Anillos del destino Capítulo 16. Aren
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Capítulo 16. Aren

¿Q ué diablos es eso? La criatura apareció de la nada. Surgió del aire como la niebla y cuando lanzó a Dietan contra la pared, lo único que pude hacer fue apartarme rápido. Temblando, me escondo detrás de la barra y miro por encima de la encimera.

Esto no puede estar pasando.

Los Kilandrar no existen. Después de toda una vida oyendo que no eran más que leyendas, mi cabeza se niega a aceptar la verdad. Y ahora uno de esos desgraciados está en mi bar.

Aquí en el valle no hay tornados. Solo he oído hablar de ellos. Cómo oscurecen la tierra, arrasan campos y casas por igual, arrancan árboles de raíz y destrozan todo a su paso hasta que no queda nada. No hay forma de detenerlos.

Y ahora, hay uno dentro de Pico de Cuervo.

Un tornado viviente se eleva ante Dietan, volviéndose cada vez más oscuro y grande a medida que se alimenta del aire del lugar.

El fuego de la chimenea se debilita y las llamas salen disparadas, succionadas por el remolino de la criatura, antes de apagarse.

La oscuridad se apodera del lugar, pero todavía puedo distinguir su figura, retorciéndose con las brasas del fuego extinguido que consumió.

Ahora es más fuerte y con sus ráfagas de viento azota las ventanas desde adentro, sacude los vasos en el estante sobre mi cabeza y las tablas del suelo bajo mis pies. El techo amenaza con desprenderse como si se abriera un frasco de duraznos en conserva.

Aúlla como una bestia salvaje y, por todas las diosas, es la voz del Kilandrar. Príncipe de Loegria … dice con una especie de grito, mientras las ráfagas agudas atraviesan una rendija en la ventana. Tapo mis oídos con las manos para protegerme de ese sonido terrible.

Dietan se pone de pie rápido y, para mi sorpresa, extiende los brazos como para protegerme de la criatura, pero parece herido y se mueve con dificultad.

El Kilandrar sujeta al príncipe y lo eleva. Sus pies cuelgan impotentes mientras intenta luchar, pero no hay nada sólido a su alcance para que lo sostenga. El brazo de la criatura rodea la garganta de Dietan. Un sonido espantoso rasga el silencio, como el soplo del viento a través de un tubo hueco.

El príncipe jadea en busca de aire, abre y cierra la boca sin control.

Sus ojos se desorbitan y sus pies luchan sin éxito.

Intenta apartarse, luchando desesperadamente contra la criatura, pero está atrapado en el aire.

Indefenso como una mosca suspendida en una telaraña.

Mostrando los dientes, rasga su propia garganta.

Esta cosa le está robando el aire de sus pulmones. Lo está matando.

Ay, Madre de la Cosecha, tengo que hacer algo. Pero mis pies están clavados en el suelo, paralizados por el terror.

El Kilandrar crece mientras lo devora. El rostro de Dietan pierde color y sus labios adquieren un tono azulado. Sus ojos, enrojecidos, giran hasta dejar expuesto el blanco. Lo está ahogando... está drenando su vida, igual que el secuaz del marqués intentó drenar la mía.

De repente, me invade la rabia y, sin pensarlo, sujeto lo primero que encuentro.

Mi sartén de hierro. Salgo disparada, blandiéndola en alto.

Me abalanzo sobre la criatura y le doy directo en la cabeza.

Espero que la sartén atraviese el viento, pero no lo hace.

En lugar de eso, el hierro resuena con un sonido hueco al impactar contra ella.

Entonces, lo suelta. ¡La golpeo de nuevo con otro sonido satisfactorio!

Dietan tose, ahogándose con su propio aliento. Voltea, con los ojos cerrados, y jadea mientras su rostro recupera el color.

Corro para ponerme frente a él, sostengo mi sartén como si fuera una espada. Mi cuerpo tiembla mientras el Kilandrar se endereza y gira hacia mí, con sus ojos negros e impenetrables brillando.

En nombre de Albión, ¿qué estoy haciendo?

Debería huir. Pero, aunque tiemblo del miedo, no puedo. No voy a permitir que vuelva a lastimarlo.

Estoy frente a la muerte misma. Grita con la furia de mil vientos aullantes, pero no me atrevo a soltar la sartén para taparme los oídos. No entiendo lo que dice, pero sé que está enojada.

Bueno, ¿sabes qué? Yo también estoy enojada. Estoy furiosa. ¿Qué mierda cree que hace, destruyendo mi bar y atacando a mi cliente?

–¡Déjalo en paz! –grito por encima de su aullido. Mi cabello se ha soltado con el estruendo de la tormenta y me azota las mejillas. Siento como mis ojos se llenan de lágrimas por el viento, pero me obligo a mantenerlos abiertos, sin apartar la vista del Kilandrar que sisea y da vueltas frente a mí.

Miro mi sartén de hierro y luego vuelvo a observar a la criatura. Mi mente va a mil por hora. ¿Cómo lo hice? ¿Podría volver a darle?

El Kilandrar se abalanza. Blando la sartén una vez más y le aparto la extremidad de un golpe. La fuerza del impacto recorre el metal, sube por mi brazo y hace que mis huesos vibren como si fueran una campana. Mierda, cómo duele .

Se echa hacia atrás y ataca. Intento desviarlo de nuevo, pero fallo. Me derriba.

Caigo al suelo y grito de dolor. La criatura voltea y se lanza hacia Dietan con la rapidez del humo arrastrado por el viento, pero ignoro el fuego que me recorre el brazo y la espalda. Corro hacia ella una vez más y le estrello la sartén en la cabeza antes de que alcance a tocarlo.

Entonces se abalanza sobre mí y me inmoviliza contra el suelo con una ráfaga furiosa.

Su boca, formada por el viento, se abre de par en par justo delante de mi rostro, un tornado de odio y furia.

Madre de la Cosecha, puedo sentir cómo me succiona el alma.

Dejo caer la sartén, no puedo respirar. Moriré.

De repente, la criatura repugnante aúlla.

La punta de una espada emerge a través de su masa oscura, atravesándola por el centro. Es la espada de Dietan.

Un tajo. Otro.

El príncipe está de pie, cortando al Kilandrar en mil pedazos, su espada abre surcos y lo desmiembra pieza por pieza.

La criatura me da la espalda mientras se abalanza sobre Dietan, azotándolo con un viento feroz, pero el príncipe se mantiene firme. Planta los pies en el suelo de la taberna y blande su espada con la destreza de un bailarín. Con cada golpe, las ráfagas violentas parecen perder fuerza.

El príncipe es implacable, lanza un golpe tras otro. Tiene los ojos desorbitados por la furia y la frente empapada de sudor.

Pero el Kilandrar se eleva como una serpiente y desata un vendaval estridente y furioso.

Me aplasto contra el suelo mientras la tormenta de viento arrasa con todo el lugar.

Las mesas y las sillas están desparramadas por toda la taberna, las jarras y los platos vuelan por los aires.

Pero el viento ya no tiene la fuerza de hace un momento.

Detrás de la criatura, la espada de Dietan es apenas un destello plateado, un tajo de luz que corta el aire mientras avanza sin dar tregua.

Con cada golpe, la criatura se desvanece más y más y su poder va desapareciendo.

De repente, Dietan acorrala al Kilandrar contra una pared, inmovilizando al viento contra el ladrillo y la madera.

Salta sobre la barra, levanta la espada por encima de la cabeza y asesta el golpe definitivo.

Con un estruendo ensordecedor, la criatura da una vuelta por la taberna como un fantasma antes de desaparecer por la puerta y perderse en la lluvia, como una ráfaga de aire más que se desvanece entre los vientos aullantes.

Sus ojos se encuentran con los míos.

–¿Estás bien? –pregunta, bajando la espada.

–Creo que sí.

–Bien.

Me dejo caer, aliviada, justo cuando la puerta se abre de golpe otra vez, con voces que gritan por encima de la tormenta. Los guardias de Dietan irrumpen el lugar, con Jared y Marcus al frente.

–¡¿Qué diablos está pasando?! –grita Marcus, desenvainando su espada.

–¡Déjenme! ¡Vayan tras él! –exclama Dietan, apuntando hacia la puerta. Se aparta el cabello rubio del rostro, revelando una mirada dura y decidida.

Sus hombres asienten y corren tras el espíritu oscuro, perdiéndose en la noche.

Ahora que el Kilandrar se ha ido, el ambiente dentro de la taberna vuelve a la normalidad. Incluso el fuego de la chimenea se reaviva con una brasa. El crepitar de las llamas es el único sonido, aparte de nuestra respiración entrecortada.

Me arrastro hasta él, aliviada de que parezca haberse recuperado y, aunque me cuesta admitirlo, impresionada por su destreza con la espada. Él también me mira fijo, desconcertado pero asombrado.

–Te lastimó, ¿verdad? –pregunta y se lleva una mano temblorosa a la cabeza–. Lo siento tanto. Todo esto es culpa mía.

No tengo fuerzas para responder. La taberna es un desastre. Hay cristales rotos por todas partes, vasos y platos hechos pedazos, y la mesa contra la que se estrelló Dietan está destrozada. Pero al menos el edificio sigue en pie. Gracias a las diosas por eso.

Una vez en pie, busco mi sartén y la presiono bien fuerte contra el pecho. Por alguna razón, me reconforta. Observo los daños mientras me doy cuenta de lo que ha pasado. Yo, nosotros , acabamos de luchar contra un espíritu elemental maligno y hemos sobrevivido.

–Arriesgaste tu vida para salvarme –dice con una mirada de admiración sincera.

–Con una sartén –respondo desconcertada, mientras miro el artefacto que tengo en mis manos.

Su risa es débil.

–Es un arma tan buena como cualquier otra.

–Pensé que simplemente lo atravesaría, no que lo golpearía.

–Sí. –Asiente con la cabeza–. Tampoco entiendo por qué mi espada pudo hacerle daño. Los pergaminos dicen que el Kilandrar atraviesa ejércitos de hombres como si fueran tallos de trigo. –Cuando logra ponerse de pie, jadea entre dientes. Se encorva y lleva una mano hacia atrás–. Mi espalda…

Intenta tambalearse hasta una silla, pero no puede mantenerse erguido. Me apresuro y lo sostengo del codo. Inhala con fuerza. La agonía se refleja en su rostro tan hermoso.

–Por aquí. –Lo acompaño a la cocina, donde el horno sigue encendido. Lo acomodo en una de las sillas de repuesto que Bonnie usa como taburete. Se sienta al revés, desplomándose sobre el respaldo y apoyando el rostro sobre la madera.