñe mientras se seca el rostro con la manga. Verlo tan irritado me produce una satisfacción difícil de ocultar–. ¿Qué hay para desayunar? –pregunta con esperanza.
–Deberías irte ya –indico, con toda la calidez de un día invernal–. Tu séquito real está esperándote.
Al fin y al cabo, es el día en que dijo que tenían previsto partir.
Aprieta los labios en una línea fina mientras vacía sus bolsillos y deja un montón de monedas de oro sobre el mostrador.
–Por la cerveza, mi dulce doncella. Y para poner tu taberna en orden.
Esbozo una sonrisa forzada. Reviso las monedas, es más que suficiente para las reparaciones y todavía sobra algo. Pero ¿es suficiente para compensar el terror y la destrucción que ha traído a mi pueblo tan pacífico?
Con la luz del día, me doy cuenta de que lo único que quiero es que se largue de aquí. Cuanto antes desaparezca de mi vida este estúpido príncipe maldito, mejor.
Camino hasta la puerta trasera, descorro el cerrojo y la abro de par en par hacia la lluviosa mañana mientras Dietan se pone de pie con rigidez.
–Ya puede irse, su alteza.
–El placer es todo mío –dice, asintiendo con la cabeza. Está a punto de salir, pero se detiene y su rostro toma un tono grisáceo.
–¿Qué? ¿Qué sucede? –pregunto inquieta. Me duelen los huesos como si tuviera mil años. Los nervios ya no me dan para más. No creo soportar otra sorpresa. ¿Y ahora qué demonios pasa?
Sin decir nada, señala hacia la puerta. Afuera hay un hombre tirado boca abajo en un charco. Genial . Otro borracho.
Excepto que no se mueve en absoluto.
Un escalofrío recorre mi espalda mientras reprimo las ganas de vomitar. Ay, no , por todas las diosas.
Dietan se abalanza sobre él y lo voltea en el lodo.
Me quedo sin aliento. Es uno de los guardias reales.
Recuerdo que ayudó a llevar los barriles de cerveza al ayuntamiento.
Su rostro sigue paralizado por el terror, con los ojos desorbitados y la boca abierta en un grito mudo.
Pero no hay rastro de sangre en él, ni signos de violencia en su cuerpo.
Simplemente parece… como si le hubieran quitado el aliento.
Dietan aprieta los dedos contra el cuello del hombre. Niega con la cabeza y luego me mira, angustiado.
–Fue el Kilandrar –dice.
Siento un nudo en el estómago, mezcla de horror y culpa. Debe de haberlo asesinado después de que lo expulsáramos de la taberna. Es probable que la criatura lo haya matado justo aquí, mientras nos curábamos las heridas. No oímos nada.
Nos quedamos mirando el cadáver.
Entonces, como si recordara cuál es su lugar en el mundo, Dietan se inclina sobre él y reza en voz baja.
Reconozco las Palabras de los Caídos, en las que se pide a los espíritus que ayuden al hombre a encontrar el camino de regreso a los campos dorados.
Cuando él termina, noto que le tiemblan las manos.
–Bendice a este hombre y su servicio a Albión –susurra–. Le agradezco el regalo de su vida. Que su viaje sea bendecido.
–Que su viaje sea bendecido –recito.
Con una última reverencia, Dietan se sienta sobre sus talones y se aparta el cabello del rostro, empapado hasta los huesos por la lluvia mientras mira impotente hacia el cielo.
Mi angustia no hace más que aumentar cuanto más tiempo contemplo aquel cuerpo sin vida.
La vida de un hombre ha sido arrebatada por una magia tan inalcanzable como el viento.
¿Cómo puede alguien detener a criaturas como los Kilandrar?
¿Cómo puede pedirme que me enfrente a ellos de nuevo?
Siento la mirada de Dietan sobre mí y, cuando nuestros ojos se cruzan, apenas puedo respirar.
Hay convicción en su rostro y su determinación me llega al corazón.
La lluvia y las lágrimas se mezclan y resbalan por sus mejillas.
Está enojado. Es valiente y, en este momento, más que nunca, es el príncipe de Loegria.
Noble y orgulloso. Carga con el sufrimiento de su pueblo.
Más tarde esa misma mañana, se reabastecen los carruajes reales para el viaje, y sus caballos patean el barro, impacientes por volver a la carretera.
Pero mis hermanas no están con ellos. Se les ha ordenado a lord Jared, Ofelia y Sonja que se queden atrás.
Anoche, tres personas cayeron en manos de los Kilandrar, y es demasiado peligroso viajar.
El príncipe ha ordenado a su amigo y a un par de guardias que se queden para proteger la ciudad y luego escoltar a las gemelas a Lundenwic cuando sea seguro.
Todo Evandale ha salido a despedirse y a ver partir al príncipe y su séquito, excepto yo. Estoy aquí por otro motivo.
Me sorprende ver a Dietan atando el resto de las maletas junto a sus hombres cuando me acerco. Llevo una mochila en la que guardo todo lo que poseo en este mundo, incluyendo mi querida sartén y mi bolsita de hierbas curativas.
He estado dándole vueltas al asunto desde temprano.
–Está bien. Lo haré –anuncio sin mucha explicación–. Me casaré contigo. –Se oyen ovaciones entusiastas entre los espectadores. Veo al marqués echando humo en medio de la multitud festiva. Supongo que, después de todo, tenía razón al preocuparse por mí.
»Quiero decir, fingiré casarme contigo –susurro para que solo Dietan pueda oírme.
Para mi sorpresa, niega con la cabeza.
–No.
–¿No? –gruño. Quisiera estrangularlo–. ¿No es esto lo que quieres? –susurro con una sonrisa forzada–. Pensé que estarías feliz.
Por todas las diosas, ¿me hará suplicar? A algunos hombres les gusta eso. Pero yo no lo haré. Lo mataría en este momento.
–Después de salir de la taberna –dice, abrochando la última correa–, caminé por el pueblo durante horas, pensando en lo que te había pedido, en los peligros que nos esperan, y me di cuenta de que cometí un error.
Se inclina y me mira a los ojos. Sé que ambos estamos recordando el horror en la taberna. Para el pueblo, esto debe parecer una tierna conversación de enamorados, no una discusión profunda sobre el futuro del reino. No puedo dejar de pensar en los ojos desorbitados y el rostro dolorido del guardia.
–No te pondré en peligro. –Luce cansado y muy mayor para sus veintidós años–. No puedo.
–Pero si no voy contigo a Alba, pondrás en peligro tu misión y a ambos reinos –le recuerdo–. Me necesitas. –No puedo creer que esté tratando de convencerlo de que me lleve a esa marcha de la muerte. Adiós a lo de no suplicar.
–No, Aren. He cambiado de opinión. No puedo meterte en esto. Es demasiado peligroso. Nunca debí habértelo pedido.
No dejaré que rompa conmigo frente a todo el pueblo antes de siquiera habernos casado de mentira.
–Pero me lo preguntaste. La respuesta es sí.
–Mi tono es severo–. Viniste a Evandale en busca de una novia, ¿no?
Bueno aquí la tienes. –Al ver que no responde, insisto–: Esto es lo que planeabas hacer, así que hagámoslo.
–En silencio, le suplico que me tome la palabra antes de que pierda valor.
Podría quedarme… simplemente irme a casa y esconderme de estas pesadillas, bajo la protección de lord Jared.
–¿Estás segura? –pregunta, mirándome fijo.
–Ofresiste que pagarías el triple, ¿verdad? –Dedico mi mejor sonrisa y le digo mi precio. Esto es una transacción, como él dijo. Nada más. Puedo asegurarme de que mi padre esté bien, con o sin la caridad de lord Jared e igual conservar mi libertad al final de esto.
Si es que sobrevivo.
–Si acepto –dice al fin–, debes prometerme que te irás con mis guardias en cuanto haya algún problema. Volverás aquí, irás a la corte o a donde quieras. No puedo ponerte en peligro. Nunca podría vivir en paz conmigo mismo.
–Hecho. –Me encojo de hombros como si me diera igual, aunque mi corazón se estremezca ante la idea de que él pueda enviarme lejos en el futuro.
Me digo a mí misma que estoy aquí por el dinero, pero para ser honesta, sé que no puedo dejar que él se enfrente a esos monstruos solo.
–Esto es lo que querías, ¿no? –le pregunto, como si no me importara lo que él piense.
–Está bien –acepta, encogiéndose de hombros aún más–. Hazlo a tu manera, Aren –cede. Puedo ver el dolor detrás de sus ojos, sé que el camino que tenemos por delante será accidentado.
Dietan se dirige a la multitud y anuncia que estamos oficialmente comprometidos. Todos gritan y vitorean de alegría ante la noticia.
Todos quedaron atónitos con la noticia, aunque no por mucho tiempo.
Después de todo, ¡la futura esposa del príncipe apareció en su propio pueblo!
La situación ameritaba una fiesta inolvidable, pero el príncipe y su prometida (que, en circunstancias normales, estarían ocupados preparando el banquete) tienen que partir de inmediato.
Cuando encuentro a las gemelas entre la multitud, apenas pueden contener la emoción.
–¡Ay, Aren! Serás una princesa –exclama Sonja.
Pero Ofelia se da cuenta enseguida. Toma mis manos entre las suyas y me atrae hacia ella.
–Dime, ¿lo amas? ¿Te hace feliz? –me pregunta–. No me importa que sea un príncipe.
Sonrío con tristeza, intento engañar a mis hermanas menores.
–Soy lo suficientemente feliz. Y puedo… ¿puedo aprender a amarlo, supongo?
–Eso espero, querida hermana –susurra Ofelia en mi oído–. Te mereces toda la felicidad del mundo.
–¡Nos vemos en la corte! –dice Sonja con alegría.
–Cuídate mucho, querida –añade papá, apoyado en su bastón.
Bonnie viene a despedirse y promete que cuidará de la taberna mientras yo no esté.
Se encargará del negocio hasta que mi padre encuentre un comprador.
Le doy un abrazo apresurado y me alejo enseguida.
Si me quedo un minuto más, podría cambiar de opinión.
O echarme a llorar. Y ninguna de las dos cosas sería buena idea.
Cuando subo al carruaje y me quito la capa, veo a Dietan con una sonrisa de satisfacción. Le devuelvo la sonrisa. Qué insoportable.
–¿Qué? –pregunto.
–Sabía que cambiarías de opinión.
–Cállate. –Mis mejillas se enrojecen.
–No eres de las que se niegan a dar una mano.
–Casi que le encuentro el encanto a sus palabras, sobre todo después de todo lo que hemos pasado juntos.
Pero entonces, añade–: O tal vez es que no puedes resistirte a mí.
–Se inclina hacia mí y me guiña el ojo. Vuelvo a sentirme muy molesta. ¿Es que nunca deja de coquetear?
–Te dije que te callaras. –No miro por la ventana cuando comenzamos a movernos porque no quiero ver cómo el pueblo desaparece a mis espaldas. No lloraré delante de Dietan, que se muestra demasiado engreído teniendo en cuenta los peligros que nos esperan.
Me apoyo contra la puerta para que nuestras rodillas no se toquen.
–Novia solo de nombre, querido.
–Como mi dama lo ordene. –Levanta las manos en señal de súplica.