Capítulo 16. Aren #3
–Sabes lo que está en juego –responde. Siento el peso de sus palabras. De alguna manera, me han marcado, igual que a él, con la carga del conocimiento. Pero no lo quiero. Nunca pedí esto… aunque supongo que Dietan tampoco.
¿Tengo que fingir ser su novia, ahora que lo sé? ¿Viajar con él al Gran Yermo con alegría? Me pongo pálida, aunque una oleada de alivio me recorre al pensar que ninguna de mis hermanas llamó su atención después de todo.
–Prefiero que me extraigan un diente sano con tenazas de hierro antes que ser exhibida de pueblo en pueblo como un animal de gran valor…
–Mira, eres una de las cuatro personas que saben la verdad –interrumpe con energía.
–Cinco –lo corrijo, mordiéndome el labio inferior, absorta en mis pensamientos.
–¿Perdón?
–Olvidaste a Veteria.
–Bueno, una de las cinco personas. Los Kilandrar han regresado. Ya has visto de lo que son capaces. Imagina a cientos de ellos. Todos estamos en peligro. Incluidas tus hermanas. Tu padre y tu querida taberna también.
–¿Y qué hay de lo que dijo la hechicera? Que no buscáramos al rey loco. ¿No tienes miedo?
–El Usurpador ha mostrado sus intenciones. Lo único que sé es que, si no le devuelvo los anillos a mi padre, nada podrá detenerlos. Reconstruirán el mundo, tal como hicieron en la era anterior a la memoria. Todo será destruido. Todos serán destruidos.
Muerdo mi labio más fuerte. Todo es cierto, pero…
–No puedo ayudarte –digo, negando con la cabeza–. Lo siento. No puedo casarme contigo, aunque sea de mentira. Busca a otra chica que no tenga responsabilidades. Mi familia me necesita aquí. No puedo abandonarlos, ni siquiera para salvarlos.
Aprieta los labios y cierra los ojos. Noto cómo el dolor se refleja por un instante en su rostro antes de desaparecer.
–¿En serio? Tus hermanas irán a la capital, estarán a salvo allí.
–Queda mi padre –le recuerdo con voz débil–. No puedo dejarlo. Lo siento.
–Estoy seguro de que Jared estaría encantado de llevarlo con él. Tus hermanas y su nuevo personal lo cuidarán como oro.
Es tentador, debo reconocerlo. Imagino a mi padre instalado en un palacio, con todo lo que pueda desear a su disposición. Me lo imagino, a su edad, alejado de todas las personas que ha conocido.
–Nunca dejaría Evandale. ¿Qué clase de hijas lo obligarían a hacerlo?
Sigue observándome y cuando le devuelvo la mirada sin dar señales de ceder, suelta un suspiro largo.
–Bueno. Está bien –gruñe mientras se pone de pie. Cojea hasta la encimera y toma una botella de cerveza que quedó de anoche. Agita el contenido y le da un trago largo.
Lo miro, horrorizada.
–¿Eso es todo? ¿Esa es tu respuesta?
Inclina la cabeza hacia mí con aire cansado, mirándome con esos ojos azul verdosos brillantes, como si le sorprendiera que siga aquí.
Antes se mostraba tan decidido a que me casara con él, hasta hizo la propuesta delante de todo el pueblo.
Estaba tan decidido que parecía que el destino de los reinos dependiera de mi decisión.
Y ahora está aquí, fingiendo que no le importa.
Claro. No soy más que alguien a quien puede utilizar, igual que a todos los demás. Encontrará a otra mujer.
–¿Después de todo lo que sucedió, estás… bien? –pregunto con tono acusador.
Hace una mueca de dolor mientras se deja caer en la silla.
–No te obligaré a hacer nada que no quieras. Solo tendré que encontrar otra forma de llegar al Gran Yermo por mi cuenta. Por ahora, me emborracharé mucho. Para el dolor –añade, con un guiño que no engaña a nadie.
Dejo caer el trapo sobre la encimera.
–Idiota.
Lo dejo solo en la cocina y empiezo a barrer el salón, que está hecho un desastre.
Mientras Dietan se emborracha hasta perder el conocimiento en vez de idear un buen plan, mi mente no para de dar vueltas.
¿Casarme con él?
Ni hablar. Ni siquiera aunque sea de mentira. Ni siquiera para salvar al mundo.
Debo admitir que estoy aterrada.
No soy ninguna guerrera. No soy una aventurera temeraria como las de las historias que solía inventar para mis niñas cuando eran pequeñas, con hazañas heroicas y finales felices.
Solo soy una camarera de un pueblito, sin planes ni un gran futuro, salvo la taberna.
Pero ¿acaso salir de Evandale y recorrer todo el reino no es precisamente lo que siempre he soñado?
Ese príncipe no quiere casarse conmigo de verdad, por eso dije que no desde el principio. Además, ¿por qué salvar el reino es mi problema? ¿No están para eso los reyes, los príncipes y los ejércitos?
Y todavía tengo que pensar en papá. Si voy a andar viajando en vez de quedarme en Evandale para cuidar de él, nunca podría alejarme demasiado. Necesita ayuda. Una parte de mí siempre estará atada a esta taberna.
Pero no puedo dejar de pensar en lo que dijo Dietan sobre dejar que mis hermanas se ocupen de él, para variar. Ellas tendrán los medios para hacerlo.
Me guste o no, tiene razón.
¿Qué es lo que yo quiero, entonces?
Dejo de barrer para quedarme mirando un punto vacío en el suelo. Estoy muy cansada. Me duele el hombro y lo único que quiero hacer es dormir todo el día.
Lo último que oigo antes de irme es el ruido que hace el príncipe al abrir otra botella en la cocina.
Su alteza, el borracho.