Anillos del destino Capítulo 16. Aren #2
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Capítulo 16. Aren #2

–A ver –digo, sujetando el dobladillo de su camisa.

–¿Qué haces?

–Veamos qué tan grave es. –Tironeo hacia arriba, pero él me frena.

–Espera… –me detiene con la respiración entrecortada.

–Quizá necesites un sanador.

Suelta un suspiro de resignación, sabe perfectamente que no voy a rendirme.

Le quito la camisa con cuidado, pasándola por encima de la cabeza.

Intento no distraerme con sus músculos marcados, las líneas esculpidas de su espalda.

Hago un gesto de dolor al verlo. Un gran moretón se extiende de forma horizontal por la parte baja de su espalda.

El borde de la mesa dejó una línea recta casi perfecta.

Varias astillas grandes sobresalen de su piel magullada.

Tiene suerte de que aún pueda usar sus piernas.

He visto cosas peores, pero sé que le dolerá durante días.

Pero eso no es lo único que llama mi atención.

Tiene dos cicatrices blancas en forma de anillos que se cruzan entre los omóplatos.

Son profundas, rugosas y gruesas. Parecen dolorosas, como si le hubieran marcado la piel con un atizador al rojo vivo, algo que solo he visto con el ganado.

Siento un nudo en el pecho. No las había notado antes en la casa de Veteria.

Entonces es cierto. Lleva los Anillos del Destino.

Son parte de él. Las marcas parecen recientes, como si no hubieran sanado del todo. Como si aún le dolieran. Él las estaba ocultando.

Aparto la mirada y finjo no darme cuenta. Por su bien. Por la corona, tal vez.

–No te muevas –le indico–. Solo empeorarás las cosas.

Solo responde con otro suspiro.

Saco un par de alicates del cajón, busco un trapo limpio en el armario y lleno una jarra con agua dulce.

Mojo el trapo y luego lo escurro. Dietan se queda quieto, con el pecho presionado contra el respaldo de la silla, pero da bocanadas de aire y sus músculos se contraen con espasmos.

Comienzo a sentir un dolor en el hombro, pero lo ignoro.

–Prepárate –advierto, acercándome por detrás.

Cuando le saco la primera astilla, se endereza y jadea.

Tardo varios minutos en sacarle todas las astillas. Después le limpio la sangre y presiono un paño frío contra su espalda para aliviar el ardor. Del armario saco un frasco del ungüento que preparo para cuando Bonnie o yo nos lastimamos en la cocina.

Acerco una silla detrás de él y abro la lata.

–Me salvaste, aunque te pusiste en peligro. Gracias.

–Sí… tú también me salvaste, así que estamos a mano.

Aplico el ungüento en silencio. La lluvia golpea contra el techo.

Puedo oír el crepitar del fuego y la respiración entrecortada de Dietan.

Mantengo un tacto suave e intento no mirarlo fijo.

Pero cuando mis dedos rozan su piel cálida, soy muy consciente de lo cerca que estamos.

Podría alargar la mano y tocar el vello fino de su nuca.

Pero no lo hago. En cambio, observo los frascos de mermelada en los estantes y las manzanas en un tazón que aún necesitan pelarse. De alguna manera, mis ojos vuelven a la marca de los anillos. ¿De verdad están ahí? ¿Bajo su piel? Por todas las diosas, qué carga tan pesada.

–Se siente bien. Gracias.

Despejo mi garganta y me limpio los dedos con el trapo.

–Tus hombres volverán en cualquier momento –le recuerdo, sin apartar la vista de la puerta–. Entonces eso es lo que te persigue. ¿Los Kilandrar?

–Sip.

–Casi te matan.

–Sip.

–¿Te ha pasado antes?

–Sip.

Frunzo el ceño mirando su espalda y pongo los ojos en blanco, aunque él no pueda verlo.

–Esa cosa podría volver. ¿Por qué te perseguía?

Señala sus cicatrices. Intenta no moverse demasiado. Los Anillos del Destino. ¿Cómo supo ese monstruo del viento que Dietan los tenía? No parecía muy inteligente. Aunque, la verdad es que tampoco creo que el príncipe sea muy listo.

Eso es cruel de mi parte. Por lo que he visto esta noche, está lejos de ser tonto. Y es muy valiente.

–¿Alguien más sabe de esto? Me refiero a tus anillos –pregunto. Él duda.

–No muchos. Mi padre, Jared, Marcus. Eso es todo. Tengo que arreglar este lío que he causado, no sé si podré.

–Creo que ahora necesitas una compresa caliente para que el ungüento haga efecto –indico mientras me levanto. Necesito un momento para pensar en lo que esto significa para mí. Una camarera de pueblo metida en magia peligrosa y secretos de la realeza.

Regreso con uno de los trapos que guardamos justo frente al horno para envolver el pan caliente.

Él sigue ocultando el rostro entre los brazos, pero a pesar de la luz tenue, puedo distinguir la forma de sus labios, el contorno de su mandíbula y el espasmo ocasional del músculo cuando siente dolor.

Es difícil no sentir lástima por él, sea príncipe o no.

Quiero tocarlo, consolarlo, pero me conformo con colocarle una toalla caliente sobre la espalda mientras me cuenta toda la historia.

Cómo llegó a llevar los Anillos del Destino bajo su piel.

Dos niños, amigos, colándose en la sala de guerra para echar un vistazo al tesoro.

Un roce y luego, oscuridad total. La ignorancia infantil lo había condenado a este destino.

Son lo único que protege su reino y el mío.

Lo que significa que él es lo único que nos protege.

Me doy cuenta, como si me hubieran dado un golpe en el estómago, de que esta es la primera vez que me cuenta toda la verdad.

Se muestra vulnerable. A diferencia de cuando estábamos en la cabaña de Veteria, que no quería que yo supiera el secreto.

No creo que deba revelarle tanto a una camarera cualquiera a quien conoce desde hace solo unos días.

Su confianza me reconforta. Todo el secretismo es porque carga con el peso de intentar impedir una guerra que cree haber puesto en marcha cuando apenas era un niño.

Lamento haberlo juzgado con tanta dureza, aunque es realmente irritante.

Cuando termina de hablar, me mira con una mezcla de esperanza y determinación en el rostro. No sé muy bien qué decir.

–¿Y de verdad crees que el rey loco puede ayudarte a quitártelos? –logro decir, aunque en realidad fue idea mía.

–Sí. Por eso te pedí que te casaras conmigo. ¿Lo harás?

–¿Te has vuelto loco? –exclamo, levantando las manos–. Casi mueres. Yo casi muero. ¿Y todavía crees que es una buena idea?